El PORTEÑO
por Gustavo Burgos

La reciente entrevista de Sergio Grez sobre las lecciones de Octubre de 2019 tiene el mérito indiscutible de situarse fuera de las coordenadas en las que el liberalismo progresista ha procurado encerrar el balance de aquellos acontecimientos. No hay en su análisis nostalgia por el proceso constituyente, ni celebración retrospectiva de la Convención, ni aceptación de la narrativa según la cual el Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución habría sido la traducción democrática de las demandas surgidas en las calles. Muy por el contrario, Grez caracteriza el acuerdo del 15 de noviembre como un mecanismo consciente de contención, destinado a salvar al régimen cuando este atravesaba su momento de mayor debilidad, trasladando el conflicto desde la movilización hacia un terreno institucional definido por las propias fuerzas políticas responsables de administrar el orden existente. En este punto, su interpretación constituye una ruptura saludable y necesaria con buena parte de la izquierda chilena.
Más importante todavía es que Grez inscribe este procedimiento en una continuidad histórica. El Acuerdo por la Paz no aparece como una maniobra excepcional ni como el mero producto de la traición subjetiva de algunos dirigentes, sino como una modalidad concreta de una antigua capacidad de la burguesía chilena para absorber, encauzar y finalmente neutralizar grandes movimientos populares. Su comparación con la institucionalización del movimiento obrero durante las décadas de 1920 y 1930 y con la desmovilización que acompañó a la transición de los años noventa permite comprender el proceso constituyente de 2019-2022 como parte de una historia más extensa: aquella en que el Estado separa la deliberación política de la movilización de las masas y transforma una correlación de fuerzas nacida fuera de la institucionalidad en procedimientos cuya administración recupera para sí. El señalamiento de Grez acerca del papel desempeñado por el Frente Amplio, la antigua Concertación y posteriormente el Partido Comunista en esa operación de normalización toca, por ello, un problema estratégico y no simplemente moral.
Es precisamente desde esa amplia coincidencia que resulta pertinente establecer una discrepancia marxista y fraterna con dos conclusiones centrales de su entrevista: la negativa a caracterizar Octubre como una revolución frustrada y la solución que propone al problema de la dirección política. Ambas cuestiones están estrechamente ligadas y remiten, finalmente, a una diferencia acerca de qué entendemos por revolución y cuál es el papel histórico del partido revolucionario.
Rebelión o revolución: no confundir una revolución con su victoria
Grez descarta correctamente el concepto de “estallido social”. La expresión contiene ya una interpretación: algo explota, hace ruido y luego desaparece. También considera insuficiente hablar simplemente de “revuelta”. Pero da un paso adicional cuando rechaza la categoría de revolución —incluso la de revolución abortada o frustrada— argumentando que en 2019 no existió una dirección política organizada, un programa revolucionario definido, una intención consciente de tomar el poder estatal ni un estado mayor capaz de conducir las fuerzas movilizadas hacia ese objetivo. De allí deriva su caracterización de “rebelión popular”.
Aquí aparece, a nuestro juicio, el principal problema de su razonamiento y por supuesto no se trata de un capricho terminológico. Los elementos enumerados por Grez son condiciones decisivas para la victoria de una revolución, pero no pueden transformarse retrospectivamente en requisitos para reconocer la existencia de un proceso revolucionario. Si así procediéramos, una parte considerable de las revoluciones derrotadas —Alemania el 23, España el 39, Chile el 73— desaparecerían de la historia de las revoluciones.
La revolución rusa de 1905, derrotada por el zarismo, fue la experiencia política en que se forjó la vanguardia bolchevique que llegar al poder en 1917. Lenin, por lo mismo, jamás negó a las jornadas de 1905 su carácter revolucionario porque las masas carecieran inicialmente de un plan acabado de conquista del poder. Por el contrario, su balance de la insurrección de Moscú constataba que las organizaciones revolucionarias habían quedado rezagadas respecto de los acontecimientos. La lucha había avanzado desde la huelga y las manifestaciones hacia las barricadas y la insurrección mientras buena parte de las direcciones no había comprendido todavía el salto producido. Lenin llegó a señalar que la práctica había marchado delante de la teoría y que los dirigentes no habían logrado proporcionar a las masas la orientación que estas reclamaban. No concluyó de ello que diciembre de 1905 no hubiera formado parte de una revolución; extrajo exactamente la conclusión contraria: había que aprender de la revolución derrotada para preparar conscientemente la siguiente.
