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¿Es posible la desalación sustentable en Chile?

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Radio del Mar

Pablo A. García-Chevesich, Ph. D. Hidrólogo


Nuestro país se seca rápidamente debido a una combinación entre los efectos del cambio climático y un desmesurado consumo de agua por parte de todos los sectores. Al respecto, sólo una buena gestión del recurso en nuestro territorio podrá garantizar la disponibilidad del oro azul para abastecer las necesidades de hoy y mañana. Sin embargo, la importación de agua en cuencas es algo que no podremos eludir como país y que es mejor invertir ahora para solucionar los problemas actuales y futuros.

La experiencia internacional nos enseña que, de todas las opciones de importación de agua en cuencas, la desalación de agua de mar es la metodología más lógica y rentable (como se está haciendo en cerca de 200 países), esto debido a que se puede ir ejecutando en la medida que se necesite y según la realidad hídrica de cada territorio. Por dar un ejemplo, la escasez del recurso en la Comuna de Paine (Región Metropolitana) ha sido un problema creciente y preocupante, lo cual podría solucionarse mediante la instalación de un sistema de desalación de, digamos, 7 m3/s (como el que existe en Emirato Árabes, Dubái, Israel o Arabia Saudita), con 2 m3/s destinados a recuperar Aculeo (un humedal que se secó debido a la sobre otorgación de derechos de aprovechamiento de agua, como estudios recientes han concluido) y el resto para abastecer a la agricultura, la industria y a la población en general de la Comuna y otras zonas de la Región, todo mediante el bombeo y transporte de agua de mar, para su tratamiento en lugares estratégicos dentro del territorio.

Pese a los impresionantes avances en el área de la desalación que hacen que sus costos sean cada año más bajos, existe la incertidumbre de qué tanto daño podría causar este tipo de prácticas de abastecimiento en los ecosistemas marinos. En efecto, históricamente la desalación siempre ha tenido una “mala reputación” asociada a la alta demanda energética que la industria solía exigir, junto con la forma en que se gestionaban los desechos líquidos (salmuera, agua con más sal que su entorno). Así, se han documentado desastres ambientales en bahías de los cinco continentes, pues la salmuera que se verte directamente en las costas perjudica el fondo marino, al ser ésta más densa que el agua local (hoy se desechan diariamente más de 140 millones de metros cúbicos de salmuera en nuestro planeta, en su mayoría en el Golfo Pérsico, mientras que América Latina sólo genera un pequeño porcentaje del total mundial). En este marco, las desaladoras que desechan sus residuos directamente en las costas incrementan significativamente la temperatura del agua, causando desequilibrios ecológicos adicionales.

Pese a lo anterior, tal como los automóviles ya no contaminan, el caso es el mismo para las desaladoras. La tecnología ha alcanzado niveles inimaginables en los últimos años, a tal punto que ya pueden funcionar 100% en base a energías renovables. Pero más importante aún, estudios realizados alrededor del mundo indican que esta indispensable tecnología puede incluso beneficiar los ecosistemas marinos, si se diseñan los proyectos adecuadamente. Países como Israel, Australia y España (entre muchos otros) han evidenciado dichos beneficios, todo en base a la descarga de la salmuera lejos de la costa. Una vez mar adentro, la temperatura de la salmuera se regula y el líquido se mezcla con las aguas circundantes; a cierta distancia de la descarga, las diferencias significativas simplemente desaparecen.

Más importante aún, Chile, Argentina y en general países ubicados en latitudes altas, se encuentran en una posición geográfica privilegiada para desalar sustentablemente, lo que se relaciona con el derretimiento antártico y, para el caso chileno, la corriente de Humboldt. Pese a que la productividad de dicha corriente se ha mantenido constante durante miles de años, Humboldt ha estado perdiendo su biodiversidad desde comienzos de la era industrial, en gran parte debido a una progresiva disminución de sus contenidos de sal (entre 0.015 y 0.03 partes por mil/año). Estudios recientes concluyen que el volumen de hielo antártico disminuye 1% de su volumen anualmente por causa del derretimiento de sus milenarias masas, lo que se traduce en más de 7 mil m3 de agua dulce que se diluyen en el mar cada segundo, valor que continúa incrementándose; para poner las cosas en perspectiva, la desaladora más potente del mundo (ubicada en Arabia Saudita) produce sólo 12 metros cúbicos por segundo. Así, esta inmensa cantidad de agua dulce que se diluye en Humboldt desde la Antártica sigue disminuyendo la salinidad de la corriente, por lo que es acertado decir que el mar en este rincón del planeta necesita sal.

En otras palabras, la desalación sustentable en Chile no sólo es factible, sino más bien necesaria y urgente, por motivos económicos, sociales y ecológicos. Mediante la instalación de desaladoras abastecidas con energías renovables y el adecuado tratamiento y desecho de la salmuera lejos de las costas (directamente en la corriente de Humboldt), estaríamos solucionando la actual y creciente crisis hídrica, mientras le devolvemos algo de sal a Humboldt. En el mundo existen más de 20 mil desaladoras y Chile sólo tiene una veintena, por lo que la evidencia científica internacional sugiere que podríamos tratar las aguas de mar en muchísimos lugares a lo largo de nuestras costas, sin causar ningún daño ecológico. Para esto, es necesario realizar estudios que determinen cuántas desaladoras podemos en la realidad instalar, bajo qué capacidades de producción, a qué distancia mar adentro debemos verter la salmuera y dónde serían los puntos más adecuados para dicha práctica. Si la desalación en Chile no es una solución ambientalmente amigable, no es una opción real, por lo que esta tecnología debe ir siempre de la mano de la ciencia.

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