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Chile, en el duro tránsito de salir del individualismo neoliberal para intentar un país inclusivo

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La Jornada, Perfil 13 de septiembre de 2021

Chile, en el duro tránsito de salir
del individualismo neoliberal para
intentar un país inclusivo

Aldo Anfossi

SANTIAGO. Casi medio siglo después del sangriento término de los mil días de la Unidad Popular (UP) –con el presidente Salvador Allende cumpliendo su promesa de morir antes que rendirse en el Palacio de La Moneda, incendiado por el bombardeo aéreo y de artillería de los golpistas– el régimen neoliberal que implantó sin escrúpulos la dictadura chilena enfrenta la posibilidad de ser deconstruido.
Tras el derrocamiento de Allende y la derrota de la “vía chilena al socialismo” los Chicago boys avanzaron casi sin contrapeso en 1974 en el desmantelamiento del aparato estatal y rematando fraudulentamente las empresas públicas, convirtiendo en fuente de utilidades privadas casi todo aspecto de la vida cotidiana de las personas. Fue una captura ideológica que se prolongó en los 90 a los gobiernos del postpinochetismo, cuyos tecnócratas profundizaron el modelo con más privatizaciones, el resto de los servicios públicos básicos y concesionando la obra pública a destajo.
Pero la apropiación mercantilista del diario vivir que produjo el neoliberalismo, tuvo su punto de inflexión en el estallido social del 18 de octubre de 2019 (18-O), que ocurre tras algo más de una década de descontentos: alzamientos de comunidades dañadas por la contaminación y abandonadas a su suerte; la explotación despiadada de los recursos forestales, marítimos y mineros; huelgas de trabajadores precarizados, sin derechos laborales efectivos y mal pagados; movilizaciones de estudiantes y familias agobiadas por el endeudamiento agiotista a manos de la banca; repulsa generalizada del fracasado sistema de pensiones individualista y expoliador, y la masiva irrupción del
feminismo instalando sus demandas.
“Estamos finalizando un ciclo que se inició con el derrocamiento de la UP, el experimento sociopolítico histórico que
se instala con el golpe”, dice el profesor Julio Pinto Vallejos, premio nacional de historia (2016), director del Programa de Doctorado en Historia de la Universidad de Santiago de Chile. Ese ciclo “se desenvuelve con una línea importante de continuidad hasta el 18-O, con etapas y cambios, pero hay un libreto que se empieza a escribir el 11 de septiembre de 1973 y llega a su agotamiento el 18-O. En ese sentido hay una conexión muy directa entre el gobierno de Allende y lo que sucede ahora. La interrogante es qué viene”.
Carlos Ruiz Encina, sociólogo, doctor en estudios latinoamericanos de la Universidad de Chile, dice que “el germen
de las contradicciones que estallan en octubre de 2019, radica en la mercantilización que alcanza la vida cotidiana, sin paralelo en América Latina. Cada una de las protestas sociales que se dan desde 2006 tenía un componente contra el neoliberalismo. Por ejemplo, las revueltas estudiantiles no eran contra los contenidos, eran contra el lucro, contra un sistema de educación mercantil, donde incluso las universidades estatales actúan como privadas. Las protestas ambientalistas son contra el extractivismo exportador de recursos naturales, contra la apropiación del agua. La apropiación de la soberanía de la vida en nombre de la libertad mercantil; eso explota como promesa de que el esfuerzo individual te iba a llevar a alguna parte”.
Desde el 18-O hay varios momentos culminantes. Ocurren el 15 de noviembre de 2019, cuando la clase política,
asustada por la insurrección que avanza, cede a la demanda de una nueva Constitución. Otra fecha es el 25 de octubre de 2020, cuando 80 por ciento de los electores dice “apruebo” al proceso constituyente; el 15 y 16 de mayo de 2021, cuando la derecha apenas elige a 37 de los 155 convencionales, lejos del tercio deseado para bloquear el proceso, y el 4 de julio de 2021, cuando se inauguran los 12 meses de sesiones para redactar un texto a plebiscitarse.
Posiblemente la peste del Covid-19 salvó al presidente Sebastián Piñera de caer en aquellos meses de alzamiento, pero
en la práctica su gobierno terminó la noche del estallido social,
cuando él declaró la guerra a sus compatriotas (“estamos en
guerra contra un enemigo poderoso, implacable, que no respeta a nada ni a nadie, que está dispuesto a usar la violencia y la delincuencia sin ningún límite”, fue su lectura). El tapaboca vino del general Javier Iturriaga, a quien el gobernante había puesto al frente del estado de emergencia, que dijo: “Yo soy un hombre feliz y la verdad es que no estoy en guerra con nadie”.
Piñera siguió con su belicismo y respaldó a Carabineros en la insana represión del estallido, tanto como que un año
después del 18-O el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) dijo que en el periodo hubo “las más graves violaciones desde el regreso a la democracia”. En cifras, 34 muertos, más de 3 mil heridos, más de 400 con heridas oculares a perdigonazos, dos 2 mil 520 querellas por violaciones a los derechos humanos y más de 11 mil 300 detenidos.

