| Agrupación Judía Diana Arón En los últimos días, el diario El Mercurio publicó dos cartas consecutivas una de la Comunidad Judía de Chile y otra de la Comunidad Palestina de Chile en torno al conflicto en Palestina. Más allá del peso de los argumentos expuestos, ninguna de ellas aborda la responsabilidad moral y política de quienes, desde Chile, han respaldado la violencia del Estado de Israel o han optado por respaldar o silenciar un genocidio en curso. La carta del presidente de la Comunidad Palestina de Chile, Maurice Khamis Massú, responde con rigor histórico y político a la misiva de la Comunidad Judía de Chile publicada en este diario. Sus argumentos son sólidos y apuntan al núcleo del conflicto: una asimetría estructural sostenida en el tiempo por decisiones políticas deliberadas, no por relatos simbólicos ni analogías forzadas. Sin embargo, hay un punto que permanece ausente en ese intercambio y que resulta ineludible si se aspira a un debate honesto: la responsabilidad política y moral de la Comunidad Judía de Chile como organización que, de manera persistente, ha respaldado pública y acríticamente las acciones del Estado de Israel, incluso cuando estas han sido calificadas por organismos internacionales, juristas y expertos en derechos humanos como genocidio, crímenes de guerra y limpieza étnica. No se trata aquí de imputar culpas colectivas al pueblo judío ni de cuestionar una identidad religiosa o cultural. Se trata de interpelar a una dirigencia comunitaria concreta, con vocerías formales y presencia activa en el espacio público chileno, que ha optado por justificar, relativizar o silenciar una violencia extrema ejercida contra un pueblo sometido desde hace décadas a ocupación, desposesión y apartheid. Ese silencio —o ese apoyo explícito— no es políticamente neutro. Compromete la dignidad ética de la propia comunidad que dice representar y proyecta sobre las futuras generaciones de judíos y judías en Chile un estigma difícil de eludir: el de la complicidad pasiva frente a uno de los crímenes más graves de nuestro tiempo. La historia ha sido implacable al juzgar no solo a quienes ejecutaron atrocidades, sino también a quienes, teniendo voz e influencia, optaron por callar o justificar. Persistir en esa posición no protege a la comunidad judía en Chile; por el contrario, la expone a una carga moral innecesaria y profundamente injusta para muchos de sus propios miembros, que no se sienten representados por ese alineamiento incondicional. Reconocer el sufrimiento palestino, denunciar el genocidio en curso y desmarcarse de políticas criminales no es un acto de traición identitaria. Es, por el contrario, una afirmación de humanidad y de responsabilidad histórica. Agrupación Judía Diana Arón |











