por Franco Machiavelo
El oficialismo derrotado no cayó por un exceso de pueblo, sino por su rendición temprana ante la lógica burguesa que decía venir a superar. Incapaz de romper con la arquitectura del poder económico, terminó administrando el mismo orden que prometió transformar. Y cuando la realidad lo desbordó, no miró hacia abajo, hacia los movimientos sociales reales, sino hacia atrás, a los viejos trucos del fantasma del pasado: control, tutelaje y disciplina del pueblo.
Desde esa derrota interna nace el vanguardismo iluminado: la creencia arrogante de que un puñado de cuadros profesionalizados puede decidir cuándo el pueblo debe movilizarse, bajo qué consignas y hasta dónde. Ya no se confía en la conciencia popular, sino en el cálculo electoral, en la encuesta, en el timing comunicacional. El pueblo deja de ser sujeto histórico y pasa a ser masa administrable, útil solo cuando no incomoda al poder real.
Este mesianismo excluyente no libera: ordena, filtra y castiga. Movilización “responsable”, protesta “permitida”, dignidad con permiso institucional. Todo lo que se salga del libreto es tildado de “radical”, “inmaduro” o “funcional a la derecha”. Así, el oficialismo se arroga la propiedad simbólica de los movimientos sociales, habla por ellos, decide por ellos y finalmente los neutraliza.
Aquí se revela la desviación de fondo: una pseudo izquierda burguesa y apitutada, formada y premiada por el mismo sistema que dice combatir. Convive sin conflicto con el neoliberalismo, negocia con la oligarquía y no cuestiona las bases del imperialismo, solo pide un espacio más amable dentro de él. Su radicalidad es discursiva; su práctica, profundamente conservadora.
Desde una lógica materialista, esto no es un error moral, sino una consecuencia de clase. Quien vive del Estado sin disputarle el poder al capital termina defendiendo la estabilidad del sistema, incluso a costa de domesticar al pueblo. Por eso temen la movilización autónoma: porque no la controlan, porque no la representan, porque puede ir más lejos de lo que su cobardía política permite.
Cuando un gobierno o partido se cree dueño del pueblo, la democracia popular se vacía. La historia no avanza por decretos ni por vocerías bien entrenadas. Avanza cuando las mayorías piensan, se organizan y luchan por sí mismas, sin tutelas iluminadas ni mesías de escritorio. Todo lo demás es administración del orden, con lenguaje progresista y práctica burguesa.











