Por Bashir Abu-Manneh
[En esta entrevista con el editor colaborador de Jacobin, Bashir
Abu-Manneh, el economista político Gilbert Achcar sostiene que la
respuesta radica sobre todo en la importancia central de la región en
la economía petrolera mundial y en las estrategias de las grandes
potencias que buscan controlarla. Achcar analiza la lógica de la
intervención estadounidense, los límites de la alianza entre Estados
Unidos e Israel, la estrategia de Irán en el conflicto actual y las
consecuencias regionales de la evolución de la doctrina imperial de
Washington.]
Es imposible hablar de Oriente Medio sin hablar de guerra.
Probablemente sea la región más devastada por la guerra en la era
posterior a 1945. Solo en la última década y media, muchos
levantamientos árabes degeneraron en guerras civiles prolongadas. Por
no hablar de la guerra eterna de Israel contra los palestinos. ¿Por
qué cree que la guerra es tan frecuente en la región?
No cabe duda de que la región de Medio Oriente y Norte de África
(MO-NA) es, de todas las regiones del mundo, la que ha sido testigo
del mayor número de conflictos armados desde 1945, con un número
impresionante de guerras interestatales y expediciones extranjeras.
Esta última categoría aumentó exponencialmente tras el colapso de la
URSS, cuando Estados Unidos se sintió libre de intervenir en la región
a partir de la guerra de 1991 contra Irak. Rusia siguió su ejemplo
bajo el mandato de Vladimir Putin, a partir de su intervención para
reforzar el régimen sirio en 2015.
La razón de esta prevalencia de la guerra es sencilla: es lo que en la
región se conoce a menudo como la «maldición del petróleo», el hecho
de que, desde la víspera de la Segunda Guerra Mundial, se sabe que el
Golfo y los países limítrofes poseen las mayores reservas de petróleo
del mundo, de un tipo especialmente rentable debido a su relativa
facilidad de extracción.
El petróleo, o más precisamente los hidrocarburos, teniendo en cuenta
el gas natural, han estado en el centro de la política de Oriente
Medio y Norte de África desde el final de la guerra. El enorme interés
del imperialismo estadounidense en la región, respaldado por las
grandes petroleras estadounidenses, quedó patente en la famosa parada
de Franklin Delano Roosevelt en el Mar Rojo en febrero de 1945, a su
regreso de la crucial Conferencia de Yalta, donde los Aliados
discutieron la configuración del mundo de la posguerra. A esa reunión
a bordo del USS Quincy con el rey Abdul Aziz, fundador del reino
saudí, le siguió la construcción de una base de la Fuerza Aérea
estadounidense en Dhahran, en el corazón de los principales
yacimientos petrolíferos saudíes explotados por, la entonces. Aramco
(originalmente, la Arabian American Oil Company), dominada por Estados
Unidos y estratégicamente situada para los fines de la Guerra Fría.
Una vez llamé al reino saudí el verdadero Estado número cincuenta y
uno de la Unión Americana, un estatus de facto que ostentaba incluso
antes de que naciera el Estado israelí. El reino y toda la región del
Golfo han sido y siguen siendo el centro de la estrategia imperial
estadounidense en el hemisferio oriental, a pesar de los innumerables
intentos de burlar el sentido común explicando que «no se trata del
petróleo» o «no se trata únicamente del petróleo». Al comentar la
invasión de Irak liderada por Estados Unidos en 2003, el expresidente
de la Reserva Federal Alan Greenspan se preguntaba en sus memorias por
qué «es políticamente inconveniente reconocer lo que todo el mundo
sabe: que la guerra de Irak tiene que ver en gran medida con el petróleo».
Por supuesto, tratarse del petróleo no significa solo -ni siquiera
principalmente para Washington- el acceso de Estados Unidos al
petróleo iraquí o del Golfo. Se trata de controlar la enorme cantidad
de dinero del petróleo que detienen los Estados del Golfo (sus fondos
soberanos poseen más de 3 billones de dólares en activos, cerca del 40
% del total mundial depositado en este tipo de fondos) y beneficiarse
de su considerable poder adquisitivo, especialmente para financiar el
complejo militar-industrial estadounidense. También se trata de
controlar el acceso de otros Estados a los hidrocarburos del Golfo.
