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Reflexiones en torno a naturaleza, tecnociencia y ética

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por Luis Cifuentes Seves*

 

La confluencia de la revuelta, la pandemia y el debate en torno a una nueva constitución me pareció un buen punto de partida para una reflexión poligonal.

En la antigüedad, la naturaleza era vista como algo poderoso, pero maligno. Recordemos a Horacio: Naturam expellas furca, tamen usque recurret (Aunque expulses a la naturaleza con un tridente, ella siempre volverá, “Ars poética”, 10 a. C.). Su contenido malévolo seguía presente en las artes hasta comienzos del renacimiento, como se ve en “El jardín de las delicias” de El Bosco (ca. 1500), donde el autor despliega animales entonces desconocidos para los europeos y figuras monstruosas no humanas en roles de terror y tortura.

Precisamente, una de las causas de la desaparición del paradigma universitario medieval consistió en no haber cambiado su visión de la naturaleza hasta convertirla en un tema digno de estudio, reflexión y debate, dando paso a la ciencia moderna.

En cambio, en aquellos años ya existían en las culturas indígenas latinoamericanas cosmovisiones que concebían a la naturaleza como esencial, lo que se expresaba y se expresa en principios tales como:

  • La unicidad del universo
  • El sentido de pertenecía del ser humano a un colectivo. La complementación del hombre con la mujer (vivos y antepasados), la naturaleza con los seres que la habitan, lo terrenal con lo espiritual. Todos se necesitan.
  • La reciprocidad entre las personas y con la naturaleza; se recibe y se da.
  • El sentido cíclico del tiempo. La vida es una constante renovación.
  • La conexión del mundo visible con lo espiritual, lo real y lo imaginario, la materia y el alma, la armonía entre la humanidad y el mundo, el equilibrio entre las fuerzas naturales, la posibilidad de escuchar a la madre tierra en un estado de paz y contemplación (Loncón Antileo, 2010).

El surgimiento de la ciencia moderna puso a la naturaleza en el centro de la atención de occidente.

En este punto creo conveniente establecer una primera y elemental aproximación a los conceptos de ciencia, tecnología y tecnociencia.

La ciencia es el conjunto de actividades sistemáticas que conduce a la generación de nuevos conocimientos.

La tecnología es el conjunto de actividades sistemáticas que conduce a la generación de nuevos productos.

Dado que los nuevos productos, para ser competitivos, deben ser cada vez más eficientes en términos de uso de energía y materiales, y deben también exhibir nuevas y mayores capacidades de satisfacer necesidades individuales y sociales, su diseño y manufactura requieren, crecientemente, de la producción de nuevos conocimientos como premisa para su desarrollo. Así se ha producido la fusión de una parte trascendente de la ciencia con la tecnología, dando origen a la tecnociencia.

Pero una de las corrientes de indagación de la ciencia moderna concluyó que madre natura podía, con un alto grado de certidumbre, ser considerada una fuente de amenaza terminal.

Las estrellas del tamaño del sol viven unos 10 mil millones de años y nuestro sol, a sus 5 mil millones, ya está nel mezzo del cammin della sua vita. Hacia el fin de su existencia se transformará en una estrella roja gigante, devorando a sus planetas (¡chao, tierra!) y luego se encogerá hasta el estatus de una enana blanca para fenecer en forma de nebulosa.

La muerte de la tierra y de marte ocurrirán casi simultáneamente, ergo no sacaríamos nada con huir al planeta rojo, como no sea para cambiar de atmósfera por un tiempo. Una mejor opción sería mudarnos a un exoplaneta habitable, por ejemplo, “próxima b”, que orbita a la estrella próxima centauri, la más cercana a nuestro sol, a unos 4 años luz, es decir, algo menos de 40 billones de kilómetros.

