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Una paz de 48 horas

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El autor describió hace unos días -el 19 de junio- la perversa lógica de las guerras de Donald. Nuevos bombardeos contra Irán justifican su difusión.

POLITIKA

escribe Mauricio Vargas


Lo que Trump firmó en Versalles, por qué medio mundo habla de una derrota estadounidense y cómo Israel logró hacer descarrilar la implementación del acuerdo en apenas dos días.

Cuando Donald Trump estampó su firma en Versalles y envió la fotografía a los negociadores iraníes, probablemente creyó haber cerrado la crisis más peligrosa de su presidencia.

Dos días después, las conversaciones destinadas a implementar ese mismo acuerdo fueron suspendidas.

Los negociadores iraníes cancelaron su viaje a Suiza.

JD Vance canceló el suyo.

Y el proceso que debía inaugurar la paz entró en una zona de incertidumbre antes siquiera de comenzar.

Pero para entender lo ocurrido en las últimas horas es necesario partir por una pregunta más básica.

¿Qué fue exactamente lo que firmó Trump?

Porque detrás de los titulares existe un dato que ha pasado relativamente inadvertido.

El Memorándum de Entendimiento de Islamabad tiene apenas dos páginas. Dos páginas. Menos de la décima parte de la extensión del acuerdo nuclear firmado por Barack Obama en 2015.

Sin embargo, sus implicancias son enormes.

Entre sus disposiciones más relevantes figuran el cese inmediato de las hostilidades, el compromiso de respeto mutuo a la soberanía territorial; la reapertura garantizada del estrecho de Ormuz; el levantamiento progresivo de las sanciones estadounidenses; la liberación de activos iraníes congelados en el extranjero; mecanismos internacionales de supervisión, un cronograma de negociaciones para un acuerdo definitivo y la creación de un fondo de reconstrucción cuya magnitud ha sido estimada en torno a los 300 mil millones de dólares.

También contempla la reafirmación iraní de no desarrollar armas nucleares, manteniendo actividades nucleares civiles bajo supervisión internacional.

Dicho de otra manera. Después de meses de guerra, Estados Unidos terminó firmando un documento que reconoce, total o parcialmente, varias de las demandas que Teherán venía defendiendo desde el inicio del conflicto.

Una ironía difícil de ignorar para Trump: buena parte de sus disposiciones recuerdan aspectos centrales del acuerdo alcanzado por Barack Obama en 2015, precisamente el acuerdo que durante años denunció como una capitulación inadmisible y que terminó abandonando durante su primer mandato.

Y precisamente allí comienza el problema político de Trump.Porque el diagnóstico de derrota ya no proviene únicamente de sus adversarios.

Proviene también de una parte significativa del establishment político, estratégico y mediático occidental.

El editorial del New York Times fue probablemente el más contundente.

“El presidente Trump perdió esta guerra.”

No como metáfora. No como interpretación. Como titular.

El periódico sostuvo que Estados Unidos emerge debilitado militar, económica y diplomáticamente, calificando el resultado como un revés humillante para la Casa Blanca.

El Washington Post llegó a una conclusión similar desde otro ángulo: ninguna de las opciones militares disponibles permitía alcanzar los objetivos declarados por Washington.

El Wall Street Journal cuestionó las proclamaciones de victoria realizadas por Trump y advirtió sobre la persistencia de la influencia regional iraní.

El Financial Times describió una administración cuya tolerancia a los costos económicos resultó considerablemente menor de lo que proyectaba.

El País habló derechamente de “las siete derrotas de Donald Trump en Irán”.

Y fuera de los medios, analistas tan diversos como Raúl Sohr, en Chile; especialistas europeos en relaciones internacionales y comentaristas estadounidenses comenzaron a converger en una misma conclusión: Estados Unidos podía ganar combates, pero no consiguió imponer el resultado político que justificó la guerra.

Naturalmente, Trump rechaza esa interpretación.

Pero el problema para la Casa Blanca ya no es solamente la crítica.

Es la realidad.

Porque incluso antes de que terminara la discusión sobre quién ganó y quién perdió, apareció una amenaza más inmediata.

