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Tierra, indio, mujer: Pensamiento social de Gabriela Mistral

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Lorena Figueroa

Presentación

Maximiliano Salinas Campos

     El presente trabajo quiere abordar un tema que los chilenos y las chilenas debiéramos haber tenido y querido ya en nuestra memoria colectiva. Se trata de indagar en las claves del pensamiento social de Gabriela Mistral.

     Un tema no menor para la conciencia de nosotros como pueblo.

     Gabriela Mistral no fue sólo la adolorida mujer de Desolación.En ella se encuentra un pensamiento social vigoroso y riquísimo para Chile y la América del Sur. Los importantes esfuerzos que día a día se hacen por recopilar sus escritos necesitan al mismo tiempo ser objeto de estudio y de investigación. Y de conocimiento sencillo del mayor número de personas. Especialmente se hace necesario conocer su prosa, que fue muchas veces su más penetrante poesía, como dijera Pablo Neruda (Confieso que he vivido).

     En la cátedra de Pensamiento Social de América Latina y Chile que impartimos en la Universidad ARCIS desde 1995, procuramos dar a conocer a Gabriela Mistral en su condición de pensadora original por la justicia y la paz, por América del Sur, sus tierras y sus gentes. Ahora tenemos la alegría y el honor de presentar el trabajo de tres jóvenes tituladas en la Escuela de Periodismo de dicha Universidad con una memoria sobre el tema. Keiko Silva, Lorena Figueroa y Patricia Vargas, grandes amigas y excelentes estudiantes, investigaron con entusiasmo y dedicación constantes para desentrañar los temas con que Gabriela Mistral fue trenzando su pensamiento sobre nuestras sociedades mestizas. Ha sido un privilegio poder acompañarlas en su rico proceso de investigación. Cada una de ellas se especializó en los tres temas que conforman el desarrollo de la obra: la mujer, los indígenas, y la tierra, respectivamente.

     El conjunto de estos tres temas completan la visión y la pasión que Gabriela tuvo de y por América, la que fue quizá la más carnal de sus [6] pasiones (Victoria Ocampo, Gabriela Mistral en sus cartas,en Testimonios. Sexta serie 1957-1962,Buenos Aires 1962, 59). La tierra, los indígenas y las mujeres, son los rostros concretos de esa América idolatrada por la Mistral. Donde volcó su pensamiento desconcertantemente ‘carnal’ para los filósofos de profesión. Su visión a veces nos desconcierta, por cierta insistencia en la carnalidad… Hay un tipo de pensar que al mismo espíritu quisiera hacer carne, y lo exprese en imágenes y símiles que lo vuelven cosa de palpación más que de comprensión?, escribió su viejo amigo José Vasconcelos en 1946 (Homenajea Gabriela Mistral,en Revista Iberoamericana X, 20, 224). Tierra, indígenas y mujeres son los temas, también, hoy por hoy pendientes de nuestra modernización coja y tuerta.

     El Centro de Investigaciones Sociales de la Universidad decidió divulgar este trabajo, y, conociéndola también la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, patrocinada por el Archivo del Escritor, acordó publicarla en conjunto con LOM Ediciones.

     La Universidad quiso con esto reconocer el mérito de un trabajo académico en el ámbito de las Ciencias Sociales, y la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, darla a conocer fuera de los círculos estrictamente universitarios por considerarlo un verdadero aporte como rescate de patrimonio. El objetivo es que esta obra, fruto de jóvenes que se inician en el trabajo y la investigación cultural, sea leída por cualquier persona interesada en el tema más allá o más acá de los ámbitos de la educación superior.

     Damos aquí especialmente las gracias a la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos por apoyar la edición con este preciso interés de divulgación de un pensamiento vivo y viviente que tanto desconocemos los chilenos y los suramericanos.

He dicho varias veces
y lo repito con muchísimo gusto
que este país debiera llamarse Lucila
de lo contrario que se llame Gabriela
debería volvérsela a querer
a releer
a ver
a compadecer
es una novia abierta al infinito
una viuda perpetua
una mamá que no se olvida nunca…
Nicanor Parra, 1989.

[7]

La Tierra
 
Niño indio, si estás cansado,
tú te acuestas sobre la tierra,
y lo mismo si estás alegre.
Hijo mío juega con ella…
 
Se oyen cosas maravillosas
al tambor indio de la Tierra:
se oyen el fuego que sube y baja
buscando el cielo y nos sosiega.
Rueda y rueda, se oyen los ríos
en cascadas que no se cuentan.
Se oyen mugir los animales;
se oye el hacha comer la selva.
Se oyen sonar los telares indios.
Se oyen trillar, se oyen fiestas.
 
Donde el indio lo está llamando,
el tambor indio le contesta,
y tañe cerca y tañe lejos,
como el que huye y que regresa…
 
Todo lo toma todo lo carga
el lomo santo de la Tierra:
lo que camina, lo que duerme,
lo que retoza y lo que pena;
y lleva vivos y lleva muertos
el tambor indio de la Tierra.
 
Cuando muera, no llores hijo:
pecho a pecho ponte con ella,
y si sujetas los alientos
como que todo o nada fueras,
tú escucharás subir su brazo
y la madre que estaba rota
tú la verás volver entera.
 
                           Gabriela Mistral.

[8]

En casa de Don Fausto Coto Montero en San Pedro de Montes de Oca.
Costa Rica, 1931.

[9]

Introducción

¿Por qué Gabriela Mistral?

     Quién no leyó alguna vez los versos de Gabriela Mistral? Cuántas veces no tuvimos que recitar algún poema suyo en un acto escolar? Nadie se escapó de repetir a coro en la sala de clases piececitos de niño, azulosos de frío o yo no quiero que a mi niña me la vayan a hacer reina… Todos, sin excepción entramos al mundo de Gabriela a través de sus poemas y versos, colmados de infancia, rondas y juegos.

     Crecimos escuchando que Gabriela Mistral nos legó los mejores poemas y los versos más bellos de nuestro país. Y así se nos fue quedando en la retina la imagen mítica de la madre universal, la maestra rural y abnegada, la magnífica escritora de sonrisa triste y carácter melancólico que no tuvo hijos.

     Nos quedamos con la idea de la profesora elquina que adoptó a los niños del mundo como si fueran suyos, dejando, por olvido o desconocimiento nuestro, su pensamiento crítico hecho prosa.

     La misma vitalidad creadora que impulsó a la poetisa, salió a luz también en sus reflexiones acerca del acontecer americano. Nos reencontramos, de este modo, con la pensadora, lúcida y vivaz, pero por sobre todo, sensible a la realidad contemporánea que vivió, describió y enjuició enérgicamente.

     La historia real de Gabriela Mistral ha estado ceñida a circuitos literarios especializados, que recién en estos momentos comienzan a exponer su trabajo prosístico al alcance masivo. Sin embargo, será una difícil tarea lograr que el redescubrimiento de su trabajo pueda superar las visiones que la sociedad ha dejado predominar. [10]

     Este libro es una invitación a leer a la Mistral, una ventana que nos aproxima a la otra Gabriela, la mujer, mestiza y campesina que nos brindó una concepción de América que trasciende en el tiempo y las fronteras.

     Una vez despojados los clichés que la han rodeado, reconocemos lo que ella representa y simboliza para la América hispana: El amor a la libertad, el ideal de una América organizada a la luz de sus propias necesidades, la salvación de los errores de momento a través de la educación y el intento de conformar el espíritu del continente…(1)

     Gabriela modela una concepción de América en la cual, tierra, indio y mujer, resultan ser los ejes que interpretan el pensamiento político-social de la poetisa. En la particularidad de estos tres ámbitos queda reflejada su conciencia sobre la integración de los pueblos y la unicidad del territorio americano(2).

     Es necesario revitalizar el legado que Gabriela Mistral quiso transmitir. No sólo para demostrar la vigencia de sus juicios, sino en especial, para asumirla como una pensadora suramericana, que dio cuenta del conflicto de identidad que sufre la región.

El compromiso social de Gabriela Mistral

     A la par de sus escritos en versos, Gabriela Mistral escribía sobre compromiso y equidad social. Ya en su adolescencia cuestionaba la pobreza y la injusticia de los desposeídos, de los cuales también formaba parte.

     Al buscar el origen de esta preocupación, debemos remontarnos a su niñez, a su entorno elquino, primario y agrícola, que reflejó carencias sociales y políticas en que vivía el sector campesino de América del Sur.

     Conversaciones con Pedro Aguirre Cerda acerca de la necesidad de una Reforma Agraria -cuando éste aún se desempeñaba como profesor-, dieron origen al libro El Problema Agrario que el futuro Presidente de Chile le dedicó en 1929.

     En el año 1922 Gabriela fue llamada por el ministro de Educación de México, José Vasconcelos, para participar en la reforma educacional y en la fundación y organización de bibliotecas populares.

     Allí su labor fue la de cooperar en la creación de un nuevo estilo de educación. Sin embargo, México fue también la puerta de entrada al mundo indígena. En ese país se hará más fuerte su lazo con la causa indigenista. [11]

     Junto a Vasconcelos �eivindicaban lo precolombino, el pasado maya y azteca, la poesía zapoteca; pero también exaltaban al indio actual, los valores de su silencio, el sentido profundo de su recogimiento. Debía traducirse en redescubrimiento de su sensibilidad creadora expresada en la artesanía, el sentido teatral, la música y las danzas(3).

     Después de México, su labor diplomática le permitió viajar, conocer y vivenciar otras realidades, tanto del continente americano como de Europa. En sus recorridos, pudo comprobar que el nuevo continente estaba en considerable desventaja con respecto a reivindicaciones y derechos sociales.

     […] la capacidad productiva y exportadora de América Latina enriqueció a sus oligarquías y al capital inglés y después norteamericano asociado con ellos y consolidó y reafirmó el dominio del latifundio sobre el espacio agrícola latinoamericano. […] Pero todo significó al mismo tiempo un crecimiento económico empobrecedor para las mayorías rurales(4).

     De México irá a Europa, en un recorrido por España, Italia y Suiza.

     Tras una breve estadía en Chile, su nuevo cargo como Secretaria del Instituto de Cooperación Intelectual de la Sociedad de las Naciones, la llevará nuevamente a Suiza. En adelante cargos consulares, charlas y conferencias la unirán al círculo diplomático y de Derechos Humanos de América y del mundo.

     Italia, por su clima y su gente, fue el país europeo más querido por Gabriela, y a él volverá continuamente por no volver la cara a esa América del Sur tan proclive al autoritarismo: Italia siempre fue para mí la cura del ánimo. No sobra añadir que me deprime bastante el panorama de la América criolla que es la que más me importa en el mundo. Observe usted ‘la cría de dictaduras’(5).

     En 1945, al finalizar la Segunda Guerra Mundial recibe en Suecia el Premio Nobel de Literatura, el primero que se le otorgaba a un escritor latinoamericano.

     Tres serán las ocasiones en que visite Chile: 1925, 1938 y 1954.

     Ese autodestierro nada tiene que ver con su vínculo a la geografía y al amor por su pueblo, especialmente Elqui. Sólo fue respuesta a quienes la hirieron. Intelectuales, políticos y miembros de su propio gremio: Yo le di a este país mi vida en vano. No me quedo por no volver a vivir defendiéndome de los odios sin cara, de los odios hipócritas con los cuales no es posible la lucha honrada(6). [12]

     Gabriela falleció en Nueva York a los 67 años de edad. Sus restos fueron repatriados a Santiago el 19 de enero de 1957.

     Gabriela Mistral elaboró una concepción de los valores que deben estar presentes en la realidad de nuestro país y América. Los aspectos políticos, económicos y culturales marginados de la cultura dominante: tierra, indio y mujer. Esto hizo de ella no sólo una poetisa sino además una gran pensadora.

     Desde un plano valórico, evaluó la situación y propuso un estado ideal para América. Estos juicios se encuentran sin un orden sistemático, desorganizados, difusos y mezclados junto a sus propias creencias y costumbres.

     La visión de mundo que Gabriela concretó fue particular y universal a la vez. Particular porque produjo un modelo de pensamiento concreto para América, rescatando los valores fundamentales de nuestra cultura y conduciéndolos a una propuesta respetuosa del origen. Y universal, porque englobó todos los ámbitos de la realidad pública y política. Su interés por la tierra abarcó un juicio político y económico; por el indio, una preocupación política y social y por la mujer, una inquietud política y cultural.

     A pesar de que sus textos están escritos en épocas diferentes y por diversas razones, existe entre ellos una coherencia conceptual que merece el apelativo de pensamiento, aplicándolo al análisis profundo de la problemática de poder que regía a América en la primera mitad del siglo.

     Es importante resaltar su labor intelectual para que otros conozcan el interés que existió en ella por el destino de América. Este interés lo canalizó a través de expresiones escritas en lenguaje sencillo para comunicarse con su gente, modesta, trabajadora, marginada de los poderes centrales.

     Fiel a un espíritu integracionista americano, Gabriela revitalizó el sueño de Bolívar, acorde al momento histórico en que estaba viviendo. Compartió también, con José Martí, un ideal de autonomía y libertad para el pueblo de América. Esta postura la llevó a denunciar la intervención norteamericana en Nicaragua y defender la causa de Sandino, entre otras.

     Ante audiencias extranjeras pedirá por América y por la población indígena. En reunión con el Presidente Truman olvidará los protocolos y dará libre cauce a sus inquietudes, tal como relata el traductor de esa sesión:

     […] Truman siguió. ‘La felicito por el Premio Nobel’. Gabriela contestó: ‘Muchas gracias, señor Presidente’. Truman continuó: ‘Le gusta Washington?’. Ella le dijo: ‘Sí, mucho’. Yo comencé a darme cuenta que mi labor se estaba poniendo no fácil sino trivial, hasta que Gabriela, como ella acostumbra, quiso trascender lo convencional con un gran estallido. Y Gabriela dijo: ‘Señor Presidente, no le parece una vergüenza que siga gobernando en la República Dominicana un dictador tan cruel y sanguinario como Trujillo?’. Truman, por supuesto, no contestó, limitándose a una [13] ancha sonrisa. Pero Gabriela siguió. ‘Yo quería pedirle algo, señor Presidente; un país tan rico como el que usted dirige, debería ayudar a mis indiecitos de América Latina que son tan pobres, que tienen hambre, que no tienen escuela’. Truman volvió a sonreírse sin decir nada, el embajador se puso nervioso y también el jefe de protocolo.(7) Ese interés por el continente, por sus ideales, por su integridad cultural, y por todos sus componentes son los valores que rescatamos de Gabriela Mistral.

El clamor de la tierra

     Hace unos cincuenta mil años que el hombre habita este mundo y hasta hace unos treinta años atrás no tuvo oportunidad de salir fuera de él. La tierra ha sido su único hogar y su único sustento. Las comunidades que se organizaron en torno a ella la adoptaron como madre sagrada, llamándola también diosa protectora.

     La religión de la tierra, aun suponiendo -como algunos suponen- que no sea la religión más vieja de la humanidad, no muere fácilmente. Una vez consolidada en las estructuras agrícolas, los milenios pasan sobre ella sin alterarla. A veces se presenta sin solución de continuidad desde la prehistoria hasta nuestros días.(8)

     La figura de la madre-tierra se ha transmitido por generaciones en casi todas las culturas: femenina, fecunda, nutricia y amante leal.

     Civilizaciones hasta hoy han confiado en la magia benefactora de la naturaleza. De la explotación del suelo ha dependido siempre el hombre para subsistir. En la era contemporánea el cultivo del suelo no es algo nuevo y menos aún, prescindible.

     La faena del agro -campesinos, recolectores, pastores y otros-, sin embargo, no ha estado a la altura que le compete al tipo de producción que nos ha alimentado por siglos, generando historia, haciendo dinero, pero quedando rezagada del derecho y la justicia social.

     Pocos recursos son más complejos que el suelo, que la misma tierra. Sus características afectan a muchas y diversas dimensiones de la vida social pese a que se trate de un recurso único, indivisible, integrado. Hubo civilizaciones que sacralizaron a la tierra, le otorgaron un estatuto divino para poder reflejar su complejidad, su potencialidad creadora. La civilización industrial, por el contrario, ha tratado de fragmentaria en componentes aislados, de equipararla a cualquier otra mercancía.(9) [14]

     La colonización de América fue una imposición de un dominio señorial traído del viejo continente. No se hablaba de campesinos o trabajadores de la tierra, ni de latifundios o terratenientes, sino de encomiendas y hacendados.

     La ideología señorial se compone de una serie de actitudes y creencias sobre la naturaleza de la tierra como elemento de rango, atesoramiento, poder y dominación social y sobre el carácter paternalista de las relaciones entre haciendas y campesinos dependientes(10).

     Incluso la aparición de las haciendas coloniales fue secundaria y para abastecer a la minería de la época.En el proceso deformación y consolidación de las haciendas, un aspecto esencial era cómo asegurar una mano de obra estable. Para ello, los hacendados utilizaron distintos procedimientos: fijación en sus tierras de indios siervos o libres; esclavitud de negros o de indios rebeldes; desposeimiento de sus tierras a las comunidades indígenas para obligar a sus miembros a trabajar para las haciendas. La población rural, según los países y regiones, se distribuía fundamentalmente entre la de las haciendas y la de las comunidades, tendiendo a ser cada vez más importante la establecida en las primeras(11).