Esta mudanza interestelar sería de enorme magnitud y complejidad, pero tendríamos tiempo para prepararla, suponiendo que la humanidad podrá sobrevivir a su propia mezquindad por tantos años. Me encantaría leer los debates en torno a ese salto a una salvación tan excelsa. Me imagino que entonces los filósofos todavía estarán tratando de corregir a Hegel, de modo que se utilizaría una palabra alemana para designarla: Rettung. En ese lejano futuro es casi seguro que Chile no existiría, pero los chilenos sí, dado que nuestra carencia de identidad nos hace inextinguibles.

Bueno, die Rettung sería tan costosa, generaría tales divisiones y pisaría tantos callos entre los intereses terrícolas creados, que posiblemente, aprovechando la tecnología militar entonces existente, se desatarían guerras cataclísmicas. ¿Conclusión? No habría mudanza salvadora y la humanidad desaparecería, evidenciando la condición de singularidad dañina y pasajera que siempre tuvimos.

Ahora, la ciencia en su totalidad responde a una necesidad humana esencial: la de entender el mundo circundante, de develar lo desconocido; de aquí su belleza y su capacidad de capturar la imaginación de muchos. Sin embargo, hoy como ayer, ella tiene como su ámbito de competencia sólo lo que es medible o calculable en el mundo material. Por tanto, su impotencia es total ante muchos problemas trascendentes. Su campo de acción ni siquiera toca los invariables santuarios: los deseos, los sueños y pesadillas, las alegrías y temores, las angustias y entusiasmos, los amores y odios, las obsesiones y pasiones, los mundos inventados, las insondables motivaciones de cada ser humano.

A esto se refería Wittgenstein cuando decía:

“Sentimos que, cuando todas las posibles preguntas científicas han sido respondidas, nuestros problemas vitales todavía no han sido tocados en absoluto. Por supuesto que entonces ya no queda pregunta alguna y esa es precisamente la respuesta” (Wittgenstein, 1952).

Y así es. “Nuestros problemas vitales” siguen estando en el campo de la ética. Cuando la concentración del poder es tan grande que quien lo ejerce carece de contrapesos, la única moderación de ese ejercicio puede provenir de nociones axiológicas generalizadas, de arraigo multitudinario, de la presencia en el ámbito público global de una sensibilidad humana potenciada por una concepción madura del devenir de la historia.

Espero se me perdone una digresión respecto a Wittgenstein. Él y yo estudiamos ingeniería (él, mecánica; yo, química); ambos hicimos trabajo doctoral en la Universidad de Manchester (él, en ingeniería aeronáutica; yo, en ingeniería química); coincidimos en el nombre (él, Ludwig; yo, Luis = aquel que es erudito en las batallas), pero hasta ahí no más llegan las similitudes. Yo finalicé mi doctorado, pero él, por culpa de Bertrand Russell, dejó botado el suyo. Otras diferencias saltan a la vista.

Vuelvo a mi tema: contrariando las concepciones tradicionales de quienes han abogado por el cambio político y social, una buena parte del cambio actual ocurre al margen de planificación o consenso. Es imparable y acelerado; es la resultante de la suma vectorial de incontables voluntades -tanto corporativas como grupales e individuales- que se expresan de manera dinámica en la economía, la política, la ideología y todo el ámbito restante de la cultura.

La casi totalidad de la industria y los servicios son manejados mediante sistemas informáticos y de comunicación cuya velocidad de desarrollo es pasmosa. Entre 1983 y 2020, el acceso a memoria en computadores personales ha aumentado en un millón de veces y la velocidad de cómputo, en casi cien mil veces, mientras que el precio ha tendido a decrecer.

Los teléfonos móviles permiten a cualquier individuo comunicarse de manera inalámbrica con las redes informáticas globales. El ya iniciado advenimiento de 5G (tecnología de quinta generación para teléfonos celulares) permitirá el desarrollo de aplicaciones que hoy son difíciles de imaginar. Se espera sucesos igualmente trascendentes en energía, biotecnología y nanotecnología.

