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El riesgo de publicar una novela en dictadura

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Oscura experiencia vivida a causa de un inefable personaje, Alejandro Velasco (o Juan Carlos Moraga Duque), el socialista falso

Arturo Alejandro Muñoz

Corría el difícil año 1983. La dictadura apretaba la mano y sus gorilas asesinaban y apaleaban a placer. Los dirigentes sindicales se armaban de valor y buscaban refugio y apoyo solamente en sus pares y en un sector de la iglesia católica.

El año anterior, un día 25 de febrero, había sido asesinado brutal y cobardemente Tucapel Jiménez, presidente de la ANEF (Asociación Nacional de Empleados Fiscales). Los dictadores avisaban con ello que no permitirían siquiera un suspiro contrario a su gobierno totalitario y desquiciado. Pero el mundo sindical de entonces estaba lleno de valientes demócratas. Ellos decidieron unirse de manera férrea, y dieron origen al Comando Nacional de Trabajadores, encabezado por Rodolfo Seguel, asesorado por sus compañeros Federico Mujica (CEPCH) y Manuel Bustos (Coordinadora Nacional Sindical),  con la presencia y participación de otros grandes, como Eduardo ‘paco’ Ríos, Hernol Flores, Jorge Millán, Arturo Martínez, Jorge Varela, Walter Antognini, y muchos más. ¡Honor y gloria para todos ellos!

Con pocas semanas de recorrido, el Comando Nacional de Trabajadores llamó a los chilenos a manifestarse contra la dictadura en una ya histórica jornada de “Protesta Social Nacional”. La lucha contra el régimen totalitario estaba declarada. Y es aquí donde comienza –tibiamente al inicio- esta historia de la novela publicada en plena época dictatorial.

En ese histórico ínterin apareció por las sedes sindicales un personaje extraño que decía llamarse Alejandro Velasco, pero se trataba realmente de Juan Carlos Moraga Duque. ‘Velasco’ era su ‘chapa’, y su interés  (eso afirmó en aquel momento) estribaba en conseguir una especie de ‘abuenamiento’ con la directiva de un sindicato afiliado a CEPCH (Confederación de Empleados Particulares de Chile), con el cual mantenía ‘Velasco’ un pleito judicial por asuntos de deslindes entre la colonia de veraneo de ese sindicato y una propiedad de su padre, en el puerto de San Antonio. El proceso judicial fue finalmente favorable para el sindicato, pero eso no acoquinó a Moraga pues, después de todo, el asunto de los deslindes era sólo una fórmula para ‘entrar’ al mundo sindical que había alcanzado gran notoriedad e importancia luego de las “Protestas Sociales” de ese mismo año 1983.

Una tarde de viernes, al abandonar la sede sindical, fue “atrapado” por agentes de la CNI en plena calle Teatinos mediante un ostentoso operativo que detuvo el tránsito en esa vía mientras un helicóptero sobrevolaba el sector.

El gobierno de Pinochet solicitó cadena perpetua para el tal Velasco por haber ingresado clandestinamente al país.  Y Velasco  ya no era Velasco, pues a partir de esa  mediática y peliculesca detención decidió utilizar su nombre verdadero: Juan Carlos Moraga Duque. Fue defendido por uno de los abogados ‘estrellas’ de la época: el famoso ‘Tonguito’ Ovalle, un derechista liberal que era muy amigui del general Gustavo Leigh –en ese entonces autodeclarado (supuestamente) enemigo de Pinochet y de Manuel Contreras- quien le sacó de la cárcel luego de un cortísimo proceso judicial que fue profusamente informado por la prensa oficial de aquellos años.

Al regresar a la sede de la CEPCH,   Moraga se presentó como un “socialista que había ingresado clandestinamente a Chile desde el exilio”. Dijo que su centro de operaciones políticas se encontraba en Alemania Oriental y en Italia donde, según afirmó, había trabajado asesorando a Bettino Craxi hasta poco tiempo antes de que este fuese elegido Primer Ministro del gobierno italiano. Manifestó que su interés principal era dar vida a un referente político que él bautizó como “Frente Socialista”, prolegómeno de lo que –se suponía- debería ser el renacimiento del viejo Partido Socialista que, al menos en Europa, se encontraba escindido en cien partes y fracciones, tales como ‘La Chispa’, ‘Los Suizos’, etc.

