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Defender a Cuba hoy: una definición de clase frente a la ofensiva imperialista

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El Porteño

por Gustavo Burgos

Cuba no es una consigna: es una conquista histórica de la clase obrera latinoamericana. Defenderla de manera incondicional no es un gesto sentimental ni una adhesión diplomática: es una posición de clase. La Revolución Cubana abrió, en 1959, una brecha real en el dominio imperialista en el continente y colocó en manos de los trabajadores y campesinos —con todas sus contradicciones, límites y desvíos— la posibilidad concreta de organizar la vida social al margen del capital yanqui. Por eso, toda política antiimperialista que renuncie a la defensa de Cuba se vacía de contenido y termina, inevitablemente, alineada con los intereses del opresor.

Hoy esa definición vuelve a ser decisiva. La ofensiva de la camarilla que gobierna Estados Unidos bajo Donald Trump ha colocado a Cuba en una cuarentena económica mundial: bloqueo financiero total, interrupción de suministros energéticos, asfixia del transporte y presión abierta para forzar un colapso social que “justifique” un golpe interno o una invasión directa. No se trata de negociaciones ni de “diálogos”: se trata de rendición incondicional, del remate del territorio al capital financiero e inmobiliario norteamericano y de la conversión de la Isla en un protectorado o colonia de facto. La gusanería de Miami y operadores como Marco Rubio empujan esa estrategia hasta sus últimas consecuencias.

Frente a este cuadro, el silencio cómplice o la crítica “democrática” a Cuba no son neutrales. En Chile, tanto el gobierno de Gabriel Boric como la derecha reaccionaria de José Antonio Kast convergen en calificar a Cuba como “dictadura”. Esta coincidencia no es accidental: revela la sumisión del régimen chileno —en todas sus variantes— a los dictados del imperialismo norteamericano y a la política fascistizante de Trump. Bajo el ropaje de los “derechos humanos”, se legitima el bloqueo, se naturaliza el hambre inducido y se prepara ideológicamente a la opinión pública para una agresión mayor.

Defender la Revolución Cubana no implica idealizar su dirección ni negar los problemas reales que atraviesa la Isla. Implica defender una relación social fundamental: la expropiación del capital imperialista, la conquista de la soberanía nacional y la inscripción de Cuba en el campo histórico de las luchas obreras y populares del continente. Quien, desde la izquierda, abandona esta defensa en nombre de abstracciones democráticas, termina reforzando el relato del enemigo y actuando como correa de transmisión del imperialismo.

La coyuntura internacional vuelve aún más urgente esta definición. El bloqueo a Cuba se articula con la agresión a Venezuela, la amenaza de guerra contra Irán y la militarización del Caribe. Trump utiliza esta política de guerra externa para disciplinar al electorado interno, justificar redadas contra migrantes y trabajadores y aplastar resistencias sociales en Estados Unidos. No es omnipotencia: es huida hacia adelante de un imperialismo en crisis, que sólo puede sostener su dominio mediante la extorsión, el hambre y la guerra.

Por eso, la respuesta no puede ser diplomática ni humanitaria: debe ser política y de masas. La defensa de Cuba exige levantar una movilización internacionalista, uniendo a los trabajadores de América Latina y del mundo contra el bloqueo, contra toda tentativa de golpe o invasión, y por la independencia política del continente. En determinado momento de esta ofensiva, cuando el imperialismo choque con sus propios límites, esa movilización habrá creado las condiciones para liquidarla en forma revolucionaria.

Cuba no necesita tutelas morales ni veredictos desde La Moneda o desde Washington. Necesita —y merece— la defensa activa de la clase trabajadora internacional. Porque lo que está en juego no es sólo el destino de una Isla: es la posibilidad misma de sostener una política antiimperialista con sentido de clase en América Latina. Quien no defiende a Cuba, defiende al imperio, aunque lo haga con palabras suaves y banderas “democráticas”.

Como decíamos ayer: CUBA SÍ, YANQUI NO

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