Inicio Análisis y Perspectivas El ocaso del imperio estadounidense. Por Patricio Arenas

El ocaso del imperio estadounidense. Por Patricio Arenas

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Le Monde Diplomatique, edición chilena

1. Hace poco, el presidente electo de Chile, José Antonio Kast, declaró públicamente que su gobierno sería un gran aliado de Estados Unidos y del presidente Donald Trump. La voluntad de Kast de acercar Chile a la mayor potencia mundial puede parecer natural tratándose de la potencia que sigue dominando el sistema internacional. Entonces, ¿no es una paradoja escribir hoy sobre el ocaso del imperio norteamericano? ¿Por qué hacerlo precisamente en el momento en que Estados Unidos exhibe una fuerza militar desmesurada —hoy en Irán, hace poco en Venezuela, mañana quizá en otro escenario de la geopolítica mundial—?

2. La razón es que ese despliegue de fuerza bruta puede interpretarse precisamente como el síntoma de una inquietud estratégica profunda. En la historia de las potencias hegemónicas, el recurso creciente a la coerción suele acompañar no el apogeo, sino el comienzo del declive relativo. Durante gran parte del siglo XX y comienzos del XXI, Estados Unidos ha ocupado una posición singular en el sistema internacional. Ninguna otra potencia ha concentrado simultáneamente una supremacía militar, financiera, tecnológica y cultural comparable. Su presupuesto militar supera por sí solo la suma del gasto militar de los nueve países que le siguen. El dólar continúa siendo la principal moneda de reserva internacional. Las plataformas tecnológicas que estructuran la economía digital global —desde Silicon Valley hasta Wall Street— siguen siendo, en su mayoría, estadounidenses.

3. Desde la perspectiva del poder absoluto, Estados Unidos nunca ha sido tan poderoso. Pero la historia de las relaciones internacionales enseña que las hegemonías no se evalúan únicamente por la magnitud de su poder presente, sino por la dirección de las tendencias que estructuran el sistema mundial. Aquí reside la paradoja central del momento actual: mientras la potencia norteamericana conserva capacidades sin precedentes, el equilibrio global que sostuvo su primacía durante décadas se transforma lentamente. Tras la Segunda Guerra Mundial, Washington organizó un orden internacional ampliamente favorable a sus intereses. El sistema de Bretton Woods, las instituciones multilaterales como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, y posteriormente el sistema comercial multilateral reflejaban la estructura de poder del mundo atlántico surgido de 1945. La hegemonía estadounidense —en el sentido que el teórico de la economía política internacional Robert Gilpin atribuía al término— descansaba no sólo en la fuerza militar, sino también en la capacidad de establecer las reglas del juego económico global.

4. Sin embargo, ningún orden internacional permanece inmóvil. Desde finales del siglo XX, el centro de gravedad de la economía mundial se desplaza progresivamente hacia Asia. El ascenso de China constituye el fenómeno estructural más importante de esta transformación. Su crecimiento sostenido durante cuatro décadas, su acelerada industrialización y su creciente ambición geopolítica —visible en proyectos de conectividad euroasiática y en su expansión tecnológica— han alterado profundamente la jerarquía del sistema internacional. A ello se suma la emergencia de otras potencias medias o regionales —como India, Brasil, Indonesia y Rusia— que contribuyen a la consolidación de un mundo cada vez más multipolar. El orden internacional ya no gira exclusivamente alrededor del eje atlántico. Los teóricos de las relaciones internacionales describen este fenómeno como una transición de poder. Cuando una potencia emergente reduce la distancia que la separa de la potencia dominante, las tensiones estructurales tienden a intensificarse. El historiador Graham Allison popularizó esta dinámica bajo la expresión «la trampa de Tucídides», en referencia al conflicto entre Atenas y Esparta.

5. La historia ofrece múltiples precedentes de este tipo de transición. Durante siglos, Roma mantuvo una superioridad militar que parecía insuperable. Sin embargo, el desgaste económico, la sobre extensión imperial y la presión de nuevos actores transformaron lentamente el equilibrio que sostenía su hegemonía. Algo similar ocurrió con el Imperio británico. Este, que dominó el sistema internacional durante el siglo XIX, mantuvo durante décadas una supremacía naval y financiera incontestable. Pero el ascenso industrial de nuevas potencias —Estados Unidos y Alemania— erosionó progresivamente su centralidad. En ambos casos, el declive no comenzó con una pérdida inmediata de poder, sino con una pérdida gradual de centralidad histórica. Es precisamente esta dinámica la que parece preocupar hoy a Washington. Frente a la percepción de un sistema internacional cada vez más competitivo, Estados Unidos moviliza todos los instrumentos de poder a su disposición para preservar su primacía.

6. La dimensión militar sigue siendo central. Ninguna otra potencia dispone de una red comparable de bases militares, alianzas estratégicas y capacidades de proyección global. Desde Europa hasta el Indo-Pacífico, la arquitectura de seguridad estadounidense continúa estructurando buena parte del sistema estratégico mundial. Sin embargo, el instrumento militar no es el único. El poder estructural de Estados Unidos se manifiesta también a través de su dominio sobre los circuitos financieros globales. El papel del dólar en el sistema monetario internacional permite a Washington ejercer una forma de poder extraterritorial sin precedentes. Las sanciones económicas, el control de los sistemas de pagos internacionales o las restricciones tecnológicas se han convertido en herramientas habituales de su política exterior. Estas prácticas representan una forma de unilateralismo que desborda los marcos clásicos del derecho internacional. El sistema económico global se convierte así, cada vez más, en una extensión de la rivalidad geopolítica. Pero esta estrategia contiene una paradoja. Cuanto más se instrumentalizan las instituciones del orden internacional como herramientas de poder, más se incentiva a otros actores a construir alternativas. Iniciativas destinadas a reducir la dependencia del dólar, a diversificar los sistemas de pagos o a reorganizar las cadenas de valor globales se multiplican lentamente. El proceso es aún incipiente, pero señala una tendencia estructural: la lenta fragmentación del orden internacional construido bajo hegemonía estadounidense.

7. Toda hegemonía contiene en sí misma las semillas de su transformación. Roma siguió siendo poderosa mucho después de haber dejado de ser el centro del mundo mediterráneo. El Imperio británico mantuvo su influencia durante décadas después de haber perdido su primacía económica. Las hegemonías rara vez caen de golpe: se deslizan lentamente hacia la historia. Y quizás el verdadero drama estratégico de nuestro tiempo no sea el declive de Estados Unidos, sino su dificultad para aceptar una verdad que todas las potencias hegemónicas han terminado por descubrir: que ningún imperio, por poderoso que sea, puede detener indefinidamente el movimiento de la historia. El otro drama es que, en su intento por impedir ese ocaso, Estados Unidos van a desatar aún más violencia y muerte.

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