por Franco Machiavelo
La llamada “transición a la democracia” no fue más que un pacto de élites para administrar el mismo modelo económico, político y social impuesto a sangre y fuego en dictadura. Cambiaron las caras, se abrieron las urnas, pero el corazón del sistema —el neoliberalismo— quedó intacto y protegido bajo un blindaje constitucional y mediático.
La Constitución heredada de 1980 continuó marcando los límites de lo posible: un Estado reducido a rol subsidiario, entregado a la lógica de mercado y subordinado a los intereses del gran capital. Las privatizaciones de recursos naturales, la mercantilización de la educación, la salud y las pensiones no solo no se revirtieron, sino que fueron profundizadas por los mismos gobiernos que se llenaban la boca hablando de democracia y justicia social.
Los medios de comunicación masivos, controlados por conglomerados empresariales, repitieron durante décadas el relato de que Chile era un “milagro económico” y que la democracia había triunfado. Mientras tanto, el pueblo seguía atrapado en un modelo que lo obliga a endeudarse para estudiar, para sanar, para vivir, y a competir como “emprendedores de sí mismos” en un mercado diseñado para beneficiar siempre a los mismos ganadores.
La represión dejó de ser la cara visible del poder, pero no desapareció: se transformó. Hoy se ejerce de manera difusa, controlando la vida cotidiana mediante el miedo a la pobreza, la inseguridad laboral y el endeudamiento. El control ya no solo se impone con policías y fusiles; se cuela en las decisiones íntimas, en el modo de pensar, en los sueños y en las expectativas, moldeadas para encajar en un mundo donde la libertad se mide en capacidad de consumo.
La democracia chilena postdictadura se convirtió así en una vitrina: brillante por fuera, podrida por dentro. Un sistema donde las urnas legitiman, pero no transforman; donde los gobiernos administran, pero no cambian; donde la política institucional funciona como garante del orden neoliberal, y no como herramienta para desmontarlo.
Solo rompiendo ese blindaje —económico, jurídico, mediático y cultural— será posible que la democracia deje de ser un decorado y se convierta en un poder real del pueblo para el pueblo.











