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A la conquista de lo imposible con Fidel

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Imagen: Más allá de la mística revolucionaria, la contribución de Fidel Castro al pensamiento marxista dejó una impronta imborrable. A 100 años de su nacimiento, un análisis sobre el antidogmatismo, el poder popular y la fuerza del ejemplo.

JACOBIN

Ante todo, Fidel supo transformar las derrotas en acumulación de fuerzas y la ética en la principal bandera del socialismo. Su praxis revolucionaria continúa interpelando las luchas del presente.

En abril de 1961, poco más de un año después de que Cuba se emancipara del imperio estadounidense y de su propia burguesía profundamente corrupta, Estados Unidos decidió contraatacar para intentar derrocar lo que denominaba el «régimen comunista de Fidel Castro». Sin embargo, el entonces director de la CIA, Allen Welsh Dulles, calculó mal: a pesar de su abrumadora superioridad militar, la invasión de Playa Girón fracasó y provocó el efecto contrario. Estados Unidos sufrió una derrota estratégica y la Revolución cubana proclamó su carácter socialista.

Lo que permitió al pueblo cubano salir victorioso de aquella batalla fue, como explicaría años más tarde Ernesto Che Guevara, la «correlación de fuerzas morales»: la convicción de estar «del lado correcto de la historia», sumada a la determinación y la unidad para seguir a una dirección capaz de responder a las agresiones del enemigo y reimpulsar el proyecto revolucionario. No obstante, la invasión dejó un saldo cruento de cientos de cubanos muertos y miles de heridos por el fuego enemigo.

Uno de los combatientes asesinados fue Eduardo García Delgado. Con apenas 25 años, era hijo de una familia de pescadores de Cienfuegos. Sumado a la revolución desde sus comienzos, además de empuñar el fusil contra los opresores de su pueblo, se desempeñaba como alfabetizador de los sectores más humildes. Durante los combates del 15 de abril de 1961, fue alcanzado por la metralla de la aviación enemiga mientras se parapetaba tras un muro. Gravemente herido, cayó al suelo mientras su vida se apagaba. Tendido en la tierra, su último gesto antes de morir encerró una fuerza simbólica inigualable: con su propia sangre y el índice de la mano derecha, escribió en la pared la palabra Fidel. Aquellas cinco letras no constituían un ruego de piedad ante la muerte inminente, sino que, como escribió Nicolás Guillén al día siguiente, «esa sangre es el símbolo de la Patria que vive».

Más allá de la mística de la Revolución cubana, la trayectoria de Fidel nos sigue interpelando con fuerza. Como señala certeramente el intelectual y militante marxista argentino Néstor Kohan, aunque Fidel —a diferencia del Che— escribió con menor frecuencia de manera sistematizada, en sus innumerables discursos al pueblo cubano y latinoamericano habita una contribución inmensa y fundamental al marxismo: no la mera aplicación del marxismo en América Latina, sino una renovación del marxismo desde América Latina.

En esta breve contribución, escrita en el marco del centenario del nacimiento de Fidel Castro el 13 de agosto de 1926, nos detenemos en cinco elementos de su pensamiento que han signado nuestros debates teóricos y nuestra práctica cotidiana. Fidel jamás concibió la política como una disciplina «de gabinete», sino en confrontación permanente con el contexto histórico (el célebre «análisis concreto de la situación concreta»), con las fuerzas políticas y sociales en disputa, con la correlación de fuerzas entre ellas y con el posicionamiento de Cuba en el sistema internacional, que tras el triunfo de 1959 mutó radicalmente de «casino del imperio» a «capital de la revolución del Tercer Mundo».

1. La importancia de la acción

Llevando el planteo al límite, el proceso revolucionario iniciado con el asalto al Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 no solo se dirigía contra el imperialismo yanqui y la burguesía local, sino también contra el inmovilismo del Partido Socialista Popular (PSP, denominación adoptada por el Partido Comunista en 1944) y de la casi totalidad de los partidos comunistas del continente. Este inmovilismo derivaba de haber asumido la doctrina moscovita de la «coexistencia pacífica» y la «división de esferas de influencia» entre el campo capitalista y el campo socialista.

A Fidel se lo acusó de «aventurerismo» y de estar desconectado de las masas, pero demostró exactamente lo contrario. Entre el golpe de Estado del general Fulgencio Batista, el 10 de marzo de 1952, y el 26 de julio de 1953 transcurrió un año de intensa maduración política: Fidel comprendía que la lucha armada, sin un proyecto político abarcador que articulara a la juventud universitaria, al campesinado desposeído y a la clase obrera, jamás triunfaría.

Ya en su alegato de autodefensa de 1953, La historia me absolverá, dimensionó la necesidad de la unidad del pueblo cubano, de la cual excluía a la burguesía nacional por considerarla un mero títere de Washington. Por el contrario, los partidos nacionalistas de izquierda —asumiendo la teoría del etapismo promovida por la Tercera Internacional[1]— continuaban considerando a esa burguesía objetivamente necesaria para el desarrollo de las fuerzas productivas en la transición al socialismo (entendida como una etapa posterior a la liberación nacional). Surgió así, desde los albores de la revolución, un antidogmatismo de raíz martiana y leninista.

