Agrupación Judía Diana Aron

Editorial de la semana
Estimados amigos y amigas:
Los sionistas liberales sostienen que la historia judía justifica y hace necesario un Estado propio, pero que ese Estado debe ser una democracia liberal con estricta igualdad ante la ley, independiente de la religión, la etnia o el género.
Es una posición que intenta conciliar dos compromisos: la particularidad judía y los valores universales de la Ilustración.
La figura que mejor encarna el arco del sionismo liberal en las últimas décadas es el periodista y profesor Peter Beinart.
Su argumento original era que el sionismo liberal podía y debía salvarse: que Israel podía ser a la vez judío y democrático, que la ocupación era un desvío corregible, que la solución de dos Estados seguía siendo posible.
En 2020, Beinart publicó en The New York Times una columna titulada «I No Longer Believe in a Jewish State», en la que abrazó la idea de un único Estado democrático con igualdad plena para israelíes y palestinos.
Y hace un año, en su libro Being Jewish After the Destruction of Gaza, argumenta que la comunidad judía estadounidense debe confrontar una narrativa de victimismo permanente que le ha permitido ignorar el sufrimiento palestino.
El historiador Benny Morris tomó un camino diferente al de Beinart ante la misma contradicción.
Morris documentó con rigor lo que ocurrió en 1948: que el vaciamiento de la población palestina no fue un efecto colateral de la guerra sino una condición de posibilidad del Estado.
Pero donde Beinart concluyó que eso invalidaba el proyecto, Morris concluyó que había sido insuficiente.
Su respuesta a la contradicción del sionismo liberal no fue abandonarla sino profundizarla: golpear más fuerte.
Este boletín presenta su pensamiento y lo que revela sobre los límites del sionismo liberal cuando se enfrenta a sus propias consecuencias.
Fuera de ese debate pero urgente por la actualidad, presentamos también nuestro artículo sobre la Doctrina Dahiya.
Lo que ocurre hoy en el Líbano es la aplicación de una doctrina militar formulada explícitamente, que convierte la infraestructura civil en objetivo legítimo. Entender su origen y su lógica es indispensable para leer lo que está ocurriendo.
Cerramos este boletín con algo distinto: un artículo sobre el tatreez, el bordado tradicional palestino.
Frente a décadas de negación de la identidad palestina, el tatreez es evidencia concreta de lo contrario — una práctica cultural con historia, geografía y memoria propias, que por sí sola desmonta las teorías que niegan la existencia de un pueblo.
La resiliencia cultural es un consuelo pero también es un argumento.
Como siempre, si estos temas te parecen importantes, comparte este boletín con tus conocidos. Y si tienes reflexiones, dudas o una perspectiva distinta, escríbenos.
— La redacción de AJDA










