por Franco Machiavelo
La tragedia chilena no es solo la derecha ni la herencia de la dictadura: es la traición administrada por los partidos del oficialismo que prometieron cambio y terminaron cogobernando con la oligarquía y la ultraderecha. No fueron derrotados: se adaptaron. Cambiaron el lenguaje, no el poder. Cambiaron los discursos de campaña, no las reglas del juego.
El neoliberalismo en Chile no sobrevive por fuerza bruta, sino por consenso político. Y ese consenso lo fabricó, con esmero, un oficialismo que aprendió a gestionar el modelo en vez de enfrentarlo. Se sentaron a la mesa del poder no para romperla, sino para servirla mejor. Aceptaron los márgenes impuestos por la élite y llamaron “responsabilidad” a la renuncia programática.
Así, la política dejó de ser un campo de disputa y se convirtió en administración del abuso. El oficialismo actuó como traductor elegante de los intereses empresariales: suavizó el lenguaje, maquilló las reformas y convenció al pueblo de que no se podía ir más lejos. Gobernaron con la derecha sin necesidad de coaliciones formales: bastó compartir el mismo miedo a tocar la propiedad, la banca, las AFP, las forestales y el corazón del poder económico.
La ultraderecha puso el garrote y el oficialismo puso el discurso tranquilizador. Uno gritó “orden”, el otro habló de “gradualidad”. Pero ambos coincidieron en lo esencial: el modelo no se toca. Mientras tanto, la oligarquía celebró en silencio, porque entendió algo clave: no necesitaba golpes cuando tenía partidos “progresistas” dispuestos a autolimitarse.
Esta cogobernanza produjo el efecto más devastador: despolitizó a la sociedad. La gente dejó de creer no porque sea apática, sino porque fue educada en la frustración. Se le enseñó que votar no cambia nada, que protestar es exceso, que exigir derechos es irresponsable. El oficialismo cumplió así una función histórica: convertir la esperanza en gestión técnica y la rebeldía en trámite institucional.
Chile está pegado porque quienes decían representar al pueblo eligieron representar la estabilidad del poder. Porque confundieron gobernabilidad con sumisión y diálogo con claudicación. Porque prefirieron ser aceptados por la élite antes que ser leales a la mayoría social.
El neoliberalismo no cayó porque nunca fue realmente combatido desde el gobierno. Fue cuidado, administrado y legitimado por partidos que, en nombre del realismo, terminaron siendo el seguro de continuidad del orden impuesto por la dictadura. Y mientras ese pacto silencioso no se rompa, la trampa seguirá cerrada, con llave, y siempre desde arriba.