Como acertadamente dijo una vez David Harvey, «quien controla Oriente
Medio controla el grifo del petróleo mundial y quien controla el grifo
del petróleo mundial puede controlar la economía mundial, al menos en
un futuro próximo».
Esto también demuestra lo equivocados que estaban muchos de los que
creían que el auge de la producción de hidrocarburos de esquisto en
Estados Unidos, junto con el ascenso del poder de China, significaba
que Oriente Medio había perdido su importancia para Washington. Gran
parte de este tipo de comentarios engañosos se vertieron sobre el
famoso «giro hacia Asia» de la administración Obama. Lo que estos
comentarios pasaron por alto por completo es que controlar el «grifo
del petróleo» del Golfo es crucial para la estrategia estadounidense
hacia China, cuyas importaciones de petróleo proceden en
aproximadamente un 50 % del Golfo. Las actuales empresas conjuntas
entre las grandes empresas estadounidenses de inteligencia artificial
y los Estados árabes del Golfo -que han llevado a la construcción en
la zona de centros de datos de alto consumo energético, aprovechando
la abundancia de dinero y la energía barata de esos Estados- añaden un
elemento importante a la importancia general de la región para Estados Unidos.
Por último, pero no menos importante, en el caso específico de la
administración Trump, los considerables intereses creados de las
familias Trump, Kushner y Witkoff en los Estados árabes del Golfo
llevan el interés de Washington en la región MO-NA en general y en el
Golfo en particular a un máximo histórico, lo que se tradujo en una
intervención militar de Donald Trump allí mayor que en cualquier otra
parte del mundo.
De hecho, Trump forma parte de una larga lista de presidentes
estadounidenses que utilizan la fuerza militar en Oriente Medio como
parte fundamental de la estrategia estadounidense. ¿Cuáles son las
causas inmediatas y los objetivos políticos a largo plazo del ataque
estadounidense contra Irán? ¿Cómo se explica la política de la
administración Trump respecto a Irán?
Desde que la revolución iraní de 1979 derrocó el régimen del sha, un
Teherán importante aliado regional de Estados Unidos, se ha convertido
en una molestosa espina clavada para los Estados Unidos. No obstante,
las relaciones entre ambos países han pasado por fases contrastadas:
por extraño que parezca, ha habido fases de cooperación entre
Washington y Teherán después de 1979. En la década de 1980, Estados
Unidos e Israel apoyaron el esfuerzo bélico de Irán contra Irak en lo
que se conoció como el asunto Irán-Contras. En aquel momento, les
convenía prolongar la guerra entre lo que consideraban dos Estados
rebeldes que amenazaban sus intereses. Posteriormente, Irán respaldó
la invasión de Irak liderada por Estados Unidos en 2003 mediante la
connivencia de sus representantes iraquíes con Washington.
Paradójicamente, el ejército estadounidense trajo consigo a esos
representantes y los instaló en el poder. El resultado fue que Irán se
convirtió en el principal beneficiario de la invasión, llegando a
ejercer más influencia sobre Irak que Estados Unidos, una de las
razones por las que Irak se considera un gran fiasco en la historia
imperial de Estados Unidos, a la par con Vietnam.
El acuerdo nuclear que la administración Obama concluyó con Teherán en
2015 no impidió que Irán siguiera ampliando su influencia regional,
impulsada por su intervención en Siria del lado del régimen de Bashar
al-Assad a partir de 2013 y por la toma del poder por parte de los
hutíes en el norte de Yemen en 2014. En esta expansión regional,
Teherán explotó tanto el resentimiento antiisraelí y
antiestadounidense como la lealtad sectaria chií. Es la principal
crítica que Trump, Benjamin Netanyahu y las principales monarquías del
Golfo dirigen a Obama, a quien todos reprochan haber concluido el
acuerdo nuclear en un momento en que la expansión del poder regional
de Teherán estaba en pleno apogeo, sin prestar la debida atención a
limitar dicha expansión. Por el contrario, el acuerdo mejoró la
situación económica de Irán, lo que facilitó su política regional.