     El problema de la propiedad de la tierra ha sido una constante en el inicio de conflictos armados entre comunidades organizadas. El suelo, como mercancía, se ha medido en dos dimensiones: la superficie del territorio y la especialización de su uso o cultivo, pero no se tomaba en cuenta el factor humano que de ella dependía.

     En el siglo XIX se acentuó el proceso de urbanización, pero el sistema económico de dominación impuesto en la Colonia no había desaparecido. La población seguía siendo mayoritariamente rural, y empezaba a quedarse atrás del progreso urbano.

     Campesinos han existido siempre, pero tal designación resulta moderna ante los ojos de una América que vio los primeros esfuerzos por una reforma agraria recién en 1910 durante la revolución mexicana.

     Al campesino […] lo definían como el que está en otro lugar en lo que se refiere al espacio y, como el que no se encuentra sí no es que ocasionalmente, al margen, en esta sociedad. El campesino no es de fuera, pero tampoco es de dentro. Es, en cierto sentido, un excluido. Es así como, excluido, los militantes, los partidos y los grupos [15] políticos van a encontrarlo como sí fuera un extraño que llega con retraso al debate político(12).

     El latifundio pudo concentrar hasta mediados del siglo XX el poder político, económico y social en América. Pese a esto, la estructura colonial que le precedía frenó el crecimiento de las sociedades, predominantemente agrícolas, lo que empobreció aún más al campesino que las servía.

     Hacia 1930 se aprecia en Chile la crisis del viejo orden rural, y se observan los primeros movimientos proletarios en el campo. Los partidos comunista y socialista presionaban por una politización del agro, pero Pedro Aguirre Cerda, Presidente de la República, no cedió frente al sindicalismo campesino ni ante cualquier tipo de organización que hiciera perder el control político y electoral sobre el campo.

     Los terratenientes supieron imponer el orden que les acomodaba. Después de la promulgación de la ley de trabas a la sindicalización campesina (1947), vino un período de flexibilización que culmina con una aparente reforma agraria bajo el gobierno de Jorge Alessandri, llamada también la reforma macetero.

     Una serie de sucesivas revoluciones en toda América, condujo al auge de reformas agrarias en 1960. En efecto, para contrarrestar la influencia política de la revolución cubana, el gobierno del presidente Kennedy propuso a los diversos países latinoamericanos el pacto de la Alianza para el Progreso, firmado en Punta del Este, Uruguay, en 1961. Por este pacto los gobiernos de América Latina se comprometían a realizar reformas estructurales, como la reforma agraria, en contrapartida de la ayuda norteamericana. Pero la mayoría de los gobiernos, controlados por élites conservadoras, se limitaron a aprobar leyes de reforma agraria sin acompañarlas de acciones de la necesaria envergadura(13).

     Las demandas que Gabriela realizó en este sentido fueron canalizadas de una manera no oficial. En 1929, su amigo Pedro Aguirre Cerda le dedica su libro sobre la reforma agraria El problema agrícola. Y en su última visita a Chile, mientras era recibida por el Presidente Carlos Ibáñez del Campo en el balcón de La Moneda, agradeció públicamente la realización de este proyecto, cuando éste todavía no existía.

     Sin embargo, su ansiada pretensión de un cambio pacífico no fue acogida sino hasta una década después, cuando el movimiento social exigió un cambio radical y más violento. [16]

Desde que Colón pisó… América

     Gabriela Mistral se interesó por el tema indígena a partir de su acuciosa lectura de la realidad tanto de Chile como de la América española. Su autodefinición como indo-mestiza acentuó aún más su amor por el origen de la raza y del continente.

     Contextualizar el tópico indio implica una serie de circunstancias dentro de las que cuentan como principales el proceso de conquista y colonización a lo largo de todo el continente. Ambos procesos marcaron el destino de la raza india; impactando fuertemente en la cultura, creando una nueva raza, sustentada en la violencia, la expoliación de terrenos, la esclavización de la raza indígena y en el genocidio.

     La llegada del blanco a la América morena selló con sangre y muerte el destino de los aborígenes; los sentenció a la marginación y los desterró de su suelo sagrado. A partir de 1492, comenzó la cuenta regresiva para el indio, comenzó la extinción de sus formas de organización social, el desecho de sus ritos, costumbres y creencias. Con la llegada del blanco comenzó la domesticación del indio.

     El concepto de domesticación alude al abuso de fuerza y poder del blanco en contra del indio. La prepotencia con que el europeo conquistó y colonizó al indio es la prueba del instinto de superioridad de los caucásicos respecto de los naturales de América.

     El blanco se encargó de minimizar al indio en todos sus aspectos. En primer lugar lo redujo en un plano demográfico. De acuerdo con el historiador Luciano Pereña, durante los siglos XV, XVI, XVII y XVIII se produjo el mayor descenso de las castas indígenas, y no sólo por muertes, sino que también por el progresivo aumento del mestizaje(14).

     Este último hecho es importante de destacar, pues el proceso de mixtura racial fue el detonante de una serie de contradicciones a nivel socio-étnico. Con el mestizaje, que por cierto se inició desde que Colón arribó al nuevo continente, nace una nueva raza que a su vez instaura una forma de estratificación social.

     Dicha jerarquización de clases marca el destierro del indio, el despojo de su identidad cultural y la transformación de su cosmocentrismo. Ángel Rosenblat, citado en el libro de Pereña describe El mestizaje fue esencial para la hispanización del continente. A diferencia del transplante de la sociedad en los pueblos indios por los puritanos ingleses, la colonización española realiza el mayor injerto de la historia a través del mestizaje.(15) [17]

     Entre el blanco y el indio no hubo un encuentro, sino más bien un choque de alto impacto, en el que el blanco se consagró como el supremo y el indio como el esclavo. El blanco se autodefinió amo y el indio por designación forzada, servidor.

     Siglo tras siglo, el blanco perpetuó su dominio por sobre el aborigen. Ya instalado en América y seguro de su poder, sienta las bases del modelo occidental, que por supuesto entra en conflicto con el cosmocentrismo del indio. Este percibe la vida desde una perspectiva distinta a la del europeo. El autóctono está conectado con la naturaleza y especialmente con la tierra; él proviene de ella y todo se lo debe a ella.

     El conquistador no entiende de la comunión entre hombre y naturaleza, desconoce el significado de pachamama (madre tierra) y de las bondades que emanan de ella.

     Esta sumatoria histórica de luchas belicosas, de expoliación de tierras y reducción de masas indígenas se constituye en el precedente clave para entender los distintos procesos de desintegración de las sociedades indígenas. A partir de esta desintegración Gabriela comenzará a reflexionar sobre el tema del indio. La conquista y la colonia serán entonces los parámetros iniciales para internarse en los laberintos del cosmos indio.

     Para sobrevivir en una sociedad que busca blanquearse a costa del olvido y la exclusión del indígena, veremos con los ojos de Gabriela, las limitaciones del indio para sobrevivir como extranjero en su propia tierra.

La mujer: una lengua de intuición y música que iba a ser la lengua del género humano(16)

     La historia de las mujeres no es una historia simple. No en vano cuando hablamos de ella, hablamos de diversidad y pluralidad. Las mujeres componen un sistema propio de percepción y exteriorización de la vida.

     Su historia versa sobre un universo compuesto por patrones culturales originales que premian la vida, la subsistencia, la cooperación y la armonía entre las personas. La mujer es la que mantiene la existencia en el más amplio aspecto que de ella se puede derivar. Desde la netamente biológica hasta un instintivo cuidado de los factores espirituales que permiten la sobrevivencia. [18]

     Milenariamente se ha asociado la mujer a la tierra por su analogía de valores: [Para] los indios, la Tierra -Prithivia- es la madre del género humano; Démeter es a la vez la diosa madre y la personificación de la Tierra; en casi todas las mitologías se habla de la ‘Madre Tierra’. En la tierra acontece la reproducción de la vida en sus formas más primitivas y la simbología arcaica vincula siempre la fecundidad de la hembra, así como vincula el arado al hombre que rasga a la mujer y la abre para la maternidad: arar la tierra es símbolo de cópula en los sueños y los mitos.(17)

     La mujer se había entregado a todas las formas de hacer viable la vida manteniendo un clima de respeto y cooperación entre los hombres, y entre éstos y la naturaleza. Le pertenecen no sólo la recolección, sino también las primeras ideas sobre agricultura y ganadería, asimismo la industria femenina a escala básica que produjo tejidos, cerámicas, medicina y la conservación de alimentos. Procesos que iban acorde a los ciclos de la naturaleza, respetando su regeneración y su vulnerabilidad a la codicia.

     El quiebre de la relación hombre-naturaleza -armónica hasta entonces- se produce cuando el hombre comenzó a privilegiar su uso racional en miras del proceso de desarrollo que busca ganancias y acumulación de capital.

     La revolución científica de Europa transformó la naturaleza de terra mater en una máquina y una fuente de materias primas; con dicha transformación quedaron eliminadas todas las limitaciones éticas y cognoscitivas que impedían violentarla y explotarla. La revolución industrial convirtió la economía de prudente administración de los recursos para el sustento y satisfacción de las necesidades básicas en un proceso de producción de bienes para hacer el máximo de ganancias.(18)

     No es posible determinar el inicio de la supremacía del pensamiento masculino, racional y jerárquico. Lo cierto es que existe una conciencia masculina y occidental que pretende dominar la naturaleza y a la mujer con argumentos que apelan a un proyecto de desarrollo basado en la productividad sin una ética de conservación.

     [Desarrollo] equivale a maldesarrollo, un desarrollo despojado del principio femenino, principio de conservación, principio ecológico. El desdeñar la obra de la naturaleza al renovarse a sí misma y la labor de la mujer al producir lo que satisface las necesidades básicas y vitales es parte esencial del paradigma de maldesarrollo que considera no productivo o improductivo todo trabajo que no dé ganancias y no genere capital.(19) [19]

     Dentro de esta concepción de vida, el hombre postuló la racionalidad como el modelo objetivo de pensamiento que debía dominar en el mundo. Las cualidades netamente masculinas como la abstracción, la lógica y el poder fueron las que la población humana consideró como deseables.

     Corrientes femeninas hicieron lo suyo, tratando de legitimarse en el mundo masculino a base de los valores que el hombre trataba de imponer. Con esta ideología nació el feminismo, en momentos que la mujer padecía la peor discriminación social, cultural, política y económica de sus valores.

Movimiento feminista

     La lucha de las primeras feministas tiene lugar en países que se inician en el sistema capitalista y que tienen, por lo tanto, un alto grado de industrialización. Inglaterra y Estados Unidos ven nacer en su regazo al movimiento proletario y al movimiento feminista. Los dos pretenden que sus demandas -en vista de su precaria situación- sean escuchadas en la sociedad y en el gobierno.

     Las mujeres que ingresan a las grandes industrias, abandonando el tradicional taller familiar para trabajar en igualdad de condición con el hombre, no reciben el mismo salario ni le son atendidas sus demandas. Tampoco son reconocidos sus derechos a intervenir públicamente en la toma de decisiones políticas, pero sí se encuentran llamadas a participar en la producción económica del país y a ser el pilar de la familia en tiempos de guerras mundiales. Este doble estándar las incita a proclamar en todas las esferas políticas y sociales, sus anhelos de igualdad.

     En América y en Chile el movimiento feminista no tuvo las características violentas de sus antecesoras (Las sufraguistas […]activan su campaña con tanto calor que su agresividad […] hace vivir a Inglaterra, casi el clima de una guerra civil)(20). Su posición estuvo más ligada a una concepción de diferencias y no de antagonismos con el sistema imperante.

     Desde una conciencia femenina y consecuente con el rol maternal fue abriendo nuevos espacios de legitimación. Sin entrar nunca en la lucha abierta: [El] feminismo chileno entre 1900 y 1940 fue de tipo reformista o doméstico, en el que partiendo de una visión tradicional de sí (y no podría haber sido de otra forma), las mujeres buscaron, principalmente, la reivindicación de sus derechos civiles y políticos [20] desde una posición no rupturista. Su feminismo no cuestionó las estructuras globales de la sociedad, productoras de su discriminación(21).

     Pese al tono moderado de la lucha feminista en Chile, ésta también tuvo como aliciente la necesidad de participar en las decisiones políticas. La Ley N. 1884 negaba el voto a la mujer chilena quien, al igual que europeas y norteamericanas, se incorporaba en grandes cantidades al mundo laboral.

     […] lo cual le hizo tomar conciencia de que el derecho a sufragio era uno de los medios más importantes para incorporarse a las decisiones nacionales, pudiendo así variar los rumbos de la política chilena […](22).

     Las circunstancias histórico-políticas no impidieron a la mujer ingresar a la educación. Fue tal este interés que en 1920 disminuye el número de mujeres que trabajan y aparece en cambio un elevado rubro de mujeres que estudian: 150.154(23).

     En Chile, sin dejar de lado la búsqueda de reivindicaciones feministas, las mujeres de la aristocracia e intelectuales motivaron la creación de sociedades benéficas, mutualistas, de acción social y perfeccionamiento intelectual.

     Nombres como Delia Matte de Izquierdo, Amalia E. de Subercaseaux, Sara Hübner de Fresno, Inés Echeverría de Larraín, Amanda Labarca, y la propia Gabriela Mistral se incorporaron a las directivas de las nuevas organizaciones.

     Las reacciones que generaron en la sociedad chilena estas nuevas corrientes feministas no se dejaron esperar. Los diarios de la época fueron la tribuna por donde desfilaron los discursos en contra y a favor. Sin embargo, es bueno recordar que en nuestros países suramericanos el feminismo no tuvo la fuerza radical de las demandas feministas norteamericanas y europeas. Sobre todo porque nuestras mujeres, pertenecientes al continente más pobre, han tenido que desviar sus fuerzas a la supervivencia de sus hijos.

     Porque si bien Las mercancías han aumentado […] la naturaleza se ha reducido. La pobreza del Sur se origina en la creciente escasez de agua, alimentos, forraje y combustibles, que va aparejada con el creciente maldesarrollo y la destrucción ecológica. Esta pobreza afecta más a las mujeres, primero porque son las más pobres entre los pobres, y segundo porque, junto con la naturaleza, son las principales sustentadoras de la vida(24). [21]

     En este sentido la mujer indoamericana, en relación a las otras, ha mantenido casi intacto su rol de sustentador de la vida, reconociendo en él un compromiso ético con la preservación de la naturaleza para el próximo milenio. Respetando así su alianza ya mítica con la tierra.

Las cartas y los recados de Gabriela Mistral

     El pensamiento de Gabriela Mistral, para los fines de este estudio, fue extraído de cartas dirigidas a amigos, escritores, políticos e intelectuales de Chile, y principalmente, de artículos que ella llamó recados, publicados en diarios y revistas de Chile y del mundo, donde se destaca por su numerosa colaboración El Mercurio de Santiago de Chile y Repertorio Americano de Costa Rica.

     Los recados, son escritos de extensión similar a la de un breve ensayo, donde expone sus ideas, críticas y sugerencias de temas y personalidades del momento.

     Sus primeros textos en prosa aparecen publicados desde 1905 en el periódico de Vicuña, La Voz de Elqui, y su producción literaria continuará ininterrumpidamente hasta 1954, fecha en que decae definitivamente su salud.

     Los ‘recados’ en prosa y verso surgen casi simultáneamente y a pesar de sus diferencias formales formaron un cerrado núcleo en esencia y contenido. Pero mientras los ‘recados’ en verso tienen su reino en Tala y sólo llegan a Lagar en el recado terrestre, los escritos en prosa se extienden desde 1934 hasta muy próximo a su muerte(25).

     Este género, creado por Gabriela Mistral, le sirvió para dar a conocer -como en una carta pública- su pensar sobre los pequeños y grandes asuntos de la primera mitad del siglo veinte.

     Los tiempos se van cargando tanto de trabajos, hasta para el más vacante, que se nos viene poquito a poco la tragedia del no poder comunicarse, del tener que renunciar a la carta lenta y noticiosa que antes se hacía para los amigos […]

     Pido, pues, que se me consienta esta especie de carta para muchos aunque no sea para todos, según las exigencias periodísticas. (Al cabo, director amigo, nadie escribe para todos, aunque así se lo crea…). Pido que se me acepte esta posta barroca, donde van comentos de sucesos grandes y chicos, de algunas hechuras que se quiere comentar, de esos que llamamos por allá [Chile] ecos escolares, de tarde en tarde encargos duro-tiernos para mis gentes: duros por ímpetu de hacerse oír y tiernos por el amor de ella.(26) [22]

     Las cartas, dirigidas en su mayoría a conocidas familias chilenas e intelectuales de América -Familia Tómic-Errázuriz, Eduardo Frei Montalva, Alone, Eugenio Labarca, Pedro Prado, Eduardo Barrios, Isauro Santelices, Enrique Molina, Alfonso Reyes, Joaquín García Monge, entre otros-, son expresiones más íntimas de su pensamiento. En ellas se develan juicios, roces, dificultades e impresiones que venían de Chile o del país donde se encontrara.

     …Las incorporo [las cartas] por una razón atrabiliaria, es decir, por una loca razón, como son las razones de las mujeres. Al cabo de estos recados llevan el tono más mío, el más frecuente, mi dejo rural en el que he vivido y en el que me voy a morir(27).

