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Las revueltas en Irán y la geopolítica de la muerte

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Jacobin

Paola Rivetti

Mientras gran parte del mundo brindaba por el fin de año y se preparaba para dar la bienvenida al 2026, en Irán las protestas irrumpían en la escena política, dando inicio a un nuevo ciclo de movilizaciones.

Al principio se concentraron en las zonas comerciales de la capital y surgieron a raíz de la caída del valor de la moneda nacional frente al dólar, pero en pocos días se extendieron y difundieron por todo el país. Estas protestas comparten con las de la última década varias características, entre ellas la oposición explícita a la República Islámica como sistema. Así, van mucho más allá de la denuncia de la corrupción o la ineficacia del gobierno y las instituciones. Se trata del último episodio de una trayectoria de radicalización del disenso que hemos visto crecer a lo largo de la década de 2010, es decir, desde que fracasó el proyecto de construir un sistema basado en la existencia (y la alternancia) de dos grandes campos políticos, los conservadores y los reformistas.

Debido a la represión estatal ejercida contra el campo reformista, a la incapacidad de este último para adoptar estrategias valientes de lucha y resistencia a la autocratización y a la presión internacional a través de sanciones, ataques militares y «guerra híbrida», el Irán de 2026 se ve sacudido por una crisis estructural de legitimidad y eficacia que afecta gravemente a su capacidad de supervivencia. Aunque es pronto para predecir e incluso intuir su desarrollo, podemos empezar a decir algunas cosas sobre estas movilizaciones.

Las protestas o la política de la vida

El 31 de diciembre de 2025, el dólar se cotizaba a aproximadamente un millón y medio de riales iraníes, lo que supuso una pérdida de valor del 56% con respecto a seis meses antes. Ese día, los precios de los bienes comercializables, desde teléfonos móviles hasta electrodomésticos y alimentos, cambiaron varias veces, lo que provocó el cierre de las empresas mayoristas que no podían hacer frente a fluctuaciones de precios tan fuertes y, en cadena, de las tiendas minoristas.

No es casualidad, de hecho, que estas protestas se iniciaran precisamente en los mercados (bazares). Además de la evidente relación entre la inflación, la inestabilidad de los precios y el descontento, hay que destacar otra relación, la que afecta a la estructura del mercado laboral en Irán. El sector comercial es uno de los que cuenta con un mayor número de pequeñas empresas y también uno de los más precarios debido al sistema de subcontratación, posible gracias a las continuas reformas neoliberales de la legislación laboral que han permitido una desregulación salvaje.

Este sistema protege a los empleadores de la sindicalización de los trabajadores y crea un sistema de empleo en forma de cajas chinas, en el que las responsabilidades se externalizan continuamente. Por lo tanto, mucha gente se ha encontrado sin trabajo y, al cerrar las tiendas para las que trabajaban, impulsados por la disponibilidad de tiempo y el legítimo descontento, han iniciado o se han unido a las protestas. Durante el fin de semana, estas se extendieron a más de setenta ciudades, involucrando a más de la mitad de las regiones del país (17 de 31).

Las imágenes que nos llegan de las ciudades del norte, centro, sur, este y oeste de Irán muestran multitudes más o menos numerosas que ocupan las calles, resisten a los cañones de agua, prenden fuego y lanzan piedras contra las fuerzas del orden y las comisarías. Si bien el detonante de las protestas fue de orden económico, sería un error pensar que se limitan a eso.

Como ya ocurrió en el pasado, durante las protestas de 2017-2018 y, con mayor intensidad, durante las de noviembre de 2019, las movilizaciones que surgieron como denuncia del alto costo de la vida se convirtieron en auténticas insurrecciones con reivindicaciones de tipo político. Esto demuestra que la división entre las demandas de justicia social, política y económica es a menudo efímera pero, además, evidencia la influencia real y continua de levantamientos como Mujer Vida Libertad (que ha tenido un éxito sin precedentes al unir las reivindicaciones en el ámbito de los derechos civiles con las aspiraciones de liberación colectiva, social, racial y económica).

Si bien es cierto que no todas las reivindicaciones logran movilizar a la sociedad debido a las diferencias culturales y de clase, también lo es que Irán lleva varios años viviendo ciclos de movilizaciones muy seguidos que han creado una conciencia interseccional de las injusticias, una suerte de «hambre de vida», lo que ha facilitado una mayor participación en las protestas.

En estos días, no solo los trabajadores y trabajadoras del sector informal, sino también los estudiantes universitarios han salido a la calle y han participado en las huelgas. Varias organizaciones informales y locales (entre otras, durante el fin de semana, los trabajadores del Kurdistán y Azerbaiyán, los profesores de Bushehr, los estudiantes de la Academia de Bellas Artes de Teherán y de otras universidades de la capital) han declarado su apoyo a las protestas. Al ver los videos que llegan de Irán, la dinámica de la plaza parece similar a la que vimos durante Mujer Vida Libertad: concentraciones de personas que «crean una situación», es decir, que ocupan el espacio público y expresan su disconformidad a través de actos más o menos radicales, replicables en otras ciudades.