 

APARECE LA NOVELITA QUE NOS INTERESA

 

En 1987 la CEPCH se mordía las manos sin poder ayudar a algunos sindicatos en sus penurias económicas. Fue entonces cuando desde el sindicato de INACAP surgió una idea loca, audaz, distinta. Ese sindicato escribiría y publicaría una novela que se vendería exclusivamente con un solo objetivo: recaudar dinero para ir en ayuda de algunos socios de ese misma asociación sindical que se encontraban en duros aprietos económicos.

 

El encargado de crear la trama, escribirla y transformarla en una historia ágil y entretenida fue, finalmente, quien redacta estas mismas líneas. Así nació la novela “Operación Almendra”.  Hoy parece increíble, pero ocurrió realmente. Casi 200 páginas fueron escritas tipeando dos centenares de esténciles, los que  después fueron mimeografiados construyendo un libro, cuatrocientos libros en realidad. Una imprenta amiga del sindicato los armó y…¡voilá!, surgieron centenares de ejemplares de la novela ‘Operación Almendra”…pero había una historia lúgubre en medio. Sigamos leyendo.

 

A mediados del mes de enero del año 1988, cuando los borradores escritos a máquina estaban listos para que dos o tres socios del sindicato comenzaran a tipear los esténciles, Juan Carlos Moraga solicitó a la directiva del sindicato de INACAP ‘revisar’ esos borradores a objeto de validar ciertas fechas, personajes y lugares europeos que se mencionaban en ello, y además, muy pomposamente, ofreció editarla y publicarla con fondos propios. Un mes más tarde, Moraga continuaba con los borradores en sus manos y, más raro aún, había desaparecido del mapa.

 

Algunos dirigentes de otros sindicatos informaron que a Moraga Duque se la había visto acompañado por extraños personajes que pronto fueron individualizados  como “jóvenes oficiales de la  marina en misiones civiles”, con los que Moraga arrendó e implementó un cuartucho en el segundo piso de un viejo inmueble ubicado en la avenida  Ricardo Cumming, donde instaló una especie de mini-imprenta desde la cual fluían panfletos, librillos, volantes y similares.

 

Costó casi cuatro meses rescatarla, hubo de ser revisada para comprobar que no había sufrido alteraciones, y el autor tuvo que rescribir las páginas arrancadas del texto original perdidas durante el tiempo que permaneció en manos de Moraga Duque. Eran las páginas en las cuales la trama de la novela caminó apresuradamente por ese domingo de septiembre de 1987 cuando el FPMR atentó contra el tirano en las cercanías de San José de Maipo. ¿Por qué, cuál era razón de tan descabellado asunto (‘perder tres hojas’ de la novela), si Moraga sabía perfectamente que el autor no tendría problemas en rescribirlas? Eso lo supimos dos meses más tarde.

 

La novela finalmente fue publicada. En el lanzamiento oficial, lunes 12 de diciembre de 1988, el salón del sindicato de INACAP se abarrotó de gente. Los diarios ‘Últimas Noticias’ y ‘La Tercera’ estaban presentes en el evento. Esa tarde se vendió el 80% del stock disponible. Una semana después ya no quedaba ningún ejemplar de la novela.

 

El jueves 15 de diciembre de ese mismo año, ‘Las últimas Noticias’, en la página 31, publicó destacadamente una crítica literaria de ‘Operaciòn Almendra’  efectuada por el periodista Rodolfo Gambetti. Para alegría de todos (del autor, del sindicato y de los ‘compradores’), Gambetti ‘aprobó’ la novela. En uno de los párrafos de la crónica, el periodista escribió:

 

<<Hay una línea de acción y suspenso. Cuidadoso en la selección de palabras, sin dejarse llevar por los fuegos de artificio del estilo, Arturo Muñoz crea atmósfera, da verosimilitud a sus escenas>> Había nacido una novela, y con ella, un escritor amateur.