Haciendo camino al andar

¿Cómo está Chile hoy; qué tan cierto puede ser que, convertido en cuna y laboratorio del neoliberalismo sea, paradójicamente, la tumba de ese proyecto de dominación económico/sociocultural; es posible una conexión entre la derrota del allendismo en 1973 y la expectativa de un triunfo de fuerzas políticas de izquierda en noviembre de 2021?
“Hay puntos de contacto entre lo que fue la UP y el Chile postestallido, una valoración de lo colectivo por sobre lo individual. Es un rasgo compartido de lo que fue la UP y lo que algunos actores del proceso actual quisieran recuperar, una idea de que debemos privilegiar lo que nos une como comunidad humana, elementos de solidaridad y de reconocimiento de derechos sociales que fueron parte del proyecto de la UP y que no sólo se perdieron, sino que se desecharon y destruyeron, porque la idea fue construir un modelo de convivencia diametralmente opuesto al de la UP”, define el historiador Julio Pinto.
Pero advierte que “tampoco hay que exagerar estos paralelismos, el Chile de hoy es muy distinto al de 1970: menos
pobre en términos absolutos, pero mucho más desigual –uno de los motores del 18-O– y con una sociedad muy fragmentada.
Hay una pérdida de los sentimientos de pertenencia colectiva y un deseo de recuperarlos. Pero no se piensa en un proyecto que a partir de coordenadas comunes aglutine a todos, porque en las generaciones más jóvenes hay una valoración de la diferencia, de que no es tan bueno una sola utopía que aglutine a todo el mundo, sino que convivan utopías distintas. En la UP había una única una utopía: construir una sociedad socialista y con elementos bien definidos”. No es menor lo que se juega, sobre todo por lo inédito del proceso.

“Estamos frente a lo que en historia se llama un acontecimiento duro. No había pasado nunca en la historia de Chile que una revuelta social haya forzado a la institucionalidad y a los actores políticos a abrir un proceso deliberativo de la magnitud del que tiene lugar. Los procesos constituyentes del pasado siempre fueron digitados desde arriba, a puertas cerradas, por grupos pequeños, designados. Es un escenario inédito, no hay mapas, se están construyendo al andar, dibujando al andar”, precisa el historiador.
Dice ser optimista –“tenemos un cuerpo deliberante que es una muestra del Chile con todas sus particularidades y heterogeneidades, si se compara esto con la apatía o el cinismo de 20 años atrás, hay una recuperación del sentido de comunidad e historia que encuentro muy alentador”–, pero advierte que si el proceso termina en nada, los escenarios se tornan apocalípticos y el país puede caer en una depresión colectiva tremenda y de una duración inimaginable. “Sobre todo la juventud que después de haberse restado de involucrarse durante tanto tiempo, ahora lo hace con entusiasmo. Si eso se frustra estamos mirando varias décadas de desaliento y hasta de autodestrucción; o caer en una prolongación indefinida del estallido social.”

Una década, a lo menos

En la UP había una
única una utopía:
construir una
sociedad socialista
y con elementos
bien definidos

