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PUEBLO CHILENO DEBE OPONERSE A LAS RECETAS DE LOS GURÚS NEOLIBERALES DEL GOBIERNO DE EXTREMA DERECHA DE KAST!!!

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por Franco Machiavelo
 
Lo que hoy se presenta como “modernización”, “eficiencia” o “libertad económica” no es neutro ni técnico: es profundamente político. Detrás de ese lenguaje hay un proyecto que reorganiza la sociedad en favor de unos pocos, debilitando deliberadamente la capacidad de la mayoría para defender sus derechos.
 
Primero, estas reformas suelen trasladar el eje del bienestar desde lo colectivo hacia lo individual. En vez de entender derechos como la salud, la educación o la seguridad social como garantías universales, se los convierte en bienes de mercado. ¿El resultado? Acceso condicionado por la capacidad de pago. Eso fragmenta a la sociedad, rompe la solidaridad y transforma derechos en privilegios.

Segundo, hay una ofensiva directa contra el mundo del trabajo. La flexibilización laboral —presentada como necesaria para “crear empleo”— tiende a debilitar la negociación colectiva, precarizar las condiciones laborales y reducir el poder de los sindicatos. Cuando el trabajador negocia solo frente al empleador, la balanza está claramente inclinada. No es libertad: es asimetría de poder institucionalizada.
 
Tercero, estas políticas refuerzan una estructura de concentración económica. La desregulación y las privatizaciones suelen beneficiar a grandes grupos empresariales que ya tienen ventajas acumuladas. El Estado, en vez de equilibrar, se repliega. Y cuando el Estado se retira de áreas clave, no desaparece el poder: simplemente cambia de manos, pasando de lo público a lo corporativo, sin mecanismos democráticos de control.

Cuarto, hay un componente ideológico fuerte que busca instalar una “verdad única”: que no hay alternativas. Se naturaliza el modelo como si fuera inevitable, técnico, casi “científico”. Pero toda organización económica responde a decisiones humanas y a correlaciones de fuerza. Presentarlas como inevitables es una forma de desactivar el debate y limitar la imaginación política.

Quinto, el impacto en derechos humanos y sociales no es abstracto. Cuando se reducen políticas públicas, se debilitan redes de protección y se criminaliza la protesta social, lo que está en juego no es solo el ingreso o el empleo, sino la dignidad. Los derechos no se pierden de golpe; se erosionan gradualmente, hasta que lo que antes era inaceptable pasa a parecer normal.

Finalmente, estas reformas suelen ir acompañadas de un intento de disciplinar a la sociedad: menos espacio para la organización social, más estigmatización de los movimientos y mayor énfasis en el orden por sobre la justicia. Cuando se restringe la capacidad de organización, se limita también la democracia real, la que se ejerce más allá del voto.
Oponerse no significa rechazar todo cambio económico, sino cuestionar quién gana, quién pierde y bajo qué reglas. Un modelo que debilita a los trabajadores, concentra la riqueza y reduce derechos no es simplemente una opción técnica distinta: es un retroceso en la construcción de una sociedad más justa. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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