El fascismo se quitó las botas, se puso corbata, abrió TikTok y aprendió a sonreír para la cámara.
Hoy la manipulación política ya no necesita solamente diarios, radios o discursos. Tiene bots, algoritmos e inteligencia artificial. Miles de cuentas pueden fabricar la ilusión de una multitud donde quizás solo existe una pequeña oficina con computadores.
En América Latina han surgido recientes denuncias e investigaciones sobre redes de bots utilizadas para inflar tendencias, difundir propaganda y manipular la conversación electoral. El método es tan viejo como la propaganda, pero ahora lleva Wi-Fi.
El truco es sencillo: repetir una mentira mil veces hasta que el algoritmo diga: “¡Caramba, parece que esto le interesa a todo el mundo!”.
Así nacen las nuevas vedettes de la ultraderecha: personajes convertidos en espectáculo, expertos en gritar, provocar y fabricar enemigos. No necesitan convencer al pueblo; necesitan mantenerlo permanentemente enojado.
Mientras el trabajador mira al inmigrante, al pobre, al estudiante o al vecino como enemigo, los grandes intereses económicos pueden continuar tranquilamente detrás del telón.
Divide al pueblo, entrégale un teléfono y tendrás una fábrica de resentimiento.
El technofascismo es eso: la vieja dominación con maquillaje digital. Antes agitaban multitudes desde el balcón; ahora agitan millones de pantallas desde un teclado.
Y cuidado: no todo triunfo de la derecha es obra de bots. Existen problemas reales —inseguridad, desigualdad, corrupción, frustración— que alimentan el descontento. Precisamente por eso la manipulación funciona: toma un dolor verdadero y le coloca una mentira encima.
La batalla democrática, entonces, no consiste solamente en apagar bots. Consiste en impedir que el dinero compre la conversación pública y que los algoritmos conviertan el miedo en votos.
Porque cuando unos pocos pueden decidir qué millones deben ver, odiar y creer, la democracia corre el riesgo de convertirse en una elección entre algoritmos.
Y entonces el fascismo ya no llega marchando.
Llega haciendo clic.
Hoy la manipulación política ya no necesita solamente diarios, radios o discursos. Tiene bots, algoritmos e inteligencia artificial. Miles de cuentas pueden fabricar la ilusión de una multitud donde quizás solo existe una pequeña oficina con computadores.
En América Latina han surgido recientes denuncias e investigaciones sobre redes de bots utilizadas para inflar tendencias, difundir propaganda y manipular la conversación electoral. El método es tan viejo como la propaganda, pero ahora lleva Wi-Fi.
El truco es sencillo: repetir una mentira mil veces hasta que el algoritmo diga: “¡Caramba, parece que esto le interesa a todo el mundo!”.
Así nacen las nuevas vedettes de la ultraderecha: personajes convertidos en espectáculo, expertos en gritar, provocar y fabricar enemigos. No necesitan convencer al pueblo; necesitan mantenerlo permanentemente enojado.
Mientras el trabajador mira al inmigrante, al pobre, al estudiante o al vecino como enemigo, los grandes intereses económicos pueden continuar tranquilamente detrás del telón.
Divide al pueblo, entrégale un teléfono y tendrás una fábrica de resentimiento.
El technofascismo es eso: la vieja dominación con maquillaje digital. Antes agitaban multitudes desde el balcón; ahora agitan millones de pantallas desde un teclado.
Y cuidado: no todo triunfo de la derecha es obra de bots. Existen problemas reales —inseguridad, desigualdad, corrupción, frustración— que alimentan el descontento. Precisamente por eso la manipulación funciona: toma un dolor verdadero y le coloca una mentira encima.
La batalla democrática, entonces, no consiste solamente en apagar bots. Consiste en impedir que el dinero compre la conversación pública y que los algoritmos conviertan el miedo en votos.
Porque cuando unos pocos pueden decidir qué millones deben ver, odiar y creer, la democracia corre el riesgo de convertirse en una elección entre algoritmos.
Y entonces el fascismo ya no llega marchando.
Llega haciendo clic.