     Gabriela usó una forma de expresión muy particular para su prosa. Su lenguaje se caracterizó por su estilo sobrio y austero, pero en tono coloquial. Buscaba apropiarse de personas y situaciones a través del lenguaje, haciéndolas más cercanas e íntimas. Creaba singulares términos que manifestaran su interioridad, sin caer en formalismos académicos.

     Para ello utilizó formas verbales combinadas con pronombres -�se me han vuelto-, y neologismos como mujerío, campesinería, indiada, y otros que otorgan fuerza y vigor a sus ideas.

     Una de las maravillas de la Mistral es entregarnos arcaísmos o neologismos, palabras que no existían. En eso ha sido nuestra maestra(28).

     Mediante este lenguaje transmitió su manera afectiva de acercarse a la tierra, al indio y a la mujer. A través de la lectura de sus textos, es posible entender estos tres horizontes conectados de forma trascendente, asociados a una concepción de mundo integral, simbolizando culturalmente en cada caso el origen de la vida.

     Tierra, indio y mujer son dimensiones discriminadas por la cultura occidental. Horizontes, que si bien existen y participan ocasionalmente en la sociedad, no son considerados relevantes al momento de tomar decisiones políticas, económicas o legislativas. [23]

Capítulo I

Tierra

La tierra: el cuerpo que nos cobija

La tierra sagrada

     La necesidad hizo salir al hombre en busca de alimento, casa y abrigo. Observó los movimientos de la naturaleza, le tomó el ritmo a la tierra y aprendió a transformarla a través del cultivo.

     Recibimos desde los primeros pueblos que habitaron el mundo una especie de principio de sabiduría, que nos enseña a conocer y a querer a la tierra de la misma forma como quien ama a la madre que nos da la vida.

     Gabriela retorna esta concepción y ata el vínculo sagrado con más fuerza: Desde que Dios sopló alma sobre el barro de Adán y puso ese cuerpo animado en un jardín, se fijó la alianza perdurable de alma, cuerpo y suelo. El alma pide el cuerpo para manifestarse y el cuerpo necesita de la tierra para que ella le sea una especie de cuerpo mayor que le exprese a su vez y que le obedezca los gustos y las maneras(29).

     Alma, cuerpo y suelo están unidos en comunión intangible desde el principio de la historia: Dios puso al hombre en medio de un jardín para que lo regara la luz, lavaran los vientos sus pulmones y los perfumes del campo suavizaran su índole. Y si abandonamos la vida en medio de la naturaleza por no conocer su sentido profundo, debemos, cuando menos, hacernos un remedo de ese don aquí, donde levantamos la casa absurda. Este remedo, exiguo pero tierno, es el pequeño jardín familiar, [24] donde debe jugar el niño, para conocer e ir amando, desde sus primeros pasos en la luz, a su otra madre, la tierra oscura(30).

     Gabriela acota: Los hombres tenemos que decir al revés de San luan el Evangelista: ‘En el comienzo era la tierra’ […](31). Porque el suelo es el que contiene al hombre, lo sustenta a diario y le permite manifestarse en toda su dimensión: Y sembradores de campos o pueblos, todos han mirado con reverencia a la tierra como al mayor hecho que existe. No sólo el cielo es la cara de Dios(32).

     El amor que Gabriela le profesa a la tierra no es simple locuacidad de poeta, al contrario, para ella: No hay vigor sin el contacto con la tierra(33). Porque para transmitir gozo al alma y energía al cuerpo es necesario el coloquio de pecho a pecho con la tierra(34). De aquel diálogo el niño aprehende el conocer la vida y se forma en la ternura de un segundo regazo.

     No es sensiblería de poeta decir que el roce de una corola enternece y dulcifica. Ignoran los finos movimientos del alma quienes no saben que la con templación de una tarde -la hora pura por excelencia- limpia la pupila de las fealdades del día. Mirar subir el sol de nuestra Cordillera es un salmo que hace cantar la sangre desde las entrañas y abre los labios en un grito de alabanza(35).

     Todo el esplendor de la Creación reluce asentado en la Tierra. Su superficie es la cuna que nos mece, al mismo tiempo que es la madre que nos cuida: La tierra es el sostén de todas las cosas y no hemos creado todavía otra mesa que soporte nuestros bienes(36). En ella se desarrolla toda la vida y por ella aprendemos a coexistir como hermanos unidos en el mismo altar.

     Los hombres de la tierra son cálidos y activos porque lograron sentir su pulso y vibrar al ritmo de la naturaleza. Entraron en contacto con el suelo y se conectaron con el alma propia y llenándola de regocijo natural: No se trata solamente de campesinos. El peón mueve y remueve el suelo; los demás que cruzan el [25] ingenio o el viñedo pueden no haber cortado nunca un sarmiento, pero participan de ese paisaje tanto como el hombre doblado encima de la cepa […](37).

     El trabajo de la tierra conmueve a las personas, las enaltece transmitiéndoles una energía especial, dignificadora: Estoy alegre, dice el hombre de fe, porque trabajo en este solar de Dios que es el mundo. Él quiere mirar verdes las tierras de labor y me empuja hacia los surcos, en los que quedo hasta que se van borrando de sombra(38).

     El hombre que no participa del sentido telúrico de la vida se agrede a él mismo, no permite que su cuerpo se realice en el escenario que mejor lo expresa. Restringe sus sentidos porque madura bajo un sol desnudo que alumbra, pero quema: No se vuelve la tierra cuya índole es de la tarasca esta joya redondeada que echa luces [jardín], sino cuando pasa a ser parte del cuerpo nuestro y su roña nos atañe y nos aflige(39).

     La tierra no es algo ajeno a las personas, está allí y su cuidado es responsabilidad de todos. Podría parecer que Gabriela anticipa los movimientos ambientalistas de nuestra época, pero en su discurso no busca confrontarse a nada ni nadie. Sólo pretende remecer la pereza de los hombres y mostrarles el sentido perdido de la vida.

     La tierra que está baldía hambrea y envilece a su gente, pero el daño no se lo provoca a sí misma. Es el hombre quien no se ha encontrado con la esencia de la felicidad: Donde la tierra es bárbara de matorral ciego y de peñascos, está bárbaro el hombre, aunque tenga escuelas, plazas y portadas ostentosas de haciendas(40).

     El hombre fue entrando en la barbarie porque perdió el vínculo sagrado que lo unía a la tierra. El principio de sabiduría de los primeros pueblos agrarios fue reemplazado por la técnica y la mecánica.

     Hay que saber, para aceptar esta afirmación, lo que significa la tierra para el hombre indio; hay que entender que la que para nosotros es una parte de nuestros bienes, una lonja de nuestros numerosos disfrutes, es para el indio su alfa y su omega, el asiento de los hombres y el de los dioses, la madre aprendida como tal desde el gateo del niño, algo como una esposa por el amor sensual con que se regodea en ella y la hija suya por siembras y riesgos(41). [26]

     Según esta concepción el hombre blanco no ha sabido comprehender el carácter sabio, fecundo e intenso que la tierra exhala con cada latido de la naturaleza. Nosotros, gentes perturbadas y corrompidas por la industria; nosotros, descendientes de españoles apáticos para el cultivo, insensibles de toda insensibilidad para el paisaje, y cristianos espectadores en vez de paganos convividores con ella, no llegaremos nunca al fondo del amor indígena por el suelo, que hay que estudiar especialmente en el indio quechua, maestro agrario en cualquier tiempo(42).

La maternidad perfecta(43)

     Gabriela intenta redescubrir la dicha olvidada en el tiempo, perdida en el ajetreo de las ciudades. Hace mucho tiempo que pienso en escribir algo así; un elogio de los espíritus altísimos y desconocidos que son la sal de la tierra, la luz del mundo, como dice la parábola(44).

     Con este propósito no sólo inspira su poesía, sino que además hace suyo el trabajo campesino, enseñando en escuelas rurales, promoviendo los derechos del pequeño agricultor y cultivando la tierra, su verdadera pasión.

     Escribe a un amigo: Ahora, Isauro, tengo el descubrimiento de un tesoro: el de la tierra de Dios, que me da una paz casi sobrenatural, un sosiego que tiene algo de infinito. Trabajo un huerto menudo, haciendo hortaliza y jardín. No sé decirle el encantamiento que me da este ejercicio nuevo, el olvido de mis penas, la creación de una nueva vida […](45).

     Gabriela camina hacia su tierra prometida, el paraíso perfecto: el Elqui de su infancia. Su intención es captar cada movimiento de la naturaleza no sólo para retratarlo en un verso, sino para sentir la energía vital de la Tierra entrando por todo su cuerpo: Hubiera querido caminar sobre el campo toda esa noche; sentir ese mundo nocturno potente como en su primera creación(46). [27]

     Desde un principio se identificó profundamente con el mundo rural, que paradojalmente es el más desprovisto de tierra propia.

     El campo le entregó vida, salud y felicidad; y ella sintió que en él podía encontrar la compañía ideal, consagrándose materialmente a formar y preservar el alma de lo campesino.

     Pero el pueblecito [Compañía Baja] con mar próximo y dueño de un ancho olivar a cuyo costado estaba mi casa, me suplía la falta de amistades. Desde entonces la naturaleza me ha acompañado valiéndome por el convivio humano; tanto me da su persona maravillosa que hasta pretendo mantener con ella algo parecido al coloquio… Una paganía congenital vivo desde siempre con los árboles, especie de trato viviente y fraterno […](47).

     Adoptó así una concepción espiritual de la maternidad donde proyectó el anhelo de ser madre a los hijos de toda América.

     De esta forma, la Tierra-Gabriela podría ser la tercera persona después de Lucila y Gabriela. Pero va más allá de ambas, trasciende todo oficio y cualquier limitación. Es una mujer hecha de tierra americana, a la vez que es madre de lo rural-universal. Muy distinta de la imagen internacional que, según pudo observar, los santiaguinos se hacían de ella(48).

     El único amor que me va quedando en la vida es el de la naturaleza, y hasta un punto tal que no sabría yo decírselo(49). La Tierra-Gabriela es una elaboración superior a ella misma, es su propia voluntad convertida en el regazo y protección de todos. Ella es la misma cordillera tutelar que refugia el alma de América.

     Yo no sé si la Madre Ceres trepada en un aeroplano 1931 sentiría humillación más grande que la mía de ver su tierra reducida a pizarra con palotes y cuadrados infantiles. Porque yo soy tan terrestre como ella, y siento humillación y me duele(50). La sagrado y lo pagano se mezclan para conformar este todo mayor que guía y resguarda al pueblo americano. Ceres y Ghea, diosas de la Tierra, el hogar y la agricultura son transportadas a territorios mayas, aztecas e incas y entran en conjunción con […] la montaña, caja de metales y maternidad de nuestra vida(51), de allí nace la Tierra-Gabriela. [28]

     A veces creo, padre -otra vez la paganía-, que el hombre no tiene más cura que esta agua remansada y verde que es la Ghea (no recuerdo si se escribe con o sin hache): tierra, hierba, pájaros y bestias…(52)

     Incluso hay quienes llegan a pensar que Ella es la Madre Gea que inventaría -o inventa- un país imaginario -su país-… Es la huerta, el jardín humilde de las viejas aldeanas como ella; pero es más huerta que jardín, pues éste ya le parece demasiado lujo(53).

Nuestra tierra

     Gabriela Mistral recoge del suelo chileno, especialmente de la tierra del valle de Elqui, todas las bienaventuranzas para el hombre, enseñándoles la lealtad al campo y la virtud de la tierra para que aquella masa ultra rural no sea avasallada por el odio de las ciudades.

     Porque la ciudad perdió el vínculo sagrado con la tierra, y se dejó caer en la barbarie, olvidando el cultivo, desprestigiando al agro frente a las industrias y marginando social y económicamente al campesino.

     La intención de Gabriela es reencontrar al hombre americano con la Tierra, devolviéndole así el alma al suelo, como era en el principio.

     En su rol de madre y formadora buscará revalidar la tierra ante las miradas indiferentes: Otra forma de patriotismo que nos falta cultivar es esa de ir pintando con filial ternura, sierra a sierra, río a río, la tierra de milagro sobre la cual caminamos(54).

     Porque: Parece que los hijos de cualquier tierra la queremos, no sólo abastecedora, sino hermosa(55).

     En su peregrinar por el mundo siempre se referirá al valle de Elqui como el modelo de comunión perfecta entre el hombre y la tierra: […] Es el clima por excelencia de Ceres, seguro, estable: clima de matriz de tierra o de mujer. […] Allí vivir se llama complacencia y seguro, destino natural del hombre hijo de Dios(56). [29]

     El valle de Elqui cobijó su infancia, de él aprendió a entender concabalidad los procesos cíclicos de la vida, como la maternidad, el crecimiento, la muerte, o simplemente el ir y venir de las cosas.

     La que fue su patria chiquita(57) le sirvió siempre de modelo perfecto para referirse a las bondades de la tierra, y de cómo el hombre sublima el cultivo en aras de un bien común que trasciende la relación social:

     Pequeñez, la de mi aldea de infancia, me parece a mí la de la hostia que remece y ciega al creyente con su cerco angosto y blanco. Creemos que en la región, como en la hostia está el Todo; servimos a ese mínimo llamándolo el contenedor de todo; y esa miga del trigo anual que a otro hace sonreír o pasar rectamente, a nosotros nos echa de rodillas(58).

     Gabriela conoció también la majestuosidad de las formas telúricas, belleza que escapa de la mirada trivial, que en cambio ella sí advirtió: la tierra, al igual que el útero materno, posee la belleza de ser el origen de la vida.

     Cuando yo era niña y preguntaba a mi madre cómo era dentro la Tierra, ella me decía: Es desnuda y horrible. Ya he visto, madre, el interior de la Tierra: como el seno abullonado de una gran flor, está lleno deformas, y se camina sin aliento entre esta tremenda hermosura(59).

     Gabriela al acercarse a la Tierra inició un proceso de conversión espiritual, que la llevó a adquirir la personalidad de madre universal, personificando en sí misma la propia Tierra.

     …Voy conociendo el sentido maternal de todo. La montaña que me mira también es mi madre…(60).

     Los elementos de la naturaleza conformaron su familia, sintió a cada uno de ellos de una manera especial, internándose en el corazón de la Tierra, hasta conocerla profundamente y ser parte de ella.

     Los ríos, bosques, montañas, el valle y el trópico son extensiones de su propio ser. Su organismo funciona a través de ellos: la montaña es su regazo y el trópico su alma, los que emanan de su cuerpo con actitud maternal. [30]

Pasión agraria(61)

     En el pensamiento mistraliano, la vida de campo a la que alude el capítulo, no es la representación pueril de la colonia chilena y su posterior proceso de urbanización condicionado a la voluntad del dueño de fundo; tampoco es la visualización típica del roto chileno o del huaso encopetado. El campesino al que Gabriela se refiere es el hombre que cultiva la tierra, el labrador quechua, mapuche, mestizo, americano, hombres o mujeres que trabajan el campo y rescatan sus frutos para el bien de toda la humanidad.

     La vida de campo es aquella que no se ha rebajado de la libertad a la servidumbre(62). La propia Gabriela escribe: la clase campesina comprende de un 50%, un 70%, 80% formidables en aquellas poblaciones [americanas]. No se puede olvidar eso, vivir al margen de semejante hecho, por ignorancia, si no por malicia, bizca y perversa(63).

     Su origen humilde en Elqui lo lleva impregnado en su vida y espíritu: En cierta manera yo hablo por esa masa a la que pertenezco en cuanto a persona sin tierra, pero que forma parte de una tierra, en nombre de esa masa a la cual le ocurre la desgracia de que se despierta un día sabiendo que su provincia dejó de ser cubana, chilena o venezolana, sin que ella supiese el cómo ni el cuándo de su desgracia(64).

     La gente del campo es la gente de la tierra, […] la zona rural, la zona verde, donde las estaciones son reales, donde las lecciones objetivas no se vuelven fraude(65). Aquella que está en comunidad con el suelo, […] la infancia en el campo, el coloquio de pecho a pecho con la tierra, la amistad con las bestiecillas y la convivencia con la vegetación[…](66), son quienes tuvieron el amamantamiento con la leche gruesa y vigorosa del campo(67).

     La Pasión Agraria de Gabriela no despierta de repente: yo soy campesina por la sangre y el ojo con viña y espiga(68), y se declara: campesina de [31] origen, campesina de costumbres y campesina voluntaria o deliberada, para que el problema le golpee el corazón después de quemarle los ojos con los que ha mirado la venta paulatina de la América nuestra�(69).

     Qué somos, para convencer a nuestros capitanes políticos de que la colonia era latifundio y que no hemos salido de la colonia?(70), así demanda la concreción de una reforma agraria, treinta años antes de cualquier indicio de repartición de tierras en Chile. Y no pierde la ocasión para proclamar durante su último viaje a Santiago en 1954, en La Moneda y frente al Presidente Ibáñez, que: Por fin, hay interés vivo en que el hombre de campo puede llegar a tener dónde apoyar su cabeza. Se trataban muchas cosas, algunas bastante necesarias, pero ninguna de tanta trascendencia como la de ayudar al campesino a realizar sus sueños. Esto es de una justicia de un tamaño que no se puede medir(71).

