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Dirigentes del gremio dueños de camiones amenazan a la democracia

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Arturo Alejandro Muñoz

Hace algunos días, Sergio Pérez, presidente de la CNTC (Confederación Nacional del Transporte de Carga de  Chile), hermano de Cecilia Pérez, actual ministra del Deporte en el gobierno de Sebastián Piñera, intentó llevar a los chilenos –mentalmente al menos- a octubre de 1972 mediante una nueva amenaza si un próximo gobierno pretendiese satisfacer la impetración de la mayoría ciudadana respecto de la reposición del servicio ferroviario en el país.

Con la patochada de Pérez fue imposible no recordar a un  antiguo sedicioso pagado por los amigos de Richard Nixon y de Henry Kissinger los años 1972 y 1973. León Vilarín se llamaba aquel colonizado ultraderechista que dirigía el gremio de los camioneros, o mejor dicho, la cofradía de los dueños de camiones cuya máxima aspiración no era sólo la caída del gobierno de la Unidad Popular, sino muy particularmente la extinción del sistema ferroviario para, de esa forma, dejar a Chile en manos de los caprichos economicistas de  ellos y de sus patrones mayores, los megaempresarios del transporte o rodado.

El conocido periodista de diarios, radio y TV, Daniel Matamala, en su cuenta de twitter escribió:

 <<Todos nosotros subsidiamos vía privilegios tributarios a dueños de camiones, que generan externalidades negativas (contaminación, congestión, accidentes). Ese $ público debería ir -como en países desarrollados- a subsidiar transporte limpio y seguro: ferrocarriles>>

Estos ‘camioneros’ representan y son parte del lote de chilenos que se ha adueñado de todo lo que existe en el país. Ya no tienen competencia ferroviaria, ya cuentan –desde hace mucho- con un indignante apoyo económico oficial, cual es la rebaja al diesel, ya cuentan con privilegios tributarios, ya se adueñaron de rutas y carreteras a placer.  ¿Qué más desean?

Echemos un rápido vistazo a la historia reciente, aquella que nos ubica en el año 2015 cuando ocurrió el episodio conocido como ‘movilización de camioneros’ efectuado por un grupo de propietarios de empresas de transportes terrestres, que cerró su actuación dejando en claro algunas cuestiones que hasta poco antes de la ocurrencia  de ese hecho se discutían como elucubraciones de la prensa independiente. Era el gobierno de Michelle Bachelet y de su ministro ‘estrella’, el DC Jorge Burgos.

En los avatares de la tal ‘movilización’ de propietarios de camiones, Jorge Burgos jugó a placer el rol que le apetecería tener de manera permanente y oficial: Primer Ministro, derribando el presidencialismo que engalanaba a la política nacional, y transformándose en una especie –perdóname Alemania- de Konrad Adenauer o de  Helmuth Köhl (aunque su intento, a no dudar, es el de constituirse en émulo de Winston Churchill).

Otra cuestión que se clarificó ese 2015 con el asunto de los camiones viajando en caravana  desde las tierras de Leucotón, Galvarino y Caupolicán hacia Santiago, fue la innegable concomitancia de semejanza -en lo económico- a lo mostrado por personajes del duopolio político Alianza-Nueva Mayoría (como Ricardo Lagos Escobar, Sergio Bitar, Gutenberg Martínez, Ignacio Walker y un  largo etcétera ex concertacionista),  asociados a los intereses de la franja predadora neoliberal que aún banderean ambiciosos empresarios sureños, cual es el caso de los Egido y los Pérez, epítomes de la avanzada totalitaria de familias que desean apropiarse de tierras ancestrales pertenecientes a una nación que habitaba Chile desde muchas décadas antes que hiciera su irrupción el invasor europeo.

Si hacemos un rápido recuento, confirmaremos –sin lugar a error- que esos propietarios de medios de transporte terrestre son parte viva del grupo –minoritario pero poderoso- que lleva décadas (quizás siglos) como dueño del país. Son parte del lote privilegiado que ya tiene todo, o casi todo, pues a él le pertenecen la Salud, la Educación, la Constitución, la Banca,  las FFAA, las policías, las iglesias, las tierras, el mar, los bosques, las islas, los glaciares, las aguas, las carreteras, la prensa, los minerales, el Congreso, La Moneda, los tribunales… ¿qué más desea poseer entonces? ¿Las vidas de diecisiete  millones de chilenos, y también las vidas y el futuro de quienes son su descendencia?

La respuesta es más simple de lo que pueda suponerse. Estos dirigentes camioneros sienten un suave soplido en sus cuellos, un aire frío que les levanta los cabellos de la nuca. Es la nueva generación que está avanzando a paso firme en todas las áreas. Son los jóvenes que recogieron el guante lanzado con sarcasmo por los viejos estandartes de la política local, y que respondieron con hechos concretos a aquellas patochadas como “si quieren mejoras en sus vidas, concurran a votar”…y no sólo concurrieron, decidieron participar de lleno en política.

Por eso, Sergio Pérez y el resto de vejestorios que forman parte de esa directiva empresarial del CNTC quieren “apurar la causa” suponiendo, erradamente por cierto, que los jóvenes retrocederán en su programa de gobierno ante tan pueriles y extemporáneas amenazas.  Grueso error, pues los jóvenes saben que a esos ancianos les queda poco hilo en el carrete dirigencial,  y que por ello chicotean con desesperación “caballos cojos” (la ‘prensa canalla’) que, más temprano que tarde, deberán rendir pleitesía a la arremetida de nuevas autoridades, ergo, a las nuevas generaciones, al nuevo Chile.

Y definitivamente, con esas nuevas generaciones vendrá también el inicio de la reposición del sistema ferroviario. De ello no hay duda.

Sergio Pérez y su cohorte de nostálgicos pinochetistas intuyen que ya perdieron. Que son pasado. Que ni siquiera las puertas de los cuarteles les serán favorables. Es otra época, otro tiempo,  otra gente…otros jóvenes. Bienvenidos sean.

 

 

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