2. La importancia del aprendizaje

Aquellos años estuvieron atravesados por una profunda maduración política y por «golpes de audacia» de Fidel que hicieron avanzar el proceso, pero también por errores prácticos que amenazaron con poner en riesgo todo el proyecto. El propio asalto al Cuartel Moncada fracasó debido a deficiencias en la preparación militar y a fallos logísticos asumidos por el propio Fidel Castro. Esto derivó en el encarcelamiento de la dirección rebelde y en la ejecución de numerosos combatientes, lo que asestó un duro golpe al movimiento.

Sin embargo, la derrota fue solo «por ahora» (como formularía en Venezuela un profundamente inspirado Hugo Chávez el 4 de febrero de 1992 tras su fallida rebelión militar, la cual preparó el terreno político para su victoria electoral en 1998). Los revolucionarios supieron extraer lecciones de los errores cometidos y diagnosticar las debilidades del adversario (la superioridad del régimen batistiano era estrictamente militar, no social ni moral). El elemento central es que la derrota no equivalía al fracaso del proyecto político. Mientras que el fracaso genera un retroceso político y moral casi irreversible, provoca pérdidas en el tejido social y corre el riesgo de paralizar la acción, tras la derrota se incuba la posibilidad de acumular fuerzas para volver a intentar el asalto.

Eso fue precisamente lo que hizo Fidel al salir de la cárcel el 15 de mayo de 1955: reagrupar a las tropas, prepararse en el exilio mexicano —donde conoció al Che— para una nueva ofensiva revolucionaria y, sobre todo, infundir confianza en un pueblo cuyas condiciones de vida clamaban por ser transformadas (como ya sostenía el «j’accuse» de La historia me absolverá). En suma, Fidel encarnaba una actitud antifatalista: en política no existían escollos insuperables. Como señaló el Che, Fidel poseía «una confianza ilimitada en el futuro».

3. La importancia del ejemplo

En el período comprendido entre 1956 y la entrada triunfal en La Habana el 8 de enero de 1959, la fuerza del ejemplo dio el impulso decisivo a la Revolución. El desembarco del Granma en Playa Las Coloradas, el 2 de diciembre de 1956, tropezó de entrada con serios imprevistos: las inclemencias del tiempo retrasaron la travesía del yate desde México, y la interrupción de las comunicaciones con la clandestinidad urbana provocó que el alzamiento en las ciudades se desatara antes de la llegada de la expedición marítima.

El ejército de Batista recibió a los 82 expedicionarios a ráfagas de ametralladora, y solo un puñado logró sobrevivir a la emboscada. Aun en esa circunstancia, la voluntad de Fidel infundió el aliento necesario para replegarse a la Sierra Maestra y reorganizar la ofensiva. Al preguntarle a su hermano Raúl cuántos fusiles conservaba y escuchar como respuesta «cinco», replicó: «¡Y yo siete, ahora sí ganamos la guerra!». Tras esa anécdota subyace una profunda definición política: la responsabilidad histórica ante el pueblo cubano debe asumirse y, aun en inferioridad numérica, es posible alcanzar grandes objetivos.

La gesta en la Sierra Maestra se caracterizó por dos rasgos principales. El primero fue la subordinación de la táctica militar a la estrategia política, comprendiendo que una guerra de guerrillas se gana en el terreno político y nunca de forma puramente militar. Se trataba de afianzar una superioridad moral sobre el enemigo que se traducía en la alianza articulada entre la vanguardia revolucionaria y el campesinado, y que tuvo su expresión más alta en la alfabetización impulsada en plena contienda. De este modo, la Revolución no fue solo «fusiles», sino también «maestros» y «médicos» desde sus inicios.

El segundo fue la comprensión temprana por parte de Fidel de que la revolución debía «contarse» y que la comunicación resultaba estratégica para disputar la opinión pública. Así, desde la Sierra Maestra puso en marcha Radio Rebelde y el periódico Patria, destinados a explicar paso a paso los acontecimientos del frente. Incluso en el fuego de la guerra, Fidel mantuvo una práctica profundamente pedagógica con las masas.

Fidel proyectó la fuerza del ejemplo a escala internacional desde un principio. La Conferencia Tricontinental de enero de 1966 y la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS) en agosto de 1967 consolidaron la solidaridad internacionalista como columna vertebral de la Revolución. Esto se tradujo en el respaldo militar a las luchas anticoloniales en Asia, América Latina y África, así como en el despliegue de brigadas médicas «a todos los rincones del mundo». Si bien este internacionalismo no se guiaba por pragmatismos geopolíticos ni comerciales, Fidel comprendía que la supervivencia del proceso cubano estaba ligada al debilitamiento del imperialismo y al triunfo de las revoluciones en el resto del mundo.

