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Nicaragua – Lejos del sandinismo

Nicaragua – Lejos del sandinismo

 

Entre las estatuas y el discurso mesiánico

 

Distante de su memoria revolucionaria, de lleno en la represión y la corrupción, el gobierno de Daniel Ortega y su esposa sucumbe en lugar de liderar.

 

Pablo Biffi

 

Revista Ñ, 25-5-2018

https://www.clarin.com/revista-enie/ideas/

La escultura de Augusto César Sandino se erige sólida e irreprochable en la loma de Tiscapa, en el corazón de Managua, un cerro bajo que fue escenario de torturas, vejámenes y la imposición de la dictadura somocista. La silueta, que todo nicaragüense reconoce solo con ver su figura, fue diseñada y esculpida en acero monolítico por el poeta y escultor sandinista Ernesto Cardenal e inaugurada en 1990, antes de que el Frente Sandinista de Liberación Nacional entregara el poder a Violeta Chamorro, tras su sorpresiva victoria en las elecciones de ese año.

Mirando al lago Xolotlán, a la derecha de la imponente figura del “General de los hombres libres”, se levanta otra escultura aún más grande. Es metálica, un árbol amarillo que de noche se ilumina. Fue instalado junto al héroe nacional por orden de Rosario Murillo, esposa del presidente Daniel Ortega y vicepresidenta del país. Son los “arboles de la vida” –adaptación del árbol dibujado por Gustav Klimt en 1909– que desde 2013 la primera dama “sembró” por toda Managua como símbolo del nuevo poder.

León, 21 de septiembre de 1956

 

​Rigoberto López Pérez, un poeta y opositor a la dictadura somocista –que en verdad se había iniciado en 1934 con el asesinato del líder Augusto César Sandino– mató al cabecilla de una de las dinastías más sangrientas de la región. Minutos antes, en una gala, Somoza había sido “proclamado” nuevamente candidato presidencial. Rigoberto recibió más de cien balas disparadas por la guardia de Anastasio Somoza García. Pero la historia fue generosa con él. Al cumplirse 50 años, la alcaldía de Managua inauguró una enorme estatua en su honor.

El presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt había acuñado la célebre frase: “Somoza es un hijo de puta pero es nuestro hijo de puta”. Años después, Dwight Eisenhower le enviaba a Somoza desde el Canal de Panamá un avión para que lo atendieran en la base estadounidense. Fue inútil. Murió dos días después. Con Sandino nadie tuvo la misma consideración que con “Tacho”, cuando cayó traicionado en 1934 por orden de Somoza, entonces jefe de la Guardia Nacional. El “General de los hombres libres” había cenado en Tiscapa con el presidente Juan Bautista Sacasa, luego de firmar un acuerdo de paz tras el retiro de la tropas de EEUU del país. Allí fue asesinado.

El cuerpo de Sandino no fue encontrado y nunca tuvo tumba. La enorme escultura de hierro de 20 metros lo recuerda con solemnidad, como “un héroe nacional”, en lo que ahora es el Parque Histórico de Tiscapa. Su figura se recorta en lo alto, sobre lo que fue el búnker de Anastasio Somoza Debayle, alias “Tachito”, el último exponente de la dictadura somocista, asesinado en Paraguay en 1980 por un comando de nicaragüenses y argentinos al mando del ex ERP Enrique Gorriarán Merlo.

Aquella derrota electoral con Violeta Chamorro –al frente de una alianza opositora– fue un terremoto para el sandinismo y marcó para siempre la vida de Ortega. El país estaba devastado por la guerra con los Contras, financiados por Washington, con 12.000 milllones de deuda externa, una inflación anual que llegó al 39.000 por ciento y 50.000 muertos.

Desde la oposición, el sandinismo no perdió tiempo en su afán por regresar al poder en los 16 años de gobiernos dominados por los liberales: Chamorro, Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños. Daniel Ortega abandonó el verde oliva para abrazar el traje y los negocios. Su giro a la derecha quedó en evidencia en 1998 cuando acordó con el entonces presidente Alemán un “pacto de impunidad” para alternarse en el poder. Ese acuerdo fue, también, económico y Ortega –junto con algunos de los comandantes que no abandonaron el FSLN– se convirtieron en los grandes empresarios del país, con negocios en toda Centroamérica. Un grupo de capitalistas enamorados del poder. Por esos años, y debido a ese giro y a la ausencia de debate interno, muchos de los históricos comandantes sandinistas abandonaron el partido. Y esos espacios de decisión los empezó a ocupar una figura que será clave en las décadas siguientes: Rosario Murillo, encantadora poeta que había ingresado al FSLN en 1969, promotora de una rara doctrina que mezcla catolicismo, misticismo y prehispanismo. Con el tiempo sería conocida como “La mujer de los Anillos”, debido a que suele llevarlos juntos por docena. Madre, además, de Zoilamérica Narváez, quien en 1998 acusó a su padrastro, Ortega, de haber abusado de ella sexualmente desde 1979.

