por Franco Machiavelo
El silencio del oficialismo no es casual ni ingenuo: es estructural. No hay autocrítica porque reconocer el error implicaría admitir una verdad incómoda y profundamente vergonzosa: que fueron ellos mismos quienes pavimentaron, con disciplina institucional y obediencia al orden establecido, el camino para el regreso de la ultraderecha.
Durante años administraron un modelo que prometieron transformar. Cambiaron el lenguaje, no la lógica. Se apropiaron del discurso popular mientras cuidaban con celo los límites impuestos por el poder económico, los medios concentrados y las élites que nunca perdieron el control real. Gobernaron convencidos de que la estabilidad del sistema era más importante que la justicia social. Y cuando el pueblo empujó, respondieron con freno, gradualismo y pedagogía desde arriba.
Pero la falla más grave fue ética y social: le fallaron a la gente. No defendieron la clase social del pueblo. Abandonaron a quienes viven del trabajo, a quienes sostienen el país con salarios precarizados, pensiones indignas y deudas eternas. En lugar de confrontar a los responsables de la desigualdad, optaron por administrar la desigualdad con rostro amable. En lugar de proteger a la mayoría social, buscaron equilibrio con quienes históricamente la explotan.
No hay autocrítica porque implicaría reconocer que se desmovilizó a la base social, que se transformó la política en gestión técnica, que se sustituyó el conflicto por el consenso vacío. El oficialismo dejó de disputar el sentido común y permitió que la ultraderecha lo ocupara con miedo, resentimiento y falsas certezas. Cuando se renuncia a disputar ideas y a defender intereses de clase, otros lo hacen con brutal eficacia.
La vergüenza está en haber convertido la derrota en un fenómeno externo, casi meteorológico, como si la ultraderecha hubiese surgido de la nada. No quieren decir que su renuncia a confrontar al poder real fortaleció a quienes sí prometen orden, castigo y jerarquía. No quieren admitir que cuando la política deja de representar materialmente al pueblo, el autoritarismo aparece como solución simple a problemas profundos.
Hacer autocrítica sería aceptar que gobernaron sin construir hegemonía popular, que hablaron de pueblo mientras gobernaban para tranquilizar mercados, que confundieron moderación con inteligencia y terminaron siendo previsibles, domesticados y funcionales. Sería reconocer que la ultraderecha no es una anomalía, sino el resultado lógico de un sistema que se protege incluso cuando dice querer cambiar.
Por eso callan. Porque decir la verdad implicaría aceptar que no fueron derrotados solo por la ultraderecha, sino por haberle dado la espalda a su propia base social. Y esa es una derrota política, moral e histórica que todavía no se atreven a nombrar.