Cifras del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) exhiben lo pauperizado del mundo del trabajo: el salario promedio ronda 850 dólares y la mitad de los asalariados percibe menos de 600 dólares mensuales. La encuesta de caracterización económica muestra la desigualdad: uno por ciento de los hogares acumula 26 por ciento del ingreso; 10 por ciento, 66.5 por ciento de la riqueza; por contrapartida, 50 por ciento de los hogares de menores ingresos percibe apenas 2.1 por ciento. En cuanto a las pensiones del sistema de capitalización individual –eje del neoliberalismo, pues es fuente de financiamiento gratuito para la expansión de los grupos empresariales–, 50 por ciento de las jubilaciones está bajo 150 mil pesos (180 dólares, aproximadamente), menos de la mitad del salario mínimo (400 dólares) y bajo la línea de pobreza.
El sociólogo Carlos Ruiz Encina sostiene que, producto del 18-O, la política entró a una reorganización que será prolongada, marcada por la decrepitud que castiga a la ex Concertación, la coalición de centro-izquierda dominante que siguió a la dictadura.
“Nosotros llegamos al estallido con un abismo entre política y sociedad. Tomará mucho rato y el hoyo que deja la
ex Concertación en términos del papel que jugaba de control social, de dominación, de frenar al movimiento sindical; eso queda absolutamente abierto, la derecha no es capaz de parar esa situación. Entramos a un nuevo ciclo
histórico que puede tomar una década de reconfiguración; la izquierda tampoco escapará a ello; las nuevas fuerzas que se han levantado no han logrado construir mayorías sustantivas y las formas que explotaron de emergencia política, como la Lista del Pueblo, no duraron nada.”
Ruiz Encina visualiza que “desmantelar el neoliberalismo va a tomar una década” porque incluso el izquierdista Frente Amplio propone “un listado de cuestiones administrativas parciales, no un programa ni una estrategia de transformación” que permita paulatinamente “desmontar las instituciones que amparan la reproducción de la
desigualdad”.
“Aquí lo que falta son proyectos de izquierda; una izquierda que debe apropiarse de los conflictos planteados por el desarrollo capitalista. La solución no es poner más Estado, no vamos a volver a la vieja industrialización sustitutiva de importaciones o a los viejos principios de nacionalización, habrá que hacer alianzas con inversiones extranjeras, pero desde una condición de soberanía y no como ahora, que son depredatorias. En todos esos terrenos vienen los
conflictos y eso será instalado como exigencia al nuevo gobierno.”
¿Será suficiente con que un gobierno progresista empiece a hacer reformas para aliviar las expectativas?
“Hay una sociedad mucho más exigente, propensa a la movilización; no descarto la posibilidadde rebrotes de estallidos sociales. El desmontaje del neoliberalismo no será lineal, sino con avances y retrocesos, porque las fuerzas en que está amparado este modelo son muy fuertes.

Habrá mucho de conflicto y de redefiniciones políticas.”

Respecto de la Convención Constitucional, Ruiz Encina dice que “es central” para empujar, ahora sí, una nueva estrategia de desarrollo inclusiva, sostenible y redistributiva; opina que “está por verse” si logra absorber la onda de choque del estallido social, porque “todavía no hay una canalización institucional del descontento popular”.
“Sigue existiendo una cuenta pendiente y ahí las fuerzas reactivas no saben la irresponsabilidad histórica que comenten al tratar de frenar una posibilidad de institucionalizar estas transformaciones antes que se expresen nuevamente de una manera violenta por fuera de cualquier canal de procesamiento de conflictos. Negarse a cualquier cambio es no darse cuenta que están arriba de un volcán.”
En cuanto a la experiencia de la UP, dice que siempre fue mirada como “una experiencia de fracaso, no como una derrota”, pero ahora tiene lugar “una relectura y hemos empezado a discutir cómo se logró la articulación de sectores populares que habían estado muy divididos y con mucha confrontación.
La historia nunca se cuenta de una vez y para siempre; cada generación interroga al pasado para entender su presente; la epopeya de Allende vuelve a ser interrogada desde el presente, desde este neoliberalismo que la sepultó. Se empieza a construir recién una conciencia que no llegamos aquí sin que hubiera pasado aquello y ese ascenso popular”.

El regreso de la política

El historiador Julio Pinto Vallejos dice que uno de los resultados que más le entusiasman del presente de Chile es la recuperación de la política como patrimonio de toda la sociedad.
Menciona que, si bien nunca desapareció del todo, hubo un propósito de la dictadura de alejarla de las mayorías sociales, “porque el diagnóstico que hicieron fue que uno de los principales causantes de lo que ellos troncharon el 11 de septiembre fue la politización masiva de la sociedad, sobre todo de las clases más pobres”.
La despolitización de la sociedad avanzó por todos los medios, desde la represión y la destrucción física, a la demonización, trivialización y tecnocratización de la política, “pasó a ser algo malo en sí mismo o algo demasiado complejo como para que las mayorías se involucraran en ello y que había que dejarles a los expertos”.
“Lo que pasa ahora es la reversión de ese proceso; son las personas, no es la tecnocracia o la casta que se constituyó para administrarla; eso fue una desnaturalización, ahora todos debemos involucrarnos y hay una recuperación de ese protagonismo”, celebra. ‹




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