JACOBIN
Una bandera en el Mundial reabrió un debate que excede a Malvinas. Frente a un internacionalismo que subestima las jerarquías imperiales y a un antiimperialismo que borra la lucha de clases, la izquierda necesita recuperar una concepción democrática de la nación, la soberanía y el internacionalismo.
La semifinal del Mundial entre Argentina e Inglaterra produjo una escena inesperada. Al terminar el partido, varios jugadores argentinos desplegaron sobre el césped una bandera con la inscripción «Las Malvinas son argentinas». El gesto resultaba sorprendente en una selección que durante los últimos años se había mostrado, en el mejor de los casos, apática frente a la política y, en los pocos pronunciamientos públicos de algunos de sus integrantes, no pocas veces abiertamente derechista.
Esta vez, sin embargo, los jugadores desafiaron una prohibición explícita de la FIFA, que había impedido el ingreso de banderas y símbolos vinculados con Malvinas, una medida respaldada por el propio gobierno ultraderechista argentino. Milei, que como cualquier presidente aspiraba a beneficiarse de la atmósfera de optimismo creada por un triunfo deportivo de esa magnitud, se encontró de pronto incómodo con el giro político de los festejos. Tras la exhibición de la bandera, llegó a calificar a los jugadores de «mononeuronales», en una reacción típica de su desmesura.
Los futbolistas sabían que podían exponerse a sanciones, como efectivamente comenzó a evaluar la FIFA después del partido. Pero percibieron algo elemental: frente a Inglaterra, Malvinas conectaba con un sentimiento popular que precedía al partido y desbordaba ampliamente el fútbol.

Ante esta imagen, Bhaskar Sunkara, fundador de Jacobin en Estados Unidos, observó que «Las Malvinas son argentinas» había sido la consigna de una dictadura militar que asesinó a miles de activistas y procuró salvarse mediante una aventura irredentista. Argumentó que nunca había existido una población nativa desplazada y que se trataba, en todo caso, de dos Estados igualmente coloniales disputándose un territorio. Agregó que debía respetarse la voluntad de los isleños y que la izquierda no debía extraviarse en una etapa innecesariamente nacionalista de la lucha política.
Las respuestas argentinas fueron inmediatas, masivas y, a menudo, agresivas. Muchas no se limitaron a cuestionar su interpretación de Malvinas. Negaron que en Estados Unidos o Europa exista una izquierda que no sea, en último término, un instrumento del imperialismo. En la versión relativamente moderada, la izquierda estadounidense sería apenas un apéndice del Partido Demócrata; en la más rudimentaria, una prolongación de la CIA. Volveré más adelante sobre esta reacción, que revela un problema distinto, aunque complementario, al error de Bhaskar. Antes es preciso establecer los elementos básicos del reclamo argentino.
Una cuestión colonial
La posición de Bhaskar parte de un error de interpretación sobre el reclamo argentino. En 1833, el Reino Unido ocupó las islas por la fuerza, expulsó a las autoridades y al núcleo de gauchos, criollos y trabajadores establecidos bajo la jurisdicción de Buenos Aires, e instauró una administración colonial que la Argentina nunca reconoció. Desde 1965, la propia ONU considera que se trata de un caso pendiente de descolonización y no reconoce a los kelpers (isleños) como un pueblo con derecho a dirimir el diferendo mediante la autodeterminación.
Los kelpers no son una población originaria, sino una comunidad constituida bajo la potencia ocupante y cuya composición fue moldeada por ella. Convertir el resultado demográfico de la colonización en el fundamento de la soberanía equivaldría a reconocer como fuente de derecho el hecho colonial consumado. La guerra criminal de 1982 no creó ni anuló el reclamo argentino; solo permitió que la dictadura intentara apropiarse de una causa anterior a ella.
Tampoco estamos ante una mera reliquia cartográfica. Malvinas es un enclave militar británico en el Atlántico Sur. El complejo de Mount Pleasant aloja infraestructura aérea, naval y terrestre y forma parte del dispositivo militar exterior de una de las principales potencias de la OTAN. Su posición facilita la proyección británica sobre el Atlántico Sur y el acceso hacia la Antártida.
