Ese silencio —o ese apoyo explícito— no es políticamente neutro. Compromete la dignidad ética de la propia comunidad que dice representar y proyecta sobre las futuras generaciones de judíos y judías en Chile un estigma difícil de eludir: el de la complicidad pasiva frente a uno de los crímenes más graves de nuestro tiempo.
diciembre 31, 2025
Autor:Agrupación Judía Diana Arón
En los últimos días, el diario El Mercurio publicó dos cartas consecutivas —una de la Comunidad Judía de Chile y otra de la Comunidad Palestina de Chile— en torno al conflicto en Palestina. Más allá del peso de los argumentos expuestos, ninguna de ellas aborda la responsabilidad moral y política de quienes, desde Chile, han respaldado la violencia del Estado de Israel o han optado por respaldar o silenciar un genocidio en curso.
La carta del presidente de la Comunidad Palestina de Chile, Maurice Khamis Massú, responde con rigor histórico y político a la misiva de la Comunidad Judía de Chile publicada en este diario. Sus argumentos son sólidos y apuntan al núcleo del conflicto: una asimetría estructural sostenida en el tiempo por decisiones políticas deliberadas, no por relatos simbólicos ni analogías forzadas.
No se trata aquí de imputar culpas colectivas al pueblo judío ni de cuestionar una identidad religiosa o cultural. Se trata de interpelar a una dirigencia comunitaria concreta, con vocerías formales y presencia activa en el espacio público chileno, que ha optado por justificar, relativizar o silenciar una violencia extrema ejercida contra un pueblo sometido desde hace décadas a ocupación, desposesión y apartheid.
La historia ha sido implacable al juzgar no solo a quienes ejecutaron atrocidades, sino también a quienes, teniendo voz e influencia, optaron por callar o justificar.
Persistir en esa posición no protege a la comunidad judía en Chile; por el contrario, la expone a una carga moral innecesaria y profundamente injusta para muchos de sus propios miembros, que no se sienten representados por ese alineamiento incondicional.
Reconocer el sufrimiento palestino, denunciar el genocidio en curso y desmarcarse de políticas criminales no es un acto de traición identitaria. Es, por el contrario, una afirmación de humanidad y de responsabilidad histórica.