Las nuevas técnicas ofrecen opciones para llevar a cabo operaciones de la vida diaria (comprar, vender, informarse, comunicarse, hacer llegar bienes de un punto a otro del mundo, manejar aparatos domésticos a distancia, etcétera) que la gente utiliza de inmediato, sin esperar consensos ni reglamentos ni mucho menos algún tipo de certificación ideológica. Tal vez por ello se ha afirmado: “Todo lo que puede hacerse, se hará. Si no lo hacen los actores establecidos, lo harán actores emergentes. Si no lo hace una industria regulada, lo hará una industria nueva, nacida sin regulación. El cambio tecnológico y sus efectos son inevitables. La opción de detenerlos no existe” (Grove, 1998)

La tecnociencia parece ser hoy la partera de la historia. El fundamento material de la sociedad actual ya no reside en la construcción de grandes fábricas, sino en la capacidad de generar nuevos conocimientos y nuevos productos en un proceso vertiginoso de innovación. Hoy, las más modernas y gigantescas unidades productivas, incluso aquellas cuyo costo es de varios miles de millones de dólares, quedan obsoletas en pocos años. Su simple posesión no garantiza nada.

Mientras se construye una planta industrial para producir la segunda generación de un producto, ya hay que estar diseñando la planta de tercera generación e invirtiendo en la producción del conocimiento necesario para dar fundamento a la cuarta y quinta generaciones. Para financiar este esfuerzo, hay que vender inmensas cantidades de productos de primera generación en todo el mundo, por cuanto ningún mercado nacional por sí sólo puede sustentar las ventas necesarias para la continuidad del proceso. Esta sociedad, basada materialmente en conocimiento e innovación tecnológica, es radicalmente distinta de aquella que dio nacimiento a la mayor parte de las instituciones imperantes, como asimismo a las visiones dominantes de la sociedad y de la historia.

Y debo advertir que no todos los productos son físicos (un automóvil, un panel solar, una manzana), sino los hay también virtuales (una aplicación computacional, un esquema organizativo, una canción), donde los últimos no requieren de costosas fábricas.

Pero, por muy novedosa que parezca la nueva condición productiva de la humanidad, no olvidemos que “La nuestra es una sociedad de clases, y ténganlo muy en cuenta, si no quieren que su amnesia termine en terapia de choque. También es una sociedad capitalista y accionada por el mercado, uno de cuyos atributos es el ir dando trompicones de una depresión/recesión a otra. Como es una sociedad de clases, reparte los costes de la recesión y los beneficios de la recuperación de forma desigual, aprovechando cualquier ocasión para dotar de mayor firmeza a su columna vertebral: la jerarquía de clases” (Bauman, 1999).

Harari (2016) ha puesto sobre el tapete de la discusión un tema de suyo interesante: cuando se habla de grandes cambios y de niveles de participación, ¿qué tan bien se conocen a sí mismos los protagonistas? Este autor ha señalado que, desde el siglo XVIII en adelante, se impuso la visión humanista consistente en que los sentimientos de cada ser humano son la mejor fuente de autoridad en su auto conocimiento. Pero ahora surge otra visión: los gurús de la alta tecnología están proponiendo que tal autoridad se asiente sobre algoritmos (conjuntos de instrucciones para resolver problemas específicos) y Big Data (serie de tecnologías que permiten realizar la captura y análisis de información para correlacionar grandes volúmenes de datos desde diferentes fuentes). Estos podrían caracterizar por completo a cada ser humano.                     

Algunos proponentes del “datismo” consideran al universo como un flujo de datos y a los organismos como algoritmos bioquímicos y creen que la vocación de la humanidad consiste en la creación de un sistema de procesamiento de datos que lo abarque todo.

El tránsito entre la noción de la naturaleza viva como un conjunto de monstruos y la noción de ella como un conjunto de algoritmos bioquímicos, debe estar entre los cambios conceptuales más espectaculares de este lado de la caída del imperio bizantino.

Empero, pese a todos los avances en la esfera de la producción, los grandes problemas del mundo siguen siendo los de antaño: la desigualdad, la pobreza, las hambrunas, el desempleo crónico, la delincuencia, la drogadicción, la desesperanza, la corrupción, el tráfico de armas, drogas y personas, las pandemias, la práctica de la tortura y el asesinato como métodos políticos, el exilio masivo y forzado, la ley de la selva en las relaciones entre países y bloques.

