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Louise Michel EL ROSTRO FEMENISTA Y LIBERTARIO de la “Commune”

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Pepe Gutiérrez-Álvarez

EL ROSTRO FEMENISTA Y LIBERTARIO de la “Commune” fue por excelencia el de Louise Michel (Voncrourt, 1830-Marsella, 1905) (1), legendaria militante revolucionaria, conocida como la “Virgen Roja”, fue cantada por poetas como Victor Hugo –con el que mantuvo una honda y prolongada amistad– y Paul Verlaine.

Hija de un singular hidalgo admirador de Voltaire y Saint Just, llamado Charles Etienne Demahis –más verosílmente del hijo de éste–, y de su joven sirvienta Marianne Michel. Desde su infancia, Louise mostró un notable carácter y una profunda sensibilidad hacia la pobreza.

Después de haber estudiado en Chaumont, obtuvo el título de lo que actualmente se llamaría maestra. Pero se negó a prestar juramento al Imperio y prefirió abrir una escuela libre en enero de 1853. Después de haber ejercido –a pesar de la represión de las autoridades– en la región, en Millières, se trasladó a París donde se incorporó a la vida literaria y periodística con muchas dificultades. Tuvo que trabajar en trabajos secundarios y con seudónimo debido a su condición femenina.

No se sabe a ciencia cierta sí tomó parte de la Primera Internacional, pero no hay dudas de que simpatizó con ella y de que colaboró activamente con su núcleo parisino. Según un informe de la policía se incorporó al movimiento de oposición en enero de 1969, y al final de este año es elegida secretaria de la “Sociedad democrática de moralización” y el 12 de enero del año siguiente participa, vestida de hombre y con un puñal oculto, en los funerales del periodista Victor Noir, asesinado por Pierre Bonaparte.

Su prestigio se deriva de su impresionante intervención en la Comuna de París, en la que no actuó como “petrolera” –tal como la tildó la reacción– sino como una de las animadoras intelectuales, trabajando como enfermera, organizando a las mujeres y representando a la fracción más socialista y numantina. Vio morir a Teófilo Ferré, al que se considera su único amor y resistió con integridad en las barricadas. Se rindió para evitar el fusilamiento de su madre. Durante el Consejo de Guerra que siguió a la represión, Louise desafió a las autoridades asumiendo su responsabilidad, exigiendo un lugar entre los masacrados y denunciando a los versalleses.

La derecha hizo de ella un retrato propio de un monstruo de maldad, sacando a relucir su origen “ilegal” y burlándose de su físico (los periodistas le sacaron el sobrenombre de “La laide”, “La Fea”). Posteriormente, Louise Michel escribiría Mis recuerdos de la Comuna (Siglo XXI, Madrid, 1973), una obra clásica y que ha sido traducida en numerosas ocasiones al castellano.Louise fue condenada a la deportación en Nueva Caledonia junto con nu¬merosas comuneras más.

El viaje fue penoso e interminable, y las condiciones de la deportación, terribles. Louise no acepta un cometido inferior al de los hombres y trabaja como uno de ellos. Poco a poco fue imponiéndose y convenció a las autoridades del lugar del papel que podía jugar como maestra pare los nativos. Cuando estos –los llamados “canakos”– se rebelaron contra el poder colonial, muchos antiguos comuneros cooperaron con las tropas francesas, en tanto que Louise se puso al lado de los oprimidos.

Cuando terminó la deportación Louise tuvo que asegurar a los nativos que volvería. De esta experiencia allende de los mares había sacado una lección eminentemente libertaria: “el poder está maldito”. Después de regresar en olor a multitudes, Louise se comprometió con el movimiento anarquista.

Su actividad en esta época se redoblo en una labor incesante como publicista, oradora y organizadora. Al menor pretexto las autoridades la encerraban. “Su vida personal era difícil, por cuanto ganaba poco no cotizando su pluma y no cobrando nada por las conferencias que daba.

Los que habían convivido con ella en la Nueva Caledonia, le ayudaron como pudieron. Pero ayudar a Louise era hacerlo para centenares de personas. Cuanto para ella se recogía, tomaba el camino de otras casas, iba a otras manos, que ella juzgaba más desvalidas.

Fue víctima de numerosos desaprensivos, que le quitaban sin vergüenza el pan de la boca. Lo extraordinario es que esta mujer, que era literalmente una santa, aún fue objeto de un atentado.

Salió de él herida y no quiso de ninguna manera que se castigara al que había intentado matarla, sin duda un loco o un agente al servicio del enemigo” (Federica Montseny, Palabras en rojo y Negro). La misma Montseny se hace el siguiente eco “se dice que fue uno de los `negros’ de Julio Verne, y que algunas de las obras de este autor fueron escritas por Louise Michel (…) Por ejemplo, se dice que ella escribió integralmente Veinte mil leguas de viaje submarino (…)”.

Su anarquismo fue más un “estado de espíritu” que una convicción doctrinal. Colaboró intensamente con la corriente libertaria, pero también lo hizo –quizás en menor grado– con la masonería y con los fundadores del partido socialista galo.

Sobre su feminismo se puede decir que fue subyacente, o sea que se encontraba implícito en su discurso por una revolución social que no podía serlo de verdad sí no integraba en su interior las exigencias emancipatorias de las mujeres condenadas por la sociedad a ser inferiores.

Sus principales características fueron dos básicamente: el valor y la bondad. Desafió siempre la muerte y la represión con una integridad apabullante. Emprendió, cuando tenía 74 años la aventura de una gira de propaganda –naturalmente anticolonialista y antimilitarista– por el norte de África y fue aclamada por los desheredados.

Al volver a Francia, y en medio de otra campaña de agitación, se le declaró una pulmonía y falleció poco después. Hasta 1916, se celebró todos los años una manifestación sobre su tumba. Una Asociación de Amigos de Louise Michel funcionó en París hasta muy recientemente.

La nueva oleada feminista rescató su legado.

(1) Para mayores detalles y bibliografía me remito a mi trabajo, “Revolucionarias. Mujeres entre el feminismo y el socialismo” (ED. El Viejo Topo, 2018)

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