JACOBIN
Pese a sus ambiciones autoritarias, la administración Trump comparte pocas de las condiciones que caracterizaron a las dictaduras militares del pasado en América Latina. Pero, más allá de las distancias, los ecos de una retórica contra un «enemigo interno» siguen siendo tan peligrosos como antes.
Imagen: Fotografía tomada en Chile en 1978 del general Augusto Pinochet (izq.) y su par argentino, el general Jorge Rafael Videla.
Entre mediados de la década de 1960 y los años ochenta, las dictaduras militares dominaron América del Sur, encarnadas de manera paradigmática por los países del ABC: Argentina entre 1966 y 1971 y entre 1976 y 1983, Brasil entre 1964 y 1985, y Chile entre 1973 y 1990. Tres historiadores de América Latina se preguntan qué revelan, si es que revelan algo, los regímenes militares de estos tres países sobre el actual viraje autoritario en los Estados Unidos.
Estas intervenciones, presentadas en la reunión anual de la American Historical Association, pueden leerse como una introducción a las diferentes variantes del autoritarismo, entonces y ahora, allá y aquí.
En las comparaciones, se destacan tres aspectos. En primer lugar, la retórica del miedo en torno al combate contra los enemigos internos, común a las dictaduras militares sudamericanas, encontró eco en funcionarios de la administración Trump en los niveles más altos. Sin embargo, las diferencias son aún más notorias: desde la fuente de legitimidad del actual gobierno (las elecciones, en lugar de los golpes militares), hasta su estilo personalista y su capacidad relativamente limitada para ejercer un poder sin restricciones. Por último, los casos sudamericanos recuerdan que la población resistió al autoritarismo en condiciones mucho más peligrosas que cualquiera de las que enfrentó hasta ahora la sociedad estadounidense. Para frenar el avance autoritario, va a ser necesaria una oposición mucho más amplia
1. Argentina
Existen cuatro maneras en las que el autoritarismo MAGA resuena con las dictaduras argentinas de la Guerra Fría y en particular con el régimen atroz instaurado en 1976.
El primer eco es la noción de enemigos internos. Los regímenes argentinos de la Guerra Fría se apoyaron en la Doctrina de la Seguridad Nacional, que justificó la represión contra enemigos internos percibidos como tales. Esta justificación se expresó de manera particularmente infame en 1977, cuando el gobernador militar de la provincia de Buenos Aires declaró: «Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y, finalmente, mataremos a los tímidos». En Argentina, la dictadura identificó un abanico cada vez más amplio de subversivos y enemigos internos. En los Estados Unidos actuales, se observan paralelismos en la idea de un enemigo interno que se expande en círculos concéntricos: inmigrantes, voces que se oponen al genocidio en Gaza y apoyan a los inmigrantes, empleados públicos despedidos por el DOGE, docentes, estudiantes y personas pobres castigadas mediante la suspensión de beneficios alimentarios. Y, por supuesto, el despliegue de tropas en ciudades gobernadas por demócratas ejemplifica la construcción y persecución de enemigos internos por parte de la administración Trump.
El segundo eco aparece en las formas visibles e invisibles de violencia y terror estatal. En Argentina, la violencia solía ser clandestina: las personas desaparecían en plena noche. Pero no siempre. La violencia y el terror también ocurrieron a plena luz del día. Esto último resulta evidente hoy en los Estados Unidos, en los arrestos de estudiantes a la vista de todos, en las redadas laborales en distintos puntos del país y en la red de centros de detención que alojan inmigrantes a la espera de su deportación. A ello se suma el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), con sus agentes encapuchados que actúan como una fuerza paramilitar extrajudicial, comparable a la Alianza Anticomunista Argentina.
El tercer eco, quizá menos espectacular, reside en la disonancia de una vida cotidiana aparentemente normal que continúa su curso en medio del terror. En los últimos años, algunos de los trabajos más relevantes sobre el régimen argentino se concentraron en la vida diaria bajo el autoritarismo. Historiadores como Sebastián Carassai, Marina Franco y David Sheinin analizaron las múltiples formas en que personas comunes vivieron e incluso prosperaron bajo el dominio militar, una forma de complicidad social. Muchos en los Estados Unidos probablemente experimentaron esa misma disonancia: ferias escolares a la sombra de redadas de ICE, entrevistas para los trámites de naturalización en el bajo Manhattan, pared de por medio con la sede neoyorquina de ICE.