Si se tienen en cuenta todas las razones que hemos mencionado, se
comprenderá el sólido fundamento que hay detrás de la política de
Trump respecto a Irán. Con la actual ofensiva, espera lograr el
dominio sobre ese país, lo que completaría y reforzaría enormemente el
dominio de Estados Unidos sobre el Golfo, así como sobre toda la región MO-NA.
Esta guerra parece el sueño hecho realidad de Netanyahu. ¿Son los
objetivos bélicos de Estados Unidos los mismos que los de Israel o hay
divergencias significativas?
Sin duda, hay tanto convergencias como divergencias. Las convergencias
son obvias: tanto Estados Unidos como Israel -no solo el Gobierno de
Netanyahu, sino toda la élite sionista en el poder- quieren poner fin
al programa nuclear de Irán. Israel considera esta cuestión como una
amenaza existencial que pone en peligro su actual estatus como único
Estado con armas nucleares en la región. Washington ve la posesión
futura, no tan hipotética, de armas nucleares por parte de Irán como
un importante elemento disuasorio, ya que Teherán podría amenazar con
bombardear los yacimientos petrolíferos árabes vecinos, lo que
provocaría un desastre para los intereses estadounidenses y la
economía mundial. Y tanto Washington como Israel tienen un claro
interés en reducir la influencia regional de Irán.
Ahora bien, también hay divergencias, aunque no sean tan evidentes
como las convergencias. En términos más generales, casi nunca ha
habido una coincidencia total entre los objetivos de Israel y los de
Estados Unidos. Tomemos como ejemplo la primera gran guerra israelí
que sirvió a los intereses estadounidenses: la Guerra de los Seis Días
de junio de 1967, en la que Israel asestó un duro golpe a los dos
Estados árabes que entonces se oponían radicalmente al imperialismo
estadounidense: Egipto, bajo el liderazgo de Gamal Abdel Nasser, y
Siria, bajo el liderazgo del ala izquierda del partido nacionalista
árabe Baaz. Israel aprovechó la oportunidad de la guerra de 1967 para
completar su conquista de toda la Palestina bajo mandato británico,
desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo, principalmente a
expensas de la monarquía jordana, un fiel aliado de Estados Unidos que
había estado gobernando Cisjordania tras anexionarla en 1949. Sin
duda, esto no era algo que Washington deseara.
En la actual ofensiva contra Irán, la divergencia se hace más visible
cada vez que Netanyahu pide un «cambio de régimen» y apoya la
restauración de la monarquía bajo Reza Pahlavi, el hijo del sha
derrocado en 1979, mientras que Trump descarta esta última opción, al
igual que descartó a la líder de la oposición de derecha venezolana,
María Corina Machado, tras secuestrar a Nicolás Maduro. Compárese la
postura de Netanyahu con la sincera declaración de Trump a Fox News el
6 de marzo: «Va a funcionar muy fácilmente. Va a funcionar como lo
hizo [sic] en Venezuela. Tenemos una líder maravillosa allí. Está
haciendo un trabajo fantástico. Y va a funcionar como en Venezuela»,
dijo, refiriéndose a la presidenta en funciones Delcy Rodríguez.
Trump también dijo que estaba abierto a tener un líder religioso en
Irán. «Bueno, puede que sí, quiero decir, depende de quién sea la
persona. No me importan los líderes religiosos. Trato con muchos
líderes religiosos y son fantásticos», dijo. Y cuando se le presionó
para que aclarara si insistía en que debía haber un Estado
democrático, Trump respondió a la CNN: «No, lo que digo es que tiene
que haber un líder que sea justo [sic] y equitativo. Que haga un gran
trabajo. Que trate bien a Estados Unidos e Israel, y que trate bien a
los demás países de Oriente Medio, que son todos nuestros socios».