La posibilidad de que el acuerdo ni siquiera llegue a implementarse.

Y en el centro de esa amenaza vuelve a aparecer Benjamin Netanyahu.

Desde el inicio del conflicto, el primer ministro israelí se opuso a cualquier fórmula que permitiera a Irán conservar capacidades estratégicas relevantes.

El memorándum firmado en Versalles avanza exactamente en dirección contraria.

Por eso no resulta casual que apenas cuarenta y ocho horas después de la firma, las conversaciones previstas para este viernes en Bürgenstock, Suiza, terminaran suspendidas.

Israel intensificó sus operaciones militares en el sur del Líbano.

Teherán congeló su participación. Los representantes iraníes decidieron no viajar. JD Vance canceló el vuelo que tenía previsto desde Washington.

Y la reunión destinada a poner en marcha el acuerdo se cayó antes de comenzar.

La secuencia resulta difícil de ignorar.

Mientras Washington intentaba consolidar el proceso diplomático, Israel volvió a elevar la temperatura militar del conflicto.

Mientras la Casa Blanca intentaba abrir una puerta política, Tel Aviv volvía a empujar en dirección contraria.

Mientras Trump hablaba de paz, los acontecimientos sobre el terreno volvían a hablar de guerra.

Y las señales provenientes del propio gabinete israelí parecen confirmar que aquello está lejos de ser un accidente.

La declaración más comentada de las últimas horas fue atribuida al ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir. “Por cada lágrima de una madre israelí, mil madres libanesas deben llorar. Todo el Líbano debe arder.”

Más allá de cualquier discusión sobre la traducción exacta o el contexto específico de las declaraciones, el mensaje político resulta difícil de malinterpretar.

Porque el problema ya no es lingüístico.

Es político.

No existe consenso dentro del gobierno israelí respecto de la conveniencia de este acuerdo.

No existe consenso respecto del fin de la guerra.

No existe consenso respecto de la estrategia que debe seguirse frente a Irán.

Lo que existe es una disputa abierta sobre el futuro de Oriente Medio.

Y esa disputa ya no ocurre solamente entre Washington, Teherán y Tel Aviv.

Está ocurriendo dentro del propio bloque occidental.

Por eso lo sucedido en Suiza importa tanto. No porque una reunión haya sido suspendida.

Reuniones se suspenden todos los días.

Importa porque reveló que la verdadera batalla ya no gira en torno a la firma del acuerdo.

La verdadera batalla gira en torno a su supervivencia.

Versalles fue presentado como el final de una guerra.

Pero las últimas cuarenta y ocho horas demostraron que una firma no resuelve automáticamente los conflictos que pretendía cerrar.

La guerra puede haber terminado sobre el papel mientras continúa la disputa por definir qué significa realmente la paz. Porque eso es exactamente lo que hoy está ocurriendo.

Washington interpreta el memorándum como un punto de llegada.

Teherán lo interpreta como el reconocimiento de una nueva correlación de fuerzas.

Y sectores importantes del gobierno israelí parecen interpretarlo como una concesión inaceptable que debe ser revertida antes de que se consolide.

Esa diferencia no es semántica.

Es política. Y tiene consecuencias concretas.

Las conversaciones de Suiza no fueron suspendidas por un desacuerdo técnico.

No fueron suspendidas por diferencias sobre protocolos o procedimientos.

Fueron suspendidas porque los acontecimientos sobre el terreno volvieron a imponerse sobre la diplomacia.

Porque mientras unos intentaban implementar el acuerdo, otros seguían actuando como si la guerra no hubiese terminado.

Versalles debía ser el punto final.

Bürgenstock terminó convirtiéndose en un recordatorio incómodo.

Firmar la paz y construir la paz nunca han sido la misma cosa.

La primera depende de los negociadores.

La segunda depende de quienes están dispuestos a respetarla.

Y esa es precisamente la pregunta que esta noche permanece sin respuesta.

No si existe un acuerdo.

El acuerdo existe.

No si existe una firma.

La firma existe.

La pregunta es otra. ¿Existe realmente voluntad y capacidad para cumplirlo?

Porque apenas dos días después de Versalles, esa parece ser la única cuestión que importa.

 

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