Lo nuevo es que el mismo avance tecnológico que hoy nos asombra ha tenido, como subproducto, nuevos y grandes riesgos sobre la vida en el planeta -humana, animal y vegetal-, tanto por la contaminación ambiental y la destrucción de hábitats, como por la pavorosa tecnología militar hoy disponible. La naturaleza está amenazada por el “progreso humano”.

Al mismo tiempo, la 4a. revolución industrial (o Industria 4.0) estaría en marcha impulsada por una fusión de varias tecnologías. Se espera muchos cambios trascendentes en la vida de comunidades e individuos como producto de esta revolución. La gran pregunta, como siempre, es: ¿En beneficio de quién ocurrirán estos cambios? 

Debe tenerse en cuenta que la tecnociencia podría contribuir a la resolución de los grandes problemas del mundo enumerados más arriba, pero para ello debería apoyarse en sólidos fundamentos éticos.

Existe cierto consenso de que, en medio de todas estas transformaciones, el crecimiento de Internet y de las redes sociales que cabalgan sobre ella, favorecen la comunicación, la información, la propuesta y la respuesta ciudadanas, pero los contenidos divulgados dependen de las convicciones éticas de sus protagonistas, de su coraje intelectual y de su decisión de superar la autocensura.

La importancia de cultivar espacios favorables a la expresión de ideas, afectos y lealtades crecerá en importancia en la medida en que el consumismo agudice la cosificación y trivialización de las relaciones interpersonales (Byung-Chul Han nos habla de la sociedad del cansancio y de la agonía del eros; ¿alguien mencionó el amor líquido?). Estos espacios, cuya trascendencia política será innegable y donde inevitablemente se manifestarán valores (éticos y de otro tipo) e ideologías, pueden crearse por medio de redes computacionales, pero también de muchas otras maneras. En este terreno, como en otros, la imaginación es la clave.

En la actualidad se debate poco acerca de la gravitación de los sentimientos en el ámbito del poder y la tecnología. Hace algo más de 20 años, el autor de este artículo decía: “El capitalismo tardío es un sistema de inmenso poder militar, corruptor y manipulativo; la izquierda no tiene posibilidad alguna de derrotarlo en su propio terreno (por lo tanto) debe apropiarse de las más poderosas herramientas transformadoras del presente: el conocimiento, la ternura y la imaginación” (Cifuentes, 1997).

 

Tal vez sea necesario poner oído a las consideraciones afectivas cuando la imparable globalización dicta las reglas del desarrollo económico, cultural y político en todo el mundo. Una parte del inmenso poder de los mega consorcios reside precisamente en su familiaridad con el entorno global, en su capacidad de actuar transnacionalmente, superando de muy diversas maneras los obstáculos culturales, legales, burocráticos y políticos. La necesidad de defender los derechos civiles de las grandes mayorías y la integridad de los ecosistemas, es decir, de la naturaleza, es penosamente necesaria, pero los caminos para hacerlo globalmente se advierten complejos.

Sin embargo, hay esperanzas: a partir de 2018 se escuchó, con una fuerza inusitada y global, la voz del movimiento feminista desafiando al patriarcado y en 2019 hubo estallidos (revueltas o despertares) sociales en muchos países, cuestionando al neoliberalismo salvaje a pesar de la más extrema represión. Al mismo tiempo, existen en numerosos lugares del mundo grupos humanos que estiman que no hay enemigo tan poderoso como para rendirse ante él sin enfrentarlo.   

No resistiré la tentación de concluir estas reflexiones con un fuerte mensaje ético: “Cuestionar las ostensiblemente incuestionables premisas de nuestro modo de vida es el servicio más urgente que debemos a nuestros semejantes y a nosotros mismos” (Bauman, 2015).

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*Dr. Luis Cifuentes Seves, Profesor Titular, FCFM, Universidad de Chile

 

 

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