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¡¡¡ IGNORANCIA ULTRADERECHISTA – PENSAR QUE ACUERDOS CON LA BURGUESÍA OPORTUNISTA DEL CONGRESO PARALIZARÍA EL MOVIMIENTO SOCIAL !!!

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Por Franco Machiavelo

La vieja élite parlamentaria parece vivir atrapada en una cápsula de aire acondicionado, café importado y encuestas cocinadas entre cuatro paredes. Creen, con una soberbia casi religiosa, que el pueblo funciona como una máquina tragamonedas: se introduce una “mesa de diálogo”, se aprieta el botón de la propaganda y mágicamente desaparece el descontento social. Qué ternura política más extravagante.

La ultraderecha y la burguesía parlamentaria oportunista vuelven a ejecutar su deporte favorito: maquillarse de adversarios durante el día para firmar pactos nocturnos en defensa del mismo modelo económico que convirtió derechos sociales en mercancía y a la ciudadanía en clientes endeudados. Discuten ferozmente frente a las cámaras, se insultan en redes sociales, se acusan de “extremos”, pero cuando llega la hora de proteger los privilegios de los grandes grupos económicos, aparece la milagrosa unidad nacional de los dueños del supermercado, la AFP, la forestal y el banco.

Y entonces presentan sus “grandes soluciones históricas”: no cobrar IVA a los pañales, rebajar algunos impuestos a remedios, prometer una comisión futura para estudiar otra comisión futura que evaluará la posibilidad de escuchar a la ciudadanía… algún día. Una verdadera revolución de utilería. El Titanic neoliberal chocando contra el iceberg social y ellos repartiendo curitas con conferencia de prensa incluida.

La lógica es transparente: contener la rabia popular sin tocar jamás el corazón del modelo. Cambiar algo para que nada cambie. El viejo truco del gatopardismo parlamentario disfrazado de “responsabilidad institucional”. Porque para esta aristocracia política el problema nunca es la desigualdad obscena, ni los salarios miserables, ni el endeudamiento estructural, ni la captura empresarial del Estado. No. El problema, según ellos, es que la gente protesta demasiado, habla demasiado y perdió el saludable hábito de obedecer en silencio.

Existe una desconexión monumental entre esa élite y la realidad social. Creen que el pueblo se moviliza por capricho o manipulación externa, incapaces de comprender que el malestar nace de décadas de abuso acumulado. Confunden paciencia con resignación y cansancio con derrota. Piensan que una negociación entre partidos desacreditados puede apagar la presión social, como si la historia de los pueblos hubiese sido escrita por operadores comunicacionales y no por la fuerza colectiva de quienes ya no soportan vivir precarizados.

El error de cálculo es gigantesco. Mientras más intenten cerrar acuerdos a espaldas de la ciudadanía para salvar el modelo neoliberal, más evidente quedará el carácter profundamente oligárquico del sistema político. Y cuando la institucionalidad aparece únicamente como escudo de los poderosos, la legitimidad comienza a desmoronarse desde abajo.

Porque las sociedades no explotan solamente por hambre material. También explotan cuando la mayoría comprende que las reglas fueron diseñadas para proteger siempre a los mismos. Ahí nace la fractura peligrosa: cuando millones descubren que el Parlamento habla permanentemente de estabilidad económica mientras la población vive inestabilidad total en salud, vivienda, educación, pensiones y trabajo.

La ultraderecha imagina que endureciendo discursos, criminalizando la protesta y pactando migajas cosméticas logrará domesticar el conflicto social. Pero la historia demuestra exactamente lo contrario: cuando las élites cierran las puertas de las transformaciones reales, las calles terminan abriendo ventanas mucho más grandes.

Y ahí aparece la gran ironía de esta burguesía parlamentaria: se creen dueños de los votos, administradores exclusivos de la democracia y guardianes eternos del orden, sin entender que la legitimidad popular no se hereda ni se compra en campañas financiadas por empresarios. Se construye respondiendo a las necesidades reales de las mercancías, endeudó generaciones completas y transformó la dignidad humana en una variable subordinada a la rentabilidad del mercado. 
 
 
 

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