El quid de la cuestión es que, mientras que Netanyahu y toda la élite
del poder sionista verían con muy buenos ojos el colapso del Estado
iraní, lo que encajaría perfectamente con su proyecto a largo plazo de
fragmentar su entorno regional, el colapso y la fragmentación del
Estado iraní, cuya población está compuesta en casi la mitad por
minorías étnicas, sería un desastre para los intereses regionales de
Estados Unidos. Esto se debe a que desestabilizaría enormemente toda
la región, empezando por los aliados más cercanos de Washington. Estos
últimos apoyan sin duda el objetivo de Estados Unidos en la ofensiva
contra Irán, pero, con toda seguridad, rechazan el objetivo de Israel,
por no mencionar que, como estados despóticos que son, solo pueden
resentir la hipócrita defensa de Netanyahu de la «democracia» en Irán.
Para comprender lo que yo llamé la «vieja-nueva doctrina imperial» de
Trump, hay que tener en cuenta las lecciones de Irak, que Trump
observó de cerca. El desmantelamiento del Estado iraquí por parte de
Washington tras ocupar ese país en 2003 condujo a un caos que facilitó
el dominio de Irán sobre la mayoría chií árabe del país y la
propagación de la insurgencia antiamericana entre los suníes árabes,
que más tarde se transformó en el Estado Islámico de Irak y Siria. La
conclusión fue que, en lugar del «cambio de régimen» -defendido por
los neoconservadores que dominaban el Departamento de Defensa durante
el primer mandato de George W. Bush y que contaban con el respaldo de
Donald Rumsfeld y Dick Cheney-, Estados Unidos debía imponer su
voluntad a los regímenes existentes tal y como eran,
independientemente de su carácter.
Se podría decir que, en su segundo mandato, Estados Unidos ha pasado a
aplicar una versión modernizada de la «diplomacia de las cañoneras»
del siglo XIX, cuando las grandes potencias imponían su voluntad a los
Estados más débiles amenazándolos con bombardearlos o, si se mostraban
recalcitrantes, bombardeándolos realmente. Entonces no se tenía en
cuenta la naturaleza de los gobiernos, solo la voluntad descarada de
imponer de forma brutal los intereses imperialistas a los países más débiles.
Muchos opositores estadounidenses al ataque conjunto de Estados Unidos
e Israel contra Irán, en la izquierda, así como la derecha y la
extrema derecha, lo consideran injustificado, sobre todo porque Irán
no representa una amenaza inminente para Estados Unidos, y, para
explicarlo, recurren a la idea de que Estados Unidos está haciendo el
juego a Israel. La guerra vuelve a poner de relieve la cuestión de si
Israel y su lobby determinan y distorsionan la política exterior
estadounidense en Oriente Medio. ¿Cuál es su opinión sobre la alianza
entre Estados Unidos e Israel y sus causas subyacentes, tanto
históricas como actuales?
Bueno, por lo que he explicado sobre las divergencias entre Washington
e Israel, debería quedar claro que la cola israelí no mueve al pitbull
estadounidense. Los dos Estados tienen intereses convergentes en
golpear a Irán, como están haciendo conjuntamente en la actualidad,
pero no comparten los mismos objetivos. En cuanto a la tan comentada
declaración de Marco Rubio diciendo que «Sabíamos que Israel iba a
actuar, sabíamos que eso precipitaría un ataque contra las fuerzas
estadounidenses y sabíamos que, si no les adelantábamos antes de que
lanzaran esos ataques, sufriríamos más bajas». La verdad es que se ha
malinterpretado ampliamente.
Para entender esa afirmación, hay que tener en cuenta que un elemento
central de la nueva doctrina de Trump de «cambio de comportamiento de
un régimen» en lugar de «cambio de régimen» -en las acertadas palabras
del presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, al
comentar el acto de piratería de Estados Unidos en Venezuela- es la
eliminación de los líderes del régimen considerados un obstáculo para
el cambio de comportamiento. Dado que no era posible ni útil
secuestrar al líder supremo de Irán, Alí Jamenei, la única opción que
quedaba era asesinarlo, un arte en el que Israel y su Mossad, el
equivalente israelí de la CIA, se han convertido en especialistas de renombre.
Washington confió entonces en su socio menor para llevar a cabo esa
tarea. Sabemos, gracias a una investigación realizada por el Financial
Times, que Israel detectó un momento especialmente propicio el sábado.
