EL PORTEÑO
por Alejandro Valenzuela Torres
El discurso de Javier Milei en Santiago —y su posterior «cadena nacional» en Buenos Aires— tuvo la virtud involuntaria de desnudar el contenido político del Foro Madrid con una claridad que sus organizadores probablemente hubieran preferido evitar. Detrás de la escenografía de una supuesta “batalla cultural”, de las invocaciones rituales a la libertad, de las diatribas contra el socialismo y de una retórica deliberadamente estridente que pretende presentar como insurgentes a quienes gobiernan Estados, disponen de policías, administran presupuestos y cuentan con el respaldo de importantes fracciones del gran capital, apareció una cuestión bastante más concreta: la tentativa de reorganizar políticamente América Latina como espacio estratégico de la renovada hegemonía norteamericana bajo Donald Trump. En este sentido, Milei no fue simplemente uno de los participantes más notorios del encuentro. Fue su línea gravitacional, porque llevó hasta sus últimas consecuencias aquello que los demás concurrentes expresaron de manera más cautelosa: la transformación de los gobiernos latinoamericanos afines en auxiliares políticos, económicos y eventualmente militares de Washington en el nuevo escenario de disputa mundial.
Esto permite comprender también la curiosa combinación de nacionalismo vociferante y subordinación internacional que caracteriza al presidente argentino. Milei puede proclamar la necesidad de “hacer grande a Argentina”, reivindicar las Malvinas, envolver sus intervenciones en la bandera nacional y simultáneamente ofrecer los recursos estratégicos, la infraestructura, la política exterior y la posición geográfica de su país como piezas de una arquitectura continental encabezada por Estados Unidos. La contradicción es sólo aparente. El nacionalismo de Milei no es antiimperialista; es el nacionalismo de un Estado subordinado que procura aumentar su importancia convirtiéndose en socio privilegiado de la potencia dominante. No reclama autonomía frente a Washington, sino un lugar destacado dentro del dispositivo norteamericano. El sueño no consiste en romper la dependencia, sino en administrarla desde una posición preferente.
La cuestión de las Malvinas adquiere desde este ángulo un significado mucho más amplio que la disputa diplomática argentino-británica. El Atlántico Sur ha dejado hace mucho de ser una periferia tranquila del sistema mundial. Allí convergen rutas marítimas, recursos pesqueros, hidrocarburos, proyección antártica, comunicaciones interoceánicas y una creciente preocupación estratégica por la expansión comercial y científica de China. El súbito fervor malvinero de un presidente que ha cultivado políticamente su admiración por Margaret Thatcher resulta entonces menos enigmático de lo que parece. Milei no intenta recuperar la tradición antiimperialista asociada en Argentina al reclamo sobre las islas; intenta reformular la cuestión Malvinas dentro de la estrategia global de Washington, aprovechando las contradicciones que puedan abrirse entre Estados Unidos y sus propios aliados europeos. La soberanía nacional aparece así degradada a moneda de negociación dentro de una disputa entre potencias.
Hay aquí una reminiscencia histórica inquietante. La dictadura argentina de 1982 creyó también que su condición de aliado continental de Washington podía permitirle negociar una salida favorable en el Atlántico Sur. El cálculo terminó en una catástrofe porque Estados Unidos, llegado el momento decisivo, privilegió su alianza estratégica con Gran Bretaña. Cuatro décadas después reaparece, bajo otra forma histórica, la ilusión de que una asociación privilegiada con Washington puede constituir el camino hacia la soberanía. Pero una soberanía obtenida mediante la incorporación del territorio, los recursos y las fuerzas armadas argentinas al dispositivo estratégico norteamericano sería apenas una contradicción en los términos: cambiaría eventualmente la forma jurídica de la dependencia sin alterar su contenido material. La bandera argentina podría flamear sobre determinadas instalaciones mientras las decisiones fundamentales acerca del Atlántico Sur continuaran adoptándose de acuerdo con necesidades militares y económicas ajenas a los pueblos de la región.
Por eso la discusión sobre el Estrecho de Magallanes ocurrida simultáneamente con la visita de Milei a Santiago posee una importancia que excede largamente el incidente diplomático. Kast y Milei reafirmaron la vigencia de los tratados que regulan la soberanía y navegación del Estrecho, mientras el gobierno chileno ha reclamado la modificación del decreto argentino que había generado la controversia. El punto decisivo, sin embargo, no reside solamente en determinar dónde termina una jurisdicción y comienza la otra. Malvinas, Tierra del Fuego, el Estrecho de Magallanes, el paso Drake y la proyección antártica forman objetivamente un único espacio estratégico, aunque el derecho internacional los distribuya entre soberanías diferentes. Observados desde Washington, no constituyen episodios diplomáticos separados, sino componentes del acceso al Atlántico Sur, el Pacífico y la Antártica.