     Quizás Gabriela pudo adelantarse a los hechos, tal vez por alguna mala información que llegara a sus oídos, o por alguna picardía de su buen humor; pero lo que es cierto es que ya en 1928 exigía los mismos derechos para el campesinado: La noticia me llega de Chile sobre una acción agraria decorosa y salvadora, me endereza de un gozo que no sé qué decir. Escribirme contándome que mi madre se ha puesto joven y fuerte no me llenaría de mayor complacencia […] una ley agraria nace cuando en un pueblo madura la conciencia, se permea de equidad(72).

     Por esto debemos entender su pensamiento agrario no sólo en el contexto enfrentado al crecimiento desmesurado de lo urbano, sino también respecto a su propio sentir rural reforzado por la posibilidad única de viajar, observar y conocer toda la América.

     Mientras la tierra es nuestra, existen todas las posibilidades, porque la creación tiene dónde asentar los pies. […] Pero venga la pérdida del suelo; cambie de dueño la mina que alimenta a una ciudad; pasen definitivamente el cafetal y los cafetales a manos lejanas; váyasenos el depósito de salitre de nuestro poder; en una palabra córrasenos debajo de las plantas el territorio como una bandeja, y se han acabado con la realidad de la tierra defectuosa, pero susceptible de orden, todas las posibilidades de hacerla perfecta(73). [32]

     De esta forma el retrato del abandono del campo, no es una posición pesimista frente al desarrollo de las sociedades, sino un recordatorio del propio olvido humano de las virtudes de la Tierra, una manera de reencontrar al campesino hombre primero, en cualquier país agrícola; primero por su número, por su salud moral, por la noble calidad de su faena civil, sustentadora de poblaciones y el primero principalmente, porque ha donado el suelo, y lo maneja después de cien años con una como dulzura dichosa(74) con la modernidad, la cultura industrial, la sociedad de masas, la paz después de la guerra y por sobre todo con la propiedad perdida hace más de cuatro siglos.

La tragedia del campo

     Las que llamamos pérdidas o conflictos o problemas son pequeñeces mientras la tierra permanece nuestra. La única tragedia verdadera es su enajenamiento(75). Este texto pareciera concentrar todo el pensamiento social agrario que Gabriela pretende transmitir a su pueblo, y donde más se refleja el vínculo entre el campo y las virtudes de la Tierra, ya que no es sólo la falta de éste, sino un despojo de algo que era nuestro y que por naturaleza nos contenía tanto como la madre al hijo.

     Podría desprenderse una constante histórica de esta separación que la misma autora trata de interpretar a través de la imposición de un dominio externo cargado de valores utilitaristas muy distintos a los que la Tierra-Gabriela intenta enseñar. Desde esta perspectiva el hombre americano ha sido enajenado de sus derechos desde la conquista española hasta el proceso de industrialización tardía, período contemporáneo a la Mistral.

     Así concibe que: el alejamiento de la tierra, al que se ha llamado uno de los aspectos de la civilización, es un camino imperceptible pero cierto hacia otra barbarie(76), barbarie que podría interpretarse como la pérdida de estos valores, virtudes y conductas que entrega el trabajo de la tierra.

     Con el descubrimiento y posterior conquista de América por los españoles, Gabriela aprecia que los indios dejaron caer el gusto del cultivo, [33] abandonaron la lealtad a la tribu, que derivaba de la comunidad agrícola, olvidaron el amor de la familia, que es […] una especie de exhalación del suelo, y fueron reentrando lentamente en la barbarie(77).

     Hace cuatro siglos ya que el indio pelea por su suelo con la conciencia más lúcida de que esta tierra lo es todo, que con ella quedan ganadas o perdidas todas las cosas.

     Cuán bien supo que vio la llamada gente ciega que ceder la tierra era perderse y además perecer. Con la tierra todo había de irse: la mujer, el niño, los hábitos, los dioses, la razón de vivir y la alegría.(78)

     Sin embargo el hombre del campo americano pareciera no haberse dado cuenta aún de esta situación. Al reconstruir la línea central del argumento agrario surge claramente la contraposición campo-ciudad/urbano-rural, símbolos del proceso de civilización. Gabriela no sólo se molesta por esta división y el consecuente deterioro de lo uno en beneficio del bienestar del otro, sino que también hace un llamado a la sociedad para que enmiende este error de tantos años.

¿Por qué una reforma?

     Gabriela es una mujer de su pueblo, no se puede olvidar eso, porque de otra manera no se explicaría su verdadera pasión por el campo y el ahínco con que describe estas realidades que conoce muy de cerca. Por esto su empeño no sólo es hacer notar el olvido en que se encuentra la tierra sino que además estimular y ensenar a los suyos, incluyendo los propios campesinos y las autoridades, en cómo dignificar la tarea del cultivo.

     La mayoría de estos textos fueron escritos para Chile y publicados en El Mercurio, por lo que no se puede decir que su pensamiento era sólo una corriente intelectual adoptada en forma pasajera. Al contrario, para Gabriela era un sentir mucho más profundo y tan arraigado como una religión o una ideología. Y así lo demuestran sus intervenciones constantes en favor de una Reforma Agraria. [34]

     El problema entonces no era hablar del tema sino promoverlo como base de la cultura americana. […] Lo que pedimos es no sólo ser ayudados con el dólar y la maquinaria, sino ser entendidos, sobre todo ser comprendidos(79).

     En los momentos en que América comenzaba una incipiente industrialización, Europa ya conseguía para sus obreros códigos del trabajo y previsiones sociales: El obrero industrial acapara toda la atención de los llamados partidos democráticos en esos países. […] Del campesino en Chile y en otros países, nadie se acuerda. Y esto muestra bastante la calidad de la conciencia y la sinceridad democráticas de los candidatos(80).

     Por esto Gabriela se compromete con la educación y la conciencia social: Alguna vez han de dar signo de sí y echar vagido esas masas campesinas que hacen horizonte como la hierba, y que siguen allá, ausentes de la pasión política(81). Ella misma observa: Semejante mansedumbre ha hecho concebir esperanzas excesivas a los terratenientes. ‘Si ellos no se mueven, a qué moverlos?’, dicen. Han de estar contentos de vivir en suelo prestado. ‘Déjenlos tranquilos’. Yo he mirado siempre como cosa sobrenatural la paciencia campesina en la América. Se parece a la larga paciencia de Dios, de que hablan los teólogos. Pero un estado no puede contar con lo sobrenatural como una ‘naturaleza’(82).

     Dirige enérgicamente sus denuncias a los terratenientes, acusándolos de preservar la agresión histórica en contra del suelo y de su gente. A su vez demanda que el Estado se ‘agrarice’, tome conciencia y respete lo rural, en lugar de consentir el abandono por su despreocupación política: El latifundio chileno forma parte del bloque de crueldad conquistadora y colonial; pero teniendo una porción grande, de delito tiene más, mucho más aún de estupidez y de estupidez criolla. El gran pecador es aquí el Estado; se exhibe con una imbecilidad verdaderamente ‘soberana’(83).

     La pérdida del suelo es una desgracia que se debe corregir, por tanto son los políticos quienes deben intervenir: Mucho necesitaba ya la democracia manca que es la nuestra, preocupada, desde hace cinco años, de Códigos del trabajo, habitación urbana y otras asistencias honestas al obrero, volver la cara hacía el campesino, darse cuenta de él y agrarizarse un poco(84).

     El agrarizarse consiste en reconocer y dignificar la presencia vital del campesino como hombre de la tierra en toda sociedad; no significa sólo [35] recompensar sus viejas lealtades, es muy importante además re-merecerlo en sus virtudes y poder borrar de sus vidas la miseria en que se les ha sumido.

     No hay, entre lotes de desventura, que son tantas en este mundo labrado célula a célula para la desgracia, no hay lote como el inquilinaje nuestro. Desgracias que el campesino se da -alcoholismo, pereza, indiferencia, suciedad-; desgracias que le dan: el salario impío, el atropello cotidiano y diverso, en la propiedad (cuando la tiene), en la ciudadanía (si vota); en la mujer y la hija, en la fe, en cuanto asoma en él y que por parecer ejercicio de hombre libre, se castiga y se quiebra, para envilecerlo junto con hambrearlo(85).

     Toda la América Latina ha pecado contra el campo. La cursilería criolla lo ha abandonado por incómodo y por burdo vivir en él. Pero el campo ni se va a organizar ni a purificar solo. Lo primero es no hacer esa emigración en Masa a las ciudades y dejar a ese mismo campo, al que se llama ‘bruto’, encargado de mantener a los propietarios rurales que lo han huido como una calamidad(86).

     Gabriela sufre viendo que Tanto como la ciudad ha prosperado, el campo se ha barbarizado. La clase media campesina, a la cual pertenezco, se ha vuelto pueblo hambreado. […] El criollo sudamericano tiene el absurdo de vivir del campo y de darle la espalda. Le avergüenza haber nacido en él, cultivarlo bajo sus ojos, vivirlo. Pero él quiere que ese campo infeliz le costee el tren de vida burguesa que lleva en las ciudades(87).

     La tarea del Estado y de la comunidad debe ser coordinar sus esfuerzos por conseguir una reforma que haga justicia al campesino, le reconozca sus derechos y dignifique su labor, para que el cultivo no sea un sacrificio, sino una satisfacción.

     Ellas sí no han pecado, las buenas gentes, del pecado americano por excelencia que es la botaratería del suelo, la lujuria de la ocupación y la necedad del badiísmo. Si hay gentes que merecen en Chile un reparto agrario del cual corrija la ignominia de cuatro siglos de despojo del campo al peón, ésas son las primeras a las que habría de desagraviar por la vieja ofensa y que recompensar por las largas lealtades(88).

Devolver la tierra

     Gabriela siente la necesidad de recuperar para el campesino: […] la dignidad de poseer el suelo, tan natural como el gozo de la respiración o de la marcha(89). [36] Para lograrlo, sin embargo, debe comenzar primero por convencer a los propios trabajadores del campo que forman parte de […] una familia humana que cada país ama como a su tuétano vital(90). Como diría la joven Gabriela: El silencio y la quietud si existen en los pueblos que cobija la tiranía, son viles y envilecen; sólo cuando existen bajo el estandarte flamígero de la Libertad son admirables y enaltecen(91).

     Pero no basta con que la gente humilde tome conciencia de su valor humano, el resto de la sociedad también debe saber que el hombre rural debe poseer el suelo por vía de la pequeña propiedad, para que realmente se produzca, en la tierra colombina e isabelina, una civilización de orden latino que no nos vendrá por el auge industrial, pues una latinidad nace de un agro amado y servido de un hombre que es su amo y su disfrutador a la vez(92).

     El campo no debe ser una vergüenza, por esta razón pide volver la cara hacía el campesino(93) chileno: La provincia tiene que volverse agrícola, como Aconcagua, como su valle de Elqui, donde no hay hambre, porque existe el agua, el hombre no es perezoso y el suelo se ha dividido.

     Quizás este esbozo del pensamiento agrario en Gabriela Mistral posea algún dejo de pesimismo, ya que ella misma reafirma al hablar: Cuando dimos la espalda al campo y alzamos el hogar -esa casa apacible- en medio de las ciudades febriles, desposamos nuestra vida con la inquietud y con la decadencia física(94). Posiblemente sea ésta una reacción al sentimiento de pérdida que la embarga desde tan lejos.

     Sin embargo, ella intenta permanentemente construir o al menos dejar una esperanza respecto a una buena repartición de la propiedad, a la revalorización del campesino y a la estimación del ámbito rural: En otros países existe entre la ciudad verdadera, la que bulle, y el campo, otra población semirrural, muy densa, donde levantan su casa los que no se resignan a abandonar la luz plena y el ancho horizonte, y que tampoco pueden vivir lejos de los centros fabriles(95). Es decir el cultivo de la tierra y la modernidad no son excluyentes entre sí, deberían en cambio adaptarse a este nuevo mundo y rescatar la virtud de la Tierra, para no degenerar en la barbarie; ya que: �[…] sólo la tierra es socia de nuestro dulce negocio de vivir […]�(96). [37]

La Voz del Elqui

Hija de la tierra

     Es cierto que los contextos de la infancia marcan nuestra experiencia de vida para siempre, pero pocos logran darse cuenta a tiempo del provecho de las enseñanzas del pasado. Gabriela, en cambio, pudo percibir este contraste incluso antes de salir de su tierra.

     El paisaje de Elqui penetró profundo en su alma de poeta, y de él logró impregnarse de imágenes y sensaciones a través del contacto puro con la naturaleza, además de establecer un ideal de vida en base a las costumbres que allí aprendió: Nací en Vicuña, Chile, 1889. Me crié en el campo hasta los doce años. Ha persistido en mí ‘la ruralidad’(97).

     Su origen campesino es la dicha de su identidad universal, ella forma parte de la comunidad de la tierra, no se identifica con afanes nacionales y posee además un espíritu marcadamente regional: nosotros [elquinos] salimos generalmente de nuestra caja portentosa de cerros como troquelados en cobre: muy sanguíneos, bien musculados, hechos para dar testimonio del sol sagitario que es el nuestro y que nos ha batido bien la sangre en los repechos y las laderas(98).

     Los valores y costumbres aprendidas en Elqui son las que conforma a la Tierra-Gabriela, en sus palabras: La tierra de América y la gente mía, viva o muerta, se me han vuelto un cortejo melancólico, pero muy fiel, que más que envolverme, me forma […](99).

     En Elqui se dan todas las virtudes de la tierra, en él coexiste el equilibrio natural de las cosas con la armonía entre las personas. Su amor por el valle se refiere a las vibraciones que éste le transmite: a la calidad de vida que allí se comparte, a la intensidad de la naturaleza que se precipita por la cordillera.

     De aquel pedazo de cielo hundido en la tierra elquina, Gabriela conserva sus mejores recuerdos: sus motivos de niña, sus inspiraciones agrarias, el hogar que la cobija y el ensueño del campo: Salí de un laberinto de cerros y algo de ese mundo sin desatadura posible queda en lo que hago, sea verso o sea prosa(100). [38]

     La naturaleza fue su segunda madre. De la primera, doña Petita, aprendió a familiarizarse con la naturaleza: […] Tú me nombrabas las cosas de la tierra: los cerros, los frutos, los pueblos, los bestiecitas del campo, como para conciliar a tu hija en el mundo, como para enumerarle los seres de la familia […](101).

     Gabriela y el valle se funden en uno solo, se conectan con la virtud de la tierra y forman carne de su carne y hueso de sus huesos(102). Todo lo verde, fecundo, perfumado y leal de la tierra se transfiere a su cuerpo: andan en mi sangre disueltos los metales de mis cerros de Coquimbo(103).

     La conexión con la tierra es sagrada, no sólo se apasiona por el valle: Amo cada piedra del valle de Elqui, cada granada y cada vaina de algarrobo(104), sino que ambos se intervienen y se apropian de la esencia universal de la Tierra: Era yo lo único mudo en medio de la tierra dichosa. Pero ella iba poco a poco entrando en mí, comunicándome su palpitación inmensa(105).

     Gabriela interpreta la tradición campesina elevándola a una cultura de la tierra, original de América, pero universal por los valores que inspira. Aun así es una idea que conserva para sí misma y no trata de imponerla a nadie: Confieso que, por voluntad mía o por temperamento, las tierras extrañas no me arrasan la costumbre, que apenas me la remecen, de que la tengo añeja y tenaz. Errante y todo, soy una tradicionalista risible que sigue viviendo en el valle de Elqui de su infancia(106).

La patria primera

     La comunidad de Elqui reúne las características del campo americano, en él la buena tierra entrega sus frutos, porque existe amor por el cultivo; la gente se conoce y comparte sus vidas con el otro; los niños conviven con la naturaleza, y juegan en los patios, que son las prolongaciones de un cerro infinito; y donde no existen las alambradas porque la tierra es de todos.

     Hablando de Gabriela Mistral, Alone dio una visión al respecto, que define como doctrina pura del anticapitalismo: [39]

     Nació en un valle donde la división de la propiedad era simple fórmula. Ella refiere a menudo que su madre solía darle instrucciones para restablecer entre los vecinos las diferencias de cosechas.

     -Mira, chiquita -ordenábale-, anda a casa de la fulana y sacas manzanas y se las llevas a zutana, que este año ha tenido muy pocas.

Y allá iba la chiquita; entraba en la arboleda y se llenaba de manzanas el delantal. Al salir, a veces, estaba en la puerta el dueño. Ella le hacía un reverente saludo; él se lo contestaba; no mediaba entre ambos más explicación. La vecina pobre recibía asimismo con perfecta naturalidad el tributo del más favorecido(107).

     Esta es la vida rural de los pueblos agrícolas. De su infancia en el valle pudo sacar un modelo de comunidad, ejemplo de las costumbres y la vida decampo que conoce y que una vez fuera de él, como el hijo fuera de la madre, idealiza en un paraíso perfecto a imagen y semejanza del que vivió en su infancia.

     Las patrias genuinas, las patrias reales son para mí ésas; el radio entero que cubrió mí infancia en un valle cordillerano de Chile, la campesinería que es mi dicha y mi costumbre, y los dos oficios que me han hecho tatuaje sobre el cuerpo y sobre el alma(108).

     Respecto al valle de Elqui, […] que es la zona de mi vida anterior, y la de mi nacimiento(109), reafirma su condición campesina: Si yo volviese a nacer en valles de este mundo, con todas las desventajas, que ha dejado la vida entre urbanos ruralismo, yo elegiría casa no muy diferente de la que tuve entre unas salvajes quijadas de cordillera […](110).

