Teófilo Briceño. Centro de Estudios Francisco Bilbao
Desde tiempos inmemoriales en las sociedades humanas existe en el plano político el embuste, el engaño, las mentiras, lo que podríamos denominar para estos años estafas electorales.
En “Nuestra América” (termino martiano) para referirse a Latinoamérica (termino bilbaíno) , la mentira ha sido recurrente en la política local de cada país, herederas de aquellas emanadas de los imperios español e inglés y luego, en la actualidad, de parte de los “defensores de la libertad”, los Estados Unidos de América.
Las faltas a la verdad se materializan en operaciones de todo tipo en el marco de las cuales la corrupción y el engaño han parido incontables yanaconas, cipayos, vendepatrias, todos, claro está, vestidos como solemnes patriotas. En esta cruzada se cuentan religiones, misiones humanitarias, escuelas de las américas, etc, todas ellas parte de un repertorio ya profusa y tristemente acreditado.
Sin embargo, por una cuestión de decoro, siempre se intentó guardar las apariencias, tratar de hacer las mentiras creíbles, darle un marco de cierta lógica a los embustes, porque con tal instauración en el sentido común de las personas, se lograba una «verdad» en la gente, en los ciudadanos, en el pueblo. Era entonces, el discurso de la mentira, parte muy bien camuflada de las “operaciones” para las que eran creadas.
Pero eso ha cambiado y hoy vemos que las mentiras y el engaño ya no necesitan disfrazarse. Pueden tener éxitos por si solas, son, dicho en lenguaje moderno, un “activo”.
Esta realidad la podemos visualizar en el actual gobierno de José Antonio Kast. Todo lo que dijo o dijeron antes de llegar a ser gobierno, seguridad, inmigrantes, derechos sociales, economía, austeridad, etc, resultó ser un gran embuste. Ahora, ya como autoridades en ejercicio de sus cargos, hacen todo lo contrario a lo prometido e incluso niegan que lo dijeron. Las simplonas salidas ante las preguntas periodísticas son que sus expresiones pasadas eran “metáforas”.
La desfachatez llevada a su máxima expresión tiene hoy un innegable impacto en la población que se refleja en las encuestas. Hay molestia, mas no llega a niveles de exigir masivamente que se vayan como sucedería en sociedades con mayor rigor para con sus gobernantes.
Y esta nueva forma de hacer política, la mentira sin ocultarla, tiene precisamente su base en una población formateada para que ello sea posible.
Algunos de los factores de este formateo son:
• El pacto de la transición entre la dictadura y la Concertación, y en el que un punto central fue entregar el poder mediático a la derecha y a los grandes grupos económicos. Hasta Bachelet y Boric salvaron a El Mercurio de su quiebra con el financiamiento estatal vía avisaje. Nunca hubo en los gobiernos llamados democráticos un intento serio por cambiar el poder mediático que tienen los grupos económicos. La impunidad se impuso entonces con absoluta comodidad.
• El triunfo de la lógica de la publicidad, estilo neoliberal, en el mercado y luego o en paralelo en la política. Es como la Coca Cola, todos saben qué hace mal, pero es tan potente la propaganda, guiada por las emociones, las imágenes, que las consecuencias de su consumo importan poco, entonces, se crea una fidelidad hacia el producto. En política empezó a importar más la imagen que el contenido, la emoción que la razón, la inmediatez que las consecuencias y los efectos más que las causas.
• La forma de vida neoliberal y una tecnología diseñada para el individualismo. Donde lo colectivo perdió valor y se desarrolló el culto al ego. En Brasil es claro con los cristianos, de una “teología de la liberación” a una “teología del progreso”, donde lo social es devaluado al máximo, ya que la superación es personal y no depende del entorno en el que se vive. El que es pobre lo es porque es flojo. Esta máxima popular se impuso como sentido común.
En el mundo de los “vivitos”, termino usado por el ministro Quiroz, los derechos sociales no importan y la mentira es una virtud más que un defecto. En ese mundo el honor, la palabra, las consecuencias sociales no importan, hay que ser pillo para “triunfar”.
• El cambio en la percepción del tiempo y el espacio. Todo es instantáneo, solo el presente importa, ya no el pasado y menos el futuro. El egoísmo, llevado al presente, que ya no es fijado en la trascendencia, más bien en el consumo, en vivir el momento. Esta lógica siniestra impide la visión crítica de la razón y asegura el imperio de las emociones.
Influye en que solo creo en lo que necesito ahora, en este instante preciso, ya no hay espacio para causas y efectos, estoy dispuesto y entregado a creer al que dice lo que mis emociones me indican en ese momento. Se trata de un análisis totalmente visceral, que se ubica en las antípodas de la racionalidad, que se empina por sobre razón, la mentira más evidente es aceptada, incluso dulcificada.
Esto llevado al extremo en Chile, donde aquellos que sembraron un sistema que genera las condiciones para todas las anomías sociales posibles, hoy defienden el sistema atacando los efectos dañinos y no las causas que lo originan.
Se podrían enumeras muchas otras dimensiones, (como el abandono de una educación que permita pensar, como la crisis de la familia u otras), todas las cuales explican que mentir, ya sin siquiera guardar las apariencias, tenga los éxitos relativos que tiene, no solo en Chile, también en la región, el otro Occidente como le gusta llamar a algunos académicos.
Pero esta realidad en las subjetividades de nuestra sociedad no borra las contradicciones existentes y una vida invivible como la que tenemos, con patologías mentales de todo tipo, depresiones, angustias, soledades y que están provocando suicidios al por mayor.
El ser humano, especie, eminentemente social, no podrá vivir así por mucho tiempo, o se rebela y vive de otra forma o camina al inframundo.
Sigo creyendo que el amor es más fuerte que el egoísmo, que la verdad es preferible a la mentira, que el honor es un valor alcanzable para todos, que el pensamiento crítico es más fuerte que la banalidad. Pero para ello hay que vivir de otra forma, la dignidad aún es posible.
Octubre, desde el corazón del neoliberalismo