Para la campaña presidencial de 2006, Ortega ya había abandonado el rojo en sus banderas y abrazado el rosa; llevaba de candidato a vice a un banquero –Jaime Morales Carazo– a quien la revolución había expropiado parte de su fortuna. Buscaba tener buenas relaciones con EE.UU. y alababa al FMI. Esas elecciones marcarían el regreso de Ortega al poder, cobijado por una tramposa ley electoral hecha a medida del sandinismo y pactada con Arnoldo Alemán. Para ganar, un partido sólo necesitaba sumar el 35% de los votos si el segundo quedaba 5 puntos abajo. Y ocurrió: “Daniel” se imponía por 38% a 29% frente a una alianza de liberales divididos. Rosario Murillo, desde las sombras primero, y ya en el gobierno como presidenta del Consejo de Comunicación y Ciudadanía después, sería el poder en Nicaragua.

La hora de ir por todo

​Producto de ese pacto con Alemán –quien fue condenado a 20 años por corrupto y luego sobreseído por una Corte adicta en 2009, ya con Ortega en el gobierno–, el sandinismo controló gran parte del Poder Legislativo, del Judicial y todos los resortes del Estado. En alianza con los empresarios que se beneficiaron de un Estado que gastaba, los sectores religiosos más conservadores, el viento de cola de la ayuda petrolera venezolana en tiempos de Hugo Chávez –unos 4.000 millones de dólares– y una economía en crecimiento, Ortega no tuvo sobresaltos para arrasar en las presidenciales de 2011. Obtuvo el 62,4% de los votos y la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional.

Para la pareja Ortega-Murillo había llegado el momento de ir por todo, abrazada al “eje bolivariano”, con una oposición diezmada y profundizando el caudillismo bicéfalo. “Ortega dejó de ser una persona normal, a quien el partido podría cambiar. Pasó a ser un mesías. Y su mujer es su vocera. Entonces crea el mesianismo y anula al partido, que deposita las decisiones solo en Daniel Ortega, su mesías”, explica en el diario La Prensa de Managua el analista Fernando Bárcenas.

Con todo el poder, la dupla se encerró cada vez más. Se alejó de las bases, profundizó el control sobre todos los poderes del Estado, puso en marcha proyectos mesiánicos, como la construcción de un canal interoceánico para competir con el de Panamá –que no se concretó– y le sumó, también, la compra de medios de comunicación, con el objetivo de perpetuarse. El ambicioso plan se materializó en 2013 cuando la Asamblea Nacional, dominada casi por completo por el sandinismo, reformó la Constitución para permitir la reelección indefinida. La mesa estaba servida para que, con Murillo en la fórmula, Ortega arrasara en las presidenciales de 2016 con el 72,4% de los votos y 71 de los 92 diputados de la Asamblea.

Sin embargo, algo falló. La cooperación venezolana empezó a escasear en estos dos años y la economía nicaragüense mostró síntomas: bajaron las ventas de autos, casas y el consumo en general. La falta de dinero para seguir con los planes sociales forzó a Ortega a un ajuste, por recomendación del FMI, descargando el recorte en los bolsillos de los ciudadanos y en los empresarios. Y así fue que el proyecto de Ortega de incrementar los aportes de trabajadores y los empresarios para el seguro social encendió la mecha de las protestas que, desde mediados de abril, tienen acorralada a la pareja presidencial. Una chispa que hizo florecer otras demandas dormidas y que puso a estudiantes y campesinos al frente de las movilizaciones de un pueblo que aprendió, del primer sandinismo, que el destino siempre está en sus manos. Una lucha que reclama una verdadera democracia (“Volver a la república”, lo llaman los nicaragüenses), el fin de la represión, la censura y el discurso único, de la impunidad para los corruptos.

Por eso Bárcenas caracteriza el llamado “orteguismo” –ya no al sandinismo– “como el movimiento que impuso el terror entre los trabajadores estatales corridos por capricho, el servilismo que descartó el método profesional con el que eran contratados los funcionarios, el secretismo mafioso, la ignorancia y la reducción del Estado a una finca privada donde gobierna la pareja presidencial”.

Managua, 17 de abril de 2018

​Estalla la furia por el proyecto de Ortega sobre seguridad social. Rápidamente se extienden a todo el país, en especial a Monimbó –bastión sandinista de la lucha contra la dictadura somocista– y Niquinohomo –donde nació Sandino en 1895–, ambas en Masaya, a 30 kilómetros de la capital. En casi un mes de protestas y represión policial y de los grupos de choque oficialistas, los muertos suman más de 60.

En las calles, los estudiantes y campesinos gritan “abajo la dictadura”. En la loma de Tiscapa, corazón de Managua, la escultura de Sandino sigue en pie. Los “arbolatas”, como llaman los nicaragüenses a los “arboles de la vida” de metal amarillo, son derribados uno a uno por los manifestantes. Una imagen caprichosa, simbólica, de la Nicaragua de hoy: la historia sigue en pie. El sandinismo –más bien el “orteguismo”– parece herido de muerte.

Hace ya muchos años, cuando Ortega y el sandinismo regresaban al poder tras ganar las elecciones de 2006, Tomás Borge, emblemático comandante guerrillero y temible ministro del Interior entre 1979 y 1990 en tiempos de la revolución, me dijo en su casa de Managua los motivos por los cuales habían sido derrotados por Doña Violeta Chamorro: “Fuimos insensatos, arrogantes, burócratas y una frustración”. Borge murió en Managua en abril de 2012, alejado de la política. Acaso hoy tendría la misma brutal sinceridad.

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