     Para Gabriela, la patria es el paisaje de la infancia y quédese lo demás como mistificación política(111), porque un metro de esa tierra vale por diez de los de cualquier parte. Una hectárea elquina hace el bienestar de una familia y da al jefe cierto aire de hombre rico(112). Lo que provoca en el hombre que vive en ella una sensación indescriptible que urge del contacto pecho a pecho con ella, sentirla, olerla y no sólo verla a través de las grandes haciendas.

     Por eso, ese hogar ideal, con el que soñó algún día, el valle de su paraíso terrenal, aunque sea pequeño no debe amargar a nadie, la misma Gabriela escribe: [40]

     Volví a tener un hogar en el paisaje campestre que forma el ideal de mi vida.

     Y ese hogar fue la casita pastoral con que soñaba esa tarde junto al río…

     Quizá el miraje del futuro iluminó mis ensoñaciones ese día…(113)

El paraíso terrenal

     La patria natal de Gabriela siempre fue su valle de Elqui. Pero en la medida que fue saliendo de Chile física y sentimentalmente, fue desprendiéndose también de su regionalismo.

     El contacto con realidades de distintos pueblos de América y Europa le proporcionaron un horizonte más amplio con el cual poder identificarse, y que a la vez le dieron un tinte mucho más universal.

     Su amor por la campesinería le otorgó una verdadera nacionalidad rural. Pero al referirse a ella no puede evitar pensar en el modelo original de su patria verdadera, el Elqui: Le escribo desde la cordillera elquina, mi verdadera tierra(114).

     Este pedazo de suelo, donde fuese suelo vegetal todo lo que se ve, pero no hay tal. La roca viva que domina en lo alto se come en el valle grandes espacios(115), el cielo es de tajada, ya se comprenderá cómo es de chiquita la tierra, si a lo menos cautiva toda su admiración y aspiración de lo que debiera ser el mundo rural.

     Reconoce al que fuese rector de la Universidad de Concepción, Enrique Molina Garmendia, que A medida que envejezco a mí me importa más y más la geografía y menos la historia, el suelo mejor que el habitante(116). Lo que la lleva a buscar en su valle las características de su tipo ideal:

     Del Decálogo del Jardinero: Cultivemos las Flores(117):

     1.- Para devolver a la tierra su belleza primitiva, pues Dios la entregó florida al hombre y éste no ha hecho cada día sino envilecerla; [41]

     3.- Para que el rocío del cielo tenga copas divinas donde caer y conservarse algún tiempo, en vez de caer y perderse en la tierra impura;

     8.- Para que las mujeres pobres que no pueden comprarse perlas, rubíes y amatistas, tengan rosas, el jazmín y las violetas, perlas, rubíes y amatistas para adornar su cabeza, su pecho y sus manos;

     9.- Para que el pobre ser de dolores que es el hombre, posea nuevas substancias generosas para curar las lepras de su carne y espíritu.

     Estos son los motivos que la inspiran a mantener la ‘cuerdecilla de la voz’ que nos une con la tierra en que nacimos[…](118). Para ella, los que permiten que los hijos de cualquier tierra la queremos, no sólo abastecedora, sino hermosa[…](119).

     De su concepción ideal del buen campo, sugiere como paraíso terrenal al consabido valle: Tal vez el amor de la tierra por el que la cultiva esté en relación con la dosis angustiada en que éste la ha recibido[…](120).

     Enfatiza que es el cultivo el que enseña al campesino a mirar la tierra con otros ojos. Éste […] ha debido aprenderse la asistencia del suelo por necesidad y tratar la tierra escasa como lo único que da la subsistencia. Del servirse de ella han ido pasando al servirla y al quererla(121).

     También la tierra propia profesa un amor especial por la gente de Elqui: El amor del suelo verde por la criatura elquina es cosa de contarse, porque no es común que la gente blanca de la América estime el terrón viniendo de donde viene de la España creadora y sustentadora de desiertos(122).

     Pero estas características, un poco subjetivas, también tienen su lado pragmático al poner el acento en que: Lo menos que el hombre puede hacer por la tierra es la distribución racional de las aguas, conducir al elemento maravilloso, en sabia red de canales(123).

     De este valle extracta la esencia de la vida de campo e idealiza su virtud: Como al del Huasco, le ha sido dado al valle de Elqui no sé qué privilegio de frutas sumas y de gente bien plantada. […] De Elqui no ha salido nunca gente desabrida o laxa(124). [42]

     Así proyecta en su imagen de la infancia la vehemencia de la Tierra, y enseña el amor por el cultivo: Cuando yo me acuerdo del valle, con ese recordar fuerte, en el cual se ve, se toca y se aspira, todo ello de un golpe, son dos cosas las que me dan en el pecho el mazazo de la emoción brusca: los cerros tutelares que se vienen encima como un padre que me reencuentra y abraza, y la bocanada de perfume de esas hierbas infinitas de los cerros(125).

     El valle no sólo fue su hogar, se convirtió además en su referencia constante al ideal de la vida sobre la Tierra. Porque, para Gabriela, él contenía de las cosas buenas lo mejor y en su estado más puro: El valle de Elqui: una tajeadura heroica en la masa montañosa, pero tan breve, que aquello no es sino un torrente con dos orillas verdes. Y esto, tan pequeño, puede llegar a amarse como lo perfecto.

     Tiene perfectas las cosas que los hombres pueden pedir a una tierra para vivir en ella: la luz, el agua, el vino, los frutos y qué frutos!(126).

El ritmo de la tierra

La enfermedad del suelo

     La ciudad ahogó al campo natural y antepuso el progreso material a la dicha humana. El desprecio de la naturaleza llevó a los hombres a cubrir la tierra con cemento, cortar los bosques y alzar fábricas en vez de parques.

     En la primera mitad del siglo la humanidad vivió dos guerras mundiales, graves totalitarismos y una gran depresión. La Tierra pasó de fértil pradera a estridente ciudad: Qué miseria y qué dura fealdad tendrá vuestra casa, a pesar del muro blanco! La calle arroja por la ventana abierta su nube de polvo; el hervor de la calle entra brutalmente en vuestro cuarto: no hay un velo delicado que ampare vuestra vida interior, fuera de la persiana, que es una cosa, no una vida, y tu casa y la calle se confunden groseramente(127).

     La pérdida del contacto con la tierra es la pérdida también de nuestra identidad rural y sus motivos agrarios: abandonamos la vida en medio de la naturaleza, por no conocer su sentido profundo(128). [43]

     El desamor de Gabriela por la ciudad es producto de la barbarización que le han provocado a la Tierra. El contraste entre la urbe y el campo es el producto de una antítesis espiritual: Cuando volvemos la espalda al campo, restamos todo eso a la pobre alma: paz, alegría y elevación.

     Lo que se nos dio en cambio fue un bienestar falso, que lenta y dulcemente nos irá aniquilando, amenguando en vigor y belleza. […] nos darán el mirar apagado, la mejilla sin sangre, y hasta la acción floja y desabrida(129).

     La ciudad corrompió a los hombres de la tierra, y éstos emigraron del campo y se olvidaron de las virtudes aprendidas. Abandonaron su origen y prefirieron las trampas de lo material antes que el enriquecimiento del alma.

     Comprendo su amor por la ciudad; ella es un vicio del siglo, sin duda hay refinamientos del espíritu que sólo pueden alcanzarse en una ciudad, florecimiento supremo de la personalidad que exigen la fiebre, el espectáculo soberano de dolores y pasiones, que sólo la ciudad da. Puede que un día yo la necesite imperiosamente. Soy mujer de enormes evoluciones. Hoy no la quiero, más aún, me hace daño: tengo unas hambres de paz, de mucha paz, que no logro saciar!(130)

     Esta desafección por lo urbano no es antojadiza. Quizás Gabriela nunca sintió amor verdadero por la ciudad, cualquiera que sea su tamaño. En una entrevista para Zig-Zag responde:

     -Gabriela, no se queda usted en Santiago?

     -Jamás. Esta es una ciudad pretenciosa. Me voy a Elqui, mi tierra natal, a criar cabras. La Serena no me gusta. Allí la gente se pone toda tonta. En las aldeas es otra cosa. Creo -se ríe- quizás también voy a ponerme tonta(131).

     Impregnada de imágenes, colores, perfumes, sensaciones y emociones que le brindó el contacto con la naturaleza en todos los lugares donde estuvo, es difícil de aceptar, para ella, la ‘desabriduría’ de las ciudades.

     Entre las razones por las cuales yo no amo las ciudades – que son varias- se halla ésta: la muy vil infancia que regalan a los niños; la paupérrima, la desabrida y también la canallesca infancia, que en ellas tienen muchísimas criaturas(132).

     Para Gabriela, la ciudad fue despojando al campo del amor por el suelo. En las grandes ciudades el envilecimiento es peor. Las ventanas de cuarto de niño dan [44] a una calle hedionda, si es pobre, o un muro bárbaro y ciego de almacén o de oficina, si es burguesito(133).

     La imaginación y el espíritu se empobrecen dentro del marco gris de las ciudades: Creo no haber hecho jamás un verso en cuarto cerrado ni en cuarto cuya ventana diese a un horrible muro de casa; siempre me afirmo en un pedazo de cielo, que Chile me dio azul y Europa me da borroneado. Mejor se ponen mis humores si afirmo mis ojos viejos en una masa de árboles(134).

La frívola ciudad

     El cielo encajonado de la ciudad no le satisfacía. Las sombras de concreto no dejaron ver la luz inspiradora del sol, enfriaron sus rayos, y restaron la fuerza vital que éste transmitía a los hombres: Para vivir dichosamente, yo necesito cielo y árboles, mucho cielo y muchos árboles(135).

     Gabriela busca el sol, el calor que motive su espíritu: …Tráigame o mándeme sol elquino -mejor que el de Santiago-. Estas tierras del Norte [Europa] son horribles: lluvia estúpida, cielo bajo, como de conventillo, charcos feos, humedad que hace crujir huesos(136). Por esto escribe: Me refiero otras maneras de desgracia a la de una noche frígida de Santiago o de un mes de lluvia empantanada de Cautín(137).

     La ciudad a la que alude carece de identificación alguna con la patria de su niñez. Es distinta al Elqui que proyectó como paraíso terrenal, es más, no posee ninguna característica vital que le haga ser amada como a la tierra de su valle.

     Cualquier ciudad se parece a otra, por tanto ninguna le acomoda: Duermo, hace diez años tal vez, en las pobres casas ciudadanas y no puedo todavía al despertarme aceptar sin repulsión física violenta, los ruidos sin nobleza de municipal y bajísimo ajetreo, batahola formada por camiones, sirenas tártaras (las de grato silbo son pocas), de avalancha de trenes, interjecciones de mercado; todo lo cual se me entra por el cuadrado odioso de la ventana o la puerta y me avienta de la cara maravilla del sueño matinal, parada todavía en mi cara(138). [45]

     Santiago es su referencia natural, no le complace nada de lo que representa: envilecimiento, fealdad y cursilería: La capital nuestra, el Santiago ayancado y descastado que tenemos, ignora bastante la lengua que habla el campo de Chile(139).

     Y su gente tampoco le es grata. Comenta en una carta a Pedro Aguirre Cerda: Vi una clase media enloquecida de lujo y de ansia de goce, que será la perdición de Chile, un mediopelo que quiere automóvil y té en los restaurantes de lujo, transformados en cafés cantantes, por la impudicia del vestido y de la manera que la mujer de esa clase, que es la mía, ha adoptado de un golpe(140).

     Se sentía incómoda en cualquier grupo que la alejara de los suyos: Por eso le decía que los tales J. F. (Juegos Florales) me eran la cosa más odiosa del mundo; me acercaron a luminosos cerebrales que tienen el corazón podrido y que no conocen la lealtad […](141).

     La ciudad no tiene calma, en contraste con Elqui. Su actividad es la entraña demoníaca de lo urbano(142). De ahí el rechazo: […] Yo no podría vivir en paz en Santiago. Me he criado en el campo, y lo tengo en el corazón. Viviría mal allí o en otra ciudad como ésa(143).

     La falta de armonía de los sentidos, el alejarse del contacto pecho a pecho con la tierra la llevan a desasirse de lo urbano: …Y yo tengo ese rencor con la ciudad enorme del millón de tentáculos: que no me dejó nada para mí en varios días: que me incorporó en su mole articulada y me arrebató la conciencia(144).

     Sin embargo logra encontrar la excepción a su regla de contrastes.

     Del trópico recoge el calor y la originalidad de la exuberancia natural: Echa este rectángulo de suelo un aroma de santidad que purifica al resto deshonrado y hace recordar y bajar la cara a los que malamente llegan a dominar semejante lote de gentes y de naturaleza(145).

     Florencia, la antigua ciudad romana es la única que posee la combinación exacta entre lo moderno y la tradición. Es armónica y está hecha a escala humana: Ando de nuevo por las calles de la ciudad querida, de la ciudad que es perfecta, porque no ha aceptado tener el perímetro insensato de las llamadas grandes, de las viciosamente grandes […] la ciudad que ha aceptado un mínimum de barbarie [46] de autos y peatones, porque quien la ama la camina a pie y con deleite en el paso, como a un patio familiar […](146).

En busca de una cura

     Al salir del Elqui, Gabriela se alejó de su edén terrenal y entró de lleno al mundo urbano, a la actividad acelerada, agobiante, la competencia desleal y las críticas mal intencionadas.

     Su viaje a México radicalizó sus posiciones. En 1922 sale de Chile invitada a colaborar en la reforma educacional de México que realizaba el Ministro de Educación de la época, José Vasconcelos; su recepción corresponde a la de una reina. Este cambio provoca que en su vida se convierta de Lucila a Gabriela, y su obra adquiera carácter trascendental en el tono de la Tierra.

     Más y más yo me corto de Chile sin buscarlo; menos me quieren allá y también menos les quiero yo a los que mandan y a los de las ciudades, queriendo entrañablemente a la gente del campo de donde yo vengo(147).

     La vitalidad y la fuerza que le parecían ajenas en la ciudad, vuelven a ella ahora a través del contacto con la naturaleza tropical. El calor de la selva, la vehemencia del paisaje quedan inmortalizados en el mágico instante de su redención: No he de olvidar mi primera noche en tierra tropical. Desde las costas peruanas venía inclinada hacia la borda sobre ese mar del trópico, tan otro que el nuestro; un mar violeta, brillante como de óleos. Pero era la tierra lo que me haría sentir el Trópico verdadero. […] Como el latido más inmenso del planeta(148).

     La invade el sentimiento del nuevo mundo que entra en ella por todos sus sentidos, y lo defiende como parte fundamental de su nuevo ser: ��O será el tropicalismo no una zona geográfica, sino una zona espiritual, la zona del fervor sumo, la inmensa patria de los vehementes?

     […] Y si el tropicalismo fuese el estado de ardor del alma, bendito sea él!(149).

     La impresión del trópico inyecta savia nueva a sus venas campesinas: Mi [47] sensación del trópico fue la de la plenitud de la vida: a los 33 años, es decir, en el meridiano de mí misma yo conocía y pasaba el ecuador terrestre. Yo entraba en la tierra magnífica sin limitación de montañas hostiles, en la tima rica como el color del tigre real(150).

     La exuberancia de la naturaleza tropical la conmueve a tal punto que escribe: Tan perfecto me parece, sin embargo, como una medida cabal de la riqueza terrestre, como el cubo de Dios, que siempre rebosa, y tan noble lo veo en su generosidad, que en vez de tacharle el calor genesíaco, prefiero creer que no podemos con él por una penuria corporal de mestizos flacos(151).

     Así se conforma la Tierra-Gabriela, la matriz universal, la Madre Ceres renovada de energías, sin restricciones físicas para velar por los suyos: No me interesa el trabajo en las ciudades. Sino en el campo de Chile.

     Y esto, don Pedro, no es nacionalismo, es una especie de amor universal de lo rural, que hay en mí y que es lo único que me siento vivo y en pie…(152)

     Ella misma se sorprende de la transformación y madurez de su espíritu:

     Lo que he recibido caminando es mucho. Miro el paisaje como no lo había mirado. Es como si me hubiesen levantado los párpados. Salgo de mi unilateralidad; me enriquezco levemente, de simpatías, de motivos, de intereses humanos(153).

     Su ciclo vital se va cerrando, acercándose ya al último decenio de su vida, desasida de todo tras su última gran pérdida(154). Logra desprenderse de lo superfluo y establecer así una comunión trascendental con la naturaleza, apropiándose de los elementos de la tierra: Pero yo no soy la misma y sólo la tierra, el mar, el campo tienen para mí dulzura. Nada de lo mundano me toma y vivo consolada -cegada voluntariamente- por las lecturas que me atrapan y por mi trabajo(155).

     Su enorme tarea va concluyendo. Su gran búsqueda de la tierra prometida para el campesino despertó la conciencia de toda América. Voy convenciéndome de que caminan sobre la América vertiginosamente tiempos en que ya no digo las mujeres, [48] sino los niños también, han de tener que hablar de política, porque política vendrá a ser (perversa política) la entrega de la riqueza de nuestros pueblos; el latifundio de puños cerrados que impide una decorosa y salvadora división del suelo[…](156).

