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CENTENARIO DE LA MATANZA DE PUNTA ARENAS

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por Felipe Portales

En julio se cumple el centenario de uno de los episodios más desconocidos de la represión desarrollada por Juan Luis Sanfuentes en 1920, para frustrar el reconocimiento del triunfo electoral de Arturo Alessandri: La realización de una masacre de obreros en Punta Arenas.

Ella se dio en el contexto del delirio nacionalista fomentado por Sanfuentes como respuesta a la percepción de amenaza de un eventual ataque perú-boliviano; todo lo cual fue prefabricado por el mismo gobierno (la “guerra de don Ladislao”; en “honor” del ministro de Guerra de la época, Ladislao Errázuriz Lazcano), como se demostró posteriormente.

En concreto, los miembros de la Federación Obrera de Punta Arenas no quisieron asistir a una manifestación convocada por la Liga Patriótica de la ciudad para el 25 de julio. En respuesta, el gobernador de Magallanes, Alfonso Bulnes Calvo, dispuso que fuerzas del Ejército y de Carabineros asaltaran el local de la Federación en la madrugada del 27. Como hubo amagos anteriores, había una guardia armada en su interior. Además de asaltarlo a tiros, se procedió a quemar el inmueble, resultando un número indeterminado de muertos.

De acuerdo a la relación efectuada muchos años después (1937) –y que nadie refutó- en la Cámara de Diputados, por el socialista Efraín Ojeda Ojeda, “a las tres de la madrugada del día Martes 27 de Julio, los ‘distinguidos asaltantes’ dirigidos por el Comandante del Batallón Magallanes (José María Barceló Lira), secundado por el Prefecto (de Carabineros) mayor señor (Aníbal) Parada (Pacheco) (…) llegaron a asaltar el local de la Federación al grito de ‘¡viva Barros Borgoño!’ En el grupo de los asaltantes participaban militares disfrazados con antifaces, el propio Gobernador de Punta Arenas, señor Alfonso Bulnes, disfrazado también, presenciaba desde el frente de la Federación la obra de los ‘jóvenes patriotas’, que disparaban sus revólveres y pistolas contra el edificio. Los federados que habían sido comisionados para defender el local se defendieron”.

Ojeda agregó que “después de dispararse más de dos mil tiros, y habiendo sido muertos casi todos sus defensores, y en la imposibilidad de entrar al local, los asaltantes procedieron con todo sadismo a prenderle fuego. Los obreros que no murieron por efecto de las balas, fueron quemados junto con algunos heridos que cayeron en la calle. Una hora más tarde el local ardía por todos lados. Al ser requerido los bomberos, se encontraron con toda clase de obstáculos para combatir el fuego (…) El agua había sido cortada. El Comandante de los bomberos, al verse en la imposibilidad de atacar el fuego, sacando el revólver gritó: ‘o me dan agua o me pego un tiro’ ”.

Además, Ojeda señaló que “al incendio del local de la Federación Obrera, al empastelamiento (destrucción) e incendio del diario ‘El Trabajo’, a la muerte de los obreros, hay que agregar el incendio de la imprenta ‘El Socialista’, cuyo administrador, Román Cifuentes, después de asaltársele la casa, de resultas de lo cual su esposa a los pocos días tuvo un mal parto, fue sacado desnudo, flagelado para en seguida abandonarlo en la calle (…) Después (…) los instigadores de estos actos vergonzosos, los ejecutores de este feroz crimen colectivo se reunieron en el Club Magallanes y entusiasmados, alegres (…) brindaron abundantemente por el brillante ‘saneamiento de Magallanes’ ” (Boletín de Sesiones de la Cámara de Diputados; 26-7-1937).

Por cierto, la versión oficial fue completamente distinta. Así, en telegrama al Ministro del Interior, el gobernador Bulnes señaló: “Anoche en las primeras horas de la madrugada, se produjo un gran desorden frente al local de la Federación Obrera de Magallanes. El edificio fue incendiado y destruida la maquinaria de la imprenta del diario ‘El Trabajo’. Estando aún en comienzo la investigación que desarrollo sobre estos hechos, nada puedo adelantar sobre la forma en que se produjeron estos acontecimientos, ni de los individuos que tomaron parte en ellos. Se cree con mucho fundamento que algún grupo de manifestantes entusiasta de los que tomaron parte en los comicios patrióticos verificados en estos días haya lanzado gritos pasando frente al local de la Federación, a los que seguramente respondieron de adentro con descargas. Sirven de antecedente a esta creencia las afirmaciones de algunos vecinos y la justa irritación del público en general, contra la Federación, por sus principios antipatrióticos y por las proclamas revolucionarias lanzadas en los últimos días. El orden se mantiene sin alteración hasta ahora” (El Diario Ilustrado; 30-7-1920).

