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¡¡Por qué la derecha y la burguesía infilran los movimientos sociales y los nuevos partidos políticos de izquierda!!

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por Franco Machiavelo

Cuando los pueblos comienzan a organizarse y a cuestionar el orden establecido, las clases dominantes no permanecen inmóviles. La historia demuestra que la burguesía no sólo recurre a la represión directa del aparato estatal, a la criminalización de la protesta o a la violencia institucional. Existe un mecanismo mucho más sofisticado, estratégico y silencioso: la infiltración y la captura de los movimientos sociales y de los nuevos proyectos políticos que emergen desde el campo popular.

Esto ocurre porque las élites económicas comprenden con absoluta claridad algo que muchas veces los propios movimientos olvidan: la lucha por el poder no se libra únicamente en el terreno electoral o en las calles, sino en la disputa por la conciencia social, por la dirección política y por el sentido común que organiza la sociedad. Allí donde comienza a surgir una fuerza que cuestiona la estructura económica basada en la explotación, la concentración de la riqueza y el dominio corporativo, se activa inmediatamente un proceso destinado a neutralizarla desde dentro antes de que madure como proyecto histórico transformador.

La infiltración no es un accidente. Es una estrategia de conservación del poder.

Su primer objetivo es desactivar la radicalidad del movimiento. A través de cuadros aparentemente moderados, técnicos, expertos o supuestos “renovadores”, se introduce la noción de que las transformaciones estructurales son inviables, irresponsables o peligrosas. Poco a poco, el lenguaje de emancipación se sustituye por el lenguaje de la gobernabilidad, la estabilidad y la administración responsable del modelo. Así, lo que nació como una fuerza de ruptura termina convertido en una versión domesticada del mismo orden que decía combatir.

El segundo objetivo es fragmentar la unidad del campo popular. Cuando los movimientos comienzan a crecer y a disputar poder real, aparecen disputas internas, luchas de liderazgo, agendas contradictorias y rivalidades estériles. Muchas de estas fracturas no responden simplemente a errores humanos o diferencias ideológicas legítimas; forman parte de una dinámica funcional al sistema dominante: dividir para neutralizar. Un pueblo fragmentado es siempre más fácil de gobernar que un pueblo consciente y organizado.

El tercer objetivo es reencauzar la energía transformadora hacia espacios institucionales cuidadosamente delimitados por el propio sistema. La movilización social, que originalmente cuestiona las bases estructurales del poder económico, es conducida gradualmente hacia circuitos burocráticos, electorales o partidarios que operan dentro de los márgenes tolerables del modelo. De esta forma, la rebeldía social termina siendo absorbida por las mismas estructuras que garantizan la reproducción del orden existente.

Aquí se revela una característica central del poder burgués: su extraordinaria capacidad de adaptación histórica. Cuando no puede destruir un movimiento popular mediante la represión abierta, opta por un método más eficaz: capturarlo, administrarlo o vaciarlo de contenido transformador.

El resultado es un fenómeno recurrente en la historia política contemporánea. Movimientos que nacen cuestionando la raíz de la desigualdad terminan transformados en aparatos políticos cuya función principal es gestionar con rostro progresista la continuidad del mismo sistema económico. La crítica estructural se transforma en retórica simbólica, mientras la estructura material del poder permanece intacta.

Por eso la verdadera fortaleza de los movimientos sociales no reside únicamente en su capacidad de movilización o en su presencia mediática. Su fuerza real depende de algo mucho más profundo: la claridad ideológica, la autonomía frente al poder económico y la construcción de una conciencia política capaz de reconocer las formas sofisticadas de dominación.

Cuando un movimiento pierde esa claridad histórica y esa independencia política, el poder dominante ya no necesita derrotarlo mediante la fuerza.

Le basta con ocupar silenciosamente su dirección, moldear su discurso y convertir la esperanza colectiva en una herramienta de administración del mismo orden que los pueblos intentaban transformar.

Porque en la lucha por la hegemonía, la dominación más eficaz no es la que aplasta desde fuera.
Es la que logra hablar desde dentro con la voz del propio movimiento. 

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