     En su última visita a Chile deja un mensaje reconciliador para su gente, que es también una misión para construir un Chile más unido e igualitario: En cuantos países he andado, vi siempre que el juego entre la ciudad y el campo, el confluir de lo urbano con lo rural, la fertilización de lo uno por lo otro, ha hecho de las naciones más sanas, más compactas y estables. Y vi también lo contrario; las falsas unidades en las cuales el campo se parece al jorobado o el manco que vive amargado alimentando a sus parientes válidos, o sea las ciudades patronas, engrasadas de ocio o en su ajetreo inútil parecen ardillas locas, cogidas de fuego(157).

     Desasida de toda carga física y social, Gabriela encuentra la razón final de su existir y escribe: El único amor que me va quedando en la vida es el de la naturaleza, y hasta un punto tal que no sabría yo decírselo(158).

La tierra es el sostén de todas las cosas(159)

     La Tierra pasa a ser de un elemento de la naturaleza a un personaje de la obra mistraliana. Y no es por mera inclinación poética.

     El suelo y Gabriela están conectados por una comunión sagrada. La Tierra es parte sustancial de su propio cuerpo, y así lo expresa ella en sus escritos.

     Intuitivamente, en un principio, Gabriela va reconstruyendo un jardín idílico para que el hombre lo habite en armonía con la naturaleza. Pero a medida que se acerca cada vez más al sentido telúrico de la vida, se da cuenta de que la Tierra es la que punza la existencia humana.

     El descubrimiento del amor que el suelo profesa a los hombres, le hace comprender el porqué éste da sus frutos más dulces a quienes mayor cuidado le brindan. La tarea del cultivo más que un trabajo es una caricia que los campesinos retribuyen en agradecimiento a la fértil proveedora.

     El arado, la siembra y la cosecha son los oficios que enaltecen al hombre porque le permiten el contacto directo con las virtudes de la tierra. [49]

     Del coloquio entre el cuerpo y la naturaleza se fragua el espíritu de los pueblos agrarios, alimentados de savia firme, pero tierna. Ennoblecidos de espíritu porque su sudor labró la vastedad de la Creación.

     Esta inclinación afectuosa es la que la modernidad ha desvanecido de nuestras memorias. Por comodidad o pereza el hombre abandonó el campo, y con él se perdieron también la dignidad y el esplendor de la Tierra.

     Las ciudades borraron el suelo oscuro de sus comarcas y prefirieron alzar industrias en lugar de parques. Esparcieron la barbarie y se avergonzaron del campo por considerar burdo vivir en él.

     Pero aún así, el campo afligido sigue entregando sus frutos a quienes lo trabajan. El verdadero valor de la tierra no está en sus lujos, sino en sus enseñanzas. Y éstas sólo se aprehenden del contacto con la tierra húmeda.

     Gabriela vio que la desesperanza entraba en el hombre, que el latifundio hería y cuarteaba la tierra. El sufrimiento de los suyos hizo que en vez de amenazar con revueltas e insurrecciones cediera su propio cuerpo como regazo de calma.

     Prefirió ser cuna del campesinado antes que guía político. Porque su intención no era confrontar a los pueblos, sino mostrar la unidad de la raza, la comunión entre la urbe y el campo.

     Como en todas las culturas agrarias, la Tierra para Gabriela es también la Madre de los pueblos. La veneración de la maternidad es factor sagrado en su pensamiento, por esto ve que la Tierra es el símbolo de la maternidad perfecta.

     El mismo suelo que es uno para todos en la América, adquirió la forma de una madre tierna, que no abandona a sus hijos, que les enseña a respetar y a amar la naturaleza.

     Bajo el ritmo de la tierra se extendió a lo largo y ancho del continente promoviendo y educando a los campesinos en sus derechos. En su rol de madre amparó el clamor por volverle la cara al campo.

     De esta forma el jardín que había recreado como el paraíso perfecto se convirtió para los desposeídos en un huerto de mejor refugio.

     Su infancia añorada en el valle del Elqui pasó a ser la representación de la alegría en la tierra. Y los motivos que aprendió allí los dejó intactos para transmitirlos a su pueblo a través del verso.

     Por ello buscó siempre excitar al espíritu para mantener vívido el sentido de la tierra. Elqui, el trópico, los valles y las montañas son la propia Gabriela que remece las almas, tal como una madre despierta al niño que se duerme frente a la puesta del sol. [50]

     La joven Lucila que salió de Chile rumbo a México retornó con mayor vehemencia en sus ánimos convertida en Gabriela. Su eterno andar por este mundo tenía el único objeto de encontrar una tierra prometida para la gente de su valle. Sin embargo no tardó en darse cuenta de que es América en su totalidad el paraíso perdido de los hombres.

     Supo adelantarse a su tiempo y comprender que la solución no estaba en deambular en busca de una empresa salvadora, sino en organizar y enseñar al pueblo rural a querer y conocer su tierra. Y en el caso de no tenerla a exigir un reparto agrario que dignifique la tarea del cultivo, por ser este el mejor y el primer oficio del hombre en la Tierra.

Capítulo II

Indio

Yo soy india

     Pocas personas sienten orgullo de reconocer rasgos indígenas en su composición física. A pocos les resulta grato reconocer el pasado ancestral de los mapuches o de los Araucanos, que habita en la piel, en los ojos, en el cabello y en el modo de todo un continente; de nuestro continente. Pocos confiesan al indio que llevan dentro y que los cruza hace centenares de años.

     Gabriela no pertenece a este grupo, sino al contrario, pertenece a la ‘raza cósmica’, proviene de la milenaria combinación de sangres indo-españolas. Se entrega a la esencia indígena que gobierna su alma, moldea su carácter y guía sus instintos.

     La poetisa escogió no rasparse la tostadura, prefirió no sacudirse las raíces; a cambio se definió india, se declaró mestiza de pies a cabeza y no dudó en reforzar durante una vida entera esta autoconcepción, abogando por los derechos indígenas, reclamando por las injusticias que padecieron desde que la América fue colonizada y defendiendo a brazo partido el valor cultural que la casta india representa para América Latina.

     Cuando el fresco de las culturas mayas y quechuas aparezca completo, llegará el momento de que el hombre latinoamericano confiese plenamente a su progenitor, cosa que, hasta hoy, hace a regañadientes. Él completará la confesión que, a pesar suyo, siempre ha hecho su semblante de su Mongolia en el pómulo implacable y en la bella [52] mirada que de las Mongolias le vino; pero él confesará a su indio sin reticencias sesgadas, al fin, al fin(160).

     Gabriela fue una intelectual consciente de su matriz étnica, consciente de que fue el fruto de la mezcla racial protagonizada por el europeo. Dicho nivel de conciencia fue el que le permitió comprender, en términos identitarios, la presencia india en su persona.

     Yo soy india -dijo en una oportunidad a Ciro Alegría- pero a mucha gente no le gusta que lo diga(161). Jamás negó sus raíces, y ello le trajo más de un trago amargo, cuestión que no la hizo de ninguna manera bajar la guardia o tratar de disimular, su sentir o pensar respecto del tema. El asunto siempre estuvo claro, ella no trató de blanquearse y tampoco dejó que terceros lo hicieran:

     Me han contado cosa cómica: el señor Latcham habría dicho en una conferencia de prensa que yo ‘me he inventado la sangre india’. El chileno tonto recorre estos países indios o mestizos declarando su blanquismo. Yo sé algo, espero, de mí misma. Por ejemplo que mi padre mestizo tenía en su cuerpo la mancha mongólica, cosa que me contó mi madre; segundo, que mi abuelo Godoy era indio puro(162).

     Gabriela precisó que la herencia india se la legó su padre, a quien describió como […] muy ‘aindiado’; tenía unos bigotes como los del Gengis-Kan(163).

     La identificación con el tópico indigenista en Gabriela, no es casualidad. Basta echar una mirada o realizar una asociación básica, respecto de su apego a la tierra, a las tradiciones que emanan de la misma y la complicidad que mantuvo con la naturaleza desde que fue una niña, para comprender el sitial que el indio ocupa dentro de dicho universo, su universo.

     Gabriela entiende al indio como parte natural de la mezcla racial, es el alfa del mestizaje y como elemento componente es digno de rescatar, de apreciar y de valorar por sobre el omega español.

     A simple vista, Gabriela no parece ser una india, su talla, su porte, los ojos verdes y el andar señorial dicen lo contrario, sin embargo, al leerla y escucharla a través de sus textos aparece la Gabriela-machi, la fuerte y dulce Gabriela, la pausada y violenta Gabriela. Ella es el mejor arquetipo del mestizo que se siente cómodo con su indio personal; es la mejor ejemplificación del injerto racial. [53]

     Pertenezco al grupo de los malaventurados que nacieron sin edad patriarcal y sin edad media; soy de los que llevan entrañas, rostro y expresión conturbados e irregulares, a causa del injerto; me cuento entre los hijos de esa cosa torcida que se llama una experiencia racial, mejor dicho, una violencia racial(164).

     La capacidad de Gabriela para entender los procesos históricos del continente fue lo suficientemente amplia como para llegar a establecer una determinada crítica, en la que constató que no hubo lugar en América Latina en donde al indio no se le tratara de borrar, de minimizar y de obviar su labor en la creación de una nueva raza: la mestiza.

     Concluyó además, que los hijos de la cruza de sangres indoespañolas, intentaban con desesperación cavar en las profundidades de la amnesia el legado racial indio; considerando este aporte como un elemento de desecho, posible de ser reemplazado por lo blanco.

     Así dirá de los mestizos renegados, e incluyéndose que: Somos una curiosa raza que se ignora en la mitad de sus orígenes, sino en más al ignorarse en su parte indígena. Somos, además, pueblos que no han tomado una cabal posesión de su territorio, que apenas comienzan a espiar su geografía, su flora y su fauna. Somos para decirlo en una frase, gente que tiene por averiguar su cuerpo geográfico tanto como su alma histórica. Excepción hecha de nuestro conocimiento de la raza conquistadora difundido por España, desconocemos terriblemente nada menos que el tronco de nuestro injerto, al saberlo tan poco del indígena fundamental, del que pesa con dos tercios en la masa de nuestra sangre(165).

     La Mistral jamás quiso deshacerse del indio que corría por sus venas, como tampoco del español que la constituía. Sin embargo, en su interior privilegió al indígena. De él obtuvo sabiduría y misticismo, a través de él logró conexión con lo natural; de él heredó el don de la paciencia y la virtud de la reflexión.

     La defensa que Gabriela hace del indígena tiene que ver con el propio autorreconocimiento; a partir de su identificación con lo indio. La combinación de las sangres milenarias que la atraviesan, son el impulso vital que la instan a profundizar y reflexionar acerca del significado y origen del mestizaje, conjuntamente con la dosis de olvido que el tópico carga.

     Se puede decir que Gabriela nunca sintió la necesidad de escapar del manto indio que la cubría, sino que, todo lo contrario, lo destacó e hizo gala de él.

     Una vez asumida la identidad india, Gabriela no cesó de criticar a aquellos que intentaban olvidarse de su esencia india, y no dudará en lanzar [54] sus dardos directos y bien fundamentados a los mestizos y latinoamericanos en general, que reniegan de la sangre india que los constituye.

     Ella es una pensadora mestiza, y como tal analizará los porqué de este fastidio para con el indio, de parte del mestizo y más aún del blanco. En este sentido afirma que: es necesario que el mestizo -aquí hay pocos- entienda que es la única manera de hablar, que él no puede hablar del indio destacándolo hacia fuera como quien tira el lazo. El indio no está fuera nuestro: lo comimos y lo llevamos dentro. Y no hay nada más ingenuo, no hay nada más trivial y no hay cosa más pasmosa que oír al mestizo hablar del indio como si hablara de un extraño(166).

     En efecto, según la visión de Gabriela, el mestizo quiere con desesperación sacarse de la piel al indio; lo quiere lejos de sí mismo y para tal empresa, lo deja fuera de su composición dual, que incluye tanto a indios como españoles, es decir, al aborigen no lo incorpora, ni mucho menos lo considera propio.

     De acuerdo con la Mistral, el hecho que el indio sea señalado a distancia por el mestizo, no es más que un intento torpe de querer borrar de la memoria histórica y física algo que se lleva en las entrañas, puesto que el indio al que se refiere Gabriela sólo puede desmaterializarse con el término de la propia existencia.

     En este sentido asegura: En la labor de enhebrar las cuentas de las noticias arqueológicas, en el menester de soldar dato y dato paleográfico, nosotros pondremos algo superior a la ciencia misma: el recordar, el reconocer, el reencontrar nuestras entrañas y decirlas largamente(167).

     Por más que se trate de evitar, el indio brotará por los poros del mestizo una y otra vez, lo morderá por dentro y por fuera. Incansable e indestructible, este indio se resistirá al sepulcro del olvido, y, para mal del mestizo ingrato se revelará en su geografía externa, a fin de no diluirse por completo.

     El indio forma sin remedio la mitad de la población del continente nuestro; confesarlo en la palabra cuando el rostro lo declara suficientemente, es un mínimum de consecuencia y de propiedad, y, por el contrario, es ingenuo y se pasa muchas veces a grotesco el declarar nuestra hispanidad ciento por ciento, echando atrás un sumando tan enorme de nuestra realidad americana(168).

     A medida que se exponen los soportes en los que Gabriela basa su indigenismo, cabe preguntarse en qué aspectos la poeta se consideraba india, [55] qué rasgos compartía con sus parias milenarios y de qué modo se sentía reflejada en sus ancestros.

     En primer lugar, el hecho de que Gabriela creciera en un ambiente libre de muros, en pleno contacto con la naturaleza, rodeada de cerros, ríos y huertas; conociendo cada hierba del valle, teniendo por amigos el sol en el campo y la luna entre las montañas, no podía hacer de la poetisa sino una amante, una enamorada de la tierra.

     Al igual que sus hermanos indios, considera a la tierra sagrada y significa para ella lo mismo que la carne al hueso. La tierra es un ente con vida propia, que se nutre del trabajo de los hombres que la quieren y la cultivan con esmero. Es una especie de diosa pagana a la que se venera, con la que se comparte y se late al unísono, en perfecta armonía.

     Entonces dirá Gabriela: Desde que Dios sopló alma sobre el barro de Adán y puso ese cuerpo animado en un jardín se fijó la alianza perdurable de alma, cuerpo y cielo. El alma pide al cuerpo para manifestarse y el cuerpo necesita de la tierra para que ella le sea una especie de cuerpo mayor que la exprese a su voz y que le obedezca los gustos y las maneras(169).

     No sólo el amor por la tierra heredó Gabriela de sus ancestros indios, también le quedaron de ellos los modos, los gestos calmos, la sencillez y el gusto por estar en contacto con la naturaleza.

     Estas particularidades de genio, que Gabriela comparte con sus antepasados, salen a la luz a través de cartas a amigos, en sus Recados o sencillamente en conversaciones. En una misiva enviada al escritor mexicano Alfonso Reyes se excusa por la demora con que le ha respondido: Mi silencio no ha tenido más causa que los siete meses de esta ciudad visitadora y de mi lentitud de india para despachar las cosas que otros hacen en poco tiempo(170).

     Esta lentitud, Gabriela no la asocia con desgano o incapacidad por parte del indio, sino que tiene que ver con la diferencia de ritmo, que se produce entre los autóctonos y los blancos. Este último es acelerado y poco detallista. A diferencia, la lentitud del indio tiene que ver con su sentido de ver el mundo y entender su entorno. A través de las pupilas indias las cosas se examinan con detención y sin apuros, hasta casi traspasarlas.

     La personalidad de Gabriela está empapada de sus progenitores étnicos, tanto indígenas como vascos. Su contextura física es el resultado de la herencia [56] racial que le brindó un porte señorial -un metro ochenta de estatura- y un tinte de uva verde en los ojos; una sonrisa melancólica, acompañada de una mirada serena y tímida a la vez.

     Quienes la conocieron, con frecuencia, quedaron gratamente sorprendidos al verla, pues la imagen que tenían de Gabriela sin conocerla, se centraba en dos constantes: seriedad y desaliño. Sin embargo, hay quienes -como Pablo Neruda- quedaron complacidos de certificar lo contrario:

     Pero cuando me llevaron a visitarla, la encontré buena moza. En su rostro tostado en que la sangre india predominaba como en un bello cántaro araucano, sus dientes blanquísimos se mostraban en una sonrisa plena y generosa que iluminaba la habitación(171).

     La imagen gris de Gabriela se diluye, ante comentarios como el siguiente: Gabriela con esa cara de india majestuosa y fina que tenía, habló lentamente desde la casa de Toesca…(172)

     Dejando en claro que el indio habita en su epidermis y en su alma, el cual al menor roce se hace patente, se deduce que el indio que la constituye está por sobre el español que le completa la humanidad y satura las venas.

     Serán muchas las veces que la pensadora olvidará al vasco que anda por sus entrañas y pocas las que padecerá de amnesia india: Cuando rara vez miro mi cuerpo en el espejo, no me acuerdo del indio, pero no hay vez que yo esté sola con mi alma, que no lo vea. Tenemos hasta un punto en que esa otra máscara vasca se deshace y no me queda sino el indio químicamente puro(173).