Por el momento, se trata de concentraciones sin la presencia de una organización política que las coordine. Del mismo modo, falta una dirección política capaz de determinar horizontes y objetivos políticos. De hecho, no son pocas las limitaciones de este ciclo de protestas, que por ahora no tiene las características comunes y unificadoras de un movimiento social. Además, como ya reflexionaba Asef Bayat en una entrevista realizada en 2024 por Firoozeh Farvardin, el momento actual en Irán (y en otros lugares) se caracteriza por una creciente predisposición a una forma de movilización poco estructurada, tanto intelectual como organizativamente. Se protesta porque se quiere justicia y libertad, pero hay poca reflexión teórica y capacidad de síntesis práctica sobre lo que significan estos dos términos y para quién. Es en este espacio gris y fuertemente ideológico donde fuerzas políticas bien organizadas y financiadas pueden insertarse en los movimientos de base para cooptarlos y desviarlos hacia agendas autoritarias.

La represión del régimen, que desde hace cuatro décadas suprime de raíz cualquier experimento colectivo de naturaleza democrática, ha favorecido paradójicamente esta exposición de los movimientos sociales en Irán. Sin una estructura propia fuerte y sólida, sin haber tenido el tiempo y el espacio para producir análisis originales y militantes, como sostiene Bayat, a los movimientos y grupos políticos iraníes (pero no solo a ellos) les resulta más difícil defenderse de las fuerzas supremacistas con tendencias autoritarias y pseudo democráticas —incluso de las que están al servicio de intereses geopolíticos extranjeros— que intentan infiltrarse en las protestas y en las organizaciones.

El régimen no se ha ahorrado nada en estos días. Se calcula que hay más de un centenar de personas detenidas y más de veinte asesinadas. Aunque Pezeshkian ha hecho autocrítica y ha favorecido medidas destinadas a distender el ambiente en el país y en las universidades, su margen de maniobra está limitado por el hecho de que su ejecutivo es débil y que las fuerzas de seguridad no responden en última instancia a sus órdenes. Por su parte, el líder supremo Jamenei ha declarado que, aunque las reivindicaciones de los ciudadanos y ciudadanas son justas y legítimas, no habrá ninguna vacilación a la hora de reprimir las protestas. De hecho, ha afirmado que se trata de una cuestión de seguridad nacional.

El contexto y la geopolítica de la muerte

Las palabras atroces y violentas de Jamenei, sin embargo, no existen en un vacío político y geopolítico, sino en un mundo en el que, además de destituir a jefes de Estado como en Venezuela, el presidente de Estados Unidos amenaza explícitamente a Irán con otro ataque militar, el exdirector de la CIA y secretario de Estado Mike Pompeo alude abiertamente y en público al papel del Mossad en la infiltración de las protestas, y en el que el hijo del exshá Reza Pahlavi, financiado y apoyado por los gobiernos de Estados Unidos e Israel, asume explícitamente el liderazgo político del Irán posterior a la República Islámica.

Esta realidad se inscribe en un contexto en el que, desde la «guerra de los doce días» de junio de 2025 en adelante, Irán ha visto acelerarse una crisis estructural sin precedentes: no se trata solo de una crisis de legitimidad interna, evidente y muy fuerte desde hace años y aún más desde la explosión de Mujer Vida Libertad, sino también de una pérdida de eficacia y eficiencia del sistema. En junio de 2025, de hecho, quedó claro que Irán tiene una capacidad de defensa menor que la que se le atribuye desde hace décadas, y en los últimos meses de 2025 el Estado iraní demostró toda su trágica falta de preparación ante una crisis anunciada en toda su magnitud desde hace al menos quince años, la del agua.

En este contexto geopolítico en constante cambio —por último, el reconocimiento israelí de Somalilandia, territorio frente a Yemen que proporcionaría al país un acceso directo al Golfo Pérsico— y marcado por la normalización de la violencia genocida, agitada con bombas y por gánsteres, los activistas de Irán expresan su ira por los intentos de «desviar» sus protestas y presentarlas como favorables al retorno de la monarquía o como «palanca» para la hegemonía estadounidense.

Una amiga me escribe, reflexionando sobre el ambiguo papel de la diáspora en estos días: «Me da miedo sobre todo lo que pasará cuando los que han aplaudido las palabras de Trump vuelvan a su vida tranquila y acomodada en el extranjero, dejándonos solos para resistir en esta crisis económica y medioambiental. Nadie piensa en cómo construir en lugar de destruir, y cuando digo destruir, cuando lo digo desde aquí, me refiero precisamente a los escombros que te caen en la cabeza cuando bombardean tu casa».

No se trata de una ira «nueva»: los intentos de provocar movilizaciones y levantamientos desde el extranjero, de presentarlos como prooccidentales o proisraelíes, incluso mediante videos falsificados y creados con inteligencia artificial, como hemos visto en junio y en estos días, son habituales cada vez que hay protestas en Irán. Del mismo modo, son habituales las declaraciones de activistas que reivindican el derecho a la autodeterminación y explican que la liberación de la República Islámica va necesariamente acompañada de la liberación de las injerencias extranjeras, ya provengan de potencias que identificamos más fácilmente como imperialistas o de aquellas que instrumentalizan la retórica antiimperialista.

«Política de la vida y geopolítica de la muerte» es el subtítulo de un libro de Yasser Munif, académico e intelectual de inclinación gramsciana que en 2020 contraponía la vitalidad de la revolución siria y la creatividad política de sus múltiples almas a los intereses geopolíticos y la necropolítica de las potencias regionales y mundiales (incluido Irán) que, al interferir, determinaron su fin y su transformación en una guerra civil.

Lo que les espera a las y los iraníes sigue siendo incierto, pero lo que es seguro es la legitimidad de la pretensión de decidir su destino de forma autónoma e independiente, celebrando la política de la vida.

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