por Franco Machiavelo
“No hay mal que dure años… ni boliviano que lo soporte”
Bolivia volvió a recordarle al continente una verdad incómoda para los tecnócratas de escritorio: los pueblos pueden aguantar hambre, inflación, filas eternas para combustible y discursos sobre “responsabilidad fiscal”… pero no infinitamente. Porque llega un momento en que incluso la paciencia más andina empieza a oler a dinamita minera.
Y ahí están otra vez las calles ardiendo, los bloqueos creciendo y los noticieros internacionales descubriendo —con la sorpresa hipócrita de siempre— que cuando millones de personas sienten que el futuro se les evapora, aparecen las protestas. Qué misterio sociológico tan complejo, ¿verdad?
Durante años se vendió la idea de que el mercado resolvería todo. Que había que “modernizar”, “ajustar”, “reordenar”, “optimizar”. Palabras elegantes para decirle al pueblo: —“apriétese el cinturón mientras otros se compran uno nuevo de cuero italiano”.
Porque el neoliberalismo latinoamericano tiene algo admirable: jamás se queda sin sinónimos para explicar por qué los pobres deben sacrificarse otra vez.
Si falta combustible, culpa del subsidio.
Si sube el pan, culpa del gasto social.
Si colapsa la economía, culpa de quienes todavía comen dos veces al día.
Y mientras tanto, los expertos aparecen en televisión hablando de “disciplina macroeconómica” con una tranquilidad budista, como si hacer filas de seis horas por gasolina fuera una experiencia espiritual de crecimiento personal.
Bolivia hoy no explota solamente por el dólar, el combustible o la inflación. Explota por algo más profundo: la sensación de que el sistema siempre encuentra una manera elegante de proteger a los de arriba mientras convierte la vida cotidiana de los demás en una competencia olímpica de supervivencia.
Porque el problema nunca fue únicamente económico. También es cultural y político.
Cuando los medios convierten la miseria en estadística, cuando el sufrimiento social se analiza como si fuera un gráfico de Excel, y cuando los gobiernos hablan más con las clasificadoras de riesgo que con su propio pueblo, la democracia empieza a parecer un call center financiero con bandera nacional.
Y entonces aparecen los mineros con dinamita, los campesinos bloqueando caminos, las organizaciones indígenas marchando y los trabajadores gritando que ya no pueden más.
Los mismos sectores que durante años fueron celebrados en campaña electoral como “el corazón del pueblo”, pero que después son tratados como un estorbo cuando exigen dignidad.
Claro, desde ciertos salones empresariales siempre se repite el mismo libreto: —“las protestas dañan la economía”.
Como si la economía estuviera perfectamente sana antes de que la gente saliera a protestar. Como si el verdadero problema fueran las barricadas y no décadas de desigualdad maquillada con discursos de estabilidad.
Lo fascinante del poder es su capacidad para llamar “violencia” a una piedra lanzada por un trabajador desesperado, pero jamás a un sistema que condena generaciones completas a vivir endeudadas, precarizadas y agotadas.
Bolivia hoy es el espejo incómodo de toda América Latina: un continente rico en recursos, pobre en justicia y administrado demasiadas veces por élites que hablan de patriotismo mientras fugan capitales más rápido que un atleta olímpico.
Y quizás lo más irónico de todo es que los mismos sectores que promovieron recortes, privatizaciones y ajustes ahora parecen sorprendidos de que exista rabia social.
Como si después de años apretando la olla, alguien realmente creyera que nunca iba a explotar.
Pero las calles tienen memoria.
Y cuando la política deja de escuchar al pueblo, el ruido de las protestas termina reemplazando el silencio de las instituciones.