El control territorial permite además administrar recursos pesqueros, marítimos e hidrocarburíferos. La cuestión Malvinas reúne así territorio, fuerza militar, recursos y posición estratégica. No se trata solo de una disputa heredada del siglo XIX, sino de una relación colonial todavía activa.
Nada de esto explica por sí solo el lugar singular que ocupa Malvinas en la cultura política argentina. Mientras numerosas controversias territoriales sobreviven apenas en los archivos diplomáticos, la cuestión Malvinas atravesó gobiernos, generaciones y clivajes políticos muy diversos. Hace tiempo que dejó de ser únicamente un territorio ocupado para convertirse en el punto de condensación de múltiples demandas insatisfechas, articuladas en torno a la aspiración de una soberanía nacional aún incompleta.
La cuestión nacional y el socialismo
El interés de Malvinas excede, por lo tanto, el litigio territorial. Obliga a volver sobre una cuestión que política socialista todavía ha explorado de manera insuficiente: qué significado tienen hoy la nación y las demandas nacionales para un proyecto emancipador.
Durane buena parte del siglo XX, la nación ocupó un lugar central en la reflexión marxista. Las controversias entre Lenin, Rosa Luxemburgo y el austromarxismo, la elaboración gramsciana sobre lo nacional-popular o las teorías anticoloniales partían de un supuesto compartido: la nación constituía una realidad política que no podía ignorarse. Este debate, sin embargo, se fue eclipsando con el paso de las décadas.
La nación no posee un contenido político fijado de antemano. Las naciones no actúan ni hablan. Siempre hay fuerzas sociales que hablan en su nombre, disputan su representación y procuran identificar sus propios intereses con los del conjunto. La nación no constituye un sujeto homogéneo. Es el terreno sobre el cual se libra una lucha por definir el interés general.
El marxista austríaco Otto Bauer definió la nación como una «comunidad de carácter» formada históricamente por una «comunidad de destino». El acento recaía sobre la historia material, no sobre la naturaleza. La nación no es una raza, una lengua ni una esencia inmutable, sino el sedimento de una experiencia compartida. Bauer entendió la nación como el espacio histórico en el que grupos profundamente diferentes, unidos por las condiciones materiales de su vida común, forjan una cultura y un destino entrelazado.
En ese sentido, la nación tampoco debe entenderse principalmente como una identidad cultural. Es, sobre todo, la forma histórica que adopta la aspiración al autogobierno democrático. La globalización no ha modificado este hecho. Los derechos, la ciudadanía, la representación política, los impuestos, los bienes públicos y los conflictos distributivos siguen organizándose, en lo esencial, dentro de comunidades nacionales. La nación no es el horizonte definitivo de la emancipación, pero continúa siendo la principal escala en la que las sociedades intentan gobernarse a sí mismas.
En un sentido similar, Gramsci desplazó la discusión desde la identidad nacional hacia la hegemonía. La pregunta decisiva no es qué expresa la nación, como si poseyera una voz propia, sino qué fuerza consigue construir una voluntad colectiva capaz de presentarse como nacional. Lo nacional-popular designa el proceso mediante el cual intereses inicialmente particulares se transforman en un proyecto de organización del conjunto social. La nación deja de ser una tradición estática para convertirse en una construcción política.
Por eso resulta equivocado regalarle el patriotismo a la derecha, como ha señalado Jacopo Custodi. Retirarse del terreno nacional permite que otros ocupen uno de los sentimientos más resilientes de las sociedades modernas y definan la pertenencia común en términos étnicos, autoritarios o excluyentes. El riesgo es todavía mayor en un contexto de crisis de las identidades partidarias e ideológicas, cuando la nación conserva una capacidad de interpelación que otras formas de pertenencia han perdido.
