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El relanzamiento del gobierno de Pedro Castillo

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Imágenes: Pedro Castillo tras la investidura presidencial, el 28 de julio de 2021, en Lima, Perú. (Getty Images)

Jacobin

SILVIO RENDON

El intento de destitución de Castillo que promueve la derecha condujo a un relanzamiento del gobierno, que incluyó la reincorporación de Perú Libre. Además de frenar a la derecha, esta reorganización permite poner limites a un posible viraje derechista del mismo Castillo.

Algunas cosas han cosas han cambiado desde mi artículo «La ruptura de la coalición de izquierda en el Perú». El gobierno de Pedro Castillo experimenta una nueva recomposición. La opción derechizada por la cual se dejaba fuera del gobierno al partido Perú Libre no ha funcionado. Los ataques de la derecha, lejos de amainar, se han hecho mucho más virulentos, capitalizando las denuncias de corrupción del entorno presidencial como los errores de diversos ministros comenzando por la primera ministra de la izquierda «moderada».

Se vio que la derechización no equivalía a buen gobierno, que había también metidas de pata y, lo peor de todo, que venía con corrupción. La derecha incluso se envalentonó a una intentona de destitución del Presidente Castillo, que fue respondida con un cierrafilas y un acercamiento del gobierno tanto a la izquierda excluida como al centro, cuyos partidos se expresaron en contra de la vacancia presidencial, lo cual da la pauta de un muy posible relanzamiento del gobierno.

De la ruptura al reenganche

Las cosas son dinámicas. Lo que cierto fue ayer no lo es más hoy. En mi artículo anterior hablaba de un «núcleo chotano» de allegados al Presidente Castillo. Pues bien, este núcleo ha sido totalmente expuesto por los medios de comunicación, al nivel que el Presidente Castillo lo ha tenido que alejar de su gobierno. Nadie en el Perú podrá negar o relativizar que hubo esta presencia paisanal antropológica en el gobierno. Pero esto ha virado rápidamente. Pedro Castillo ha salvado su presidencia reduciendo la influencia de este núcleo, asociado con actos de corrupción. Encontraron 20 mil dólares en efectivo en las oficinas de un operador de este núcleo. Un hallazgo devastador, cuyos daños solo pudieron ser controlados sacando al operador de marras.

Por otro lado, el Presidente Castillo ha intentado un nuevo acercamiento a Perú Libre, el partido con el cual postuló a la presidencia. La bancada parlamentaria de Perú Libre acordó votar en contra de la vacancia. Con esto se abren las puertas para un relanzamiento del gobierno de Pedro Castillo, redimensionando la participación de Perú Libre. Se deja entrever que Perú Libre no tendrá todo el poder en el gobierno, pero tampoco será excluido como hasta hace poco. Se avanza hacia un equilibrio.

Esta participación no se limita a una cuota en el gobierno, sino que incide en la orientación del gobierno de Castillo. La ruptura de la coalición de gobierno iba de la mano con la derechización, que es lo que siempre ha ocurrido en el Perú. La gente ya no se pregunta si va a haber volteada o desacato de promesas electorales, sino cuándo ésta va a ocurrir. Con el reenganche de Perú Libre en el gobierno, se le pone cierto coto a este posible viraje derechista.

La vigilancia ante la derechización es un hecho social. Está en la calle. La ciudadanía percibe que los gobernantes en elecciones prometen cosas a los de abajo, pero una vez el poder gobiernan para los de arriba. La prensa oligárquica ha sido muy explícita en abogar por esta derechización e incluso sectores de izquierda engatusados por la lógica neoliberal. En tal sentido, el discurso de un Perú Libre desplazado del gobierno sintoniza muy bien con esta vigilancia ciudadana contra la derechización. Fuera del gobierno es una oposición de izquierda. Y dentro, también.

Pero el relanzamiento no se queda ahí. El gobierno de Pedro Castillo ha tendido puentes también hacia sectores de centro, hasta hace poco opositores recalcitrantes a su administración. Con estos acercamientos, la presidencia de Pedro Castillo lograría atajar la amenaza de destitución o vacancia en el Congreso. Al terminar de escribir este artículo, el Congreso se aprestaba a debatir la admisión a debate la moción de vacancia presidencial. Hace unos días, se veía como inevitable no solo que esta moción sea admitida a debate, sino que Pedro Castillo sea destituido sumariamente. Hoy, las cosas han cambiado; ya no se ve como inevitable la vacancia de Pedro Castillo y, más aún, no se ve como inevitable la admisión a debate de esta moción. Y si fuera admitida a debate, hoy es muy poco probable que Pedro Castillo sea destituido. La derecha va camino a seguir haciendo ruido, pero sin necesariamente hacer mella en un relanzado gobierno de Pedro Castillo.

