Le Monde Diplomatique, edición chilena
por Patricio Arenas
Estas líneas no buscan hablar sobre América Latina desde Europa, sino entablar un diálogo franco y respetuoso con la izquierda chilena y latinoamericana en un momento de profunda recomposición mundial.
Se apoyan, en parte, en el vínculo personal de su autor con la región. Su relación con el continente no es abstracta: está marcada por la memoria de los exilios, las solidaridades y las luchas compartidas. Pero la memoria, por sí sola, no basta. El presente exige lucidez y claridad estratégica.
1. América Latina atraviesa una encrucijada histórica.
Polarización interna, avance de derechas radicalizadas, presiones externas renovadas y reconfiguración del orden global se entrelazan en un escenario más complejo que el de las antiguas “olas” progresistas o conservadoras. Al mismo tiempo, el retorno de una política estadounidense más coercitiva y la transformación del equilibrio mundial obligan a pensar el continente no como periferia, sino como un espacio central de disputa geopolítica.
Este texto propone, en primer lugar, analizar esa nueva configuración regional e internacional; en segundo término, examinar los desafíos que plantea a la izquierda chilena y latinoamericana; y, finalmente, esbozar algunas líneas estratégicas —sociales, ecológicas, democráticas y geopolíticas— que permitan actuar con mayor coherencia y autonomía en este nuevo contexto. Porque, en un mundo que se redefine, América Latina no es un decorado: es uno de los escenarios donde se decide el rumbo del siglo.
2. La escena latinoamericana: el fin de las “olas” simples
La política latinoamericana ya no puede resumirse en una alternancia clara entre ciclos progresistas y ciclos conservadores. Por un lado, se observa el avance de derechas nacionalistas y radicalizadas, en ocasiones abiertamente extremas, articuladas en torno al orden, la seguridad, el antisocialismo y una guerra cultural permanente. Por otro, países centrales continúan gobernados por coaliciones de izquierda y progresistas —México, Brasil, Colombia, entre otros— que siguen representando un polo regional relevante. América Latina aparece hoy menos como un bloque homogéneo y más como un mosaico de trayectorias políticas sometidas a fuertes tensiones internas y externas. Esta coexistencia es decisiva desde el punto de vista geopolítico: fragmenta la capacidad de respuesta regional organizada, debilita los mecanismos de integración y favorece alineamientos oportunistas, especialmente frente a Estados Unidos, según las crisis y los equilibrios de poder.
3. El retorno de la presión estadounidense: una doctrina violentamente actualizada
Otro hecho relevante es la reinscripción de América Latina en el centro de una estrategia estadounidense más coercitiva desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. Presiones comerciales sobre México, amenazas políticas y acciones militares —por ejemplo, en torno a Panamá o Colombia—, así como la instrumentalización de la cuestión migratoria, contribuyen a reactivar una lógica de “hemisferio reservado”, que algunos describen como el “corolario Trump” de la doctrina Monroe: una versión modernizada y endurecida del principio “América para los americanos”, que implicaría un derecho inminente de Estados Unidos a intervenir en el continente y a apropiarse de sus riquezas.
En este marco, el episodio más espectacular —y con mayores consecuencias— fue el ataque militar llevado a cabo a comienzos de enero de 2026 contra Venezuela, marcado por la muerte de alrededor de 90 personas y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de su esposa. Este hecho reavivó el debate sobre la soberanía, el derecho internacional y la legitimidad del uso de la fuerza. Asimismo, evidenció la dificultad de los Estados de la región para articular una respuesta colectiva coherente, dadas las divergencias ideológicas y el peso del temor a incomodar a Washington. A ello se suma la creciente tensión en torno a Cuba: el endurecimiento del embargo estadounidense tiende, en la práctica, hacia una forma de bloqueo marítimo cuando impide la llegada de petróleo y asfixia circuitos esenciales de abastecimiento. No se trata aquí de resolver la totalidad del caso cubano, sino de constatar que una estrategia de estrangulamiento de esta naturaleza vuelve a convertirse en un marcador político y simbólico central en el hemisferio.