Malvinas adquiere entonces un significado diferente. No representa solamente la restitución de unas islas. Condensa la aspiración de una comunidad política a la autodeterminación colectiva. Su persistencia proviene de una experiencia histórica: la percepción, ampliamente extendida, de que las decisiones fundamentales sobre el país se toman con demasiada frecuencia fuera de él. En términos gramscianos, esa percepción contiene un núcleo de buen sentido, aunque aparezca formulada de manera imperfecta. Las decisiones antipopulares no son tomadas únicamente por poderes externos, sino también por una clase dominante local que participa activamente de esas relaciones de subordinación. Pero ese núcleo sigue ofreciendo un punto de apoyo dentro del sentido común para una política socialista.
El imperialismo después de Lenin
La importancia de Malvinas remite entonces a la relación desigual entre una potencia militar y colonial y una sociedad periférica. La teoría clásica sobre el imperialismo (Hilferding, Bujarin, Lenin) acertó al mostrar que el capitalismo no produce un mercado mundial homogéneo, sino una jerarquía de Estados con capacidades económicas, políticas y militares muy desiguales. Pero esa teoría resulta hoy insuficiente. La concentración y los monopolios no eliminaron la competencia; la exportación de capital no implica por sí misma el estancamiento de la periferia; el capitalismo no entró en una fase de agotamiento definitivo; y la rivalidad entre potencias no conduce inevitablemente a guerras directas, como muestra una posguerra sin conflagraciones interimperialistas comparables a las de la primera mitad del siglo XX. Muchas de esas debilidades llevaron a algunos marxistas (desde Hardt y Negri hasta William I. Robinson) a considerar superada la propia categoría de imperialismo. Pero de las limitaciones de la teoría clásica no se sigue que el imperialismo haya desaparecido, sino que debe pensarse de otro modo. Aunque sería tema para otro artículo, me voy a limitar a precisar algunos elementos.
David Harvey propuso una distinción útil entre la lógica de la acumulación capitalista y la lógica territorial de los Estados. La primera busca beneficios, mercados y recursos; la segunda, control estratégico, seguridad y posición geopolítica. El imperialismo puede entenderse como el punto de intersección, siempre inestable, entre ambas. Una teoría actualizada debe conservar la intuición de Lenin, pero reconocer que esas lógicas no son idénticas y tienen orígenes distintos: la expansión territorial de los Estados es anterior al capitalismo, mientras que la acumulación burguesa responde a la competencia por la rentabilidad. También debe abandonar toda idea de un agotamiento definitivo del capitalismo. El imperialismo designa, así, la articulación variable entre la expansión mundial del capital y la competencia dentro de un sistema desigual de Estados.
Malvinas vuelve visible esa articulación. El enclave militar británico, la proyección sobre el Atlántico Sur y la Antártida responden a una lógica geopolítica; el control de recursos pesqueros, marítimos e hidrocarburíferos, a una lógica de acumulación. La ocupación persiste porque ambas dimensiones se refuerzan mutuamente.
El falso antiimperialismo
Las reacciones al comentario de Bhaskar pusieron de relieve un problema inverso. Una vieja idea del nacionalismo conservador argentino sostiene que en los países centrales no existe una izquierda verdadera, sino apenas distintas variantes políticas del imperialismo.
La tesis, por supuesto, carece de sustento histórico. Desde el siglo XIX, las clases trabajadoras de Europa y Estados Unidos construyeron sindicatos, partidos socialistas, organizaciones comunistas y movimientos contra la guerra y el colonialismo. También algunas de las mayores campañas contemporáneas de solidaridad internacional surgieron dentro de esas sociedades y contra sus propios gobiernos, desde las movilizaciones contra la invasión de Irak hasta el actual movimiento en apoyo a Palestina.
Detrás de esa negación supuestamente antiimperialista reaparece un tópico conocido: izquierda y derecha serían categorías extranjeras, incapaces de captar la singularidad argentina. Esa «excepcionalidad» suele reciclar los tópicos anticomunistas del nacionalismo de derecha: el marxismo como doctrina importada y la convicción de que toda izquierda de los países centrales termina siendo, en última instancia, una expresión política de su propio imperialismo. El recorrido no deja de ser paradójico. Se empieza negando la existencia de una izquierda en Estados Unidos o Europa y se termina poniendo en cuestión la propia distinción entre izquierda y derecha. Quien niega una izquierda auténtica en los países centrales termina negando a la izquierda como tal, también en su propio país, y vaciando de contenido el antiimperialismo, que requiere internacionalismo y solidaridad entre las luchas de distintos pueblos. Como observaba irónicamente Alain Touraine, cuando alguien sostiene que ya no existen la izquierda y la derecha, lo más probable es que sea de derecha.