     Este indio químicamente puro motiva a Gabriela a estrechar lazos con sus pares-ancestrales; a defenderlos y por qué no decirlo, a defenderse a sí misma. A impedir, por ejemplo, que aquellos que no están al tanto de sus orígenes y el nexo profundo que ha logrado con ellos, lo pasen por alto con o sin intención. Es decir, cada vez que se quiera hablar de ella ya sea para criticarla, alabarla o atacarla se debe tener conciencia de su historia.

     Entrar a su mundo indio, no es cosa fácil, quien quiera hacerlo debe cumplir ciertos requisitos, donde quizás el primordial sea respetar y amar la causa indigenista, de la misma forma que ella lo hace. Debe ser, de una u otra manera, un conocedor del tema.

     Gabriela fruncirá el ceño cuando Paul Valery, destacado ensayista francés y consabido anti-indigenista, prologue uno de sus libros: Las razas existen. Y además de eso hay los temperamentos opuestos, no puede darse un sentido [57] de la poesía más diverso del mío, que el de ese hombre… Yo le tengo la más cabal y subida admiración, en cuanto a la capacidad intelectual y a una fineza extremada que tal vez nadie posea en Europa, es decir en el mundo. Eso no tiene nada que ver con su capacidad para hacer prólogos a los sudamericanos y especialmente uno mío (…) Yo soy una primitiva, una hija de país de ayer, una mestiza y cien cosas más que están al margen de Paul Valery(174).

Falso descastamiento

     Si Gabriela no permitió que se pasaran por alto sus raíces, con la debida carga histórica que implicaban, con mayor razón defendió sus intereses y su persona.

     La vida errante que llevó y los continuos viajes a los que se vio sometida, debido a su desempeño en cargos públicos como consulados y embajadas, despertaron ciertas envidias hacia ella, que con el tiempo derivaron en el cuestionamiento de su sentido de pertenencia; de patriotismo, y un sinfín de cosas más. A raíz de sus largos períodos de ausencia algunos intelectuales y otros no tanto, la tildaron de descastada.

     Cada vez que la Nobel se enteraba a través de diarios, revistas o simplemente comentarios que hacían alusión a su desamor por Chile, sentía rabia y desconsuelo a la vez. Cómo era posible que a una enamorada de su tierra, una mestiza confesa y declarada a los cuatro vientos, se la calificara como descastada por el hecho de permanecer distante.

     Para Gabriela, Chile y su pueblo (al que más amaba) nunca estuvieron lejos, los llevaba estampados en su mente, como un mapa geográfico interno, imposible de borrar por más kilómetros que la separaran de él físicamente.

     Así, llegado el momento de aclarar situaciones en las que se le juzga como extranjera amnésica de su territorio, Gabriela desenfunda la espada y afila severos juicios, que ocupa de escudo para resistir los zarpazos mal intencionados de quienes la acusan sin real conocimiento de causa.

     El escritor español Federico de Onís, será uno de los intelectuales que encolerizará a Gabriela con sus comentarios relacionados al tema del descastamiento, reaccionará violenta y no tardará en responder las antipatías que Onís le propina.

     Este hombre me equivoca con el cónsul de Francia por hacerme la crítica de Francia -porque yo le resulto afrancesada al desgraciado- y me toma por el cuerpo [58] de la América del Sur para decirme cosas que me dejan magullada por el resto de la semana(175).

     Del indio heredó mesura y discreción, pero también heredó coraje para cuando la situación lo requiriera, por eso es que si Onís, u otro personaje ponía en tela de juicio su sentido de pertenencia, el araucano bravío salía a socorrerla: Dios me ha puesto de espinón por ejemplo en Onís, español cien por ciento, como Santa Teresa, igual a uno de la conquista y que parece haberme tomado por india cautiva, también yo le muerdo a lo india de Chile(176).

     El carácter de descastada que algunos le dieron a Gabriela tuvo por objetivo desperfilarla como indigenista, latinoamericana y sobre todo como chilena, sin embargo, se podría decir que ese intento de descalificarla, produjo un efecto contrario en ella: reforzó aun más su identidad, puesto que se mantuvo firme en sus convicciones y no se amilanó ante sus detractores.

     La conciencia social en Gabriela alcanzó las cimas más altas, y no desperdició las oportunidades que tuvo, para acusar o pedir justicia en nombre de los indios americanos, condenados a una marginalidad impuesta por la cultura eurocentrista.

     Tal era su preocupación por la suerte de los indios de la América española, que en su encuentro con el Papa Pío XII, llegado el momento en que el pontífice le dice que pida una gracia o por el bien de alguien, Gabriela reflexiona un momento y contesta: Sí, tengo un ser humano por quien quiero pedir(177) dicho ser humano era el indio.

     A fin de cuentas, Gabriela se ríe a solas de su mentado descastamiento, ella bien sabe lo que su corazón siente y su mente piensa, ya que el lazo que la une a su pueblo, su gente y su tierra es más estrecho de los que los demás estiman. Y mientras los ignorantes de su historia la llaman descastada ella está:

     […] segura de que se me han quedado casi puros los gestos de allá [Chile]; la manera de partir el pan, de comer las uvas, de poner el pie con pesadez en el suelo quebrado, de llevar la cabeza como las personas criadas con poco cielo encima y la emoción fuerte cuando me encuentro con el mar, que es la de aquellos que no lo han tenido y escucharon hablar de él siempre como un prodigio. Por eso sonrío con la boca y me río en pleno con más adentros cuando leo u oigo la noticia de mi descastamiento(178). [59]

Indigenismo con sentido social en Gabriela: una mirada hacia el origen

     Remontarse a la época de la conquista de América significa recrear a través de la historia un cuadro doloroso y a la vez mítico, puesto que relucen como en una moneda de plata, dos brillos intensos que opacan la verdad o la objetividad de los hechos.

     Estos brillos encandescentes son la valentía de los conquistadores al llegar al nuevo mundo, y, por cierto, la bravura de los indígenas que se resistieron a la invasión del blanco, teniendo por armas solo piedras, arcos y flechas.

     En definitiva, volver la mirada hacia el origen de la América mestiza, equivale al hallazgo de un paradigma histórico saturado de elementos mítico-bélicos que legitiman el rol desempeñado por ambos contendores. Sin embargo al blanco se le otorgan más licencias y goza de una permisividad que atenta contra el mundo indio y la prueba más contundente está en la conquista y el coloniaje.

     La historia que se nos ha enseñado por decenios, justifica la postura adoptada tanto por indios como por españoles. Es decir que en la batalla librada no existen víctimas ni victimarios. Cada parte lucha por lo que considera justo. El indio defiende lo que es suyo y la historia no lo juzga. El blanco conquista, coloniza y mata: la historia, tampoco juzga. Gabriela no comparte con esta postura de justificar al blanco, en su afán de dominar al indio.

     Una vez comprendida la autodefinición mestiza de Gabriela, cabe estructurar y definir el pensamiento socio-crítico frente a las etnias indígenas existentes en América Latina. Si no se tuviesen como antecedentes de primer orden, su compromiso con la causa indígena resultaría complicado; tal vez infértil esta especie de lucha moral, en la que Mistral busca reivindicar los derechos del indio, al mismo tiempo que evaluar los vejámenes que este padeció desde que el europeo se propuso dominarlo y minimizarlo, mediante el despojo de su tierra y el sepulcro de sus costumbres. En resumen, desde que el blanco se propuso domesticarlo.

     Allá en París no lo hubiese entendido; aquí en donde he visto la guerrilla desatada de los españoles contra todo sudamericano que no caiga en su domesticidad, lo entiendo perfectamente(179). [60]

     El rechazo racial que padecieron los indios no sólo se palpa en la prosa de la Mistral, pues varios escritos contemporáneos a la época de la poetisa lo confirman. El desprecio por el color de la piel y las costumbres, fueron las principales causas que intelectuales de la época dieron como excusa para renegar de la raza aborigen. Sara Hübner Bezanilla fue una de ellos:

     Considerando a los araucanos, yo siento sobre todo que no se hayan extinguido antes, y que las malditas cualidades de su raza hayan llegado a impregnarse tanto entre nosotros.(180)

     Otros no serán tan drásticos en sus juicios y tomarán conciencia de la realidad india existente tanto en Chile como en América Latina, sin por ello apreciar el valor racial del indio y respetar su particular manera de entender el mundo. En este sentido Benjamín Subercaseaux dirá:

     No nos queremos convencer de que este país -como otros de América- no está formado solamente por un grupo no superior a 300 ó 400 personas que tiene una tradición racial o espiritual de Occidente, clara, definida, responsable y constante, sino que hay también otro mundo (el país entero!), que vive en un ensueño primitivo e insustancial, una mayoría abrumadora de cinco millones de habitantes que recién están asomando la nariz en el umbral de la civilización(181).

     Una reflexión de índole sicológica, de Luis Alberto Sánchez, refuerza la carga india que poseen los habitantes del nuevo continente, especialmente Chile: Una reiterada observación durante nueve años, me hace pensar que, sicológicamente, uno de los pueblos inconfundiblemente indios es el chileno. Sus apariencias externas pueden despistar, pero las psíquicas y sociales no(182).

     El combate que Gabriela libra en pos de la causa indígena es permanente y se basa en una convicción personal y moral. Su sentido de justicia respecto del tema proviene un arraigado lazo consanguíneo, sincero y sentido. La defensa del indio es más que nada, la defensa de su indio interno y de sus raíces ancestrales.

     El sentido social de Gabriela maceró y maduró a la luz de una lectura metódica y acuciosa de la historia. Los libros y su vida humilde en el Valle de Elqui, conformaron la materia prima con la que la poetisa sopesó la historia. Esta le dejó un sabor a injusticia, debido a que el gran perdedor del proceso fue el indio:

     Porque el indio americano que Las Casas llamó la raza más dulce es, de modo especial, el quechua aimará. Esta dulzura se ha hecho por la maldad del blanco, tristeza indecible, dación de sí mismo no vista jamás, renunciación a todo, a la tierra suya, al [61] cuerpo suyo, al alma suya y hasta… esto que cuenta García Calderón, apropiación y confesión de los delitos no cometidos(183).

     Cuando Gabriela critica los castigos que el blanco sometió al indio, lo hace duramente. En el caso de Chile, el español fue quien irrumpió en forma violenta y sin ningún respeto por el aborigen. Este desde el principio fue inferior a los ojos del conquistador.

     De acuerdo con la lógica colonizadora, el indio necesitaba ser civilizado, de lo que se deduce que debía adoptar la cosmovisión eurocentrista, que desechaba sus costumbres, usos y tradiciones. Tal desecho resultó conveniente para el conquistador a fin de lograr el beneficio civilizatorio del indio. Beneficio que por cierto nadie pidió.

     La llegada del blanco a territorio americano, además de enajenar al indio, trajo consigo la semilla de una nueva raza, el comienzo de una nueva casta. El enlace de dos sangres opuestas, desde una óptica mistraliana, desembocó en la pérdida de identidad del indio y la exaltación del español. El mestizaje parió un alma ingrata, hija de la violencia racial, que tuvo por progenitores a indios y españoles.

     La gesta bélica protagonizada por blancos e indígenas, según Gabriela, debe entenderse como un proceso casi inevitable, donde la sangre derramada, con el paso de los años, se convirtió en un símbolo de heroísmo y la vez en un impedimento para dimensionar el calibre real de la matanza indígena.

     En este sentido la Mistral concluye que la batalla sangrienta, no fue sólo una prueba para medir al más fuerte, sino que fue un acto en el que el indio defendió su principal y única herencia: el territorio. Pese a que el indio quedó reducido en masa y alma, sometido al capricho blanco, dejó por herencia a las generaciones que le siguieron, la dignidad de defender aquello que les pertenecía por derecho natural.

     La raza es más española que aborigen, pero la glorificación del indio magnífico significa para nosotros, en vez del repaso rencoroso de una derrota, la lección soberana de una defensa del territorio, que obra como espoleo externo de la dignidad nacional. La Araucana, que para muchos sigue siendo una gesta de centauros de dos órdenes, romanos e indios, para Chile ha pasado a ser un doble testimonio, paterno y materno de la fuerza de dos sangres, aplacadas y unificadas al fin en nosotros mismos(184). [62]

     A pesar del hostigamiento que el indio padeció a manos del blanco, jamás se rindió del todo, siempre quedó en el indio el espíritu libre e indómito, que dio hasta que las fuerzas se lo permitieron, batalla incansable por recuperar lo que el extranjero le arrancó.

     El segundo explorador, Don Pedro de Valdivia, el extremeño, llevó allá la voluntad de fundar y murió en la terrible empresa. La poblada, una raza india que veía en su territorio según debe mirarse siempre: como nuestro primer cuerpo que el segundo no puede enajenar sin perderse en la totalidad. Esta raza india fue dominada a medias, pero permitió la formación de un pueblo nuevo en el que debía insuflar su terquedad con el destino y su tentativa contra lo imposible(185).

El mestizo: hijo maldito de la cruza indoespañola

     No es un misterio que Gabriela siempre tuvo mayor inclinación hacia el indio puro, por sobre el español y el mestizo. El injerto o violencia racial a la que hace alusión, tiene que ver con la manera en que Gabriela percibe la brecha que separa a un indio de un mestizo; por el hecho de que por las venas de este último corre sangre europea.

     Aunque ella es una mestiza, y es absolutamente consciente de ello, el resultado le parece odioso, pues el mestizo, por desgracia para la casta, ha sufrido una cruel mutación genética, que lo divide en dos partes. Una, antagónica a la otra, y que pareciera concentrar los defectos maternos y paternos.

     Las diferencias entre blancos puros, indios puros y mestizos, para Gabriela son lo suficientemente claras. El indio acepta su condición de indio y no reniega de ella, el blanco es presumido, altanero y hace gala del nivel de superioridad que siente por sobre aquellos que no gozan de su misma estirpe; en tanto que el mestizo devanea y camina por la cuerda floja tratando de ocultar su descendencia india y esforzándose por ser un blanco a medias.

     Yo me tengo aprendido que el mongolismo o la indianidad nuestra, a menor dosis, más fuerte. El cuasindígena, con un ochenta por ciento de Asia en el cuerpo, vive echándose atrás como se aparta la guedaja de la frente el terrible porcentaje, desesperado de ser lo que es y decidido a recrearse español; el cuasiblanco vive menos preocupado de la ecuación; se la acepta y hasta se la mima. El blanco total criado en tierra de América, y que participa de la americanidad y solamente en paisaje y costumbre y basta y basta! Ese suele hacer un bello alarde de solidaridad racial y libre de complejo y los complejos sabidos; declara a pecho abierto que es hombre de allá, criatura americana. [63]

     Existen naturalmente los blancos envalentonados de la venazón clara del brazo y de otras venazones problemáticas e interiores, pero afirmo la deslealtad sin superlativo del mestizo al aborigen(186).

     El mestizo entonces, es para Gabriela un desleal, que está continuamente tratando de opacar al indio en términos étnicos. Éste le molesta, le provoca incertidumbre respecto de su comportamiento y costumbres. Se crea en él una dicotomía identitaria, que lo hace cuestionarse de lo que es, lo que le gustaría ser y de lo que debería ser.

     Yo he observado en nuestra raza donde el indio obra más fuerte, sólo es un mestizo en que hay poco indio. Esa homeopatía la trabaja muchísimo. En tanto el mestizo cargado de indio o que tiene la obsesión del español de lo que le falta de mestizo, menos recargado, se ve frecuentado, perseguido, obsedido por esto, lo sepa o no lo sepa, porque hay unas obsesiones conscientes y otras inconscientes(187).

     Gabriela no comulga con aquellos mestizos que huyen del color de su piel y de su génesis india. Asegura que hay en ese gesto orgullo y soberbia de ser lo que se es; y declara abiertamente su preferencia hacia el indio puro por sobre el indoespañol.

     La cursilería nuestra me empalaga, los orgullitos, la soberbia y la maledicencia ociosa y temeraria. Más limpia y agradada me deja hablar con un indio […] Prefiero siempre el indio al mestizo y en la indiada prefiero al labrador(188).

     Esta inseguridad racial que estigmatiza al mestizo, tiene relación en cierta medida, con la mirada desdeñosa que el europeo le propina. Este ser le inspira al blanco recelo, pues está hecho de sangres revueltas, y es de alguna manera materia humana de bajo valor.

     El mestizo expele impureza étnica y carece de un tronco único. El europeo no tolera este hecho, cuestión que da pie al rechazo por el indoespañol. Así, Gabriela propone al dilema dos soluciones: una, implica asumir y defender sin prejuicios el mestizaje con todo lo que él significa; la otra equivale a mudar el color de la piel.

     El indo-español permanece para el francés o el alemán, como una zona intermedia entre el Asia y el África, después del Japón, después de Egipto, y anterior [64] solamente a Mozambique… No nos resta, para conseguir la estimación de la América, sino hacer la defensa del mestizaje o rasparnos la tostadura del rostro…(189)

     El indio, en contraste con el blanco y el mestizo, sin duda que para Gabriela presentará más virtudes que defectos, quizás de su pureza étnica, devengan entre otras cosas la paciencia y la humildad para aceptar su destino; cargado de brutalidades e injusticias gratuitas. Dicha humildad y paciencia se tornan estoicidad para abandonarse a su suerte e incluso mirar al blanco con desconcierto, más que con odio.