Ese detalle conceptual es enorme. La revolución no comienza necesariamente cuando aparece un partido capaz de proclamar: “ha comenzado la revolución”. Tampoco espera a que las masas hayan formulado jurídicamente una teoría alternativa del Estado. La revolución surge del choque objetivo entre clases, del ingreso de millones de personas a la acción política directa, de la ruptura de las mediaciones normales mediante las cuales se reproduce la dominación y, sobre todo, de la aparición práctica de la cuestión del poder, aunque esta todavía no haya adquirido una formulación consciente y centralizada.
Trotsky sintetizó precisamente esta cuestión al definir la revolución como una medición abierta de fuerzas sociales en la lucha por el poder. El elemento decisivo no es, entonces, que todos los participantes sepan desde el comienzo que luchan por el poder, sino que el desarrollo mismo de la lucha coloque objetivamente el problema del poder sobre la mesa.
Esto permite observar Octubre de 2019 bajo otra luz. Durante semanas se produjo una crisis extraordinaria de la autoridad del Estado; millones salieron a las calles; las instituciones fundamentales del régimen perdieron legitimidad; el gobierno de Sebastián Piñera quedó profundamente debilitado; se multiplicaron asambleas, cabildos y organismos territoriales; sectores trabajadores entraron en huelga; la ocupación militar del país y su toque de queda fue derrotado por la gigantesca movilización del 25 de octubre; se levantó la consigna de que Piñera debía irse; la represión estatal adquirió una amplitud inédita desde el término de la dictadura, y el conjunto de los partidos del régimen debió intervenir de manera extraordinaria para impedir que esa crisis siguiera desarrollándose. El propio análisis de Grez describe muchos de estos elementos.
La pregunta resulta inevitable: ¿por qué habría sido necesario el Acuerdo por la Paz para salvar al régimen si el régimen jamás estuvo sometido a una amenaza cualitativamente distinta de una gran protesta social?
La importancia histórica del 15 de noviembre reside precisamente en que responde a una crisis política que había comenzado a superar los mecanismos normales de administración del conflicto. El acuerdo fue eficaz no porque “convirtiera una revolución en revolución”, naturalmente, sino porque consiguió impedir que una situación revolucionaria todavía inmadura desarrollara sus tendencias potenciales. Desde este punto de vista, Octubre puede y debe ser caracterizado como una revolución frustrada: no porque haya existido un poder obrero consolidado ni porque estuviera a horas de instalarse un gobierno revolucionario, sino porque la irrupción de las masas abrió objetivamente una crisis del régimen y planteó problemas de poder para los cuales la clase trabajadora careció de dirección, programa y organismos suficientes.
La comparación con 1905 resulta especialmente fértil. Los soviets rusos no aparecieron antes de la revolución como requisito administrativo para autorizarla. Surgieron durante ella, como respuesta práctica a las necesidades que la lucha iba creando. Trotsky describió al Soviet de San Petersburgo como una organización surgida de una necesidad objetiva del proceso, capaz de reunir a masas dispersas y transformarse en centro de la lucha. Lenin, por su parte, vio en los soviets organismos de insurrección y embriones de un nuevo poder.
Exigir retrospectivamente que Octubre chileno hubiese producido organismos equivalentes plenamente desarrollados para concederle carácter revolucionario invierte la relación histórica. Los órganos de doble poder son una posible creación del desarrollo revolucionario; no constituyen un certificado que deba presentar una revolución antes de comenzar.
Precisamente porque esos organismos no alcanzaron a constituirse en Chile, porque la huelga general no consiguió transformar la movilización callejera en poder económico y político organizado, porque la clase trabajadora actuó masivamente pero de manera fragmentada y porque no existió una organización revolucionaria capaz de concentrar esas experiencias, la revolución fue frustrada. Aquello que Grez presenta como prueba de que no hubo revolución puede interpretarse, en buena medida, como explicación de por qué aquella revolución no pudo vencer.
