| Codigo Morsa |
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Si el comercio mundial fuese nuestro sistema circulatorio podríamos decir que el Estrecho de Ormuz es, como mínimo, la yugular. Con apenas unos 33 kilómetros de ancho en su punto más estrecho, conecta el Golfo Pérsico con el océano Índico. Por allí pasa la energía que alimenta economías enteras.
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Principal arteria del petróleo mundial. Cada día, entre el 20% y el 30% del petróleo que se consume en el planeta atraviesa este estrecho. Decenas de millones de barriles diarios que salen de Arabia Saudí, Irak, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait o Irán rumbo a Asia, Europa y otros mercados. Es, con diferencia, el punto de paso de petróleo más importante del mundo.
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Dependencia crítica de las economías asiáticas. Países como China, India, Japón o Corea del Sur dependen masivamente del crudo que cruza Ormuz. En algunos casos, más del 60% de sus importaciones energéticas pasan por este corredor. Su buen funcionamiento condiciona el desempeño industrial de toda Asia.
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Más allá del petróleo: gas y comercio estratégico. El estrecho también es clave para el gas natural licuado, especialmente el que exporta Qatar, uno de los mayores productores del mundo. Además, es una ruta esencial para mercancías estratégicas, productos petroquímicos y materias primas.
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Un chokepoint extremadamente vulnerable. Su estrechez lo convierte en un cuello de botella fácil de bloquear o amenazar. Bastan minas navales, guerreros enchancletados como los hutíes, misiles costeros o una escalada militar para poner en riesgo el tránsito. Cada vez que aumenta la tensión en la región, los mercados reaccionan inmediatamente.
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Una palanca de poder geopolítico. El control, la amenaza o la protección del estrecho tiene consecuencias económicas planetarias. Estados Unidos mantiene presencia naval permanente para garantizar el flujo, mientras que Irán, que controla la costa norte, ha utilizado históricamente la amenaza de bloqueo como herramienta de presión.
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