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Bacurau es la película que hay que ver después de Parasite

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Eileen Jones.*

Jacobin, 29-9-2020

https://jacobinlat.com/2020/

Traducción de Valentín Huarte

Las películas que tratan sobre las desigualdades de clase están causando furor y se están llevando los grandes premios. La última entre ellas es Bacurau, película brasilera que vino a romper con los géneros establecidos y que te mantendrá al borde de la butaca. Definitivamente hay que verla.

Es raro poder decirle a todos tus amigos y amigas socialistas que deben ver una película sensacional hecha para deleitar a las multitudes. Hay que admitir que en la izquierda la gente suele recomendar documentales solemnes o biografías tristes de personas que se destacaron en la historia porque tuvieron consciencia social e hicieron algo al respecto, probablemente pagando un alto precio por ello. Y por supuesto, están también los dramas indie sombríos que tratan sobre la opresión y las películas de Ken Loach. Estas películas, que muchas veces hacen que la gente se sienta mal, suelen quedar varadas en la periferia de los medios internacionales.

Pero ahora también contamos con Bacurau.

Es probable que algo del alboroto mediático que produjo esta sorprendente película brasilera haya llegado a tus oídos. Es una de las películas que más recauda en Kino Marquee, el brazo de streaming de la distribuidora independiente Kino Lorber. Aunque si no escuchaste nada al respecto, eso es todavía mejor. Puede ser útil entrar en Bacurau sin saber mucho de qué se trata, dejando que el encanto que producen las expectativas un tanto desconcertantes manifieste su máxima potencia.

Me gustaría respetar en la medida de lo posible la regla del «no spoiler» al describir la película, aunque en este caso cualquier descripción corre el riesgo de convertirse en un spoiler, dado que la película está plagada de ingeniosos giros narrativos desde el comienzo. Solo diré esto: Bacurau termina con un baño de sangre espectacular que expresa una violencia necesaria y terminarás amando cada gota derramada.

Bacurau es tanto el nombre de la película como el de un ficticio pueblo empobrecido, situado en el interior del nordeste brasilero, en el que se desarrolla la trama. Si conoces algo de historia del cine, las escenas realistas y polvorientas de la vida pueblerina, que ponen en pantalla a un elenco de personajes memorables interpretado en conjunto por actores y actrices profesionales y no profesionales, te recordará seguramente al Cinema Novo.

El Cinema Novo fue un movimiento brasilero de los años sesenta que se propuso examinar las opresiones de raza y de clase, muchas veces en el marco de remotas subculturas regionales, incluyendo frecuentemente elementos fantásticos tomados de las historias folclóricas de esas regiones. En fases posteriores, este movimiento, que pretendía llegar a ser muy popular, adoptó las formas del denominado «Tropicalismo», incluyendo los colores chillones, el mal gusto y la sangrienta temática de canibalizar a los enemigos extranjeros, jugando con las convenciones del cine de clase B y de las pornochanchadas (comedias sexuales de los años setenta).

Pero mientras que el movimiento revolucionario del Cinema Novo rechazó y subvirtió las convenciones de los géneros cinematográficos hollywoodenses, que dominaban la escena brasilera desde hacía mucho tiempo, Bacurau los retoma y los celebra apuntando a conquistar una popularidad de escala internacional. Dada la rara inclusión de convenciones típicas en las películas de terror, acción, ciencia ficción y western, casi no sabemos dónde mirar para buscar el origen de las distintas amenazas que acechan al pueblo.

¿Se trata de la muerte de la anciana matriarca, a la que asistimos al comienzo de la película, y que parece indicarnos una pérdida terrible del poder comunitario que no puede presagiar nada bueno? ¿El poder de la matriarca se basaba en su fuerte liderazgo, en la magia folclórica o en el crimen regional, representado por el gangster local, Pacote (Thomas Aquino), que en su intento de reformarse se hace llamar Acacio? ¿Por qué la gran doctora del pueblo, Domingas (interpretada por la legendaria estrella brasilera Sônia Bragas), denuncia a la matriarca durante su funeral?

Además, ¿qué sucede con esos camiones llenos de ataúdes, desparramados en la ruta luego de un choque que sorprende a Teresa (Bárbara Colen) mientras retorna de la ciudad para el funeral de la matriarca, en un guiño ominoso al pueblo plagado de ataúdes y de cuerpos del histórico western de Sergio Leone, Por un puñado de dólares?

¿Quién disparó al camión que traía agua antes de que llegue a la ciudad justo cuando el pueblo está en crisis luego de que se cortara el suministro principal de agua, probablemente a causa de las acciones del porcino alcalde Tony Jr. (Thardelly Lima), cuyos niveles de corrupción encajarían perfectamente en Chinatown? ¿Qué son esas pastillas que toman los miembros de la comunidad? Y lo que vio un agricultor local mientras montaba su moto, ¿fue realmente un plato volador?

Pero sobre todo, ¿por qué el poblado de repente está desapareciendo de los mapas satelitales y cómo se relaciona esto con un grupo de turistas provenientes de Norteamérica, Europa y Australia que se asentó en el área? Lo que está claro es que la presencia curiosa de un amenazante alemán interpretado por Udo Kier no puede ser algo bueno.

