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¡¡¡PAN Y CIRCO 2026!!!

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por Franco Machiavelo

Mientras el balón rueda, el mundo parece detenerse. Millones de personas, con la mirada clavada en una pantalla, celebran victorias prestadas como si el marcador pudiera llenar el plato vacío o pagar el alquiler. El nacionalismo se vende en cómodas cuotas de noventa minutos, envuelto en banderas, himnos y anuncios que prometen felicidad embotellada: «Viva el fútbol… y beba Coca-Cola.»

El espectáculo no inventa las desigualdades, pero puede convertirlas en ruido de fondo. Durante semanas, la conversación gira alrededor de goles, fichajes y polémicas arbitrales, mientras continúan las guerras, el hambre, la pobreza y las violaciones de derechos humanos. La tragedia deja de ocupar la portada; el entretenimiento ocupa el escenario.

El verdadero campeón no siempre levanta una copa. Muchas veces viste traje, controla grandes fortunas y convierte cada emoción colectiva en una oportunidad de negocio. La pasión popular se transforma en mercancía; la identidad, en una marca registrada; y el entusiasmo, en un flujo constante de dinero que asciende desde los bolsillos de millones de personas hacia los balances de unas pocas corporaciones.

Entonces aparecen los viejos sermones con traje nuevo: patria, familia, orden y Dios, repetidos como si fueran un silbato inicial capaz de apagar cualquier discusión sobre desigualdad, concentración del poder o justicia social. No porque el deporte sea el problema, sino porque el espectáculo puede convertirse en un excelente compañero del silencio cuando conviene que ciertas preguntas no se hagan.

Y así nace una ironía monumental: el templo ya no necesita vitrales; basta un estadio. Los sacerdotes ya no llevan sotana; llevan contratos millonarios. Los fieles no rezan; esperan el próximo partido. El calendario de la fe ya no lo marcan los santos, sino la FIFA.

El fútbol puede ser una celebración popular, un espacio de encuentro y alegría. Pero cuando el espectáculo eclipsa la realidad, cuando la publicidad sustituye al pensamiento crítico y el consumo ocupa el lugar de la ciudadanía, conviene preguntarse quién gana realmente el campeonato.

Porque los pueblos no comen medallas, no pagan sus cuentas con goles ni conquistan su dignidad levantando trofeos ajenos. Y mientras la multitud canta convencida de haber vencido, el poder económico suele retirarse del estadio con la verdadera copa: una riqueza todavía mayor, obtenida gracias a una fiesta que casi todos financiaron, pero que muy pocos terminaron ganando.

Bienvenidos a la nueva religión del espectáculo. Bienvenidos al gran mundial del mercado. 

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