Inicio Nacional Tragedia y farsa: el Brumario de Quiroz. Por Cristóbal Rodríguez

Tragedia y farsa: el Brumario de Quiroz. Por Cristóbal Rodríguez

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Le Monde Diplomatique, edición chilena

Una de las imágenes que más llamó la atención el pasado 15 de julio -una vez finalizada la votación en el Senado- fue la del ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, celebrando alegremente la aprobación de la Mega Reforma Tributaria de la que fue el principal artífice y que contó, sin excepción, con el apoyo de todos los partidos del oficialismo, e incluso, en la última sesión de la cámara baja, con el del Partido de la Gente (PDG).

La famosa frase de Karl Marx, según la cual “la historia sucede dos veces, la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa», puede ilustrar de manera muy clara la política económica y el perfil de un ministro que pasó en muy poco tiempo de ser “el hombre de las colusiones a cargo del despegue de José Antonio Kast” a ganarse el apodo de “Zar de la economía” tras la aprobación del proyecto de “Reconstrucción Nacional”.

Así como en el Brumario de Marx las clases económicas dominantes no pueden eludir las acciones del pasado para comprender sus fracasos y farsas, tampoco lo podrá hacer el gobierno de J.A. Kast y todo el oficialismo al permitir que un personaje mediocre y oportunista haya asumido las riendas económicas del país cuando las consecuencias de esta reforma tributaria queden al descubierto.

La receta que nos propone Quiroz dista mucho de ser novedosa o exitosa, ya que es un refrito de los 80´s que combina un conservadurismo valórico y una desregulación económica que generó sociedades más desiguales y endeudadas, y donde el costo de la vida fue transferido directamente a los hogares de quienes experimentaron cómo sus salarios no les garantizaban un buen vivir ni mecanismo de promoción social para ellos y sus familias.

La Tragedia

A diferencia de muchos ministros de este gobierno, Jorge Quiroz no es un debutante en la esfera pública. El actual Ministro de Hacienda es el creador del “Método Quiroz”, el cual le permitió a la Asociación de Productores Avícolas (APA) manipular precios desde 1994 hasta 2014, cuando el Tribunal para la Libre Competencia (TDLC) emitió sentencia por la conocida “colusión de los pollos”. Es sabido que este mecanismo perjudicó económicamente a millones de chilenos y defraudó una de las creencias más arraigadas para el consenso económico de nuestro país: la idea de que el mercado genera prosperidad cuando existe competencia.

La sentencia 139/2014 del TDLC por colusión estableció la inmediata disolución de la Asociación de Productores Avícolas A.G y un pago de 72.000 Unidades Tributarias Anuales – cerca de 62.000 millones de pesos – de parte de sus asociados. La imprudencia del actual ministro nos demostró que para que el mercado funcione, personajes oscuros tienen que diseñar elaboradas estratagemas con el fin de obtener beneficios económicos. Para quienes defienden la libertad económica o la eficacia del mercado en la fijación de precios esto habría sido el fin, mientras que para Quiroz fue sólo un contratiempo menor en su arribo a las grandes ligas.

Lo que no podemos ignorar es que estos delitos económicos impactan directamente en la percepción y formas en que las personas comunes y corrientes se relacionan con las leyes, instituciones y formas de construir comunidad. En primer lugar, porque se normaliza la idea de que rompiendo la ley se puede llegar muy lejos – e incluso ser ministro de Estado – y en segundo lugar, porque establece un canon en el que “si algunos roban, ¿por qué no podríamos hacerlo nosotros?”

Según consigna la investigadora Claudia Cecilia Alatorre en su obra “Análisis del Drama”, el conflicto de la tragedia está en el choque de valores del protagonista (el ministro Quiroz) contra el “orden cósmico” (el mercado). Al obedecer sus propios impulsos, el protagonista transgredirá alguna ley humana o norma de dicho orden, pero para que el orden se restablezca, será necesaria la destrucción del transgresor.

En esa misma línea, aunque el Quiroz del pasado no tenía manera de saber que se transformaría en ministro, lo que su nombramiento nos dejará como legado es que la competencia en igualdad de condiciones en el mercado es una quimera y que la meritocracia, simplemente, no existe, pues para triunfar en los negocios no hay que levantarse más temprano ni trabajar más duro, sino que hacer trampa y que ojalá nadie se entere.

La Farsa

Una vez finalizada la sesión de la Cámara Alta, el ministro Quiroz fue claro en sus agradecimientos “al presidente Kast, porque este es el proyecto que el Presidente nos encargó hace ya más de un año al equipo económico poner sobre la mesa y sacar adelante para levantar a nuestro país”.

Esta declaración, como muchas otras ofrecidas durante los primeros 100 días de gobierno por el titular de Hacienda, ofrece una mirada obsecuente y pertinaz sobre el verdadero rol del gobierno y las posibilidades que ofrece el mercado, y cuyas contradicciones es necesario abordar para comprender la dirección política y económica que nuestro país atravesará una vez aprobada esta reforma.

Al revisar algunos datos entregados por el Instituto Nacional de Estadísticas, la contradicción inicial salta a la vista. Según datos del INE para el trimestre mayo-julio de 2025, la tasa de desocupación nacional alcanzaba un 8.7 %, mientras que en el mismo trimestre de 2026, la desocupación llegó al 9.4%, subiendo 0.5% respecto al año anterior y transformándose en la cifra más alta de los últimos 5 años. Es decir, el encargo que el presidente le hizo un año atrás, no tenía una relación con la situación económica que el país atravesaba y mucho menos se puede aplicar en el contexto actual.