Y en un nuevo telegrama, el mismo día, Bulnes agregaba: “Ampliando las informaciones sobre la destrucción del local de la Federación Obrera, con circunstancias que olvidé consignar o posteriormente establecidas, comunico a US que las descargas fueron hechas desde el interior del edificio y que estallaron explosivos, uno de los cuales resonó en toda la población, lo que comprueba la existencia de gran cantidad de esos elementos en el interior del local social. En la remoción de los escombros aparecieron tres cadáveres carbonizados, a los cuales no se ha podido reconocer. Un guardián fue asesinado al querer entrar a dominar el desorden. Hay escasos heridos. La población y los servicios locales resguardados por la policía se mantienen en perfecto orden” (Ibid.). Reveladoramente, no hubo más versiones oficiales ni investigaciones de alguno de los poderes públicos sobre dichos sucesos.

Como en casi todas las matanzas de la primera mitad del siglo XX, el número de víctimas ha quedado muy indeterminado. Prueba de ello es que 17 años después el diputado Ojeda no dio ninguna cifra. En su momento, el diputado democrático Nolasco Cárdenas Avendaño declaró que “hay antecedentes claros que demuestran que han sido asesinados treinta obreros dentro del local de la Federación” (Boletín de la Cámara; 25-8-1920); a lo que el diputado liberal Jorge Errázuriz Tagle le interrumpió señalando que “habría alguna bomba adentro” (Ibid.), haciéndose eco de la versión oficial. Pero lo notable es que Errázuriz no objetó para nada el número de víctimas dado por Cárdenas, pese a que el Gobierno señalaba que había habido solo cuatro muertos y, entre ellos, un policía.

Además, el senador liberal Gonzalo Bulnes, hacía una semana había dicho que respecto de los sucesos “existen dos versiones: una de ellas es que hubo un disturbio interno entre los federados, y la otra que el pueblo, por una legítima indignación al ver los actos antipatiótricos cometidas por ella, la atacó. Cuando la policía fue advertida del hecho, envió fuerzas a restablecer el orden, la que fue recibida a balazos, de lo cual resultó muerto un guardián, quedando heridos dos o tres individuos de la federación, que también murieron a causa del incendio que se produjo en la casa donde funcionaba” (Boletín de Sesiones del Senado; 18-8-1920).

El historiador Gonzalo Vial, muchos años después, “mezcló” ambas versiones: “Los obreros de Punta Arenas, agrupados en su combativa Federación, no asistieron el 25 al acto patriótico de esa ciudad. Esto calentó cabezas, y el 27, anocheciendo, el hermoso local que poseía orgullosamente la Federación, fue asaltado e incendiado, en medio de una infernal balacera. Quedó reducido a escombros y murieron varios, atacantes y agredidos” (Historia de Chile (1891-1973), Volumen II, Triunfo y decadencia de la oligarquía (1891-1920); Edit. Santillana, 1983; pp. 676-7).

A su vez, el contemporáneo Carlos Vicuña da las mismas cifras de víctimas obreras que el diputado Cárdenas: “El tiroteo de los soldados continuó hasta que el edificio, devorado por las llamas, se desplomó con estrépito. Todos los que quedaban dentro, treinta o más, perecieron, pocos heridos de bala, los más abrasados vivos por la saña innoble” (La tiranía en Chile; Edit. LOM, 2002; p. 80). Respaldando la versión de Vicuña, el historiador Julio Heise señaló también que “más de una treintena de personas murieron quemadas” (Historia de Chile. El Período Parlamentario, 1861-1925, Tomo I; Edit. Andrés Bello, 1974).

Lo que es claro es que luego de la matanza –como era costumbre- arreció una represión generalizada. Así, Vicuña señaló que “todas las manifestaciones públicas fueron prohibidas; las calles de Punta Arenas eran patrulladas y los grupos de transeúntes pacíficos, disueltos como si hubiese estado de sitio”. (Vicuña; p. 80). Proliferaron, también, otras formas de violación de derechos: “Censura de la prensa, delación, fiscalización de las conversaciones en los clubes, clausura de los caminos, etc.” (Ibid.). Incluso, se comenzó a perseguir a diversos líderes y militantes obreros: “Sus casas fueron allanadas, sus mujeres detenidas, y ellos mismos buscados por todas partes como fieras dañinas” (Ibid.).

A tal punto cundió el terror, que Vicuña relata que “un obrero perseguido, para salvarse de la policía vivió ocho días entabicado, esto es, metido entre los forros exteriores de un tabique de madera afirmado sobre pies derechos y diagonales de roble. Sus amigos (…) lo encerraron allí y clavaron de nuevo las tablas por fuera para eludir toda sospecha. Era una caja de tres metros de alto por ochenta centímetros de ancho y treinta de espesor. De noche lo sacaban de esa angustia, a la que había de volver apenas aclaraba. Al fin lograron conseguirle medios para fugarse” (Ibid.; pp. 80-1).