     Que el indio espere sin acedía su justicia y su desagravio. Él tiene paciencia; lleva cuatro siglos de paciencia. Dios le dio este don natural y sobrenatural a la vez; él parece derramar la paciencia sobre todas sus potencias: en cuerpo, carácter y costumbre. Y él como Esquilo, que dedicó sus horas ‘Al Tiempo’, mira al siglo como a la semana y al milenio como al año(190).

     Aunque Gabriela afirma que el europeo aplastó al indio hasta casi aniquilarlo, no desmerece el aporte cultural que depositó en América. Esto Gabriela lo reconoce y pese a todo, lo aprecia. Sin embargo no perdona ni por un instante la violencia de la cual fue víctima la indiada. Esta reflexión, en parte resulta contradictoria, considerando el tono rudo que utiliza para referirse al blanco y su relación de dominio para con el indio.

     Amamos al europeo a pesar de sus culpas, le guardamos cumplida gratitud por cuanto nos dio y que fue mucho. Tal vez un día él llegue otra vez en masa a nuestra América, como el esquimal hostigado de su noche larga y venga a sentarse a nuestro círculo y se ponga, por fin, a entender al indio y justificar al mestizo. Si en ese día el blanco encontrase medio enloquecido al criollo americano, sabrá que hemos entrado en fiebre de adoptar lo occidental a tontas y a locas con un braceo de asimiladores atarantados�(191).

     El braceo de asimilador atarantado del mestizo es lo que Gabriela quiere evitar a toda costa; la desesperación por adoptar al extranjero en las maneras, en las costumbres y en la entraña. Se propone desplazar aquello que atente de una u otra forma contra la preservación de la identidad y las raíces autóctonas.

     Para Gabriela, aceptar el mestizaje como hecho irreversible, es libertad; es un acto de consecuencia con la raza: Somos mestizaje y con este material o con ninguno hay que trabajar y salvarse(192). [65]

     Indigenista acérrima, Mistral no se calla lo que la ahoga, más si el ahogo tiene que ver con el deseo de extinguir al indio, desplazarlo de la memoria histórica, hasta casi hacerlo desaparecer de la faz de América. Cada vez que se da por resuelta la gesta en que al indio se le pisoteó en su propio continente, alza la voz:

     La raza existe, es decir, hay diferenciación viril, una originalidad que es forma de nobleza. El indio llegará a ser en poco más exótico por lo escaso: el territorio cubre el mestizaje y no tiene debilidad que algunos anotan en las razas que no son puras(193).

Indigenista hasta el cansancio

     Quienes la conocieron, o mantuvieron correspondencia con Gabriela, en más de una oportunidad trataron el tópico indigenista, el cual ella lo llevaba hecho bandera en su discurso, en su conversación cotidiana, o en sus recados. Habló del tema indio cada vez que el momento fue propicio.

     Referirse al indio, implicaba para Gabriela entender un espectro en el que coexisten tres pilares fundamentales. La desventaja del indio frente al blanco en términos de beneficios sociales, la estigmatización del mestizaje y en tercera instancia el racismo profesado por el europeo.

     A lo largo de su vida, tuvo adherentes y opositores de la causa indígena. De los primeros no se olvidó nunca, con los segundos se batió a duelo.

     Dentro de los enemigos o escépticos al indígena, con quienes la Mistral se rozó, se cuenta Benjamín Subercaseaux, autor del libro Chile o una loca geografía. El escritor tuvo coincidencias como también desacuerdos con Gabriela respecto del indio. Lo que uno consideraba digno de preservar, el otro prefería obviarlo e incluso descalificarlo, como por ejemplo la contextura física y las costumbres.

     Precisamente Chile o una loca geografía, concentra el grueso de las distintas formas de percibir al blanco, al indio y al mestizo. Hay un tono déspota en Subercaseaux que lo hace tomar distancia del indio. A través de su escritura deja claro que con el indio sólo comparte paisaje y territorio.

     Sabemos que para nosotros, europeos, el ‘roto’ nos rechaza con la fuerza que ningún otro pueblo de la tierra. Hay una especie de sadismo en este choque diario y en esta sorpresa diaria que nos brinda el carácter milenario del chileno(194). [66]

     En otros casos Subercaseaux hace mención a la estructura corporal del mestizo-español. Le parece a primera vista de gestos toscos y poco refinados:

     En cuanto al tipo mestizo-español, está compuesto por esos hombres exageradamente feos e innobles que forman una gran parte de nuestra población. Caras alargadas y blancas; mirada estúpida y sin vida; bocas de cualquier manera, menos de la buena. Hombros estrechos y de pecho hundido. El único chileno que observan los que no saben mirar… En realidad, si entramos en un tranvía y miramos las caras, éstas son en su mayoría de este tipo(195).

     Gabriela no tarda en reparar en esta apreciación y, disgustada, parece zarandear de los hombros a Subercaseaux, diciéndole: Endurézcase un poco usted y prefiera a las larvas finiseculares que pasean la ruta Cannes-Menton, la fealdad brutal y transitoria de nuestros pueblos mestizos. Porque eso es ella, en mucha parte: el desorden corporal que deriva así batido de dos sangres opuestas; la aspereza de un tejido parchado; la levadura de un pan enleudado por levaduras distintas y que pusieron a hervir juntas(196).

     Aunque con la obra de Subercaseaux, Gabriela se reencuentra con su tierra y la recorre gracias a la descripción exhaustiva que el escritor realiza de Chile, y se lo agradece prologando su texto, no deja de reprocharle la barrera que pone entre él y el indio.

     Gabriela separa entonces calidad de texto y autor, puede amar lo primero y a la vez cuestionar al segundo. Alone, célebre escritor y amigo personal de Gabriela es parte de esta dicotomía. Ella respeta al autor y su obra, pero no comparte su postura en lo que a defensa indígena se refiere. En 1946 Gabriela le escribirá a Alone una misiva en la que le manifestará una vez más su identificación con lo indio. Identificación que su camarada no posee:

     Estos civilizadores [españoles], estos cristianizadores y ahora comunistizadores, no perdonan nunca el que alguien, en la masa de los mestizos degenerados, ame al indio, lo sienta en sí mismo y cumpla su deber hacia ellos en forma mínima de ‘saltar’ cuando lo declaran bestia y gente de color, es decir negroide. Yo sé, Alone, que usted hace poco ha atacado a Barros Arana por su simple mención de las salvajadas de la conquista; yo sé que usted es de los blanquistas; pero sé también que es un hombre sin frenesí y lleno de decoro intelectual. Un día ha de ver el problema, cuando viaje y sepa que hay, no tres sino a lo menos 30 millones de indios que tienen derecho a vivir(197). [67]

     La Mistral no dejó espacio a la crítica injusta del pueblo indio. Este es la base de la mezcla racial y eso merece, a lo menos, respeto. El indio no pidió a gritos la metamorfosis, ésta fue a la fuerza y el mestizo debió pagar las culpas de un vejamiento histórico.

Mestiza con alma de quena y manos de barro

     De acuerdo con Gabriela, uno de los objetivos primordiales del folklore es rescatar las raíces, la identidad indígena de la América mestiza. Dentro de las funciones relevantes figura la de preservar justamente esta identidad que se traduce en el legado cultural indio.

     Gabriela es, a lo mejor sin saberlo, una folklorista de tomo y lomo; basta leer unos cuantos pasajes del Poema de Chile para considerarla como tal. Al leer sus versos se respira aire cordillerano, se entra en un mundo de ensoñación en el cual se compenetra el hombre y su entorno natural, en el que una vorágine de flora y fauna arremolina los sentidos. Desde allí entonces la mujer de barro y sol que es la poetisa, nos muestra como en un tour silvestre, las maravillas autóctonas de la pacha-mama, como en un susurro mineral nos cuenta los secretos del desierto y los enigmas del bosque austral.

     En su poesía se encuentran las materias nutricias de la tierra y la savia generadora de vida; ambas son también las referencias del indio llegado el momento de crear y expresar su sensibilidad artística.

     El patrimonio cultural-folklórico al que Gabriela alude, dice relación con las distintas expresiones artísticas desarrolladas por la casta india, vale decir, la artesanía, el canto, la música y la poesía, como también los relatos míticos, las fábulas y las leyendas.

     A partir del discurso mistraliano, el folklore se entiende como una vía de rescate de aquello que compone nuestra identidad y origen indio, en tanto que cultura mixta. El folklore entonces se convierte en una especie de tótem que alberga parte de nuestra historia, se torna un puente de comunicación entre el pasado y el presente. Desconocer este pasado, implica para Gabriela obviar el alma indígena que anida en cada uno de nosotros.

     El olvido del patrimonio cultural indio y de la originalidad de las piezas artísticas que conforman tal legado, es el motivo que insta a Gabriela a pronunciarse, demandar y proponer soluciones que reviertan la situación.

     El indio, a los ojos de Gabriela, es un ser complejo y simple a la vez, al que no se le entiende en su cabal dimensión y al que de una u otra forma [68] se está silenciando o acallando. Así su arte padece junto con él, silenciamiento y desvalorización, que termina en una pérdida sin vuelta atrás de sus creaciones.

     El interés de Gabriela por el desarrollo del folklore indio y en consecuencia de cada forma de expresión artística, por más rudimentaria o básica que ésta fuese, surgió de su instinto para captar belleza allí donde existía originalidad y sencillez, ambas características directamente relacionadas con el espíritu y talante indígena.

     Así lo que algunos consideraban sólo gemidos desentonados y lastimeros, para Gabriela resultaban cantos nacidos de gargantas sabias y milenarias; lo que para otros eran cuentos fantásticos carentes de lógica y contenido, para la poetisa constituían textos que reflejaban la sensibilidad india y su particular cosmovisión.

Poesía, verso y fábula indígena

     A medida que Gabriela va internándose en el mundo creativo del indio se sorprende y emociona con sus capacidades. Le llama la atención la habilidad del indio para nombrar y describir[se] con un lenguaje directo y a la vez simple, libre de adornos literarios y abundancias lingüísticas, tan utilizadas en la poesía criolla y mestiza.

     El sentimiento del indio está exento del romanticismo del criollo, es viril y tiene una sencillez un poco brutal como la de la peña rosada de su cordillera; la fuerza apuñada de estos poemas y su sequedad, recuerdan algunos epitafios espartanos…(198)

     La sencillez en la poesía india, afirma Gabriela, es belleza y sentido creativo; está libre de ramplonería y consta de sensibilidad austera tanto en la forma como en el contenido. La simpleza con la que el indio se expresa equivale a Una gran honradez de la palabra, por un sentido en que la palabra debe ser suficiente y no ir más lejos(199).

     La medida justa, la precisión y la sobriedad que el indio imprime en sus escritos, es una extensión de su carácter igualmente sobrio, exento de pompa innecesaria. Gabriela define a los poemas indios como piezas creativas dignas de admirar por su síntesis. El indio le exige a la palabra lo preciso, puesto que busca la comprensión inmediata y sin rodeos que compliquen el mensaje. [69]

     Estos poemas cortos son como el aleteo del buitre nuestro; antes y después, inmediatamente después del verso no hay sino silencio y uno se queda impresionado por ese gran aletazo que se ha acabado en un momento(200).

     El indio traspasa su sensibilidad de la misma forma que se desplaza por la vida: sin alboroto, sin grandes aspavientos, siempre rodeado de un halo de discreción, que lo hacen parecer sombrío. Según explica Gabriela, quien menos entiende esta actitud del indio es el mestizo.

     Nunca entenderé por qué el mestizo ha sido tan incomprensivo, tan extrañamente trivial para entender y apreciar esta poesía(201).

     La poesía y en general los textos indígenas, son por excelencia la conjunción de emociones y sensaciones que desembocan en un verso corto y directo, el cual el mestizo subvalora por considerarlo extremadamente simple.

     Gabriela no lo entiende así. Si bien el relato folklórico indio es diametralmente opuesto al relato docto o clásico, no deja de ser por eso significativo y válido, pues si se le presta la atención suficiente se encuentran matices y tonos que revelan de una u otra forma la lógica del cosmos indígena.

     Uno de los textos que cita Gabriela es la Fábula. De ella rescata el formato al que el creador se ciñe. Es tal vez un formato inconsciente, sin embargo pese a que el creador podría dar rienda suelta a su lenguaje, al adorno excesivo, a la adjetivación desmedida y la palabra por la palabra, no lo hace.

     Al contrario -dice Gabriela- hay en ellas una naturalidad maravillosa que el mestizo ha pervertido, ha perdido; hay en ellas una cantidad de huecos, de subentendidos en el indio, criatura dotada de más sutileza de la que le concedemos(202).

     Si el indio es sobrio y honrado de palabra no sucede lo mismo con el mestizo y el criollo. Ambos se escapan de la pauta por la que se rige el habla del aborigen; incluso más, el mestizo con el afán de construir un relato que cumpla con sus expectativas de un texto acabado y significativo, toma a la fábula india reformándola bajo sus cánones hasta convertirla en un nudo empalagoso y finalmente cursi.

     El mestizo coge la fábula india, la adorna de una manera cursi, la vuelve barroca, con una gran sencillez y la enreda en malezas, en una imaginación gastada y turbia del europeo, y se malogra(203). [70]

     Deshacernos de la impronta artística del indio es negar las habilidades de nuestros ancestros, es decirle no a las sutilezas expresivas de quienes fundaron el origen de la raza indo-española. En contra de la amnesia y el desdén para con el folklore de la América morena, se queja Gabriela. Al respecto señala lo penoso que es relegar nuestra memoria histórica al vacío.

Es muy malo sumir en el olvido la memoria de un pueblo; se parece al suicidio. Esa operación de anestesia de una cantidad de razas indígenas es echarle al olvido lo suyo; pero echárselo maldiciéndolo antes, haciéndolo por herético y satánico. A mí me da dolor hoy mismo(204).

     A partir de esta reflexión surge la relación que Gabriela establece entre lo religioso y lo místico que el folklore indio concentra. De alguna manera el desapego por la poesía, la fábula o cuento construidos por nuestros antepasados, se vincula con el carácter herético con que el blanco y el mestizo catalogaron estos textos.

     El resabio mágico presente en el relato indio es lo que el blanco busca suprimir, tanto física como psicológicamente, del indoespañol.

     Yo estoy segura de que el misionero cuando destruyó, cuando quemó, cuando maldijo textos -porque maldijo también de los textos- no lo hacía sino por su horror de la herejía, de que se deslizara una gotita de paganía en aquellos preciosos textos que ellos echaron a olvidar, y esa operación de hacer olvidar a una raza su folklore, me parece a mí una de esas operaciones que llaman los teólogos ‘Pecado contra el Espíritu Santo’(205).

     En definitiva el habla india es parte del legado folklórico de la cultura mixta, de la cual es heredera la América mestiza.

     En los textos folklóricos nacidos del habla india, se funden relato y naturaleza, a la vez que magia, mitos y creencias forman una alianza destinada a transmitir el pacto de unión que hombre y naturaleza comparten. Dicho pacto está sellado con aire, tierra, fuego y agua; todos y cada uno elementos vivos y generadores de vida.

     En este escenario se produce el punto de encuentro entre la poesía de Gabriela y la originalidad del relato indio. Ella entiende con la razón y el corazón, la materia prima con la que el autóctono trabaja, puesto que viene de un Elqui bañado de sol, prieto de mitos y fábulas, colmado de cerros y naturaleza.

     La identificación de Gabriela con la producción literaria india no es un misterio entonces, ella conserva ciertas características, que heredó de los milenarios poetas indios. La sencillez fue estilo en la Mistral y al igual que sus hermanos nativos profesó la honradez de la palabra. [71]

     Los tópicos que el indio maneja no son sino los mismos referentes con que Gabriela nutre su verso y prosa; es en este plano que convergen y se miran a los ojos, indio y mestiza Nobel.

     Mistral capta en este arte salvaje, primitivo y anticlásico, la esencia india que recorre la humanidad del mestizo, y aunque reconoce que los textos indígenas no cumplen las normas establecidas en los textos clásicos, con estructuras semánticas bien definidas, insiste en que son una porte cultural por el hecho de ser originales y nuestros, junto con constituir un nexo racial.

     Hay veces que en la fábula no existe otro elemento utilizable que ciertas menciones de árboles o animales, pero como esas menciones de árboles y animales no están en la poesía, en la poesía culta, esas menciones son como una lanzada de casticismo que entra en nosotros.

     Hay veces que no hay ninguna idea precisa, ni leyenda, en una fábula folklórica, pero hay un ritmo, solamente un ritmo, un ritmo lo mismo que en una canción; y una se siente; se abandona a eso; y eso es un ritmo racial(206).

     La fábula folklórica, dice Gabriela, suele tener este ritmo. No es un ritmo natural de la forma; no es un ritmo métrico; es una cosa que va por dentro, es una corriente subterránea, es casi un elemento mágico(207).

     El folklore indio hecho relato y textos; concretizado en poesía, fábula o verso, no puede ni debe diluirse en la profundidad del desconocimiento, de acuerdo con el pensamiento de Gabriela. Primero porque es parte de nuestra historia, en segundo término porque equivale al legado cultural que preserva las raíces y la identidad de la raza, y en tercer lugar porque nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos, es decir, es un talismán contra el descastamiento.

     Lo mejor que pudo haber pasado en bien de nosotros si el folklore indígena no se pierde, habrá sido salvar el folklore del descastamiento horrible que vendrá sobre nosotros, porque el folklore salva como una medicina, para esto, como un antídoto, de este ‘descastamiento’(208). [72]

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