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Allende: “Pagaré con mi vida la lealtad del pueblo”

Allende: “Pagaré con mi vida la lealtad del pueblo”


CLATE 2019-09-11

Allende: “Pagaré con mi vida la lealtad del pueblo”

La experiencia de tres años de gobierno de la Unidad Popular fue trepidante. A tal punto, que el líder de la revolución cubana, Fidel Castro, permaneció 23 días en el país para conocer de primera mano aquel socialismo conquistado a través de las urnas. El 11 de septiembre de 1973, Salvador Allende, el líder de esa revolución pacífica resistía hasta la muerte el asedio golpista.

Por Mariano Vázquez @marianovazquez

Múltiples hitos legó la vía chilena al socialismo para la historia. Con la llegada al gobierno del médico Salvador Allende el 4 de noviembre de 1970 comenzó en Chile el proceso de cambio más radical de la historia. Un programa que pretendía la construcción de un “Estado Popular” mediante una “economía estatal planificada” que se concretó en actos como la nacionalización del cobre y la expropiación o compra de acciones que permitió un control del 80 por ciento de las industrias y numerosos bancos. También mediante la ansiada reforma agraria que expropió unos 4.400 predios, además de la toma de tierras por parte de organizaciones agrarias y la ampliación de derechos a la población con mejoras sustanciales en salud y educación.

Esa experiencia vital para la historia latinoamericana tuvo un visitante de fuste. El 10 de noviembre de 1971, Fidel Castro aterrizó en la norteña Antofagasta para conocer de primera mano el proceso socialista chileno. Durante 23 días recorrió pueblos y ciudades hasta llegar a la sureña Puerto Montt. Visitó fábricas, centros mineros, salitreros y agrícolas, escuelas y universidades. Y cerró aquel mojón el 2 de diciembre, en un acto multitudinario de despedida en el Estadio Nacional de Santiago, flanqueado por el presidente Allende.

En plena Guerra Fría, con América Latina como territorio en disputa tras el triunfo de la Revolución cubana en 1959, Chile y Allende estaban en la mira de Washington y la CIA por su “vía pacífica al socialismo”. Para colmo, la ratificación de ese rumbo con la victoria de la Unidad Popular en las elecciones parlamentarias de marzo de 1973 acrecentó la voracidad golpista, ya no alcanzaba con las mentiras vertidas por los medios hegemónicos, el  lockout patronal para generar una guerra económica y paralizar así el transporte, el comercio y el suministro energía eléctrica, el 29 de junio de ese año se frustró la intentona golpista conocida como el “Tranquetazo”, pero, de todas formas, llegaría el 11 de septiembre de 1973.

Durante el golpe de Estado y el asedio al Palacio de la Moneda, Augusto Pinochet ocupó el puesto de mando número uno e impartió desde allí las órdenes. Su interlocutor, el vicealmirante Patricio Carvajal, lo mantenía al tanto desde el Ministerio de Defensa, a pocos pasos de La Moneda: «Me dicen que el presidente anda con un fusil ametralladora, que tiene treinta tiros y que el último tiro se lo va a disparar en la cabeza», le dijo al comandante golpista, a lo que este le responde: «Esas son no-balas… Este huevón no se dispara ni una pastilla de goma». Luego acuerdan ofrecerle un avión para que salga del país: «Se mantiene el ofrecimiento… pero el avión se cae, viejo, cuando vaya volando», rió cínico Pinochet.

Las balas no eran de utilería y Allende defendió con su vida el voto del pueblo, el programa de la Unidad Popular y la democracia.

Según cifras oficiales, durante el período dictatorial asesinaron a más de 3200 personas, 1.200 de ellas continúan desparecidas, 28.000 fueron torturadas y miles debieron exiliarse.

El último discurso de Allende

Acompañado de su guardia, sus compañeros más leales, Allende resistió en el palacio presidencial. Consciente de que “ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes” un mensaje. Denunció: “La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Postales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura sino decepción. Que sean ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron”.

Ratificó mientras rugían las bombas que iba a luchar: “¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos”.

El mensaje fue para ese pueblo obrero, leal: “Trabajadores de mi Patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley, y así lo hizo. En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen la lección: el capital foráneo, el imperialismo, unidos a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición (…) 

Me dirijo, sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros, a la abuela que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la Patria, a los profesionales patriotas que siguieron trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clases para defender también las ventajas de una sociedad capitalista de unos pocos (…) Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y su espíritu de lucha. Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente; en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las vías férreas, destruyendo lo oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de quienes tenían la obligación de proceder. Estaban comprometidos. La historia los juzgará”.

Y cerró el médico socialista, el presidente constitucional de Chile, Salvador Allende: “Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”.

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