La cuestión decisiva: de la ausencia de dirección a la necesidad del partido
Esta diferencia conduce al segundo problema. Grez llega en varios pasajes de la entrevista muy cerca de formular el problema clásico de la dirección revolucionaria. Reconoce que el espontaneísmo, inicialmente ventajoso frente a un aparato estatal incapaz de “descabezar” al movimiento, terminó convirtiéndose en una debilidad; señala la ausencia de coordinación, la fragmentación de las demandas y la incapacidad para transformar la potencia destituyente en una alternativa de poder; incluso afirma que el problema de la dirección política constituye el principal nudo estratégico dejado por la experiencia.
Sin embargo, cuando debe extraer una conclusión organizativa de ese diagnóstico, retrocede —aquí recuerda a Vitale— hacia la fórmula de un “movimiento de movimientos”: reconstrucción del tejido social, articulación desde abajo, programa común antineoliberal y perspectiva anticapitalista, pero rechazo de la “unificación ideológica bajo un partido único”.
Aquí conviene despejar un equívoco. Defender la necesidad histórica del partido revolucionario no equivale a defender la subordinación administrativa de todos los movimientos sociales a una organización, mucho menos a proclamar un “partido único”. Esa asociación pertenece más a la experiencia burocrática del estalinismo que a la concepción leninista del partido.
El problema es otro. Ninguna suma espontánea de organizaciones sectoriales produce automáticamente una estrategia de poder. Un sindicato representa determinados intereses; una organización territorial responde a determinadas necesidades; un movimiento ambiental, feminista, estudiantil o de pobladores organiza conflictos específicos. Todos ellos pueden confluir en una revolución. Pero la totalidad política de la lucha de clases no surge mecánicamente de la suma de esas parcialidades. Necesita una organización cuyo terreno específico sea programáticamente esa totalidad: el Estado, las clases, el programa, las alianzas sociales, la estrategia y el poder.
Octubre proporcionó una demostración extraordinariamente concreta. Había energía social en cantidades gigantescas. Había millones movilizados. Había asambleas populares. Había franjas de luchadores agrupados en la Primera Línea de autodefensa. Había demandas. Había incluso una conciencia ampliamente extendida de que “no son treinta pesos, son treinta años”. Lo que faltaba no era movimiento. Lo que faltaba era una fuerza política organizada capaz de transformar aquella negación general del orden existente en una estrategia positiva de poder. Esa ausencia permitió que los partidos del régimen hicieran exactamente aquello que el campo popular no podía hacer: centralizar políticamente la situación.
El 15 de noviembre, mientras el movimiento seguía siendo extraordinariamente descentralizado, la burguesía actuó como clase políticamente organizada. Sus representantes parlamentarios produjeron una respuesta estatal común. En pocas horas hicieron aquello que la movilización no había conseguido realizar durante semanas: formular una salida nacional, establecer un calendario, fijar procedimientos, delimitar el terreno de la disputa y concentrar una voluntad política. Esa es quizás la gran paradoja de Octubre. Se reivindicó la ausencia de dirección como demostración de autonomía mientras la clase adversaria jamás renunció a la suya.
La clase obrera no es revolucionaria porque previamente posea conciencia revolucionaria
Existe además un aspecto más profundo. La crítica al “partidismo” suele fundarse, explícita o implícitamente, en la constatación de que la clase trabajadora realmente existente no posee actualmente una conciencia socialista homogénea. De allí puede deducirse que atribuirle un papel dirigente sería una forma de esencialismo obrerista y que corresponde hablar más ampliamente de movimientos sociales, pueblo o multiplicidad de sujetos. Pero ese razonamiento invierte la concepción materialista de las clases.
Para el marxismo, el carácter potencialmente revolucionario del proletariado no deriva de que todos los obreros sean episódicamente revolucionarios, voten por la izquierda o posean espontáneamente conciencia socialista. Si así fuera, Marx habría fundado una doctrina moral de las opiniones políticas y no una concepción materialista de la historia.