Lo anterior no es casual. Es una respuesta sobre ideologizada de un adepto a un sistema económico que solo atiende a los intereses de unos pocos por sobre la construcción del bienestar colectivo. La reforma propuesta por el ministro representa la defensa institucional de una economía al servicio de los más ricos y no a la correcta gestión de los recursos y bienes dentro del Estado. Es precisamente en el carácter refundacional de la reforma económica, disfrazada de plan de reconstrucción, donde radica la farsa de Quiroz.

¿De qué manera pretende el ministro mejorar los números que nos entrega el estudio de la Alianza Comunicación y Pobreza de 2026, el cual señala que en nuestro país el 68% de los chilenos convive con la pobreza y uno de cada cinco vive con estrés económico permanente? Para responder esa pregunta Jorge Quiroz recurre a la “la Curva de Laffer”, o como se conoce popularmente, “la Teoría del Chorreo”.

Esta “teoría”, escrita por Arthur Laffer en 1974 en una servilleta, es uno de los mitos más extendidos del mantra neoliberal. En palabras sencillas, señala que la disminución de impuestos a las grandes empresas podrá dinaimizar la economía para generar crecimiento y de esa manera entregar mayor poder adquisitivo y mejores condiciones de vida a los millones de trabajadores formales que existen en nuestro país.

Sin embargo, la farsa de Quiroz deliberadamente omite que uno de los pilares de su reforma -la reducción de impuestos del 27% al 23% para las grandes empresas- ha sido aplicado anteriormente con resultados que vale la pena observar tanto en Inglaterra como Estados Unidos, bajo el mandato de Margaret Thatcher y Ronald Reagan respectivamente, durante la década dorada del neoliberalismo en el hemisferio norte.

En el caso inglés, habría que detenerse en algunos datos para desmitificar los resultados económicos de este tipo de políticas. Según el periodista e investigador Andy McSmith, durante la era Thatcher (1979-1990), la electricidad, gas, agua, minería del carbón y el acero, y las telecomunicaciones pertenecían al Estado. Al día de hoy, todas son privadas.

Tanto la política de privatizaciones de los activos fiscales como la rebaja de impuestos generaron un efecto inmediato en la economía, y al momento de evaluar las consecuencias de estas medidas en el largo plazo, nos encontramos con resultados que no son del todo alentadores: la disminución de 12 a 6 millones de trabajadores sindicalizados, la posterior desregulación del mercado financiero y la desindustrialización inglesa contribuyeron a un aumento de la desigualdad y al deterioro de los servicios sociales y la infraestructura pública.

Para Andrew Kelser, las consecuencias del ajuste económico realizado por Thatcher son elocuentes: cada gobierno posterior ha tenido un desempeño inferior al de su predecesor en términos de crecimiento.

En el caso estadounidense el panorama es similar. Según el Centro Denny para el Capitalismo Democrático de la Universidad de Georgetown, los pilares de la política económica del presidente Reagan (“Reaganomics”) eran cuatro: reducción del gasto fiscal, disminución de los impuestos, menores regulaciones para las empresas y una política monetaria restrictiva.

Para este objetivo, el presidente Reagan presentó el año 1981 “la Ley de Recuperación Económica”, que además de parecerse en el nombre a la “Ley de Reconstrucción Nacional” de Kast (2026), comparte similitudes que nos hacen dudar de la novedad en su contenido.

Uno de sus principales componentes de esta ley fue una reducción significativa de la carga tributaria para las empresas. Además, la ley contempló una serie de reducciones en las tasas del impuesto sobre la renta de las personas naturales, mientras que la tasa del impuesto sobre las ganancias de capital se redujo en ocho puntos porcentuales, pasando del 28% al 20%.

Si observamos el caso chileno, las similitudes con las Reaganomics son evidentes: el recorte del 3% en todos los ministerios (equivalente a la reducción de 6.000 millones en el gasto fiscal) y la cancelación y descontinuación de diversos programas sociales durante los primeros meses de gobierno demuestran la orientación económica del gobierno desde el día uno.

Por otro lado, la reforma al Servicio de Evaluación Ambiental, la implementación de la ley que creaba el Servicio de la Biodiversidad y las Áreas Protegidas (SBAP) y el retiro de 43 decretos ambientales durante el primer mes de gobierno, son prueba más que suficiente de la desregulación como incentivo económico de corto plazo para las grandes empresas.

Finalmente, la reapertura de la discusión sobre la privatización de CODELCO, una de las principales empresas del Estado de Chile, nos muestra que todas estas medidas son caras de la misma moneda. Si tomamos como referencia los modelos detrás de esta reforma, es solo cuestión de tiempo para que comencemos a escuchar voces que clamen por su privatización argumentando en favor de la eficiencia y probidad del sector privado versus la burocracia y corrupción del sector público.

En los Estados Unidos y la Inglaterra de los 80´, así como en el Chile de 2026, la “teoría del chorreo” no ha significado que las ganancias de las clases acomodadas se transfieran a las clases populares, sino todo lo contrario. La aplicación de estos principios económicos de corte neoliberal sólo han incrementado la concentración de los ingresos y han reducido las redes de apoyo y bienestar social existentes para las familias más vulnerables.

En momentos donde la economía comienza a enfriarse y la idea de recesión comienza a rondar en la discusión económica, es preciso preguntarse cuáles son los beneficios de adoptar una política económica que empíricamente empobrece a la mayoría de los trabajadores de bajos ingresos, incentiva el trabajo informal y transfiere recursos al sector privado mientras el Estado se endeuda.

Ya lo decía Marx: la historia se repite dos veces y esperamos que esta reforma económica no termine siendo una farsa que comprometa a nuestro país a tomar deuda externa durante un par de décadas para contrarrestar el malestar social que la economía neoliberal ha causado en los lugares donde se ha implementado, y menos que continúe horadando una democracia cada vez más imperfecta e inestable.

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