Sin embargo, conviene ser cautelosos a la hora de trazar equivalencias. América del Sur muestra con claridad cómo los países pueden deslizarse hacia el autoritarismo, pero Donald Trump regresó al poder a través de un proceso electoral y no mediante un golpe militar, aunque el intento de golpe del 6 de enero de 2021 se acerque más a lo segundo que a lo primero. Las instituciones estadounidenses, aunque exhibieron su fragilidad, no fueron suspendidas formalmente como ocurrió en Argentina.
Un último eco, potencialmente más esperanzador, surge al pensar en la resistencia. Durante el último año abundaron los textos que señalan que América Latina ofrece ejemplos de cómo enfrentar el autoritarismo. En el caso argentino, es importante recordar que la resistencia al régimen no fue inmediata ni contó, en sus inicios, con el respaldo mayoritario de la sociedad. Muchas personas conocen a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, con sus pañuelos blancos, reclamando información sobre el paradero de sus seres queridos. Sin embargo, ese movimiento, fundado en 1977, atravesó años de relativo aislamiento. Recién en 1981, cinco años después del golpe militar, cuando los crímenes del régimen ya eran conocidos y condenados a nivel internacional y la economía se encontraba en caída libre, el movimiento de derechos humanos comenzó a obtener una aceptación más amplia, y aun así el proceso fue lento.
Decir esto no implica caer en la parálisis del pesimismo, que también es una herramienta del autoritarismo. Hoy se observan actos de resistencia grandes y pequeños: personas comunes que frenan operativos de ICE y protegen a sus vecinos, el mensaje especial del Consejo de Obispos Católicos de los Estados Unidos condenando la persecución de inmigrantes, las marchas y manifestaciones masivas en todo el país, e incluso la reunión de la American Historical Association en la que sus miembros votaron de forma abrumadora para condenar los ataques contra principios fundamentales de la educación y expresar solidaridad con Gaza, pese al veto del Consejo Ejecutivo a esas resoluciones y a la vulneración de la expresión democrática de sus miembros.
No está claro cómo se vería una resistencia exitosa ni de qué manera podría desarrollarse en los Estados Unidos, pero la indignación y la movilización generalizadas que siguieron a los recientes asesinatos cometidos por ICE en Minneapolis quizá ofrezcan un anticipo de un consenso en expansión: lo que está ocurriendo no puede ser tolerado.
— Jennifer Adair
2. Brasil
La comparación entre el autoritarismo trumpiano y el régimen militar brasileño es la que presenta más contrastes. El más básico reside en el grado de personalismo. La administración Trump es profundamente personalista, mientras que los gobiernos militares brasileños fueron institucionales. El trumpismo es, como su nombre lo indica, un espectáculo de un solo hombre, dependiente del atractivo personal de Trump, de sus caprichos, obsesiones y vanidad. Los generales brasileños, en cambio, fueron antipersonalistas por definición y por política.
Y, sin embargo, hay algo paradójico en este personalismo trumpiano. El personalismo, como atributo político, suele asociarse con la popularidad, pero Trump registra algunos de los niveles de aprobación más bajos de la historia. Desde ese punto de vista, podría decirse que fue probablemente menos popular que cualquiera de los generales presidentes de Brasil, salvo quizá el último, un aficionado a la equitación que se hizo célebre por afirmar que prefería el olor de los caballos al de la gente.
Pero mientras el autoritarismo trumpiano es profundamente impopular, resulta movilizador para una minoría dura de seguidores, mientras que la dictadura militar brasileña fue desmovilizadora. Incluso en su apogeo, la propaganda oficial en Brasil buscó fomentar la quietud, la pasividad, la aceptación y, en su versión más ambiciosa, el entusiasmo, pero nunca una participación activa y organizada por fuera de las fuerzas de seguridad. Trump, en cambio, movilizó a sus seguidores más fieles contra instituciones y personas identificadas como enemigas, de manera emblemática el 6 de enero de 2021, pero también durante su segundo mandato. Es sabido, por ejemplo, que algunos legisladores republicanos evitaron marcar cualquier distancia con la administración no solo por temor a enfrentar internas partidarias, sino también por miedo a represalias físicas contra ellos o sus familias. En este punto, el paralelo se acerca más a la Italia de la década de 1920 que al Brasil de los generales.
Volviendo a Brasil: a comienzos de los años setenta, en el punto más alto del régimen militar, muchos factores apuntalaron su posición. Fue el período del llamado milagro económico, cuando el crecimiento del PBI superó el 10 por ciento anual y la expansión industrial duplicó esa cifra. Es cierto que los beneficios de ese crecimiento se concentraron abrumadoramente en el 10 por ciento más rico de los hogares, pero para quienes vivían en las ciudades del núcleo sudeste del país, y también para quienes las visitaban, el progreso resultaba visible. En el interior era otra historia, pero ese era justamente el punto: el proyecto nacional de los generales brasileños prolongó una preferencia política de décadas a favor del sudeste urbano.