Influencia cinematográfica

El director y escritor de Bacurau, Kleber Mendonça Filho, trabajando por primera vez junto al codirector Juliano Dornelles, ha logrado expresar un gran sentido del lugar, algo que buscó en todas sus películas, ya sea que se trate de un vecindario (Sonidos Vecinos, 2012), de un departamento en la costa (Aquarius, 2016) o de un pueblo en Bacurau.

En esta película el autor se concentra en un lugar que está bajo la amenaza de una combinación de fuerzas que fue la misma que contribuyó a su creación (una geografía atravesada por el colonialismo, la explotación económica, la corrupción política y las divisiones raciales). Mendonça filmó sus primeras dos películas en su ciudad natal de Recife, y Bacurau en la misma región del nordeste brasilero donde se sitúa la ciudad.

La locación es significativa para ambos directores porque sus personajes son figuras proletarias de las ciudades pequeñas y del campo que se ganan la vida vendiendo su fuerza de trabajo a las clases urbanas más acomodadas. En palabras de Dornelles, «el nordeste brasilero es de donde vienen las empleadas domésticas de São Paulo y es de dónde venimos Kleber y yo. Queríamos una aventura en la que pudiéramos ser los héroes».

La aguda crítica política visible en la película ha llevado a mucha gente a creer que Mendonça y Dornelles la pensaron como un ataque directo al presidente de derecha Jair Bolsonaro. Sin embargo, Bacurau fue escrita y filmada antes de que Bolsonaro llegara al poder. Mendonça y Dornelles son ambos izquierdistas declarados –como lo es también la actriz Sônia Braga, que protagonizó tanto Aquarius como Bacurau– y apoyaron fervientemente a la predecesora de Bolsonaro, Dilma Rousseff, removida de su cargo en 2016 en lo que Mendonça define como un «golpe blando», y, antes de ella, al presidente Luiz Inácio Lula da Silva. Durante el estreno de Aquarius en Cannes hicieron una protesta en la alfombra roja con carteles en los que se leía «Paren el golpe en Brasil» y «No hay más democracia en Brasil».

Debe notarse que la hostilidad de la administración de Bolsonaro a la industria del cine brasilero en general ha tomado formas destructivas que, según Mendonça, llegan al límite del «sabotaje».

En julio el presidente acusó a la agencia de cine nacional ANCINE, que es en general la fuente de financiamiento principal de las películas brasileras, de hacer «pornografía», amenazando con privatizarla a menos que aplicara un «filtro de contenido». Sin embargo, detrás de estas declaraciones grandilocuentes, se ha desarrollado una política más silenciosa de recortes presupuestarios, particular hostilidad hacia los proyectos LGTB –se les quitó el presupuesto a cuatro dramas televisivos específicos– y una burocracia asfixiante. Bajo una dirección que dispone de cuatro cargos importantes (de los cuales tres están vacantes), la financiación del cine se encuentra prácticamente estancada. Se estima que cerca de 4000 películas que se encontraban en distintas fases de producción han quedado en el limbo.

Y Mendonça también ha sido atacado directamente. En mayo, luego su triunfo en el Festival de Cannes –Bacurau ganó el importante Premio del Jurado– el gobierno brasilero exigió a Mendonça que devuelva los casi $500 000 que le fueron proveídos para realizar su primera película, Sonidos vecinos, argumentando que se había pasado por mucho del presupuesto.

La industria del cine brasilera está en crisis y hasta el Festival Internacional de Cine de Río de Janeiro perdió el apoyo estatal. El futuro de la industria está en cuestión. «Se han cancelado muchas películas que estaban a punto de ser filmadas», dice Mendonça. «El gobierno hizo esto con regocijo».

Es probable que Mendonça pronto empiece a buscar apoyo financiero en la comunidad cinematográfica internacional. Parece tratarse de una táctica adecuada, si se tiene en cuenta su perspectiva general sobre el cine. En una entrevista reciente, por ejemplo, Mendonça discutió los vínculos entre Bacurau y Parasite, del director coreano Bong Joon Ho.

No se trata solo de las representaciones despiadadas de la guerra de clases que define a estas películas, la cual ciertamente logra eclipsar toda frontera nacional (en palabras de Bong, «vivimos en el mismo país… el capitalismo»). Mendonça se refiere sobre todo a sus influencias cinematográficas comunes. Los dos directores vienen de la misma generación y se formaron viendo el gran cine de género de los años setenta y de principios de los ochenta, hecho por autores como John Carpenter, George Miller, David Cronenberg y Steven Spielberg (antes de que se frustrara).

Tal como dice Mendonça, «cuando vi Parasite tuve la sensación de que Bong hablaba la misma lengua que yo. De hecho, siento que Bacurau y Parasite son primas». Si esto no es suficiente para que veas la película, entonces nada lo será.

* Eileen Jones es crítica de cine en Jacobin Magazine y autora de Filmsuck, USA. También dirige el podcast Filmsuck.

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