Inicio Internacional ¡¡¡EL IMPERIALISMO ESTÁ FRACASANDO EN VENEZUELA!!!

¡¡¡EL IMPERIALISMO ESTÁ FRACASANDO EN VENEZUELA!!!

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por Franco Machiavelo

El imperio apostó, una vez más, a su libreto gastado: asfixia económica, guerra mediática, sabotaje interno y fractura militar. La vieja fórmula de provocar hambre para comprar conciencias, de amplificar el descontento para convertirlo en caos, de fabricar “salvadores” a sueldo y presentar la intervención como democracia. Pero Venezuela no encajó en el guion.

Desde una mirada materialista, el fracaso imperial no es accidental: es estructural. Estados Unidos no enfrenta solo a un gobierno, enfrenta un proceso histórico que politizó al pueblo, que rompió la ilusión de neutralidad del Estado y que comprendió —en carne propia— que la soberanía no es un discurso, sino una correlación de fuerzas. Cuando el pueblo deja de ser masa pasiva y se reconoce como sujeto político, la dominación externa comienza a resquebrajarse.
El imperialismo intentó separar al pueblo de sus Fuerzas Armadas, sembrar la idea de una institución “profesional” desarraigada del proyecto nacional. Fracasó. Porque en Venezuela la relación cívico-militar no nació de un cuartel aislado, sino de una historia común de humillación, dependencia y lucha. No hubo “voltereta” militar porque no había una patria que entregar a cambio de migajas. La lealtad no fue a un gobierno circunstancial, sino a un proyecto de país que se sabe permanentemente amenazado.

En paralelo, la maquinaria mediática global hizo su trabajo: fabricar consenso, repetir mentiras, reducir una realidad compleja a caricaturas morales. Pero la saturación del relato imperial terminó produciendo el efecto contrario. Cuando la mentira se vuelve sistemática, pierde eficacia. El pueblo venezolano aprendió a leer entre líneas, a desconfiar de la supuesta preocupación humanitaria que siempre llega acompañada de sanciones, bloqueos y castigos colectivos.
El objetivo era claro: cambio de régimen. Y para eso se necesitaba fragmentación social, guerra interna, deslegitimación total. Lo que encontraron fue cohesión, no ausencia de contradicciones —porque toda sociedad las tiene— sino conciencia de que el enemigo principal no estaba dentro, sino fuera. Esa claridad política es letal para cualquier proyecto imperial.

Aquí radica la derrota: el imperio no pudo convertir la crisis en rendición. No logró que el pueblo odiara más a su propio proceso que a la dominación externa. No consiguió quebrar el vínculo entre soberanía, dignidad y memoria histórica. Y cuando un pueblo entiende que la independencia no se negocia, el imperialismo queda desnudo, reducido a sanciones y amenazas que ya no producen obediencia.

Venezuela demuestra que el poder no es solo económico ni militar: es cultural, político y moral. Y cuando ese poder se desplaza hacia abajo, hacia el pueblo organizado, el imperio tropieza con su límite histórico.
No hubo caos terminal. No hubo guerra civil inducida. No hubo golpe “limpio”.

Hubo resistencia, conciencia y unidad.

Derrota imperialista.

No porque el imperio sea débil, sino porque los pueblos, cuando despiertan, dejan de ser gobernables desde afuera. 
 
 
 

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