4. Más allá del prisma regional: América Latina en el giro global Reducir estas evoluciones a una mera “cuestión regional” sería un error. Mirar hoy a América Latina es observar el mundo: la erosión de una hegemonía largamente aceptada y la entrada en una fase en la que las periferias se reorganizan y cuestionan al centro. Durante décadas, la victoria estadounidense en la Guerra Fría estructuró el imaginario geopolítico: un centro, periferias y una “normalidad” liberal presentada como horizonte insuperable. Ese período ya terminó. No porque Estados Unidos haya desaparecido, sino porque su capacidad para dirigir el sistema internacional se encuentra hoy cuestionada por sus propias tensiones internas y limitada —e incluso contradicha— por numerosos Estados. La contestación no proviene de un bloque único, sino de una pluralidad de Estados y coaliciones —desde los BRICS ampliados hasta configuraciones más flexibles— y alcanza instrumentos centrales del poder estadounidense, incluida la posición del dólar como eje financiero mundial, cada vez más debatida y, en algunos casos, explícitamente disputada por potencias emergentes.
En este contexto, Washington se reconcentra: identifica a China como principal adversario, exige a Europa “asumir su parte” en materia de defensa —particularmente a través de la OTAN— y vuelve a considerar el hemisferio occidental, y por tanto América Latina, como prioridad estratégica explícita. Para los europeos, otro aspecto resulta crucial: la tentación estadounidense de transferirles el peso de la defensa de su continente, trasladándoles costos y dependencias. La guerra en Ucrania, las garantías de seguridad, su reconstrucción y el aumento del gasto militar se inscriben en una relación de fuerzas en la que Europa es fuertemente presionada a comprar, financiar y alinearse con Estados Unidos, sin pesar en proporción a los desafíos que enfrenta. Al mismo tiempo, Estados Unidos continúa estructurando de manera determinante la arquitectura político-militar del bloque occidental y conserva un poder decisivo en la Alianza Atlántica. Sin embargo, Europa no es sinónimo de Estados Unidos. También es un espacio político en disputa, atravesado por debates sobre soberanía, autonomía estratégica y modelo social. Es precisamente en esa disputa donde puede abrirse un espacio de convergencia con América Latina.
5. Qué puede hacer la izquierda chilena y latinoamericana?
En este marco, la izquierda chilena y latinoamericana enfrenta un doble peligro: externo (presiones, injerencias, chantajes, dependencias) e interno (decepción social, inseguridad, corrupción, polarización, fatiga democrática). Las respuestas no pueden ser meramente retóricas; deben traducirse en estrategias operativas.
Recuperar claridad y coherencia social es fundamental. La izquierda se debilita cuando aparece como una simple variante gestora de un modelo cuestionado. Recuperar esa claridad implica redefinir con nitidez su proyecto histórico: justicia social para todos, empezando por los más desfavorecidos; reducción efectiva de desigualdades estructurales mediante políticas redistributivas concretas y reformas fiscales sólidas; fortalecimiento de un Estado social eficaz y transparente; y provisión de servicios públicos —salud, educación, protección social— que dignifiquen la vida cotidiana y proyecten un futuro compartido. La coherencia entre discurso y acción es condición indispensable para reconstruir confianza y evitar que la frustración social sea capitalizada por las derechas radicales.
Proteger la naturaleza y las riquezas de América Latina implica convertir los bienes comunes en eje de soberanía y desarrollo. No basta con extraer: es necesario capturar valor, industrializar y transferir tecnología. El agua, los bosques, la biodiversidad y los minerales estratégicos requieren una regulación firme y la delimitación de zonas intangibles. La renta extractiva debe traducirse en salud, educación e infraestructura visibles para la ciudadanía. Se necesitan cláusulas ambientales y sociales vinculantes, con plena transparencia contractual. La justicia ambiental exige poner fin a los “territorios de sacrificio” y reparar daños históricos. La transición energética debe planificarse de manera socialmente justa, sin convertirse en un nuevo extractivismo verde. Proteger la naturaleza es, en última instancia, defender la democracia, la dignidad y el futuro del continente.
Responder a la inseguridad sin renunciar a los derechos es igualmente decisivo. La extrema derecha prospera sobre la angustia. Una izquierda creíble debe promover una seguridad republicana que combine prevención ciudadana, lucha contra el crimen organizado, reforma y control democrático de las fuerzas de seguridad, justicia más eficaz y combate a la corrupción, sin caer en el autoritarismo que termina volviéndose contra los más vulnerables.