La expresión «proyecto nacional» introduce otro contraste entre el autoritarismo militar y el trumpismo. En pocas palabras, los generales brasileños tuvieron un proyecto nacional; la administración Trump no. El proyecto brasileño se centró en la industrialización, pero también abarcó una modernización más amplia, que incluyó el desarrollo de infraestructuras de transporte y comunicaciones de alcance nacional, la expansión educativa y ciertas políticas de bienestar social. A partir de 1973, incorporó además la diversificación de las fuentes de energía del país. Después de 1974, sumó un fortalecimiento del sector público. Ese sector fue sacrificado en los neoliberales años noventa, pero elementos del proyecto nacional aún perduran en la infraestructura de transporte, los automóviles con combustible flexible y la represa de Itaipú. Los generales no llevaron a Brasil al Primer Mundo, como algunos soñaron, pero sí impulsaron un proyecto orientado al futuro que produjo resultados todavía útiles.
El autoritarismo trumpiano, en contraste, carece de proyecto nacional. Es cierto que todo el mundo vio las gorras rojas, pero casi diez años después aún no sabemos cuándo Estados Unidos fue grande, ni mucho menos contamos con un mapa de políticas que indique cómo volver a serlo. Y aun si existiera, el carácter retrospectivo del lema contrasta con el sentido de futuro que ofrecía el régimen militar brasileño. En lugar de un proyecto nacional, el autoritarismo trumpiano parece tener como únicos objetivos el beneficio económico y psicológico de quienes lo encarnan.
Si se observan ambos regímenes desde otro ángulo, resulta evidente que el autoritarismo trumpiano es mucho menos completo. Brasil y Estados Unidos son repúblicas federales, pero el federalismo brasileño estuvo mucho más restringido bajo el gobierno militar de lo que lo estuvo el federalismo estadounidense. El poder de los estados y de las jurisdicciones locales sigue vigente en Estados Unidos en una medida impensable en el Brasil de los generales. Basta con un ejemplo contundente: en noviembre, un socialista democrático fue elegido alcalde de la ciudad más poblada del país; semanas después, asumió el cargo sin incidentes. ¿Es imaginable una situación semejante en el Brasil gobernado por militares? En realidad, no hace falta imaginarla. En noviembre de 1968, un socialista democrático fue elegido alcalde de Santos, el principal puerto del país. Sin embargo, antes de asumir, Esmeraldo Tarquínio fue víctima de la cassação: el gobierno militar suspendió sus derechos políticos para impedirle asumir el cargo.
De los contrastes, pasemos a una cita:
Se está comportando como un emperador desde la asunción. Está despidiendo a personas altamente calificadas de cargos importantes y reemplazándolas por quienes contribuyeron de manera significativa a su campaña, algunos de los cuales tienen intereses directos en los asuntos que deberían regular. El Congreso, que debería hacer algo para contrarrestar los intentos de concentrar todo el poder en la presidencia, habla mucho, pero no hace nada. Es vergonzoso, y uno se pregunta qué clase de país quedará al final de este mandato. Se están cancelando todas las medidas de bienestar social, mientras se otorga un apoyo adicional a las empresas y a las clases acomodadas. Una de las peores acciones es el aumento de los esfuerzos por silenciar a la oposición a través de los diarios, la televisión, la radio, etcétera.
Estas palabras pertenecen a una carta de la antropóloga Betty Meggers. No datan de 2025 ni de 2026, sino de 1974, y se refieren a Richard Nixon, un recordatorio de que no es necesario mirar tan lejos, hacia América del Sur, para encontrar antecedentes del autoritarismo trumpiano. Sin embargo, Meggers, que trabajó en Brasil desde la década de 1950 durante el período de la dictadura militar y después de ella, habilitó explícitamente esa comparación al agregar: «Nos estamos pareciendo a Brasil cada día más». Más allá de los contrastes, tal vez así sea.
— James Woodard
3. Chile
La dictadura militar que derrocó al gobierno de la Unidad Popular el 11 de septiembre de 1973 se encontraba en el apogeo de su poder cuando llegué a Chile en noviembre de 1976. Los comandantes habían abolido el Parlamento, los partidos políticos, el Estado de derecho y los derechos humanos y civiles. Chile estaba bajo toque de queda, de modo que al caer la noche las calles se vaciaban y los comercios cerraban.