Cuando la CIA e Israel determinaron que Jamenei celebraría una reunión
el sábado por la mañana en sus oficinas cerca de la calle Pasteur, la
oportunidad de matarlo junto con gran parte de los altos mandos de
Irán era especialmente oportuna….
El ejército estadounidense allanó el camino para que los aviones de
combate israelíes bombardearan el complejo de Jamenei lanzando
ciberataques que «interrumpieron, degradaron y cegaron la capacidad de
Irán para ver, comunicarse y responder», según el general Dan Caine,
presidente del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos.
Ahora bien, al afirmar que Israel mueve los hilos de Estados Unidos,
conservadores como John Mearsheimer, Stephen Walt y el ala del
movimiento MAGA representada por Tucker Carlson intentan ocultar la
realidad del imperialismo estadounidense y atribuir sus fracasos al
lobby israelí, si no a «los judíos», como en el caso de Carlson.
El famoso best seller de 2007 de Mearsheimer y Walt señalaba que la
fallida invasión estadounidense de Irak, como si la administración de
George W. Bush, muy interesada en el petróleo y plagada de miembros
del Proyecto para el Nuevo Siglo Americano que habían presionado a
Bill Clinton para que llevara a cabo esa invasión, necesitara al lobby
israelí para aprovechar la oportunidad que le brindaban los atentados
del 11 de septiembre de 2001 e invadir Irak. Esto en un momento en que
Irak estaba completamente agotado tras ocho años de guerra con Irán,
seguidos de doce años de un embargo debilitante y criminal impuesto
por Estados Unidos. De hecho, Israel habría preferido que Estados
Unidos atacara a Irán ya en ese momento. Sin duda, le molestó que
Washington trajera a los representantes de Teherán sobre sus tanques y
los instalara en el poder en Bagdad.
La «relación especial» de Washington con el Estado sionista se debe a
que considera a este último como un guardián de los intereses
regionales de Estados Unidos, un aliado militar muy eficaz, capaz de
suplirlo cuando factores internos le impiden intervenir, o de
complementarlo eficazmente, como se ve ahora en su ofensiva conjunta
contra Irán, así como en la anterior ofensiva del pasado mes de junio.
Cualquier ayuda militar que Washington conceda a Israel no es más que
una pequeña cantidad en comparación con el gigantesco presupuesto
militar estadounidense, y sin duda es una inversión muy rentable si se
compara con el efecto marginal que tendría la misma suma si se
añadiera a los gastos del Pentágono. En ocasiones, un factor
ideológico puede reforzar el apoyo de Washington a Israel, como fue el
caso de Joe Biden, sin duda el más genuino y acérrimo sionista de
todos los presidentes estadounidenses, y orgulloso de serlo.
En respuesta a la agresión estadounidense-israelí, Irán está haciendo
lo que siempre ha dicho que haría: atacar los intereses
estadounidenses en la región, incluidos los países del Golfo. ¿Cuáles
son los objetivos de Irán en esta guerra? ¿Sobrevivirá el régimen
iraní, tan impopular en su propio país?
Los objetivos de Irán al extender la guerra a toda la región son muy
claros y, de hecho, se han expresado en forma de amenaza mucho antes
de que comenzara la ofensiva. De hecho, esa es la única baza militar
de Irán para hacer frente a la ofensiva: además de bombardear a Israel
y a las fuerzas estadounidenses a su alcance, pretende crear tal
perturbación en los Estados del Golfo y en sus exportaciones de
petróleo que ejerza una presión importante sobre la economía mundial y
sobre estos Estados, lo que a su vez les llevaría a presionar a
Washington para que detuviera la ofensiva lo antes posible.
Es muy posible que el levantamiento popular contra el Gobierno se
reanude tras el fin de la guerra, pero es difícil imaginar que la
gente salga a las calles de Teherán bajo las bombas.