Reconstruir coaliciones democráticas sin ambigüedades es otra exigencia estratégica. Frente a golpes de fuerza y presiones externas, se necesitan frentes democráticos capaces de defender la soberanía y el derecho internacional, incluso cuando ello implique criticar a actores ideológicamente cercanos. La coherencia democrática constituye un recurso político central.
Romper dependencias y construir alianzas emancipadoras supone rechazar toda lógica de subordinación. Diversificar socios implica reequilibrar relaciones de poder, superar dependencias heredadas del neoliberalismo y recuperar el control democrático sobre sectores estratégicos. Significa negociar en función del interés general e imponer cláusulas sociales y ambientales vinculantes, con transparencia real. Las alianzas internacionales deben ser instrumentos de justicia social, transición ecológica y solidaridad, no mecanismos de competencia entre trabajadores ni de extracción indiscriminada de recursos.
6. Refundar la cooperación entre Chile, América Latina y Europa En un mundo en recomposición, Chile puede y debe desempeñar un papel activo como puente estratégico entre América Latina y Europa. Puede hacerlo promoviendo agendas comunes en ámbitos como la reducción de las desigualdades, la transición ecológica, el multilateralismo y la justicia fiscal. En este contexto, América Latina necesita fortalecer sus mecanismos de concertación regional. Solo definiendo prioridades estratégicas compartidas y actuando con mayor cohesión podrá negociar con mayor capacidad de influencia global, evitando relaciones de subordinación frente a cualquier hegemonía. Desde esta perspectiva, debe impulsar una agenda común con Europa basada en el respeto mutuo de las soberanías y en la convergencia de intereses estratégicos. Solo desde una posición articulada y propositiva podrá construirse una alianza equilibrada y duradera.
Al mismo tiempo, es necesario apoyar a Europa en la toma de conciencia de que su interés estratégico no radica en alinearse automáticamente con las instrucciones del imperio norteamericano ni con intereses ajenos, sino en consolidar su propia autonomía. Ello supone dotarse de instrumentos efectivos de soberanía política, tecnológica y económica, sin quedar capturada por tecnoestructuras alejadas de la voluntad democrática de sus pueblos.
Por su parte, la Unión Europea no puede seguir considerando a América Latina como un socio periférico. La relación debe ir más allá de acuerdos comerciales o declaraciones simbólicas e inscribirse en una estrategia política de largo plazo. Esta nueva cooperación exige compromiso al más alto nivel, fortalecimiento de intercambios académicos y científicos, apoyo mutuo a proyectos industriales y de transición energética, y acompañamiento de reformas sociales e institucionales sin condicionalidades punitivas. El objetivo debe ser una asociación entre iguales, fundada en la reciprocidad, la soberanía y metas compartidas de justicia social y ambiental.
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América Latina no es un escenario secundario de las disputas globales: es uno de los lugares donde se define el equilibrio del siglo XXI. Por eso, la izquierda chilena y latinoamericana no puede contentarse con administrar coyunturas ni repetir consignas heredadas. Está llamada a pensar estratégicamente, a cuestionar sus propias inercias y a examinar con espíritu crítico tanto las presiones externas como sus propias debilidades internas. Sin autocrítica no hay renovación; sin claridad no hay proyecto.
El momento exige recuperar la capacidad de análisis colectivo, de debate honesto y de formación política. Pensar críticamente implica desconfiar de las simplificaciones —sean geopolíticas, económicas o ideológicas— y construir diagnósticos propios, arraigados en la realidad social de sus pueblos. Significa también no aceptar como inevitables las relaciones de dependencia, ni resignarse a que la desigualdad, el extractivismo descontrolado o la inseguridad se conviertan en destinos permanentes.
Pero el pensamiento crítico, por sí solo, no basta. Debe traducirse en acción colectiva organizada: en articulación regional, en construcción de mayorías sociales, en políticas públicas coherentes y en alianzas internacionales basadas en la dignidad y la reciprocidad. La historia latinoamericana demuestra que las conquistas sociales y democráticas nunca fueron concesiones, sino resultados de movilización consciente y persistente.
La tarea es, por tanto, doble: pensar con rigor y actuar con determinación. Solo así la izquierda chilena y latinoamericana podrá transformar la encrucijada actual en una oportunidad histórica: para fortalecer la democracia, proteger la naturaleza, reducir las desigualdades y afirmar una soberanía capaz de dialogar con el mundo sin subordinarse a él. El tiempo de la lucidez debe convertirse en el tiempo de la acción.