Esta circunstancia arroja una luz particular sobre la fraternidad política exhibida entre Kast y Milei. La paradoja es notable: mientras subsiste una controversia entre Chile y Argentina sobre un decreto referido al Estrecho, ambos gobiernos convergen en una orientación internacional cuya consecuencia práctica consiste precisamente en aumentar la gravitación de una tercera potencia sobre el conjunto de la región austral. La soberanía es defendida con solemnidad frente al vecino, mientras simultáneamente se acepta la incorporación política, económica y militar del Cono Sur a una estrategia hemisférica diseñada en Washington. El viejo nacionalismo territorial latinoamericano demuestra nuevamente su impotencia: puede disputar kilómetros, mapas y decretos entre Estados dependientes mientras permanece casi mudo frente al poder que organiza económicamente el continente y procura ahora disciplinarlo geopolíticamente.
La presencia norteamericana en el propio Foro terminó por hacer explícito aquello que su retórica pretendía presentar como simple coincidencia ideológica. La reivindicación de una versión actualizada de la doctrina Monroe —rebautizada significativamente alrededor de Trump— expresa sin demasiados rodeos la pretensión estadounidense de restablecer una primacía indiscutida sobre el hemisferio occidental. La preocupación por China, los recursos críticos, las rutas marítimas, los puertos, la energía, las telecomunicaciones y la infraestructura estratégica constituye el contenido material de esta orientación. La “seguridad”, omnipresente en el vocabulario de estas derechas, funciona como categoría capaz de reunir todos esos problemas: narcotráfico, migración, fronteras, terrorismo, inversiones estratégicas y finalmente defensa nacional pueden ser incorporados a una misma arquitectura continental de inteligencia, vigilancia y cooperación militar.
Precisamente aquí aparece la conexión entre política exterior y régimen político. Milei no reivindica a Pinochet por extravagancia histórica ni solamente para provocar a la izquierda chilena. La reivindicación posee un contenido contemporáneo. El Chile de la dictadura representa para esta corriente una experiencia extrema de reorganización social: destrucción de organizaciones obreras, liquidación de derechos sociales, apertura del territorio al capital internacional y construcción de un Estado suficientemente coercitivo para garantizar esa transformación. El neoliberalismo nunca fue simplemente una doctrina sobre precios, impuestos y gasto fiscal. Allí donde pretende llevar hasta sus últimas consecuencias la mercantilización de las relaciones sociales tropieza necesariamente con organizaciones, derechos y resistencias históricas que debe quebrar. La utopía del mercado absoluto necesita, paradójicamente, un Estado extraordinariamente poderoso frente a los trabajadores.
La obscenidad histórica de reivindicar a Pinochet en Santiago cumple por eso una función política precisa. Milei anuncia mediante el pasado chileno el régimen que considera necesario para su propio programa: concentración del poder ejecutivo, disciplinamiento parlamentario, fortalecimiento policial, subordinación judicial, persecución de la protesta y progresiva identificación de la oposición social con una amenaza al orden público. La libertad proclamada por esta corriente termina exactamente allí donde comienza la capacidad colectiva de los trabajadores para resistir al capital. Libertad absoluta para la circulación de mercancías y capitales; límites crecientes para la huelga, la protesta y la organización popular. No estamos ante una incoherencia doctrinaria, sino ante la anatomía política del programa.
Pero sería un error atribuir esta orientación exclusivamente a una excentricidad ideológica de Milei o incluso a una conspiración de las organizaciones reunidas en Madrid. El Foro expresa un movimiento más profundo de sectores de la burguesía continental frente a la crisis del orden mundial. La competencia entre Estados Unidos y China, la guerra internacional, la carrera armamentista, la disputa por minerales críticos, energía, rutas comerciales y tecnologías estratégicas obligan a las clases dominantes latinoamericanas a redefinir sus alianzas. Trump pretende reconstruir la primacía norteamericana sobre el continente precisamente porque esa primacía ya no puede darse por descontada. La creciente gravitación comercial china demuestra que América Latina ha ingresado nuevamente, de manera directa, en la disputa por el reparto económico y político del mundo.
Desde esta perspectiva, el Foro Madrid adquiere un carácter bastante menos grandioso que el proclamado por sus organizadores. No estamos ante el nacimiento de una nueva civilización política occidental ni frente a una internacional revolucionaria de derecha capaz de rehacer el mundo. Estamos ante algo simultáneamente más concreto y más limitado: una tentativa de organizar políticamente a fracciones de las burguesías latinoamericanas alrededor de la restauración de la hegemonía estadounidense en el hemisferio, utilizando para ello gobiernos, partidos, fundaciones, empresarios y aparatos ideológicos que presentan esa subordinación como una cruzada civilizatoria contra el comunismo.
