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En su primera administración Trump promovió el “acuerdo de Abraham” entre 6 países árabes que reconocieron al Estado israelí. Luego Netanyahu postuló la “alianza de Abraham” buscando unir a naciones árabes con Israel contra Irán. En la Biblia Abraham fue el padre de Isaac (abuelo de Judá) y padre de Ismael (padre de los árabes).
Empero, la guerra que ha destruido Gaza también ha destrozado ambos proyectos. Todo el mundo musulmán condena dicho genocidio y ningún país islámico apoyó los bombardeos de EEUU e Israel contra Irán. Hoy potencias occidentales, como Francia, Canadá, Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda, España, Bélgica y otras naciones europeas anuncian apuntalar el reconocimiento de un Estado palestino. Esto choca con la estrategia de Trump-Netanyahu quienes se oponen a un Estado palestino, quisieran la anexión israelí de Cisjordania y quieren expulsar a los 2 millones de gazatíes para hacer de su franja la primera colonia norteamericana en el Mediterráneo. Si Moscú tuvo bases en Latakia (Siria) y Londres dos en Chipre, Washington quiere la suya propia donde lucre con bienes inmobiliarios, el gas de Gaza y un posible nuevo canal interoceánico.
El planteo de volver a repartir “Tierra Santa” en dos Estados (uno hebreo y otro para los musulmanes y cristianos árabes) ha muerto, pues Cisjordania se ha llenado de colonias sionistas que hacen inviable una micro-republiqueta palestina. Debemos replantearnos el problema y concluir que la partición de las dependencias británicas de India y Palestina en 1947-48 por motivos religiosos fue un error. La primera dividió artificialmente pueblos que hablan la misma lengua y condujo al desplazamiento de 20 millones de personas. En dicha ruptura y en las subsiguientes guerras murieron entre 500,000 a 2’500,000 personas.
Cachemira se ha tornado en una constante bomba de tiempo mientras que India y Pakistán son las únicas dos repúblicas vecinas rivales nucleares que han guerreado entre sí.
Así como Londres impulsó a la minoría musulmana de India a tener su propio Estado, también alentó a la minoría judía a separarse de la mayoría palestina. En mayo 1948 Ben-Gurión y unos escasos asociados suyos decidieron bautizar como “Israel” al nuevo Estado que proclamaron. Tomaron esa decisión sin consultar a la población, ni siquiera a la hebraica (que entonces era un tercio de la del mandato de Palestina). Hasta hoy Israel nunca ha tenido una constituyente o constitución y es el único Estado en la historia universal que solo reconoce como connacionales suyos a quienes sean de la religión oficial en cualquier rincón del planeta. Un ateo que tenga algún abuelo muerto que fuese judío tiene derecho a ser automáticamente ciudadano de Israel, mientras que un palestino que tanto él como todos sus ancestros sean de algunos de los territorios ocupados por Israel está sujeto a constantes controles mientras que el ejército tiene la potestad de poder arrestarlo, entrar a su casa y hasta echarlo de esta. Hoy multitudes de israelíes se niegan a servir en una guerra que solo sirve a Netanyahu y sus extremistas. En casi dos años de guerras en siete frentes, casi todos los israelíes han debido permanecer varias noches en refugios mientras que hay decenas de miles de ellos que han sido muertos, heridos, mutilados o traumados.Es hora de acabar con esa división que hay entre palestinos e israelíes, mediante la cual los primeros son segregados y tratados con todas las barbaridades que los judíos padecieron en Europa (pogromos, guetos, calumnias, matanzas, etc.).
Si Trump y Netanyahu invocan a Abraham para unir a los descendientes de sus hijos Isaac e Ismael, debemos plasmar ello en el terreno de “Tierra Santa”. Los herederos de Abraham debieran convivir en paz en una república multiétnica como las que tenemos en las Américas.
Todos aquellos que fueron expulsados de sus tierras deben tener derecho a retornar a estas. La destrucción de mil templos en Gaza debe parar. Una tolerancia a todos los credos debe imponerse en la tierra de David, Jesús y donde el Islam clama que Mahoma fue al cielo.
Hay que construir más hospitales, universidades y barrios, en vez de destruirlos. Una «República de Abraham» que integra a todos sus miembros sería un polo para desarrollar, pacificar y democratizar al medio oriente. Japón y Alemania se convirtieron en democracias prósperas cuando desterraron las carnicerías militaristas. Judíos, musulmanes y cristianos hemos llegado a convivir armoniosamente.Si desmilitarizamos y descolonizamos “Tierra Santa” podemos convertirla en un icono de igualdad para todos y apagaremos un foco que pueda conducir a una III guerra mundial.
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