Inicio Análisis y Perspectivas ¡¡¡LA GUERRA COGNITIVA ES PARTE DE LA LUCHA DE CLASES MODERNA!!!

¡¡¡LA GUERRA COGNITIVA ES PARTE DE LA LUCHA DE CLASES MODERNA!!!

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por Franco Machiavelo

La guerra cognitiva es el escenario donde hoy se libra una de las batallas más decisivas de nuestro tiempo. Ya no consiste únicamente en conquistar territorios o controlar la economía; consiste, sobre todo, en conquistar la conciencia. Quien logra definir qué parece «normal», qué se considera «verdad» y qué alternativas son vistas como imposibles, obtiene una forma de poder tan eficaz como silenciosa.

Las antiguas cadenas de hierro han sido reemplazadas, según esta perspectiva crítica, por cadenas invisibles hechas de relatos, imágenes, emociones y algoritmos. La obediencia ya no siempre necesita imponerse por la fuerza cuando puede obtenerse mediante el consentimiento. La prisión más eficiente es aquella en la que los barrotes son invisibles y los prisioneros creen que caminan en absoluta libertad.

En este contexto, algunos analistas interpretan que las grandes reformas económicas impulsadas por el gobierno de José Antonio Kast no sólo representan un proyecto económico, sino también una disputa por el sentido común. El debate no se limita a impuestos, regulaciones o gasto público; también gira en torno a la manera en que esas políticas son presentadas e interpretadas por la ciudadanía. Sus defensores sostienen que favorecerán el crecimiento y la inversión, mientras sus críticos argumentan que benefician de manera desproporcionada a los sectores de mayores ingresos y a las grandes empresas.

El verdadero campo de batalla ya no es únicamente el Parlamento. Es la mente de millones de personas. Porque antes de aprobar una ley, primero debe instalarse la idea de que dicha ley era inevitable. Nada resulta más poderoso que convertir una decisión política en una aparente ley de la naturaleza. Como si el mercado descendiera del cielo con las tablas de la verdad económica y cualquier discrepancia fuera una herejía contra la razón.

El sarcasmo de nuestro tiempo es evidente: se llama «libertad» a un modelo que, según sus detractores, amplía el poder de quienes ya concentran la mayor parte de la riqueza; se llama «modernización» a la reducción de derechos; se llama «eficiencia» a la disminución del papel del Estado; y se llama «igualdad de oportunidades» a una carrera donde algunos comienzan varios kilómetros por delante. Las palabras dejan de describir la realidad y comienzan a administrarla.

La guerra cognitiva no necesita censurar todas las voces. Le basta, muchas veces, con inundar el espacio público de información, emociones y narrativas contradictorias hasta que distinguir entre análisis, propaganda e intereses particulares se vuelva una tarea casi imposible. Cuando todo parece discutible, incluso los hechos más verificables pueden perder fuerza frente a los relatos más eficaces.

La lucha de clases, desde esta mirada, no ha desaparecido: ha cambiado de escenario. Ya no se libra únicamente en la fábrica o en el salario; también se desarrolla en las pantallas, en los titulares, en las redes sociales, en los motores de búsqueda y en los algoritmos que deciden qué vemos y qué permanece oculto. El conflicto ya no consiste sólo en quién controla los medios de producción, sino también en quién moldea las categorías con las que interpretamos el mundo.

La gran pregunta de nuestro tiempo no es únicamente quién posee la riqueza, sino quién posee el poder de definir qué entendemos por riqueza, progreso, libertad y justicia. Porque quien consigue gobernar las conciencias, muchas veces ya no necesita conquistar los cuerpos.

Quizás esa sea la paradoja más profunda de nuestra época: la forma más sofisticada de dominación no siempre obliga a pensar de una determinada manera; simplemente consigue que muchas personas crean que esa era la única manera posible de pensar. 

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