Por Gustavo Espinoza M. Perú
Suele decirse -y es verdad- que en política no hay situaciones sin salida. Siempre hay una salida. Lo que ocurre es que no siempre la salida es la esperada y tampoco es la mejor. Al contrario, casi siempre resulta inesperada y suele ser peor. Lo que sucede es que las fuerzas en pugna se valen muchas veces de herramientas obscenas para imponerse en una circunstancia y al lograrlo, ponen a luz muchas de sus propias debilidades. En otras palabras, muestran todas sus impudicias.
Esto queda más en evidencia cuando las fuerzas en pugna son afines, separadas de modo coyuntural por ambiciones, egoísmo, pequeñas mezquindades o simple angurria. Incurren entonces en falacias, truhanerías de poca monta y pujas ridículas muchas de las cuales colocan a trasluz el frágil sustento de las ataduras que los ligan y muestran la fealdad de los roles que aparentan.
Dos hechos, quizá independientes el uno del otro, o tal vez unidos por algún hilo invisible; han mostrado la crisis del régimen de Keiko Fujimori al cumplirse un mes de su “gestión gubernativa”: el atentado de Trujillo que segó la vida de cuatro personas, y el accionar de una mafia de alfiles encargada de penetrar y distorsionar los procesos electorales de diversos países de América del sur para colocarlos bajo la esfera de la Casa Blanca monitoreada por Donald Trump.
Los sucesos ocurridos en la capital de La Libertad pusieron en negro sobre blanco las debilidades de un régimen absolutamente precario e improvisado: un ministro del Interior que por “razones personales” no pueden estar donde debía estar para cumplir con su deber; un ministro de Defensa que no sabe lo que dice ni tiene idea de lo que hace; un grupo de gentes que nadie sabe si son delincuentes disfrazados de policías o policías disfrazados de delincuente -para los efectos da lo mismo-; armamento de guerra y uniformes oficiales que nadie dice de dónde salieron ni cómo llegaron a ese destino; y un cúmulo de versiones descabelladas que se contradicen entre sí y que nadie sabe cómo aclarar; y una Mandataria que calla varios días para terminar diciendo nada, como es su estilo.
De todos modos, lo que queda claro del tema es que hubo un secuestrado que no fue “liberado” por la policía como lo sugirió el gobierno, sino puesto en libertad por sus captores como lo reconoció la familia, a cambio de “acuerdos” no revelados; y cuatro muertos, asesinados por un tirador experto. Después, un grupo de capturados que habrían incluso firmado autoinculpaciones pero que evidentemente no tenían nada que ver con los hechos, y un conjunto de fotos del Grupo Operativo y de Unidades Móviles que participaron directa o indirectamente en los hechos luciendo placas oficiales. Todo permitió que muchos volvieran los ojos a las últimas décadas del siglo pasado cuando el terror se enseñoreó en el país.
No es la primera vez que la policía presenta a “culpables” de delito que no cometieron. Recordemos que cuando mataron a Pedro Huilca también presentaron hasta cinco grupos de “los verdaderos asesinos” del dirigente obrero para ocultar a los verdaderos responsables. Y en esa circunstancia se habló también de “la confesión” de los acusados, quienes -luego de un “interrogatorio científico”– terminaron admitiendo su participación en el hecho.
Por casos como esos la justicia ordinaria terminó señalando que no era válida una “confesión” extraída en las ergástulas policiacas de la avenida España y hasta dio al traste con la vieja tesis de considerar “la confesión del reo”, como “la reina de las pruebas”.
De todo este desordenado cambalache de acusaciones y “pruebas” insustentables; lo único que quedó en evidencia es que el gobierno mintió de comienzo a fin y que el jefe de la policía, el general Arriola está comprometido en acciones de las que habrá de dar cuenta quiérase o no.
El otro gran tema tiene que ver con la captura de un asesino en potencia, el argentino Fernando Cerimedo, asesor ejecutivo del presidente boliviano Rodrigo Paz, alfil del gaucho Milei y del chileno Katz y hombre de confianza de Donald Trump. Es decir, un operador del Imperio en esta región del mundo con todos los recursos imaginables y condecorado en febrero pasado en Mar a Lago -Florida- con la asistencia de Keiko Fujimori.
Ahora está casi probado que a esta troupe de espías pertenece Cerimedo, pero también Javier Negri, Carlos Diaz-Rosillo y Damián Valenzuela, todos pájaros de alto vuelo, usuarios del Hotel Marriot -la cadena hotelera vinculada a la CIA- y sustentadores de una red de “Bols” que trabajó para la elección de Bolsonaro, pero también de Milei, Kast, y otros. Todos unidos por un mismo pabilo.
Para completar el escenario, cabe referirse al papel que cumple el funcionario de la embajada de los Estados Unidos revestido ahora como ministro de Relaciones Exteriores para escarnio de la Cancillería, esa de Raúl Porras y Carlos Alzamora. El señor Espá anunció la “ruptura de relaciones diplomáticas” con Irán y luego atacó a la administración de Managua “en nombre de la democracia”.
Es probable que en Teherán se pregunten quién es este Espá, de dónde viene y cómo ha salido. Pero no es previsible que nos envíen un Misil Nuclear para acabar con él. Los nicaragüenses por su parte, le han recordado que no merece siquiera una respuesta. Y es que el Perú, después de 36 años de influencia fujimorista, está con su prestigio por los suelos.
Todos estos elementos -y algunos más- configuran la crisis que vive el país y que tiene ya repercusiones en a economía. La inflación aumenta, se disparan los precios, decae el crédito externo y se incrementa la desconfianza de los inversores. ¿Será para eso que postuló Keiko? ¿Pretenderá así “gobernar” cinco años?
Pretender salir de este callejón podría llevarla a alentar un peligroso “ruido de sables”. Cuidado, entonces











