por Franco Machiavelo
La gran trampa política consiste en hacer creer al pueblo que votar es entregar un cheque en blanco. Se vota por un gobierno y algunos terminan creyendo que, desde ese momento, hay que obedecer, callar y aceptar todo lo que haga.
¡Nada más conveniente para la derecha!
¡Nada más conveniente para la derecha!
El voto no entrega la soberanía. El pueblo sigue siendo el soberano. Un gobierno es elegido para administrar el Estado, no para convertirse en propietario de la democracia ni para disponer de las libertades, derechos y beneficios sociales como si fueran mercancía de su propiedad.
La derecha y, especialmente, la ultraderecha, históricamente han buscado presentar los derechos sociales como “privilegios”, el gasto social como “despilfarro” y la protesta popular como “desorden”. Así se prepara el terreno para quitar derechos laborales, reducir beneficios sociales, debilitar la protección del Estado y limitar las libertades democráticas.
Y aquí aparece el ciudadano arrodillado: aquel que vota por quienes prometen quitarle derechos y después se sorprende cuando empiezan a quitárselos.
¡Eso es el verdadero webonismo ilustrado!
La democracia no termina cuando se cierran las urnas. Al contrario: comienza una responsabilidad permanente de vigilar al poder, criticarlo y organizarse cuando sus decisiones perjudican al pueblo.
Si un gobierno de derecha intenta utilizar su mayoría para restringir libertades, debilitar derechos sociales o imponer políticas contra los intereses de los trabajadores, el pueblo tiene derecho a defenderse políticamente mediante organización, movilización, marchas, huelgas, protesta y, cuando corresponda, desobediencia civil no violenta.
Porque los derechos no fueron regalos de los poderosos. Fueron conquistas sociales.
La rabia popular tampoco aparece de la nada. Nace cuando una clase social siente que nuevamente le están pasando la cuenta: menos derechos, menos beneficios, menos protección y más sacrificios para los mismos de siempre.
Por eso hay que entender algo muy sencillo:
El pueblo no es un espectador de la democracia. El pueblo es la democracia.
El gobierno puede ganar una elección, pero no puede convertirse en dueño de la libertad.
El voto permite elegir gobernantes.
No permite elegir quién tendrá derecho a tener derechos.
Y cuando la derecha pretende convertir al pueblo en un ciudadano obediente, silencioso y arrodillado, la respuesta democrática debe ser exactamente la contraria:
pensar, organizarse, protestar y levantarse.
Porque un pueblo que conoce su poder deja de pedir permiso para defender su dignidad.
Y cuando el pueblo recuerda que es el soberano, las rodillas dejan de servir para arrodillarse y comienzan a servir para ponerse de pie.











