Inicio Internacional Milei, vino viejo en botellas nuevas – por Héctor Vega

Milei, vino viejo en botellas nuevas – por Héctor Vega

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El viejo populismo liberal que en un mes tuvo 3 presidentes, en una de las peores crisis a comienzos de siglo, alcanzó de la mano de Javier Milei un nuevo respiro con la promesa de terminar con la corrupción y la clase política. De la mano de la motosierra prometió durante la campaña la austeridad presupuestaria como única alternativa para terminar con esta borrachera de 100 años de fraudes, corrupción y engaños.

El balance es duro, algunas cifras lo transparentan. La pobreza superó la barrera del 40%, afecta a 18,6 millones de argentinos; el 9,3% es indigente. Oficialmente la inflación llega a 142,7% (interanual), la devaluación del peso alcanza a 44,7%, con la devaluación pagas 980 pesos por un dólar en el mercado negro, el déficit fiscal alcanza a 3% del PIB, las reservas del Banco Central se evalúan a menos 12 mil millones de dólares, la Deuda Pública Bruta se estima en 419 mil millones de dólares….

Esta nueva Argentina entrampada en una deuda de 45 mil millones de dólares deberá abrir los mercados financieros internacionales, recobrar la dignidad con referencias históricas que nos llevan al siglo XIX, cuando el general Roca aseguró la soberanía argentina en la Patagonia sobre el cadáver de los indígenas que la habitaban y aún de mapuches que se declaraban chilenos, Cafulcura, Mamuncura…

Pero, en la hora actual, eso es un detalle, lo que aquí vale es la afirmación política de este general que resolvió el conflicto entre porteños y nacionales por la ciudad de Buenos Aires en la que los presidentes eran tratados como huéspedes. Frente a conflictos de la clase política que en signos y señales busca afirmaciones de poder, había que levantar la figura de Roca, el hombre duro que no escatima la provocación que significa la verdad frente al Pueblo.

Los nuevos códigos de protesta

Pero cuando enfrentas la calle, no los cabildos de la clase política, la bronca tiene otros códigos, tiempos sin pausas ni regates; porque cuando falta la guita, el empleo, la seguridad y las pensiones de miseria, ya no basta la lapidación de los corruptos, tampoco el discurso de la Soberanía Nacional…

En la Argentina de hoy, enfrentar al kichnerismo y a los peronistas radicales en una elección, era agitar los fantasmas de la realidad cotidiana; la de los desempleados y la de aquellos que mascullan la frustración y la impotencia del empleo de fortuna.

Cuando lapidas a tus oponentes en el juicio expedito de la calle, justificas el cambalache del corrupto por la guita extranjera, la que salva tu capital político al precio de entregar el territorio, el gas, el petróleo, el litio, la ganadería, los fondos de los jubilados…es el cambalache del poder de la burguesía nacional por el capital extranjero.

Así redefines la Soberanía Nacional, reduciendo la riqueza de tu territorio a la propiedad de tu acreedor. Como frente a la calle has dicho que no hay plata, vas a cambiar, el sistema del reparto en pensiones, y la seguridad social, quizás como último recurso, atraer a Nexus o a Bupa; entregar las concesiones mineras, puertos, aeropuertos, rutas, cárceles, hospitales, escuelas, al capital extranjero y todo cuanto el Tesoro Nacional ya no puede financiar.

Transformación y ajustes en la economía y sujeto social

Dolarizar la economía y eliminar el Banco Central deja entregada la viabilidad de la economía a las empresas y los bancos privados; estos últimos asegurando las ganancias financieras independientemente de la relación ganancias brutas stock de capital. Modelo que puede verse en problemas cuando no se toma en consideración la calidad del prestatario, con lo que puede inflar una burbuja especulativa de activos en la economía –situación que sucedió en Japón entre 1985 y 1987.

Sin los medios políticos y financieros – propios del Estado populista – para compensar los bajos salarios y la marginalización, el Estado pierde toda credibilidad en sus decisiones.

Las privatizaciones, el desempleo, las políticas de ajuste estructural y las políticas de industrialización sin empleo dañan de manera irreparable la cohesión de las sociedades civiles.

La afirmación de que es necesario «dejar que las instituciones funcionen» es el reconocimiento más explícito de la impotencia del Estado-Nación, cuyo deber principal, es trabajar por el bienestar del pueblo y en especial de los más desposeídos. Las propuestas democráticas en la sociedad civil se debilitan cuando el Estado-Nación dimite sus funciones a favor de las transnacionales. En esas circunstancias el poder del Estado-Nación es una ficción.

La adecuación de la economía interna al comercio internacional es un producto de la globalización, que junto a las transacciones de carácter especulativo, podría conducir a graves asimetrías en el proceso de ajuste en Argentina. Esto podría llevar a procesos de exclusión social, inevitables en un contexto donde el Estado Nación ha renunciado de gran parte de sus funciones compensatorias.

Un contrapoder social

El sujeto del cambio, de la transformación, no es exclusivamente la clase obrera, sino una base amplia, a saber, pueblos originarios, pobladores, movimientos de mujeres, las asociaciones de desempleados, ONG, grupos ecologistas, grupos por un comercio justo, etcétera. Todos ellos constituyen un contrapoder – diverso en sus orígenes, heterogéneo en su realidad – expresando antes que la fidelidad a un partido político, la crítica al sistema.

En ello está la riqueza de la protesta, los propósitos y la conciencia por la transformación del sistema. Pues el apoyo masivo de los movimientos sociales representa, más el temor a las crisis del sistema económico, que la legitimidad de las reivindicaciones específicas y ello lleva a la protesta masiva. La cual, en sus propósitos supera las diferencias sociopolíticas y la sitúa en un terreno propicio a la búsqueda de nuevas alianzas sociales. Se trata de una nueva relación de fuerzas para alcanzar los objetivos de afirmación democrática y social de los pueblos.

El proceso iniciado por Milei está lejos de detenerse, nadie puede prever los alcances de la protesta que trascendiende aún a aquellos que la iniciaron.

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