por Franco Machiavelo
Hay derrotas electorales que se explican por la fuerza del adversario. Y hay otras que se explican por la soberbia propia. La invención del «facho pobre» pertenece, sin duda, a esta última categoría.
Qué extraordinaria estrategia política: decirle a un trabajador, a un jubilado, a un poblador o a un empleado precario que, además de soportar salarios insuficientes, deudas interminables y un sistema profundamente desigual, también merece el desprecio de quienes dicen representarlo. Pocas veces la arrogancia se disfrazó con tanta facilidad de conciencia política.
El concepto de «facho pobre» nunca fue una categoría de análisis. Fue un mecanismo de expulsión. Una etiqueta destinada a simplificar la realidad para evitar la tarea más difícil de la política: comprender por qué millones de personas dejan de creer en quienes hablan en su nombre.
Cuando la izquierda reemplaza la pedagogía por el insulto, deja de disputar conciencia para disputar superioridad moral. Y esa batalla es estéril. Los pueblos no buscan profesores que los humillen; buscan proyectos que los interpreten.
Existe una contradicción imposible de ocultar: se proclama amor por el pueblo… pero sólo mientras el pueblo vote correctamente. Si decide otra cosa, deja de ser sujeto histórico para convertirse, por arte de un insulto, en un «facho pobre». La democracia, entonces, ya no consiste en convencer, sino en castigar al discrepante.
El sarcasmo de la historia es despiadado. Mientras algunos repetían con solemnidad discursos sobre inclusión, diversidad y respeto, reservaban para los trabajadores que pensaban distinto un catálogo inagotable de burlas, desprecios y descalificaciones. La inclusión terminaba exactamente donde comenzaba la diferencia política.
Y mientras una parte de la izquierda discutía cómo etiquetar al pueblo, la derecha discutía cómo conquistarlo. Unos fabricaban adjetivos; otros construían relatos. Unos acumulaban indignación; otros acumulaban votos. La política rara vez perdona semejante error.
El verdadero problema nunca fue que existieran trabajadores de derecha. El problema fue creer que bastaba ridiculizarlos para que cambiaran de opinión. Como si la humillación fuera una herramienta pedagógica o el desprecio un método eficaz para construir mayorías.
Toda hegemonía cultural se construye disputando el sentido común, no repartiendo certificados de pureza ideológica. Cuando una fuerza política abandona la conversación con quienes más necesita convencer, entrega ese espacio, gratuitamente, a sus adversarios.
Por eso el «facho pobre» es nuestro Frankenstein. No nació en los barrios populares. Nació en la comodidad intelectual de quienes confundieron análisis con caricatura y crítica con desprecio. Fue ensamblado con fragmentos de elitismo, autosuficiencia y una preocupante incapacidad para escuchar. Después, cuando esa criatura comenzó a caminar hacia las urnas, hubo quienes se sorprendieron de haber perdido el vínculo con el pueblo.
Quizás la lección sea incómoda, pero necesaria: ningún proyecto transformador puede construirse despreciando a quienes pretende emancipar. Porque la conciencia no florece bajo el insulto, sino en el diálogo; no nace del ridículo, sino de la experiencia compartida.
Y hay una verdad que la historia confirma una y otra vez: solamente el pueblo defiende al pueblo. Ninguna élite económica lo hará por solidaridad; ninguna élite política lo hará por generosidad. Cuando el propio pueblo se fragmenta, se insulta y se desprecia entre sí, los únicos beneficiados son quienes viven de esa división.
La tarea de un proyecto transformador no es fabricar enemigos entre los de abajo, sino reconstruir su unidad. Porque cuando el pueblo deja de reconocerse como pueblo, deja de ser protagonista de la historia. Y cuando vuelve a encontrarse consigo mismo, ninguna maquinaria de poder es capaz de detener la fuerza de una conciencia colectiva organizada.