El viernes 30 de diciembre de 1988 aparecieron dos ‘gorilas’ de la CNI por la sede sindical del SINATI  (Sindicato de Inacap). Portaban una nota firmada por el general director de esa Central, quien ‘invitaba’ al autor a una (sic) “distendida conversación sobre literatura chilena y quehacer sindical”.  El autor de la novela aceptó la ’invitación’, pero condicionó que ella se realizara en la sede de la CEPCH (Confederación de Empleados Particulares de Chile) y en hora temprana, nunca después de las 18:00 horas.  Además, informaríamos de esa reunión a las embajadas de Alemania Federal y de Venezuela.

Acompañado por dos dirigentes y tres socios de mi sindicato, la reunión se realizó finalmente cuando moría diciembre de 1988, pero a ella no asistió el director general de la CNI, sino un coronel de ejército de apellido Madrid –acompañado por dos individuos vestidos de civil, al igual que él- quien  mostró interés sólo en un punto. Quería saber cómo, a través de qué (y de quién)  el autor de la novela ‘Operación Almendra’ se enteró de un hecho muy particular, del cual la prensa nada había informado por órdenes estrictas de la DINACOS, ya que ese incidente dejaba en pésimo pie a Carabineros del retén de Las Vizcachas. “¿Cómo supo usted que tres de los fusileros del FPMR, que huían del lugar del atentado a mi general Pinochet, cruzaron a toda velocidad hacia Santiago por el sector acordonado por Carabineros en Las Vizcachas, usando una camioneta con sirenas y balizas idénticas a las usadas por nosotros en la Central?”.

Era cierto. Carabineros vio acercarse a velocidad rauda a ese vehículo y le abrió paso. Horas después se enterarían que se trataba de algunos ‘fusileros’ del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, y que la prensa no lo había informado aún, obedeciendo estrictas órdenes de la DINACOS.

No entregué el nombre de quien me había ‘soplado’ ese incidente, nunca lo he mencionado y tampoco lo haré en este documento. Pero,  tenía que responderle algo a Madrid, y recordé a Moraga Duque. El falso ’Velasco’ seguramente había filtrado a la CNI esas hojas arrancadas al borrador de la novela; de ello no tenía yo prueba alguna…pero tampoco tenía dudas.   

Simplemente, culpé a Juan Carlos Moraga…el coronel Madrid insistió, quería saber detalles de todo el asunto. Le conté entonces la “pérdida y secuestro” de la novela, e inventé ardorosamente un asunto falaz que dio resultado: Moraga Duque se había asustado ante la presencia de cuatro o cinco dirigentes sindicales en su local clandestino de Ricardo Cumming  que iban con actitudes violentas dispuestos  a recuperar los borradores, y les relató el asunto de las Vizcachas –cual secreto de máxima confidencialidad- para que el autor lo incorporara en la novela.

Falso de falsedad absoluta, pues ese incidente ya estaba en los borradores cuando Moraga se los agenció y secuestró. Lo bueno fue que Madrid mordió el anzuelo y quedó conforme. Dos horas duró  esa reunión en la propia sede de la Confederación CEPCH en calle Teatinos. La habíamos iniciado a las cuatro de la tarde, y cerca de las 18:00 horas comenzaron a llegar socios de algunos sindicatos afiliados a la Confederación luego de terminada la jornada laboral, Madrid y sus dos acompañantes mostraron nerviosismo y dieron por terminada la reunión.

Nunca más vi al coronel Madrid, ni tampoco a Moraga Duque. Y de ‘Operación Almendra’ no queda ningún ejemplar disponible. Todos somos parte de la historia oculta de aquellos oscuros y duros años.

Historia oculta que, siendo sincero y sarcástico, a casi nadie interesa a estas alturas.

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