Las personas que conocí sentían miedo, tristeza y confusión, pero también enojo, coraje y determinación, emociones que hoy experimentan quienes se oponen a la administración Trump en los Estados Unidos.
Las protestas callejeras estaban prohibidas, por lo que el 1º de mayo la oposición organizó una misa especial por San José Obrero en la catedral del centro, uno de los pocos espacios seguros de Santiago. Las homilías y sermones estuvieron a cargo de un joven cuyo padre había sido desaparecido, una madre cuya hija había sido desaparecida, un adolescente que trabajaba en un comedor comunitario y un hombre que había reunido sus ahorros con los de otros trabajadores despedidos para producir algo que pudieran vender y así obtener un ingreso mínimo para sostenerse a sí mismos y a sus familias. Al finalizar la ceremonia, algunas personas gritaron: «¡Abajo la Junta, libertad a los presos políticos!», mientras otras advertían que se callaran, que la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional, la policía secreta) estaba presente. La policía rodeó el área exterior de la catedral con perros ovejeros alemanes que parecían listos para atacar. La multitud se dispersó rápidamente. La policía detuvo a algunas personas, pero la mayoría logró volver a sus casas.
A pesar del terror y de la represión brutal, la izquierda chilena continuó organizándose, manteniendo la esperanza y luchando. Quienes integraban la oposición sabían que arriesgaban la vida, pero persistieron porque creían que podían terminar con la dictadura y construir un Chile socialista.
Las diferencias con los Estados Unidos son, obviamente, enormes. La conferencia de la American Historical Association no estaría teniendo lugar y no estaríamos presentando estas intervenciones si se tratara de una dictadura militar. Las expresiones públicas de resistencia, como las protestas callejeras y los actos bajo techo, enfrentarían una represión masiva. Aunque el nivel de represión aumentó en este país, la mayoría de nosotros no asiste a las manifestaciones pensando que tal vez no regrese. Aunque, después de los recientes asesinatos cometidos por ICE en Minneapolis, eso resulta cada vez menos seguro.
Las diferencias entre la izquierda chilena y la estadounidense son numerosas. Pocas organizaciones o partidos en los Estados Unidos cuentan con el grado de organización, memoria histórica, experiencia de represión y compromiso político y moral para resistir que tuvo la izquierda chilena (esto no implica que toda la izquierda chilena haya actuado de manera heroica). Al mismo tiempo, la respuesta de decenas de miles de personas en los Estados Unidos que salieron a apoyar al pueblo palestino y a los inmigrantes, que desafiaron a ICE y fueron detenidas y brutalizadas, resulta impresionante e inspiradora. Necesitamos sostener y profundizar nuestro compromiso con la justicia.
Otra diferencia fundamental, por supuesto, es que las Fuerzas Armadas chilenas derrocaron al gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende. Hasta ahora, sectores clave del ejército estadounidense no se alinearon con los intentos de Trump de violar la Constitución. Por eso Trump convirtió a ICE en su propia milicia privada y removió a los altos mandos militares que se opusieron a él.
Un paralelismo entre las Fuerzas Armadas chilenas de las décadas de 1970 y 1980 y ICE en los Estados Unidos actuales es que ambas consideran y tratan a sectores de su propia población como un enemigo interno. En 1964, el Army War College de los Estados Unidos, en Carlisle, Pensilvania, instruyó a los ejércitos latinoamericanos en la necesidad de derrotar al «enemigo interno», aquel que el general Augusto Pinochet describió como «intrínsecamente perverso», por ser quien representaba la mayor amenaza para la nación. Esta doctrina revirtió el principio según el cual las Fuerzas Armadas debían proteger al país frente a enemigos externos, y las orientó a perseguir a los llamados subversivos. Los agentes de ICE no recibieron esa misma formación doctrinaria, pero resulta evidente que consideran blanco legítimo a cualquiera que se les oponga. Los agentes de ICE, al igual que el ejército chileno y la DINA, operaron con impunidad, convencidos de que nunca enfrentarían a la justicia, y mucho menos un castigo, por sus actos atroces de brutalidad. Esa creencia resultó falsa en Chile, y debemos asegurarnos de que también lo sea en los Estados Unidos.
En 2026 y en los años siguientes, necesitamos intensificar la resistencia, construir redes de oposición con base comunitaria y articulación nacional, brindar apoyo y solidaridad a quienes están bajo ataque y creer que, así como el pueblo chileno logró deshacerse de la dictadura de Pinochet, también derrotaremos al movimiento MAGA.
— Margaret Power











