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Revolución de Octubre – Cuando las y los trabajadores demostraron que la historia también nos pertenece

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Comité por una Internacional de Trabajadores CIT

por Jano Ramírez

Han pasado más de cien años, pero la Revolución de Octubre sigue golpeando la puerta de la historia. No como una pieza de museo ni como una fotografía amarillenta de un mundo desaparecido, sino como una experiencia que todavía plantea una pregunta incómoda para quienes creen que el poder pertenece eternamente a los de arriba. ¿Qué ocurre cuando las y los trabajadores dejan de aceptar que otros decidan por ellos?

En 1917, Rusia estaba hundida en la Primera Guerra Mundial, el hambre, la pobreza y una profunda crisis social. En febrero, las movilizaciones de trabajadoras y trabajadores, especialmente las mujeres que salieron a las calles contra el hambre y la guerra, terminaron derribando al zar Nicolás II. Pero la caída del zarismo no significó el fin de la explotación ni de la guerra. Surgió una situación de doble poder: por un lado, el Gobierno Provisional; por otro, los soviets, consejos formados por trabajadores, soldados y campesinos que expresaban directamente la organización de las masas.

Durante los meses siguientes, la lucha se profundizó. La guerra continuaba, la tierra seguía concentrada en manos de los terratenientes y millones de personas exigían pan, paz y tierra. Los bolcheviques fueron ganando influencia dentro de los soviets al plantear que no bastaba con cambiar un gobierno: era necesario que el poder pasara a manos de quienes estaban protagonizando la lucha.

En octubre, los trabajadores y soldados organizados en los soviets, junto con los bolcheviques y otras fuerzas revolucionarias, tomaron los principales puntos estratégicos de Petrogrado y derribaron al Gobierno Provisional. No fue un rayo caído del cielo. Fue el resultado de años de organización, luchas, debates, derrotas y aprendizajes. Octubre fue posible porque millones de personas habían comenzado a reconocerse como una fuerza capaz de intervenir conscientemente en su propio destino.

Ese es uno de sus grandes legados: los pueblos no nacen derrotados. Son derrotados cuando están desorganizados, divididos o convencidos de que nada puede cambiar.

Hoy Chile no es la Rusia de 1917 y no necesitamos copiar mecánicamente aquella experiencia. Pero existe una enseñanza que conserva toda su fuerza. Frente a una ultraderecha que pretende imponer más orden para los de arriba, mientras millones de trabajadores continúan enfrentando bajos salarios, endeudamiento, precariedad, problemas de vivienda, pensiones insuficientes y servicios públicos que no responden a sus necesidades, la respuesta no puede ser resignación.

Tampoco podemos depositar todas nuestras esperanzas en quienes gobiernan desde arriba. La experiencia de Octubre demuestra que la fuerza de las y los trabajadores está en su capacidad para organizarse, unir sus luchas y actuar colectivamente.

Los poderosos tienen dinero, empresas, medios de comunicación e instituciones a su servicio. Nosotros tenemos algo que ningún poder económico puede comprar: somos quienes hacemos funcionar la sociedad.

Por eso recordar Octubre no significa vivir de la nostalgia ni repetir consignas de otro tiempo. Significa recuperar la confianza en nuestra propia fuerza. Significa comprender que las cadenas que hoy nos mantienen sometidos —la explotación, la precariedad, el endeudamiento y la subordinación a los intereses del gran capital— no son eternas ni naturales.

Para romperlas necesitamos organización. Organización en los lugares de trabajo, en los barrios, en los territorios, en los sindicatos, en los espacios estudiantiles y populares. Necesitamos volver a encontrarnos, reconocernos como parte de una misma fuerza y construir desde abajo una alternativa capaz de disputar el poder a quienes siempre han decidido por nosotros.

Octubre nos recuerda que la historia no está escrita de antemano. Que la gente de a pie también podemos hacerla. Y que cuando las y los trabajadores se organizan y actúan como una fuerza colectiva, ninguna atadura tiene por qué ser eterna.








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