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¿Por qué el Gobierno de Venezuela ha resistido y otros presidentes de izquierda han caído? .Por Clodovaldo Hernández

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¿Por qué el Gobierno de Venezuela ha resistido y otros presidentes de izquierda han caído?

Con cada derrocamiento, destitución, inhabilitación, vacancia o eliminación física de presidentes o candidatos de izquierda en América Latina, se agigantan las figuras del comandante Hugo Chávez, del presidente Nicolás Maduro y, en general, del proceso político venezolano de los últimos 23 años.

Si se revisa objetivamente la historia de este tiempo, se comprobará que Chávez enfrentó y Maduro ha seguido enfrentando todas las estrategias, tácticas, maniobras, jugadas y estratagemas que el imperio estadounidense y sus satélites y lacayos han utilizado con éxito en el resto del continente, y también otras de las que se han valido en regiones diferentes del planeta.

Hagamos un sucinto recuento a pura memoria: golpes de Estado; disturbios foquistas; sublevaciones públicas de militares de alto rango; paros y sabotajes al aparato productivo; denuncias de fraude electoral con protestas violentas; injerencia vía Organización de Estados Americanos; guerra económica interna; ataques a la moneda nacional; golpe parlamentario; medidas coercitivas unilaterales; bloqueo económico, lawfare; persecución judicial internacional; crisis migratoria y designación arbitraria de supuestas autoridades paralelas. Todo ello envuelto en un permanente y pertinaz acoso mediático global y local.

Comparemos entonces: A Manuel Zelaya, Fernando Lugo y hasta a Evo Morales los depusieron las élites políticas apoyadas en militares traidores. A Chávez también lo tumbaron, pero solo estuvo fuera 47 horas. En tanto, el más célebre intento de golpe militar contra Nicolás Maduro fue un meme real, con la toma de un distribuidor de tránsito y unos plátanos verdes en un guacal de plástico.

A Dilma Rousseff la sacaron del poder mediante maniobras tribunalicias. A Luiz Inácio Lula Da Silva le impidieron retornar a la presidencia en 2018 con similares tretas. A Rafael Correa lo mantienen al margen de la vida política ecuatoriana hasta el presente de esa misma manera. En estos últimos días, jueces al servicio de la derecha argentina sacaron del juego a Cristina Fernández, favorita para ganar las próximas elecciones; y el perverso Congreso de Perú logró, luego de un año, que Pedro Castillo diera un paso en falso, para destituirlo y meterlo preso. En Venezuela, todas esas maniobras leguleyescas han sufrido estrepitosas derrotas.

¿Qué explicación tiene esto? ¿Por qué estas acciones diseñadas en laboratorios de desestabilización, llevadas a cabo bajo la dirección de gobiernos que tienen siglos de experiencia en ese campo han funcionado en los otros países y no en Venezuela? Es interesante reflexionar sobre esto y lanzar algunas conjeturas.

El cambio constitucional

Un primer factor en este análisis puede ser la visión estratégica que tuvieron Chávez y sus colaboradores y asesores a finales de los años 90, cuando entendieron que la prioridad era modificar la Constitución Nacional mediante un proceso en el que el pueblo tuviera la última palabra.

De no haber sido la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente el primer decreto de Chávez, si se hubiese resignado a gobernar bajo la Carta Magna de 1961, es muy probable que el comandante hubiese corrido una suerte parecida a la de Castillo: trabas imposibles de superar para realizar la gestión esperada por el pueblo elector y un conflicto político perenne que habría acabado con su expulsión de Miraflores o, en el mejor de los casos, con un breve mandato de cinco años.

Si alguien duda de esto, recuerde que las cúpulas de Acción Democrática y Copei fueron capaces de defenestrar a uno de los suyos, Carlos Andrés Pérez, en 1993, mediante un proceso que hoy podría calificarse de lawfare. Lo llevaron a cabo a través de la Corte Suprema de Justicia y del Congreso, poderes completamente dominados por dichos grupos de poder. Si le hicieron eso a Pérez, ¿qué no hubiesen hecho con Chávez?

Modificar el ordenamiento constitucional permitió a la Revolución Bolivariana blindarse contra las típicas conjuras de las élites recién desplazadas, y responder en situaciones críticas que comenzaron a presentarse desde los primeros tiempos.

En esa fase inicial, el poder de las viejas cúpulas no cesó del todo, tal como se demostró en el fallo del Tribunal Supremo sobre los “generales preñados de buenas intenciones”, que impidió el castigo justo a los perpetradores de los hechos de abril de 2002.

La nueva estructura de cinco poderes y el rol que tiene en ella la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia tuvo un papel decisivo mucho más adelante, para evitar que se consumaran las tentativas de golpe de Estado parlamentario en el período 2016-2021, cuando la oposición alcanzó la mayoría en la Asamblea Nacional y se planteó una estrategia de confrontación total con el Ejecutivo.

La base popular

Un elemento clave en esta historia de resistencia ha sido el apoyo del pueblo al movimiento encabezado por Chávez, a su iniciativa constituyente y a la gestión que él alcanzó a desarrollar y que ha procurado continuar el presidente Maduro.

Sin ese respaldo, hace mucho tiempo que las fuerzas imperiales y la derecha doméstica habrían logrado el objetivo de destruir el proceso revolucionario venezolano.

La base popular se ha hecho presente mediante el voto (en elecciones y referendos) y también en momentos cruciales, cuando ha sido necesario dar respuesta de calle a cada una de las maquinaciones de los adversarios. La ausencia de esa respuesta contundente ha sido determinante en varios de los derrocamientos de otros presidentes latinoamericanos, a quienes les faltó pueblo.