4. La importancia de la creatividad

El arraigo del proceso cubano en la tradición emancipadora latinoamericana de los siglos XIX y XX resulta fundamental. Fidel meditó de manera constante sobre la necesidad de un «camino cubano al socialismo»: este no podía ser «ni calco ni copia, sino creación heroica» (recogiendo el planteo de José Carlos Mariátegui), sabiendo que, como advertía Simón Rodríguez, en América Latina «o inventamos o erramos». No se trataba de una disquisición académica, sino de una exigencia práctica vinculada a la propia supervivencia del proceso. Esta creatividad se puso a prueba en coyunturas decisivas.

Tras la declaración del carácter socialista de la Revolución en 1961, se planteó el desafío de transformar una economía primario-dependiente en una economía socialista. En aquellos años, en los países del bloque soviético predominaba un marxismo dogmático de corte economicista y etapista (basado en la pervivencia del mercado, el intercambio regido por la ley de la oferta y la demanda, los estímulos materiales, etc.).

Fue principalmente el Che, desde su gestión al frente del Ministerio de Industrias, quien objetó la importación acrítica del modelo soviético. Sostenía que Cuba —un país agrario— podía acelerar su desarrollo industrial mediante la planificación centralizada y el fomento de los estímulos morales en la construcción del «hombre nuevo». Años más tarde, en 1970, la movilización popular orientada a alcanzar la meta de los diez millones de toneladas de azúcar quedó a las puertas de lograrse y desarticuló diversos sectores de la economía nacional. El interrogante, abierta hasta el día de hoy, estriba en si la voluntad política en la transición al socialismo puede doblegar la ley del valor.

La audacia creativa de la Revolución cobró un impulso renovado a partir de 1986. Mientras en la URSS avanzaba la perestroika y Cuba enfrentaba un paulatino aislamiento político y económico, el 8 de octubre de 1987 —en el vigésimo aniversario de la caída del Che— Fidel impulsó el Proceso de rectificación de errores y tendencias negativas. Retomó allí las críticas del Che al mercantilismo y a la burocratización soviéticas, haciendo un llamado a recuperar la ética y la conciencia en la construcción económica. Frente a las tesis del «fin de la historia», Fidel pasó a la ofensiva: frente al derrotismo burocrático, solo la voluntad colectiva podía salvar la Revolución.

5. La importancia del pueblo

Desde La historia me absolverá hasta sus últimas intervenciones públicas, la preocupación central de Fidel radicó en el pueblo. En su célebre discurso Palabras a los intelectuales, del 30 de junio de 1961, subrayó que la nueva cultura cubana no debía caer en el elitismo aristocrático ni en el populismo vulgar, sino que la libertad cultural y la revolución social debían avanzar a la par.

Para Fidel, el horizonte de la revolución implicaba superar la lógica de los «genios individuales»; estaba convencido de que la elevación cultural y el desarrollo integral de la clase trabajadora debían acortar progresivamente la brecha entre dirigidos y dirigentes. Así, la articulación del poder popular constituyó una prioridad permanente, incluso en las coyunturas más complejas (¿o acaso el tiempo de la revolución no es siempre un momento complejo?).

En el núcleo del socialismo cubano se hallan, por lo tanto, categorías como la ética, la voluntad, la subjetividad, la historia y la praxis. Se trata de un marxismo de matriz cultural que —en abierta ruptura con el estatismo y la burocratización experimentados tras la muerte de Lenin— busca la formación del «hombre nuevo» desde la premisa de la autodeterminación. Así, junto al rol asignado a la cultura (cabe recordar que entre las primeras instituciones creadas en 1959 figuraron el ICAIC y la Casa de las Américas), las estructuras del poder popular constituyen un pilar insustituible. El ejemplo más representativo son los Comités de Defensa de la Revolución (CDR): fundados en septiembre de 1960 para la salvaguarda frente a la agresión imperialista, se convirtieron vertiginosamente en la organización de masas por excelencia para desplegar el trabajo revolucionario «barrio por barrio».

A 65 años de la heroica batalla de Playa Girón y tras la muerte del líder indiscutido de la gesta cubana el 25 de noviembre de 2016, ese Fidel escrito por Eduardo García Delgado con su propia sangre se ha transformado en un clamor colectivo. «¡Yo soy Fidel!» encarna un juramento compartido por millones de personas dentro y fuera de la isla que, hoy, a cien años de su nacimiento y frente al encarnizado estrangulamiento que sufre Cuba a manos del imperio (¡la bestia moribunda exhibe su mayor ferocidad!), cobra renovada vigencia.

Notas

[*] El artículo anterior fue publicado originalmente en italiano por Progetto Meti.

[1] Por «etapismo» se entiende la teoría de la «revolución por etapas», estrategia política según la cual los países dependientes o coloniales debían constituir una alianza entre las clases explotadas y la burguesía nacional «progresista» para llevar a cabo, en un primer momento, una revolución democrático-burguesa, posponiendo la revolución socialista para un horizonte indeterminado. Bajo la conducción de Stalin en la década de 1930, el etapismo se erigió en la línea oficial impuesta por la Comintern a los partidos comunistas. En América Latina, esto derivó en intensos debates y rupturas entre las estructuras comunistas tradicionales y las organizaciones que impulsaron la vía armada.

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