por Franco Machiavelo
La oligarquía chilena ha montado un espectáculo grotesco, una pista de baile donde la música la tocan los grandes conglomerados económicos y los medios de comunicación hacen de animadores. Allí, al centro, se proyecta a Bachelet, Jara y Boric moviendo el esqueleto al compás del continuismo neoliberal, como si fueran estrellas de un carnaval eterno que nunca cambia de coreografía.
Las cámaras —obedientes y siempre bien iluminadas— transmiten el show como si fuera la gran fiesta nacional. “¡Chile, la alegría ya viene!”, repiten con ironía reciclada, como si treinta años de la misma canción no hubieran sido suficientes para demostrar que lo único que viene es más concentración de la riqueza, más desigualdad y más obediencia al capital.
El espectáculo funciona con precisión: se fabrican discursos de renovación, se visten de progresistas los mismos cuerpos cansados de siempre, y se promete un nuevo amanecer mientras se asegura que nada fundamental se transforme. La centroizquierda satisfecha con el neoliberalismo no necesita enemigos, porque se ha convertido en su propio verdugo, bailando voluntariamente en el escenario que la oligarquía le ha preparado.
El público, fragmentado y manipulado por una prensa dócil, es invitado a creer que la coreografía del “cambio responsable” es realmente diferente al viejo vals del mercado. La crítica profunda queda fuera del set televisivo, silenciada en nombre de la gobernabilidad. Y así, mientras las élites brindan en los palcos, el pueblo es reducido a espectador obligado de un show que lo excluye, donde la verdadera democracia es solo una máscara para disfrazar la obediencia.
Pero el circo no puede durar para siempre. Llega un momento en que la pista de baile se vacía, las luces se apagan y los pueblos cansados dejan de aplaudir. Allí se revela la verdad incómoda: no hay fiesta, no hay alegría venidera, solo una jaula pintada de colores.
Y es en ese instante cuando la ironía se quiebra y comienza la rebeldía. Porque los pueblos no están condenados a ser espectadores pasivos de una farsa eterna. El escenario se puede derrumbar, los focos se pueden apagar, y la música impuesta puede ser sustituida por un ritmo nuevo, nacido desde abajo. Esa es la verdadera amenaza que la oligarquía teme: que el pueblo deje de bailar al compás que le dictan y empiece a escribir, con su propio cuerpo, la coreografía de su liberación.