En todo caso, las fugas no eran fáciles dado que Punta Arenas está rodeada de llanuras desoladas y sin bosques. El único lugar de refugio lo constituían algunas casuchas de ovejeros (“puestos”) diseminadas fuera de los caminos. Por lo mismo, eran muy vulnerables a la policía: “La mayoría de los corifeos obreros refugiados en los puestos cayeron así en poder de los carabineros. Según la saña, ya violenta, ya aquietada, de los sayones, hubieron de soportar prisiones, golpes y vejámenes” (Ibid.; p. 81).

También se utilizó el método de “fondear” a los cabecillas: “Les ataban a los pies una pesada piedra de cantería con un alambre de fierro resistente y los arrojaban así al mar desde una chalupa tripulada por media docena de verdugos” (Ibid.; p. 81). Esto se supo por un sobreviviente del método, Ulises Gallardo, que gracias a lo tempestuoso del mar y a que lo dejaron cerca de un faro y en mar poco profundo, no se ahogó y fue salvado por el vigilante que escuchó sus estruendosos llamados de auxilio” (ver Ibid,; p. 81-2).

Como de costumbre, la prensa de la época apoyó plenamente la versión oficial y la represión gubernativa. De partida, el corresponsal de El Diario Ilustrado en Punta Arenas expresó que “se protestó enérgicamente” por la publicación en “periódicos socialistas (…) de artículos antipatrióticos en los que se instaba a la fuerza armada a plegarse al movimiento anarquista (sic)”; y que “la opinión se encuentra indignada por el acuerdo de la Federación Obrera (…) de abstenerse de concurrir al comicio patriótico. Anoche se produjo un choque en el local de la Federación. Se sabe que ha habido 4 muertos, cinco heridos graves y varios contusos. A las 3 de la madrugada de hoy se declaró un incendio en el local de la Federación. El fuego destruyó la totalidad del edificio y la imprenta socialista. La ciudad está tranquila” (29-7-1920). Pese a los evidentes cabos sueltos de la “noticia”, el diario no dio más informaciones y no hizo comentario alguno respecto del tema…

A su vez, El Mercurio -¡pese a que se abanderizó a última hora con Alessandri en la pugna presidencial!- simplemente no informó  de los sucesos y señaló, un mes después, que el informe del Gobernador de Magallanes “ha revelado que existía allí un centro de subversión sumamente peligroso y que bajo la apariencia de asociación obrera se sustentaba una escuela de revuelta y de traición nacional (…) La Federación (Obrera) magallánica no era, como se ha pretendido mostrarla en la Cámara de Diputados, una organización de cultura obrera, sino de revolución y a nosotros nos consta esto, porque nos hemos informado durante años de sus ideas en sus propios órganos de propaganda oficial, cuya literatura hemos denunciado al Gobierno por considerarla perversa y traidora al país (…) Una institución alimentada con tales propósitos no podía, pues, sino adoptar la actitud que adoptó en presencia del movimiento patriótico nacido de la amenaza de una agresión a la República en el norte; de la misma manera que era inevitable el choque con el elemento sano de la población, como desgraciadamente se produjo con las consecuencias que conocemos” (El Mercurio; 27-8-1920).

Incluso, el ferviente diario alessandrista La Nación, hizo causa común con el Gobierno ¡que estaba tratando de desconocerle el triunfo a su candidato!: “Según nuestras informaciones que estarían en todas sus partes de acuerdo con (…) el Gobierno (…) al pasar la manifestación (patriótica) frente al local de la Federación Obrera de Chile, los manifestantes invitaron a las personas que se encontraban en su interior a que se plegaran al desfile, y como éstas se negaran a hacerlo, los primeros lanzaron algunas expresiones duras contra ellas. Exaltados los ánimos, algunos de los desfilantes descargaron sus revólveres, y como aun los federados se negaran a tomar parte en la manifestación, llegaron hasta prender fuego al local de la Federación (…) Mientras ardía el edificio, se dejaron oír violentos estallidos, lo que ha inducido a creer que en el interior de la Federación había elementos explosivos. El incidente no alcanzó a tomar otras proporciones, debido a la rápida intervención de la policía” (La Nación; 29-7-1920).

Pese a los cien años transcurridos esta matanza gubernamental –como muchas otras de nuestra historia- y la represión posterior permanecen aún desconocidas por la generalidad de la población. Y no es raro, porque ella no es recordada en nuestro sistema escolar; y muchos historiadores ni siquiera la registran. Es por ejemplo el caso de la Historia de Chile, de Sergio Villalobos, Osvaldo Silva, Fernando Silva y Patricio Estellé; del Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX, de Mario Góngora; de Chile en el siglo XX, de Mariana Aylwin, Carlos Bascuñán, Sofía Correa, Cristián Gazmuri, Sol Serrano y Matías Tagle; y de Historia del siglo XX chileno, de Sofía Correa, Consuelo Figueroa, Alfredo Jocelyn-Holt, Claudio Rolle y Manuel Vicuña.

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