La peculiaridad de la clase trabajadora se encuentra en su posición objetiva dentro de las relaciones de producción capitalistas. Es la clase separada de los medios de producción y simultáneamente indispensable para ponerlos en funcionamiento; la cooperación social del trabajo la concentra y organiza de una manera que ninguna otra clase explotada posee. Lenin insistía en que el proletariado era la única clase situada directamente frente a la burguesía y, por ello, capaz de llevar consecuentemente hasta el final la lucha contra su dominación.
Trotsky llevó esta idea a una conclusión particularmente importante para los países atrasados. La fuerza histórica del proletariado no se determina simplemente contando qué porcentaje demográfico representa. Una clase obrera relativamente minoritaria puede adquirir un peso político desproporcionado debido al lugar que ocupa en una economía capitalista concentrada y combinada. De allí derivó una de las tesis fundamentales de la revolución permanente: en un país económicamente atrasado, la clase obrera puede encontrarse ante la cuestión del poder antes incluso que el proletariado de países capitalistas más desarrollados.
Chile ofrece una confirmación particularmente visible de este razonamiento. El trabajador de la gran minería, los puertos, la logística, el transporte, la energía, las telecomunicaciones, el comercio concentrado y los servicios fundamentales puede carecer individualmente de cualquier conciencia socialista y, sin embargo, ocupar colectivamente posiciones decisivas para el funcionamiento de la economía nacional. Lo que transforma esa potencia objetiva en fuerza política consciente no es la evolución pedagógica gradual de cada trabajador sino la experiencia de lucha, y dentro de ella la intervención de una organización que condense experiencia histórica, programa y estrategia.
Por eso el partido no sustituye a la clase. El partido es uno de los instrumentos mediante los cuales la clase puede superar la discontinuidad entre su potencia social objetiva y su conciencia política efectiva.
Lenin observó justamente después de Moscú que, en determinadas circunstancias, las masas avanzan más rápido que sus organizaciones y obligan a estas a aprender. En diciembre de 1905, escribía, el proletariado había percibido antes que sus propios dirigentes que las condiciones exigían pasar de la huelga a formas superiores de lucha. Esta observación destruye simultáneamente dos caricaturas: la espontaneísta, según la cual las masas no necesitan partido, y la burocrática, según la cual el partido inventa la revolución y luego conduce pasivamente a las masas. La relación real es dialéctica: las masas producen experiencias nuevas; el partido aprende de ellas, las generaliza y procura transformarlas en estrategia consciente. Eso es exactamente lo que faltó en Chile.
Octubre como ruptura programática
Siete años después —aquí concidimos plenamente con Grez— la importancia de Octubre no reside solamente en recordar una gran movilización derrotada. Reside en que constituye una línea de demarcación para toda estrategia revolucionaria en Chile.
La burguesía lo comprende perfectamente. De allí la persistencia de la campaña contra el “octubrismo”, la reconstrucción retrospectiva de 2019 como una gigantesca anomalía delincuencial y la obsesión por identificar orden público con restauración de la normalidad anterior. Grez acierta plenamente cuando advierte esta operación ideológica. Lo que las clases dominantes necesitan borrar no son solamente los incendios, las barricadas o las evasiones: necesitan borrar la memoria de que durante algunas semanas millones comprobaron prácticamente que el orden social aparentemente inamovible podía tambalear.
Pero también una parte de la izquierda necesita clausurar Octubre por razones distintas. Reconocer su profundidad obliga a revisar las estrategias construidas durante décadas alrededor de la administración progresista del capitalismo chileno. Obliga a preguntarse por qué el Frente Amplio pasó, en apenas unos años, desde la crítica del orden de la transición a convertirse en uno de sus principales administradores; por qué el Partido Comunista terminó participando de un gobierno que mantuvo pilares centrales del modelo; y por qué las demandas que hicieron temblar al régimen en 2019 terminaron subordinadas al calendario constitucional y electoral.
El triunfo electoral de Lula en Brasil el domingo pasado, con 51,79% de los votos válidos según la proclamación oficial del Tribunal Superior Electoral brasileño, vuelve extraordinariamente actual esta discusión. La derrota electoral de la candidatura de Flávio Bolsonaro constituye naturalmente un hecho que millones de trabajadores brasileños viven como una victoria frente a la derecha. Pero precisamente por ello vuelve a plantearse el problema que la izquierda latinoamericana lleva décadas sin resolver: si la lucha contra la extrema derecha debe quedar subordinada a coaliciones electorales encargadas de administrar el capitalismo o si la movilización contra la reacción debe transformarse en punto de partida para una política independiente de la clase trabajadora.