***

Veo un artículo que tiene otra línea narrativa, esencialmente coincidente con las principales propuestas del mío, pero escrito en clave de réplica: «¿Existe oposición de izquierda al gobierno de Castillo?» de Carlos Mejía, aparecido hace unas semanas en Jacobin América Latina. El autor se centra en algunas atingencias accesorias, casi terminológicas, de raigambre académica. Haré precisiones sobre las interpretaciones equivocadas de Mejía.

El trasfondo intelectual: la fragmentación política

La réplica de Carlos Mejía es tributaria de una politología que por décadas repite que en el Perú «no hay partidos políticos», que hay «antipolítica», «fragmentación generalizada» y desdeña a las organizaciones políticas por no tener mayor influencia intelectual o política. Es una politología que mira con cierta envidia a diversos países de la región en los que hay partidos políticos fuertes y estables. Cada vaivén político en el Perú es explicado en forma facilista, insistiendo en la fragilidad institucional y la profunda fragmentación social.

Por mucho tiempo, los exponentes de esta corriente intelectual repitieron que en el Perú no se daba el salto del movimiento social al movimiento político. Sin embargo, esta vez un sindicalista que lideró la huelga magisterial de 2017 fue electo presidente. A su malgrado, en el Perú se dio el salto de lo social a lo político, de lo particular a lo general, de la reivindicación puntual a un gobierno nacional.

Este es un cambio histórico. Pero se lo desdeña, en buena cuenta porque los intelectuales más mediáticos no se lo esperaban. Sus herramientas conceptuales no albergaban esta posibilidad. No tenían radares para ver esta realidad. Y, claro, al primer momento de crisis, ven la oportunidad de recuperar vigencia, repitiendo los estribillos de siempre. Por más que haya notables esfuerzos de hilvanar el tejido disperso, se repite una y otra vez que hay fragmentación.

Cuando uno ve pedazos rotos, lo que se hace es buscar qué pieza va con cuál y se las junta. No se queda uno paralizando repitiendo que algo está roto. La fragmentación es el arma de los opresores para dividir y preservar la opresión. No hay colonialismo que no se haya impuesto dividiendo a los colonizados. Son las fuerzas emancipatorias las que inciden en los denominadores comunes de los oprimidos y tratan de crear consensos unificadores por encima de las diferencias y dificultades.

Pero el discurso fragmentalista, profundamente conservador e incompatible con un pensamiento de izquierda, siempre ve el vaso medio vacío y se regocija con que los sectores oprimidos no pueden ejercer una acción contestataria efectiva porque no se pueden unir, porque están «fragmentados». Sin embargo, en la realidad la acción colectiva ocurre, de una manera u otra, y en esta ocasión ha logrado que un maestro de escuela primera ocupe el sillón presidencial por primera vez en la historia del Perú.

Partidos, aparatos, núcleos

«Más que un partido de izquierdas, Perú Libre parece ser un «aparato» de izquierdas», sentencia Mejía. No hay problema. Diga usted partido o aparato, o si quiere poteito o potato. Pero entonces, ¿cómo habla usted de «correlación de fuerzas» si no hay «fuerzas»?

Parménides negaba el movimiento; decía que era una mera ilusión. No hay movimiento, no hay partidos, no hay izquierda, no hay nada. La politología eleática. O peor aún, no podríamos hablar de nada porque nada existe, lo cual nos llevaría a la sofistería en sentido estricto. Pero eso ya es mucha sutileza. El argumento de Mejía es menos sofisticado que eso, pues rápidamente pasa de reducir a Perú Libre de partido a «aparato» (todo porque en sus estatutos se dice A cuando según Mejía deberían decir B) a asegurar que el partido Perú Libre es también un grupo «de amistades, afines y paisanos» similar al núcleo de parientes y paisanos del Presidente Castillo. Con esto se dibuja una realidad en que todos estamos atomizados y en que no hay ningún esfuerzo organizativo, incluso si logra derrotar a la derecha en elecciones libres por primera vez en la historia del Perú.

Perú Libre logró gobernar dos veces la región de Junín y pasó de ser una organización regional a una organización nacional que abogó por la unidad de las izquierdas en Huancayo en 2019, juntando a todos los líderes sociales y políticos, incluyendo a Verónika Mendoza, cuyo partido aún no logra juntar las firmas para inscribirse y presentarse en elecciones.

