Inicio Nacional ¡¡MÁS DE LO MISMO NO ES IGUAL A PROGRAMAS DIFERENTES!!

¡¡MÁS DE LO MISMO NO ES IGUAL A PROGRAMAS DIFERENTES!!

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por Franco Machiavelo

Cuando dos bloques políticos dicen enfrentarse, pero administran el mismo modelo económico, el pueblo no es ingenuo por no ver diferencias: las diferencias reales no existían. El oficialismo progre habló de cambios, la ultraderecha pinochetista habló de orden, pero ambos caminaron dentro del mismo cerco: la intocabilidad del poder económico, la sacralización del mercado y la renuncia a disputar la riqueza.
Uno usó lenguaje inclusivo y gestos simbólicos; el otro, miedo y autoritarismo explícito. Pero en el fondo, la estructura fue la misma: privatización de lo común, extractivismo sin soberanía, trabajo precarizado y derechos sociales convertidos en servicios. Cuando el contenido no cambia, la forma no engaña por mucho tiempo.
La gente no vio programas distintos porque no los hubo en lo esencial. No hubo ruptura con el modelo heredado de la dictadura; hubo administración responsable del mismo. No hubo nacionalización de recursos estratégicos; hubo continuidad con ajustes. No hubo poder popular; hubo pedagogía de la resignación. Se prometió dignidad, pero se gobernó con los límites impuestos por el capital.
Así se construye la confusión: se vacía la política de conflicto de clases y se la llena de marketing. Se transforma la lucha social en relato, la justicia en consigna y el cambio en eslogan. El resultado es brutalmente lógico: si todo sigue igual, la gente concluye que da lo mismo quién gobierne.
La ultraderecha se alimenta de esa traición. Crece sobre el desencanto, sobre la rabia acumulada de quienes esperaban transformaciones reales y recibieron reformas menores. Cuando la pseudoizquierda renuncia a disputar el poder, deja el campo libre para que el autoritarismo se presente como “alternativa”, aunque sea la más violenta contra el propio pueblo.
No es que el pueblo se haya vuelto reaccionario. Es que fue abandonado. Abandonado por una élite política que confundió gobernar con administrar, y administrar con obedecer. Cuando la política deja de nombrar al enemigo real —el poder económico concentrado—, el enemigo aparece disfrazado y avanza.
Más de lo mismo no es diversidad programática. Es continuidad maquillada. Y cuando la política se vuelve indistinguible, la democracia se vacía y el fascismo deja de parecer una amenaza para convertirse, falsamente, en una opción.

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