El antifascismo liberal responde de antemano: ante la derecha extrema corresponde cerrar filas con cualquier variante burguesa que pueda derrotarla electoralmente. El marxismo debe responder de otro modo. Puede intervenir sin indiferencia en cada enfrentamiento concreto contra la reacción y, simultáneamente, negarse a disolver políticamente a la clase trabajadora detrás del progresismo burgués. De lo contrario se reproduce un círculo conocido: el miedo a la derecha conduce al apoyo al centro; el centro administra las condiciones sociales que alimentan a la derecha; la derecha reaparece fortalecida y la izquierda vuelve a exigir una nueva unidad electoral para detenerla.
Octubre de 2019 permite romper ese círculo porque demostró que la política no está condenada a oscilar eternamente entre las distintas administraciones electorales del régimen. Durante aquellas jornadas apareció una tercera fuerza, todavía desorganizada y contradictoria: la irrupción directa de las masas.
Por eso la denominación revolución frustrada no representa una exageración romántica ni un homenaje retórico a Octubre. Contiene una conclusión estratégica. Si aquello fue solamente una rebelión, el problema consiste fundamentalmente en reconstruir movimientos sociales más fuertes para una próxima rebelión. Si fue una revolución frustrada, la tarea adquiere otra dimensión: hay que construir antes de la próxima crisis aquello cuya inexistencia contribuyó decisivamente a la derrota de la anterior. Organización obrera independiente. Programa de clase. Organismos capaces de unificar las luchas parciales. Una estrategia para quebrar el aparato político de la burguesía. Y un partido revolucionario que no pretenda sustituir a las masas, sino intervenir dentro de su experiencia para ayudarlas a transformar su enorme potencia social en poder político.
Ese es el punto en que nuestra discrepancia con Sergio Grez, lejos de disminuir la importancia de su intervención, permite reconocerla como parte de una discusión que la izquierda revolucionaria en su conjunto necesita realizar. Se trata de un debate de clase que los revolucionarios estamos obligados a dar dentro de una misma trinchera. Grez tiene razón cuando rechaza la mitología progresista del proceso constituyente, cuando identifica en el 15 de noviembre una operación de salvataje del régimen, cuando reconstruye sus antecedentes históricos y cuando denuncia la función normalizadora desempeñada por quienes terminaron administrando el Estado. Su propio análisis conduce, sin embargo, más lejos que sus conclusiones.
Octubre demostró que el problema chileno no es que las masas sean incapaces de rebelarse. Ya lo hicieron. Tampoco que carezcan absolutamente de capacidad para poner en crisis al Estado. También lo hicieron. El problema que quedó planteado y permanece sin resolver es quién dirige cuando las masas irrumpen. En 2019 la clase trabajadora estuvo presente, pero no actuó políticamente como clase independiente. Existieron organizaciones, pero no una organización capaz de centralizar el movimiento. Existió una enorme voluntad de transformación, pero no un programa que convirtiera el rechazo del viejo orden en una alternativa de poder. La burguesía pudo recomponer su dominio precisamente sobre esas ausencias.
Por eso Octubre no debe ocupar el lugar de una efeméride nostálgica. Debe constituir una base programática para el nuevo período. Contra el reformismo que promete humanizar indefinidamente el capitalismo; contra el progresismo que transforma cada crisis social en una nueva oportunidad electoral; contra el constitucionalismo que imagina que las relaciones entre las clases pueden modificarse escribiendo mejores normas; y contra el antifascismo liberal que exige nuevamente subordinar a los trabajadores a alguna fracción “democrática” de la burguesía, Octubre conserva una enseñanza elemental y subversiva: cuando millones entran directamente en la lucha, aquello que parecía imposible puede convertirse en cuestión práctica.
La revolución chilena de Octubre fue derrotada antes de poder reconocerse plenamente a sí misma. Precisamente por eso fue una revolución frustrada. Y precisamente por eso su tarea histórica continúa abierta.