Desde luego que el partido Perú Libre no es el Partido Comunista de Chile ni el MAS de Bolivia. En el Perú se juega a las damas; al verlo no falta quien contempla pasmado y repite que el juego no es como el ajedrez, que es lo que se juega en la región.

Pero no se necesita ser el MAS de Bolivia para tener un impacto político nacional con una propuesta de cambio social. Sería como pensar que se necesita ser el Barcelona de Messi para ganar la liga local en el Perú. El paradigma de la politología mainstream y sus tributarios en la izquierda peruana es la consolidación del sistema político per se. Pero el paradigma de la izquierda popular en el Perú no es ese, sino hacer cambios sociales que beneficien a las mayorías. La derecha «sin partidos» hizo neoliberalismo por décadas. ¿Por qué a la izquierda se le pide tanto para un cambio social real? Es correcto que la izquierda recurra a la literatura politológica, pero es inadmisible que se pierda la perspectiva y no se advierta que esta literatura viene con una agenda diferente a la de la izquierda.

Caviares sí, caviares no

Mejía asegura también que hablar de caviares es parte de una narrativa derechista. En la izquierda hay una larga tradición de cuestionamiento a la izquierda caviar, la gauche divine o como se la quiera llamar. Más bien, esa asimilación del término «caviar» a la derecha es el recurso argumentativo de este sector para descalificar a sus detractores de izquierda. En el Perú la izquierda sindicalista y popular fue terruqueada, perseguida y desvalorizada por el sistema gobernante. Pero también fue reemplazada por una izquierda trucha, oenegizada, cercana a USAID, que acaparó la imagen de lo que era la «sociedad civil» en el país. Basta ver a las organizaciones de la «sociedad civil» en los diálogos promovidos por la OTI en el 2000.

Pero no, hay una izquierda no limeña, no blanca, popular, que no se siente para nada representada por los discursos de esta otra izquierda. Es una realidad muy evidente para negarla. En la huelga magisterial de 2017, en la cual emergió Pedro Castillo como líder social, la diferencia quedó bastante clara: el sector llamado «caviar» se opuso a la huelga y se alineó con la Ministra de educación, repitiendo los argumentos tecnomeritocráticos de todos los gobiernos neoliberales anteriores y el de entonces, mientras el sector popular apoyó decididamente la huelga.

Y sobre el personalismo, pues no es decir mucho que hay personalismo en la izquierda. Pero los cambios sociales no se hacen con personas criadas en invernaderos. Se hacen con la gente real tal como viene, personalismo incluido. Hay formas de manejar estos asuntos de manera que no bloqueen los esfuerzos de cambio social a favor de las mayorías.

Liberales y conservadores

«No hay una reflexión crítica sobre lo que significa en nuestra sociedad ser liberal o conservador y, sin ello, resulta difícil si no imposible procesar estas diferencias en un sentido que favorece un nuevo consenso de izquierda», asegura Carlos Mejía. Mi artículo anterior no iba de liberales y conservadores. Mi crítico tampoco aporta nada al respecto. Solo lo menciona. Este fue un tema que se manejó en la campaña electoral y desde luego que sigue siendo procesado en el momento actual, pero no es lo urgente en estos momentos en que la derecha apunta a destituir al Presidente Castillo. Pero bueno, digamos algo.

Así como hay un desarrollo desigual en términos económicos, hay un desarrollo desigual en términos políticos. Buena parte del Perú es conservadora en temas de igualdad de derechos individuales, y esta realidad impidió el avance electoral de Verónika Mendoza, identificada fuertemente con una agenda llamada «posmaterial». Perú Libre optó por otro camino. El mismo Pedro Castillo, en campaña por la primera vuelta, se manifestó opuesto a las reivindicaciones feministas e igualitarias por orientación sexual. Sin embargo, en la campaña por la segunda vuelta, Pedro Castillo flexibilizó su accionar y mostró apertura a estas reivindicaciones.

En el Perú, lamentablemente, hay una fisura en la izquierda. La izquierda popular es conservadora, mientras la izquierda clasemediera es progresista en temas de igualdad por género y orientación sexual. Y aquí mi propuesta siempre ha sido abogar por una izquierda integral, como la propuesta en clave literaria del argentino Manuel Puig, que sea popular y progresista a la vez. Alrededor de este principio, podemos debatir sobre cómo avanzar en ambas agendas. En suma: por supuesto que hay una reflexión. Pero estos temas no impiden manejar adecuadamente la coyuntura política en la que se trata de que un gobierno popular no sea tumbado por la derecha oligárquica, que no se derechice y mantenga una actitud inclusiva y unitaria con todos los sectores que buscan un cambio social.

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