La grandilocuencia de sus protagonistas no debe inducir a confusión. La llamada internacional conservadora no constituye una fuerza exterior al régimen burgués latinoamericano ni una rebelión contra sus instituciones. Es una corriente surgida de ellas, financiada por sectores del capital, protegida por los Estados y orientada a endurecer los mecanismos políticos necesarios para preservar un orden social sometido a tensiones crecientes. Su radicalismo verbal encubre una finalidad profundamente conservadora: garantizar propiedad, rentabilidad, disciplina laboral y estabilidad política en condiciones internacionales cada vez más convulsivas.
Esto permite además establecer sus límites. Milei puede insultar al socialismo, Kast presentarse como restaurador del orden, Vox invocar la civilización hispánica y los operadores norteamericanos proclamar una nueva doctrina hemisférica, pero ninguno de ellos ofrece una salida independiente a la crisis histórica latinoamericana. Su horizonte termina en Washington. Incluso su nacionalismo se revela impotente porque la reorganización económica que propugnan depende del capital financiero internacional, de mercados externos, de tecnología extranjera y de alianzas militares cuyo centro de decisión se encuentra fuera del continente. La pretendida rebelión contra el globalismo culmina en la subordinación al Estado que ha dirigido la globalización capitalista durante ocho décadas.
El espectáculo adquiere entonces rasgos de opereta. Los mismos dirigentes que denuncian conspiraciones internacionales contra la soberanía nacional celebran una doctrina que reclama para Estados Unidos una supremacía hemisférica; quienes proclaman el patriotismo ofrecen minerales, energía, puertos y corredores estratégicos al capital transnacional; quienes denuncian Estados omnipotentes reclaman poderes extraordinarios para policías, servicios de inteligencia y gobiernos; quienes se proclaman enemigos de las élites comparecen ante empresarios, diplomáticos, fundaciones y funcionarios de algunas de las estructuras de poder más poderosas del planeta. No es solamente hipocresía. Es la forma ideológica que adopta una contradicción material: presentar como rebelión popular una reorganización reaccionaria del poder burgués.
Por eso Milei fue, aun cuando no lo hubiera pretendido, el personaje más esclarecedor del encuentro. Llevó su lógica hasta el punto en que resulta difícil ocultarla. Pinochet como modelo de reorganización interna; Trump como referencia del orden internacional; Malvinas como pieza de negociación geopolítica; el Atlántico Sur como espacio estratégico; el capital internacional como organizador económico y el fortalecimiento represivo del Estado como garantía política. Los elementos aparentemente dispersos componen una arquitectura perfectamente reconocible.
Frente a ella, la respuesta tampoco puede reducirse a la defensa abstracta de la democracia liberal ni a una nostalgia por el orden político anterior. Las mismas instituciones que hoy aparecen alarmadas ante la estridencia de esta derecha prepararon durante décadas las condiciones de su emergencia: precarización laboral, concentración económica, militarización de la seguridad pública, subordinación financiera, tratados comerciales, debilitamiento de las organizaciones obreras y administración permanente de las demandas sociales dentro de límites compatibles con la acumulación capitalista. La diferencia introducida por la nueva derecha consiste menos en cambiar la naturaleza del régimen que en acelerar, concentrar y brutalizar tendencias que ya estaban presentes en él.
El Foro Madrid de Santiago debe ser comprendido, por tanto, no como una reunión de personajes extravagantes ni como una anomalía ideológica importada desde Europa. Es una expresión política de la crisis contemporánea del capitalismo y, particularmente, de la necesidad norteamericana de recomponer su dominio continental frente al deterioro relativo de su hegemonía mundial. En ese cuadro, Milei aparece como la formulación más acabada del programa: transformar la dependencia en virtud, la subordinación en alianza, la represión en libertad y el alineamiento con Washington en patriotismo.
La verdadera cuestión que deja planteada Santiago no es, entonces, si esta internacional reaccionaria conseguirá imponer completamente su programa, sino qué fuerza social puede oponerle una política independiente tanto de Washington como de las burguesías latinoamericanas que buscan acomodarse bajo su protección. Porque frente a una estrategia continental del capital no bastará con defender las fronteras existentes ni con sustituir un gobierno por otro dentro del mismo dispositivo institucional. La soberanía del Atlántico Sur, de Magallanes, de Las Malvinas y de los recursos del continente sólo puede adquirir un contenido efectivo si deja de ser una disputa entre Estados subordinados y se convierte en parte de una lucha común de los trabajadores latinoamericanos contra la subordinación imperialista y contra las clases dominantes que la administran. Esa es precisamente la cuestión que toda la estridencia del Foro Madrid procura mantener fuera de escena.