El peso del liderazgo

Chávez logró escapar de casi todas las confabulaciones, aunque queda la duda relativa a la posibilidad de que la enfermedad que le quitó la vida haya sido inducida. Su éxito ante los ataques se debió en buena medida al extraordinario peso de su liderazgo, que comenzó siendo nacional y producto de un evento de alto impacto (la insurrección de 1992), pero que él logró en proyectar a escala mundial y a la dimensión histórica.

La profunda raíz de ese liderazgo hizo que fracasaran muchos de los movimientos destinados a quitarlo del camino, entre los que destacan el golpe de abril de 2002 y el paro-sabotaje petrolero de finales de ese mismo año y comienzos del siguiente.

En los días finales de su vida, Chávez se esforzó por endosar ese liderazgo, al dejar claramente perfilada la hoja de ruta de la sucesión.

Pese a no tener la misma fuerza y carisma, Maduro ha batallado intensamente, empleando las herramientas que adquirió del comandante, entre ellas la del juego diplomático. Igual que ocurrió con Chávez, el fogueo de tantas conspiraciones lo ha hecho cada vez más fuerte. Y esa fortaleza -¿qué duda cabe?- ha sido fundamental en momentos críticos.

La alianza cívico-militar

En su amplia gama de opciones para derrocar gobiernos desobedientes, Estados Unidos no ha descartado el golpe militar. De hecho, los pronunciamientos de las fuerzas armadas siguen teniendo influencia (fáctica o simbólica) a la hora de dar la estocada final, tal como se observó acá el 11 de abril de 2002, en Bolivia, en 2019, y en Perú hace pocos días.

Por eso ha sido neurálgica la reforma del rol de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana en el escenario político. Al desmontar el esquema de la IV República y reformular la doctrina militar, se ha reducido la perniciosa influencia de la Escuela de las Américas, que permitió a Estados Unidos imponer gobiernos dictatoriales o democracias tuteladas en toda la región.

Para lograr ese objetivo, Chávez contó con la ventaja de ser un líder de origen militar, pero fue más allá de eso y logró aprender también de los errores y las traiciones que debió sufrir.

Maduro, por su parte, ha mantenido en alto los aspectos centrales de esa nueva doctrina con probado éxito, pues logró superar sin problemas el intento de golpe de Estado de abril de 2019, en el que se pretendió que tuvieran presencia los altos mandos, según lo revelaron luego los voceros oficiosos de Estados Unidos.

La torpeza opositora


No puede estar completa la revisión de la especial resistencia venezolana a las tentativas de “cambio de régimen” sin considerar el punto de la adverbial falta de competencia de los actores opositores. Estos han tenido oportunidades realmente contundentes, con el apoyo casi unánime del conglomerado del capitalismo global, pero no han conseguido el objetivo de desalojar a los mandatarios revolucionarios.

Parece evidente que las respectivas oposiciones de Honduras, Paraguay, Ecuador, Brasil, Bolivia, Argentina y Perú son menos torpes, aunque igualmente cuestionables. Puede afirmarse que han tenido mayor capacidad para mantener cuotas de poder dentro del mismo poder Ejecutivo, en los cuerpos deliberantes, en la institución militar y en el Poder Judicial, lo que les ha permitido efectuar las maniobras de derrocamiento con alguna apariencia de legitimidad.

La cuestión mediática

Por supuesto que el factor de los medios de comunicación tampoco puede dejarse fuera de ningún análisis acerca de por qué las insidias y los ardides de la derecha imperial han funcionado en otros países, pero no en Venezuela.

Tiene un peso específico el hecho de que la Revolución venezolana fue a la guerra mediática y, luego de muchas batallas perdidas, terminó poniendo las cosas a su favor ante tan poderoso enemigo.

La maquinaria mediática es insustituible en las operaciones de golpe tradicional, golpe parlamentario, lawfare o intervención extranjera. Los medios, actuando bajo líneas editoriales comunes, socavan los liderazgos, montan campañas de desprestigio, acusan sin pruebas, difunden noticias falsas, magnifican errores, ocultan logros, es decir, que contribuyen a crear un clima adverso a los gobernantes bajo el cual es mucho más viable cualquiera de las maniobras antes señaladas.

Un aparato mediático agavillado creó las condiciones para el sangriento golpe militar contra Salvador Allende, en 1973. Lo mismo pasó en Venezuela en 2002, cuando se perpetró un derrocamiento más mediático que militar.

La experiencia venezolana indica que vencer en la guerra mediática interna es básico, aunque no suficiente, pues la maquinaria comunicacional del capitalismo hegemónico es ahora tan global como el sistema mismo y tiene capacidad para hacer las veces de la desprestigiada prensa local.

En los terribles años que hemos vivido desde la muerte del comandante Chávez, ha sido ese aparato externo (medios estadounidenses, latinoamericanos y europeos aliados con la mal llamada “prensa libre” venezolana, financiada por gobiernos extranjeros) el que ha intentado montar el escenario para derrocar a Nicolás Maduro. Para ello ha legitimado la violencia callejera y los intentos de invasión, magnicidio y golpe de Estado.

La derrota de todas esas conjuras ha sido también, en consecuencia, el fracaso de la maquinaria mediática. No es casualidad que, en cambio, en todas las naciones hermanas donde se han concretado los “cambios de régimen”, los grandes medios de comunicación siguen siendo descarados instrumentos de las élites económicas y de la derecha política.

Sin ánimos patrioteros, todas las anteriores parecen ser interesantes lecciones de esta Venezuela asediada, extorsionada y bloqueada para el resto de Nuestra América y del sur global. Un ejemplo que, vale reiterarlo, se agiganta con cada derrocamiento, destitución, inhabilitación, vacancia o eliminación física de presidentes o candidatos de izquierda.

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