El efecto político es claro. Si la nación constituye una unidad homogénea enfrentada a enemigos externos, la alianza con alguna fracción de la burguesía local o con una derecha que se proclama patriótica aparece como una consecuencia natural. Afuera, todos imperialistas, adentros todos hermanos. El nacionalismo más ramplón sustituye la lucha de clases.
Es muy habitual que en estos debates se evoque el nombre de José Carlos Mariátegui contra el marxismo proveniente de los paises centrales. Su fórmula «ni calco ni copia» suele repetirse como un mantra para desconfiar de toda categoría producida fuera de América Latina. Pero Mariátegui, un autor mucho más citado que leído, como insiste Martín Bergel, fue exactamente lo contrario de un pensador encerrado en la particularidad peruana. Analizó su país en diálogo con lo mejor del marxismo y de la cultura europea de su tiempo. Su originalidad no nació del aislamiento, sino de una apropiación cosmopolita y creadora. «Ni calco ni copia» significaba traducir críticamente, no encerrarse en la particularidad latinoamericana.
Antiimperialismo y lucha de clases no son alternativas. Algunos borran el primero y reducen el mundo a una oposición abstracta entre capitalistas y trabajadores. Otros borran la segunda y convierten a la nación en una unidad sin antagonismos. Los primeros no distinguen entre una potencia imperial y una sociedad subordinada. Los segundos borran la lucha de clases en nombre del antiimperialismo y subordinan a las clases populares a la burguesía local o a una derecha nacionalista en nombre del interés nacional.
La soberanía como promesa democrática
Malvinas importa porque condensa, en un país periférico, aspiraciones fuertemente arraigadas de soberanía nacional y popular. Esa promesa excede la restitución territorial. Incluye el control de los recursos, la capacidad de resistir presiones externas y la posibilidad de organizar la vida colectiva sin tutelas imperiales. Son, precisamente, las dimensiones que un gobierno de extrema derecha, alineado incondicionalmente con Estados Unidos, pone en peligro.
Esto no vuelve progresiva toda reivindicación nacional. La cuestión nacional es siempre un terreno de disputa. Puede adoptar formas militaristas, xenófobas o autoritarias. Puede ser instrumentalizada para fines reaccionarios, como ocurrió cuando la dictadura intentó apropiarse de la bandera de Malvinas en 1982. Pero también puede convertirse en el lenguaje político de una demanda de emancipación democrática.
Ese es, precisamente, el significado político de Malvinas en la Argentina contemporánea. Expresa la percepción, profundamente arraigada, de que la soberanía del país permanece incompleta. Por eso la bandera desplegada por los jugadores después del partido con Inglaterra encontró un consenso mucho más amplio que cualquier gobierno o fuerza política. Nombraba una experiencia histórica compartida.
Malvinas sobrevivió a la dictadura porque nunca le perteneció. La Junta intentó apropiarse de una causa anterior a ella, pero no logró fijar definitivamente su significado. Reducir el reclamo a la aventura militar de 1982 equivale, paradójicamente, a aceptar que la dictadura pudo convertir Malvinas en patrimonio exclusivo de su nacionalismo reaccionario.
La tarea de una izquierda internacionalista no consiste en abandonar ese terreno, sino en disputarlo. Debe ligar la soberanía nacional con la soberanía popular, el antiimperialismo con la lucha de clases y el patriotismo democrático con la solidaridad entre los pueblos. Mientras existan relaciones imperialistas, la cuestión nacional seguirá siendo una de las formas fundamentales que adopta la lucha por la democracia y el socialismo.