En cuanto a la supervivencia del Gobierno iraní, no veo actualmente
ninguna perspectiva creíble de que caiga. Es muy posible que el
levantamiento popular contra el Gobierno se reanude tras el fin de la
guerra, pero es difícil imaginar que la gente salga a las calles de
Teherán bajo las bombas. E incluso si lo hicieran, no existe en Irán
ninguna fuerza de oposición organizada capaz de derrocar a la
República Islámica. Ante el levantamiento que comenzó a finales del
año pasado y se convirtió en el mayor que ha vivido Irán desde el
levantamiento que derrocó al sha en 1979, el régimen teocrático ha
demostrado que no dudará en matar a miles y miles de personas para
asegurar su supervivencia. La única alternativa sería una división de
las fuerzas armadas iraníes -por ejemplo, entre el ejército regular y
la Guardia Revolucionaria, el brazo armado específico del Gobierno-
que condujera a una guerra civil similar a la de Siria. Pero eso es
precisamente la pesadilla de Washington, aunque sea el sueño dorado de Israel.
Esto explica la insistencia de Trump en desear un cambio desde dentro
del Estado, incluso esperando cooperar con «líderes religiosos» que
sean receptivos a los intereses estadounidenses. Por ahora, el régimen
iraní parece haber optado por continuar la confrontación al elegir al
hijo de Jamenei, Mojtaba, como nuevo líder supremo. Si Trump acabará
consiguiendo lo que desea o si el régimen iraní se mantendrá firme en
su postura es algo que nadie sabe por el momento, aunque los indicios
iniciales apuntan a lo segundo.
¿Qué hay de su propio país, el Líbano? Israel no ha dejado de
bombardearlo desde el 7 de octubre y Hezbolá es una fuerza muy
debilitada tanto militar como políticamente y ha perdido gran parte
del apoyo popular que tenía cuando luchó contra Israel en 2006,
especialmente después de intervenir del lado del brutal régimen de
Assad. ¿Hacia dónde se dirige Hezbolá?
Israel ve a Hezbolá exclusivamente como un representante de Teherán.
Pero Hezbolá es también un partido de masas que defiende la misma
mezcla ideológica que Teherán: antisionismo, antihegemonía
estadounidense, sectarismo chií y fundamentalismo islámico. Esto
significa que, al igual que en su ofensiva para destruir Hamás, Israel
está tratando de acabar con Hezbolá mediante una combinación de
ataques directos, incluida la decapitación del movimiento en otoño de
2024, con la estrategia de contrainsurgencia probada y comprobada
llamada «drenar el mar», que consiste en atacar a la base popular que
apoya al enemigo para que se desprenda de él y, finalmente, se vuelva
en su contra.
La versión israelí de esta estrategia se conoce como la doctrina
Dahiya, por los suburbios del sur de Beirut (dahiya significa suburbio
en árabe), densamente poblados por una mayoría chií, que fueron
fuertemente atacados y en gran parte destruidos durante la ofensiva
israelí de 2006 contra Hezbolá, junto con otras zonas libanesas de
mayoría chií y pro-Hezbolá. Esto es lo que Israel está infligiendo
ahora de nuevo al Líbano, de forma aún más brutal que en 2006 o 2024,
con la intención de obligar a las fuerzas gubernamentales libanesas a
coaccionar a Hezbolá para que se desarme. Es difícil predecir cómo
terminará todo esto, ya que depende en gran medida del resultado de la
actual ofensiva contra Irán.
Permítanme un último comentario al respecto. En su guerra genocida
contra Gaza, presentada como un ataque contra Hamás, así como en su
sangriento ataque contra el Líbano dirigido contra Hezbolá, Israel,
por una de las amargas ironías de su historia, está actuando de una
manera muy similar a lo que se suele considerar un ejemplo temprano de
la estrategia de «drenar el mar»: la terrible y brutal represión del
Imperio Romano o, en el siglo II d. C., de la revuelta judía contra él
liderada por Simón bar Kokhba.
Es como si el Estado sionista estuviera empeñado en imitar a todos los
opresores históricos de los judíos, desde la antigüedad hasta el siglo
XX, infligiendo un trato similar a los pueblos de Oriente Medio. La
«imitación darwiniana» de los que odian a los judíos por parte de los
sionistas, prevista por el fundador del sionismo político, Theodor
Herzl, es realmente completa.
Bashir Abu-Manneh enseña en la Escuela de Clásicos, Inglés e Historia
de la Universidad de Kent y es un editor contribuyente de Jacobin.
Traducción, Cesar Ayala











